Hola de nuevo a todos! Muchas gracias por todos los comentarios! Ha sido muy curioso, porque me han llegado muchos mensajes privados y han sido solo dos las que se han atrevido a dejarme un review! ;) Vamos, no hay nada de malo en leer un fic con categoría M! :D

En este capítulo entramos en materia y si que encontraréis contenido sexual explícito. Trato de ser sutil y elegante a la hora de escribir una escena de sexo, espero que lo haya conseguido en esta historia y os guste lo que encontréis a continuación.

Adelante!


Eran algo más de las once de la noche. Hacía calor. Ni un soplo de aire, ni un sonido que alterase el ambiente.

El motel donde se encontraban los miembros de la brigada era un innecesario monumento a lo austero en medio de la nada. De paredes forradas de papel color crema roído por los bordes, ventanas demasiado grandes tapadas por cortinas verdes y oscuras, cómplices de la depravación que solo sus habitantes de paso podrían concebir.

En su habitación, Jane descansaba sobre su cama, mirando fijamente al ventilador del techo, que movía lentamente sus aspas con apenas un murmullo del motor. Sonrió para si mismo. En la habitación de su derecha, Cho hacía rato que se había ido a dormir. A su izquierda, Rigsby había dado unas cuantas vueltas, pero ahora veía una película en la televisión. Suerte para él, porque funcionaba. Podía imaginar a Van Pelt leyendo, dos habitaciones más para allá, y en medio, tenía la seguridad de que Lisbon, repasaba el expediente del caso, una y otra vez para buscarle un significado a todo aquello.

Se levantó de la cama tranquilamente, colocó bien su chaqueta encima de una silla y se abrochó el último botón del chaleco

"Démosle un par de minutos más de normalidad" – dijo para nadie en concreto, mientras miraba hacia la puerta.

Lisbon, por su parte, continuaba de mal humor. A pesar del calor, tenía las ventanas cerradas a cal y canto, pues su habitación estaba justo al lado de un expendedor de hielo que hacía un molesto ruido cada 5 minutos, como si se apagara y volviera a encenderse. La estaba sacando de sus casillas.

Con las piernas cruzadas sobre la cama, llena de papeles, se ajustó de nuevo su coleta y volvió a abanicarse con el expediente. Se había puesto una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos que estudiaba quitarse cuando se fuera a dormir.

Era imposible, no se podía concentrar con tanto calor. Cogió otro hielo de los que se había servido de la endemoniada máquina y se lo pasó por el cuello, en busca de un poco de alivio. Estaban casi derretidos y a penas en unos segundos hubo desaparecido.

Alguien tocó a la puerta. Se levantó casi con alegría, esperando que fuese cualquier aviso de un nuevo sospechoso que tuvieran que investigar. Cualquier cosa para poder salir de ahí.

"¿Qué quieres?" - le dijo a un Patrick Jane, sonriente en la entrada.

"Vaya, estamos de mal humor".

"Estoy cansada y hace un calor sofocante."

Lisbon dejó la puerta abierta, invitándolo a pasar, y se quedó de pie en medio de la habitación, los brazos cruzados y mirada interrogante.

Jane entró, cerró la puerta tras de si y echó un vistazo a su alrededor.

"A ti tampoco te funciona el ventilador, ¿verdad?" – dijo mirando al techo.

"No, se mueve tan lentamente que lo único que hace es ruido. ¿A que has venido?" – contestó ella secamente.

"Si lo miras fijamente puede resultar hasta relajante" – Jane no dejaba de mirar al inútil aparato.

"Tengo mejores cosas que hacer que quedarme embobada mirando un ventilador. ¿A que has venido, Jane?"

"Si te fijas, cada seis vueltas, hace una ligeramente más rápida, y si te concentras mucho puedes sentir el aire en la cara."

"Jane…."

"Vamos, fíjate."

Ella miró hacia arriba, derrotada. Era imposible razonar con él cuando se empeñaba con alguna de sus chiquilladas.

Así que no pudo ver su sonrisa triunfal.

