Noche de jueves. Noche de poker. Noche de pérdidas.

Contra todo pronóstico, y aún habiendo aprendido varias estratagemas de él, había sido vapuleada.

Esa noche hubo un jugador nuevo, un tal Riley, del FBI, que la había desplumado sin piedad. Pese a todo, parecía un buen tipo. Simpático, agradable, curiosamente encantador con ella, aunque no perdonaba una y era un lince reconociendo faroles. Y se los había pillado todos. Sin embargo, en una pausa, se acercó para servirle un trago.

"Teresa Lisbon, ¿verdad? Del CBI"

"La misma. ¿Eres…?"

"Riley Jones. FBI. Me trasladaron hace poco de Santa Fe y cuando me enteré que hacían estas… reuniones, no pude dejar de probarlo. Nunca hubiera imaginado que me encontraría a mujeres tan hermosas."

Lisbon sonrió con educación e intentó desviar su atención hacia otros temas, pese a que el hombre estaba siendo realmente encantador. Moreno, de ojos verdes y sonrisa perenne en sus labios carnosos, y muy seguro de si mismo, no parecía el tipo de persona acostumbrada a que las mujeres le digan que no. Jones se sintió rápidamente aludido por su elegante rechazo aunque dejó escapar un último comentario.

"Comprometida con alguien pero sin anillo en el dedo… interesante combinación. Si por algún motivo cambiases de opinión, estaré disponible para la revancha." Dijo tendiéndole su tarjeta.

Esa revancha la podría pedir cuando quisiera, porque la había dejado temblando. Literalmente. A ella y a todos los presentes, con sus infinitas escaleras de color.

Con todo y eso, cuando se marchaba para casa, no pudo sonreír y pensar "he ligado". Y de pronto no quiso marcharse a casa, sino ir a ver a Jane, no sabía si en parte porque estaba de un increíble buen humor y aunque fuera en comisaría, quería disfrutar al menos de sus besos, ya que el desván, técnicamente no era su lugar de trabajo. O bien porque quería restregarle por la cara que otro hombre se hubiese sentido atraído por ella.

Así que de nuevo puso rumbo a la oficina, sin saber que excusa podía darle a los del turno de noche, pues ya la veían más por ahí a esas horas que en el turno de mañana.

Cuando tocó a la puerta del desván, ella sabía que él estaría ahí, y no le sorprendió que de nuevo se hubiera encerrado para porter el cúmulo de datos de su obsesión.

"Teresa, que inesperado placer que vengas a visitarme" dijo al abrir la puerta.

"Ni que esta fuera tu casa Ja… Patrick."

"Gracias" dijo sonriendo.

"No te negaré que me cuesta acostumbrarme".

"Y bien, ¿A que se debe tu presencia en mis aposentos? ¿Te has rendido por fin a tus instintos y vamos a llevar a cabo nuestro cometido?

"No hace falta que seas tan rimbombante. No, no es eso. Simplemente no quería marcharme a casa tan pronto."

"Podrías haberme llamado y habríamos ido a cenar, o tomar una copa a la esquina."

Ella calló. Él sonrió divertido. Ella había estado echando un vistazo por el desván, mirando sin ver realmente el inmenso tablón de datos y sus escasas pertenencias allí guardadas. Dejó su americana encima de la cama y se acercó a la ventana, donde comenzó a mirar a través, la ciudad de Sacramento, donde en breve, todo el mundo se estaría yendo a la cama a descansar.

Jane se había sentado en su silla cuando ella entró, en la única silla que había, en realidad, al lado del escritorio.

Estaba en mangas de camisa, pues allí arriba no llegaba el aire acondicionado y esperaba, con las piernas cruzadas y las manos tranquilamente reposando encima, a que ella diese el próximo paso.

"¿Ha ido bien la timba?" preguntó casual.

"Me han desplumado" respondió con una sonrisa "un agente del FBI que han trasladado de otra ciudad hace poco. Es muy bueno"

"Debe serlo si ha podido contigo, pero hay más detrás de eso. ¿En que más es bueno nuestro recién trasladado agente?"