"Toma de referencia el aspa que tiene una muesca al final del todo. ¿La ves?"

"Si Jane, veo la muesca."

"Ahora, cuando pase por donde está esa mancha de humedad, empieza a contar…"

"Uno…" – respondía fastidiada

"Cuanto más lo piensas mas relajada te puedes sentir… viendo las aspas girar…."

"Dos"

"Es como si tu mundo se desvaneciera porque no puedes dejar de mirar como da vueltas…."

"Tres"

"Sabes que cuando llegue el final vas a ser recompensada con una bocanada de aire fresco…."

"Cuatro"

"Y cuanto más se acerca más relajada y tranquila te sientes, como si nada en el mundo pudiera molestarte…."

"Cinco"

"Solo tienes que preocuparte por las aspas… no hay nada más en este mundo que te importe…."

"Seis"

"Excepto yo" – acabó, tocando su hombro con dos dedos.

Jane esperó unos segundos, pero Lisbon seguía mirando al ventilador. Temía, por muy bueno que fuera, que de un momento ella despertaría de la ensoñación y le pegaría un puñetazo en la cara por haberse atrevido a intentar hipnotizarla.

Pero no lo había hecho. Ella seguía en el punto en el que la había dejado. La miró unos instantes, pensando por última vez, si quería seguir adelante con lo que estaba a punto de hacer.

Una gota de sudor se deslizó por el cuello de ella, desde su oreja hasta por en medio de sus pechos, perdiéndose debajo de la camiseta.

Por supuesto que iba a hacerlo. Podía sentirlo con anticipación en su pecho, y sinceramente, en sus pantalones también.

"Lisbon" – la llamó. Ni una respuesta. "Lisbon". Nada. "Teresa, mírame."

Ella bajó la cabeza de inmediato y le miró directamente a los ojos. Tenía las pupilas muy dilatadas. "Perfecto".

Jane acunó su cara entre las manos y con los pulgares acarició sus mejillas. Sintió el deseo de besarla, pero se refrenó. Ella tenía que estar consciente cuando ocurriera. Aunque se permitió el lujo de acercarse a ella, y rozar con sus labios esa parte de piel expuesta tan sensible, que se encontraba tras la oreja. Sus manos habían descendido por su cintura y habían atraído sus caderas a las de él. Notó como se le erizaba la piel y sonrió contra su cuello. Volvió a mirarla a los ojos. Los de ella, seguían todos sus movimientos, expectantes y atentos.

"Esta noche va a ser para ti, Teresa, pero antes de nada, necesito que seas sincera conmigo. ¿Lo serás?"

"Sí"

"Que obediente… así da gusto… bien, necesito saber que realmente me deseas, que por muy mentiroso que creas que soy, que por mucho que te irrite, que por mucho que las normas de la brigada digan que no puede haber una relación entre dos miembros… deseas que haya mucho más entre nosotros. Dime, Teresa. Dime que soy para ti."

"Eres… eres un mentiroso"

Ahí estaba Teresa Lisbon, bajo los efectos de la hipnosis, en medio de un caso, o simplemente tomando un café con él en la cocina… siempre sería su pequeña princesa cabreada.

Él rió, pero lo volvió a intentar.

"No lo escondas más, sabes que no es buena idea que intentes ocultarme nada. Quiero saber que me deseas."

"Jane, te deseo."

"Oh Teresa…. llámame Patrick"

"Patrick"

La gran victoria.

"Bien. Muy bien. Ahora, cuando despiertes, será todo igual que antes, no habrá cambiado absolutamente nada, excepto una cosa. No habrá más barreras. Solo seremos un hombre y una mujer en una habitación que anhelan el contacto del otro. Todo el deseo reprimido que has guardado este tiempo se va a liberar. Pero sabrás que esta noche… será solo para ti. Porque mañana cuando despiertes, lo recordarás todo. Y por mucho que te enfades… no habrá vuelta atrás. Entonces serás tu la que venga a buscarme. Pero no te equivoques, cuando lo hagas, seré yo el que te haga el amor hasta quedar exhausto."

Con dos dedos, golpeó de nuevo su hombro, y esperó.

Ella parpadeó un par de veces y enfocó de nuevo la vista en él. Entonces el espacio de un latido, luego dos.

Lisbon cerró la distancia que los separaba con un solo paso, y poniéndose de puntillas, entrelazó sus labios con los de él con un beso feroz, hambriento de necesidad.

Él había imaginado cientos de veces ese momento y sabía que sería así. Que Lisbon no se andaría con besitos suaves, con niñerías de pre-adolescente enamorada. Sabía que era una mujer fuerte y pasional, y con ese beso se lo demostraba, urgiéndole a que le diera más.

Primero suave toque con su lengua en la de él, luego la invitación para que entrara totalmente estaba servida. Lo besó con urgencia, agarrando su cabeza con sus manos, impidiendo la separación que él nunca permitiría.

Jane la abrazó, recorriendo con sus manos la espalda menuda, buscando el final de su camiseta para poder alzarla y liberarla de ella.

Pero Lisbon se lo impidió, llevando sus manos hacia los botones del chaleco, todos tan perfectamente abrochados que la hacían perder tiempo.

"Joder…" – murmuró ella rompiendo el beso, y mirando la maldita prenda que siempre llevaba a cuestas.

Haciendo acopio de las fuerzas que le permitían el cansancio del día, tiró con fuerza hacia ambos lados y todos los botones salieron despedidos y se perdieron por la moqueta.

Jane, maravillado por el brío y la pasión que la cegaban, se quitó el chaleco cuando ella ya empujaba la camisa para arriba para sacársela por la cabeza.

Él la volvió a besar cuando la camisa descansaba en el suelo, echa un ovillo. Hundió de nuevo la lengua en su boca disfrutando de su sabor, mientras ella, con las palmas de las manos abiertas, acariciaba su pecho, sintiendo la calidez de su cuerpo, la tensión, la anticipación.

Volvió a descender, recorriendo cada centímetro con reverencia, hasta que encontró su objetivo, la cinturilla del pantalón. Con dedos hábiles, no tardó mas que unos segundos en desabrochar el botón y bajar la cremallera.

Él estaba listo para ella. Ella lo acarició sin pudor, palpando el calor que desprendía, su rigidez a todo lo largo de su sexo, por encima de la tela del bóxer, cuando metió la mano dentro de la bragueta.

Jane no podría soportar demasiado tiempo aquella dulce tortura. Las desesperadas caricias de Lisbon lo estaban llevando al borde del abismo. Y tenía que controlarse. Él se lo había dicho. Esa noche era para ella. Él podría aliviarse más tarde, a solas, o incluso podría considerar resistirse, solo para que cuando llegara el momento de correrse, pudiese hacerlo dentro de una Teresa Lisbon entregada de manera real, sin artimañas de por medio.

Así que serenándose lo máximo que pudo llegar a hacerlo teniendo a tal mujer delante de él, agarró sus muñecas para sacar las manos del pantalón y obligarla a mirarlo.

"Lo quiero…" jadeó ella, picante y sonriente.

"Lo sé" respondió él, "y lo tendrás, tenlo por seguro, pero esta noche…"

"Es solo para mi, lo sé, pero hace tanto tiempo que quiero…"

La calló con su boca. La calló con su lengua. Porque si la dejara hablar más tiempo no sería capaz de seguir razonando.

Escurriendo sus manos por dentro de la camiseta, acarició el vientre plano para subir poco a poco y ocupar sus pechos. Eran pequeños pero muy bien formados. Duros y turgentes, justo en la medida perfecta para ocupar sus manos. Estuvo allí un segundo, recreándose con la sensación, más no pudo evitar desear arrancarle la camiseta al igual que ella había hecho con su chaleco.

Le acabó sacando por la cabeza y se unió, avergonzada a la camisa en el suelo. Descubrió entonces el sujetador, blanco, impoluto, deportivo por supuesto, y extremadamente sencillo. Tendría que enseñarle lo bien que le sentaría el encaje negro a su piel de alabastro.

Ella hizo el amago de quitárselo. Llevó sus manos bajo los pechos para coger la goma y quitársela al igual que la camiseta.

"No" – Exclamó él, autoritario.

En cambio, con su dedo índice, recorrió la tela del sostén desde el tirante hasta por encima del pecho, acompañando el gesto con el pulgar, que justo al llegar a la curva superior, comenzó a juguetear con el pezón. Ya estaban duros, erguidos, orgullosos de ser atendidos.

Bajó los tirantes por el brazo pero no se los quitó. Con un movimiento, tiró de la tela del sujetador hasta dejarlo bajo sus pechos, haciendo así que se levantaran un poco más.

Jane admiró aquella visión unos instantes y buscó beber de ella. Bajó su cabeza hacia sus senos y rozó con la lengua un pezón, para chuparlo con fuerza un segundo después. Irritó con los dientes la punta y lo resiguió con la lengua.

Lisbon acunó su cabeza contra su pecho, dejando escapar un largo gemido. Y se dejó caer hacia atrás, pues estaba a penas a un paso de la cama.

Cayeron suavemente, encima de todos aquellos papeles. Entre movimientos, consiguieron hacer caer la mayoría del expediente, así como las fotos del cadáver, que con el perdón del mismo, a ellos no les importaba en absoluto.

Se colocaron en el centro, ella debajo, entregada, él encima, dominando. Ella volvió a coger su cabeza para que retomara la acción anterior. Jane, con reverencia, volvió a besar sus pechos, lamiendo y excitando su piel, mientras arrancaba pequeños gemidos de ella.

Lisbon acariciaba su pelo. Aquellos rizos ensortijados y suaves que pasaba una y otra vez entre sus dedos. La boca de Jane era un regalo. Tenía una lengua mágica, cálida y adictiva. Sabía dónde, cómo y cuando besar, lamer o morder. Siempre con suavidad, aunque cuando menos se lo esperaba, un pequeño mordisco, o un tirón del enhiesto pezón entre sus dedos la volvía a poner en guardia.

Él continuó su tarea besando sus pechos, pasando de uno a otro, dedicándole toda la atención que merecían a ambos, mientras sus mano derecha se dedicó a vagar por su cuerpo, el brazo izquierdo firme palanca contra la cama, para no perder el equilibrio.

Resiguió de nuevo su vientre y jugueteó con el ombligo, haciendo círculos con sus dedos, tamborileando una melodía que ninguno conocía.

Más abajo, palpó la cintura del pantalón corto, mientras con sus piernas, se hacía un hueco entre las de ella. Sin previo aviso, Jane posó su mano en su sexo, ejerciendo una suave presión, lo suficientemente fuerte como para saber cual era su próximo objetivo, y lo suficientemente suave como para saber que aún no había llegado el momento.

Siguió acariciando entonces sus muslos desnudos, haciendo círculos, arañando suavemente con las uñas. Con las yemas de los dedos, como un suspiro, resiguió la curvatura posterior de su rodilla.

Lisbon gimió y se retorció en la cama. Abandonó los rizos con los que jugueteaba y posó sus manos en los hombros de Jane, empujándolo hacia abajo, para que cumpliera la promesa que le estaba haciendo sin palabras.

Jane rió contra la sensible piel de sus pechos, y se incorporó de rodillas para admirar su cuerpo entregado.

Ella vio al magnífico ejemplar que se erguía entre sus piernas, por una vez despojado de aquel traje que siempre lo acompañaba, con los ojos hambrientos de ella. Se lamió los labios y él supo que tenía que continuar su tortura.

Él la agarró por las caderas y tiró por fin del pequeño pantalón, que quedó olvidado en algún rincón del suelo. Volvió a separar sus piernas y pudo comprobar por fin la evidencia del efecto de sus caricias, en sus braguitas de color turquesa.

Se tendió sobre ella, piel con piel, para devorar su boca mientras su mano acariciaba por encima de la tela. Ella estaba lista para él, podía notarlo en la humedad de sus dedos.

Levantó la tela con los gráciles dedos y hundió uno en su interior. Ella gimió, sintiendo la palma abierta contra su sexo, y el dedo que comenzaba a moverse, para salir de nuevo a masturbar el centro de su placer.

"Ah… Patrick…" jadeó contra su boca.

Él lo tomó como una invitación para seguir con un segundo dedo la tarea que había dejado inacabada el primero, mientras que con el pulgar seguía acariciándola.

Se tomó un segundo para romper su beso y mirarla a los ojos mientras sus dedos se hundían en ella.

"¿Bien?" se atrevió a preguntar.

"Más" respondió ella.

Un último beso en los labios, y una retahíla por su cuello, comenzando el descenso. Mordisqueó juguetón los pechos y besó reverente el vientre, lamiendo el ombligo. Mientras detenía su trabajo para despojar de cualquier prenda a la mujer.

Se echó hacia atrás para besar sus piernas, primero el empeine de sus pies, y subiendo lentamente por los gemelos, las rodillas y el interior de sus muslos. Allí, dibujó círculos con su lengua, para soplar con suavidad después. Cada vez más cerca.

Por fin, colocó la cabeza entre sus piernas y la besó. Introdujo su lengua hasta el fondo y ella arqueó la espalda, gimiendo de nuevo su nombre.

Él lamió, de arriba abajo, deteniéndose en su centro, agarrándola por las caderas, las piernas por encima de sus hombros. La penetró con dos dedos para ayudarla a llegar con más rapidez.

Ella de nuevo acarició su cabeza. El final estaba cerca. Notaba como se iba expandiendo desde el centro hacia alrededor.

"Más deprisa" lo instó.

Él obedeció. Como un sirviente que se debe en cuerpo y alma a su ama. Unos toques más de su lengua caliente, y allí estaba. Lo sintió llegar como lo hizo ella. Gimió y se estremeció mientras las oleadas de placer recorrían su cuerpo. Él no la dejó ni un instante, hasta que el último temblor se hubo desvanecido.

Lentamente, se incorporó encima de ella, que permanecía con la respiración agitada, los ojos cerrados y los labios entreabiertos.

Capturó su labio inferior entre los suyos y la besó dulcemente, acunándola entre sus brazos, acariciando su cuerpo con ternura.

Ella notó su propio sabor en los labios de él y entreabrió los ojos, soñolientos.

Quería devolverle el favor de sus atenciones y sus manos buscaron su sexo, pero él no la dejó.

"No seas testaruda, te he dicho que esta noche era para ti" le dijo un Jane sonriente.

"Pero…"

"Procura no enfadarte demasiado conmigo mañana"

"Patrick…"

"Duerme Teresa, estás agotada. Duerme… duerme…"

Finalmente Lisbon, escuchando su voz suave, aquellos ojos azules que la miraban con reverencia la entregaron a los brazos del sueño.


Lisbon se despertó unos minutos antes que sonara la alarma del despertador. Suspiró profundamente y se estiró en la cama, que aun estaba hecha, aunque tenía una fina sábana por encima, probablemente de las que había de repuesto en el armario.

No recordaba haberse quedado dormida. Pero se sentía extrañamente satisfecha. Se quedó mirando al techo, dejando que poco a poco retornaran las fuerzas para levantarse.

Vio de pronto el ventilador del techo, que giraba tan lentamente que lo único que hacía era ruido. En una de las aspas, había una muesca. Observó como justamente esa aspa daba vueltas y pasaba cerca de una mancha de humedad del techo. Una vuelta… dos vueltas…. tres… "procura no enfadarte demasiado conmigo mañana"… cuatro… cinco… seis…

Abrió los ojos desmesuradamente y se incorporó en la cama de un salto. La sábana que tapaba sus pechos cayó y descubrió su propia desnudez.

Al final de la cama, había un botón negro.

Todos los miembros de la brigada se despertaron aquella mañana de golpe al oír gritar a su jefa desde la habitación.

"Janeeeeeeeeeee!"


**Continuará**

Y bien... ¿que os ha parecido? :)