"Se llama Jones. Y a parte del poker es bastante bueno halagando a las mujeres" la sonrisa nunca se desvaneció de su rostro cuando habló del otro hombre, como ensimismada.

"Bueno, teniendo en cuenta que dada la mercancía que había en la habitación, y que seguramente tu eras la más avispada… habrá utilizado el viejo truco de hacerte creer que le interesabas para que dejases de estar concentrada en el juego y le prestaras mas atención a él."

Ella se giró. Su buen humor había desaparecido. ¿En que estaba pensando mientras hablaba dejando caer esos comentarios sarcásticos y ese ataque completamente gratuito? ¿Acaso eran celos?

"A juzgar por tu mirada, veo que ha conseguido que te lo creas. No me esperaba que cayeras en esos trucos para quinceañeras."

Esa fue la gota que colmó el vaso.

"¿Perdona? ¿Quién eres tu para juzgar la conducta que tienen otros hombres conmigo, sin tener la mas remota idea de lo que hemos estado hablando?"

"Me guío por lo que me cuentas, Teresa. Y tu actitud me lo confirma. No te sulfurarías tanto si hubiese sido todo sincero, si no supieses que tengo razón."

"Te equivocas del todo, Jane"

"Volvemos un paso atrás ahora"

"No cambies de tercio. Si no fueras tan arrogante y pensaras que todo el mundo está lleno de patanes que siempre buscan algo a cambio de sus acciones…"

"En una timba de poker lo que se busca es ganar dinero. No le veo otra explicación a que estuviera intentando conquistarte si no fuera por…."

El sonido de la bofetada retumbó en las paredes de madera. De la fuerza con la que le dio, le giró la cara.

Le pegó por todas las veces que había querido pegarle y no había podido. Por todas aquellas frases de condescendencia, por todas las veces que a posta o no, había menospreciado su trabajo, por todas las veces que la había dejado en evidencia, por todos los malos ratos por todos aquellos testigos que le habían querido pegar, y ella misma se lo había impedido, y sobretodo, por menospreciarla como mujer en aquel momento. Por no creer que cualquier otro hombre se había podido sentir atraído por ella.

Y él lo sabía. Por eso no hizo nada por evitarlo. De hecho, mientras hablaba sin sentir nada de lo que estaba diciendo podía notar como ella se enfurecía cada vez más. El habló porque no quería escuchar el nombre de otro hombre en labios de esa mujer. Puso el modo automático y comenzó a hablar para dejar de sentir. Para no sentir aquella presión en el pecho mientras ella sonreía pensando en otro.

Pensó que todo había acabado antes de empezar. Y se odió a si mismo por haber sido tan estúpido, porque no había conseguido llevar su plan a cabo.

Por eso se sorprendió tanto, cuando ella se puso detrás de la silla y en una rápida maniobra, le esposó las manos tras ella, que se quedó sin palabras.

Con la mejilla ardiendo aún, se encontró inmovilizado, observándola a ella dar vuelta lentamente de nuevo por la improvisada habitación.

Como una pantera, sigilosa, elegante, buscaba algo y el no sabía que era. Podría haber temido por su vida si ella hubiera sacado su arma, pero hasta ese punto morboso logró excitarlo. La vio inclinarse sobre el camastro y coger un pedazo de tela. Ese movimiento lo obsequió con la visión de su hermoso trasero, embutido en unos pantalones tejanos.

Cuando ella se giró y descubrió hacia donde se dirigía su mirada, solo levantó la ceja, desafiante.

"Teresa, yo…"

"No. No puedes hablar. Has perdido todo el derecho a decir tan siquiera una sola palabra."

Se colocó detrás de él de nuevo y ya no pudo ver nada más porque le había tapado los ojos. El se estremeció. ¿En que estaría pensando ella? ¿Cómo habían llegado a ese momento?

Ella dio la vuelta de nuevo y se detuvo frente a él. Cogió su cara con una mano y examinó la mejilla. A ella aún le picaba la palma así que supuso el dolor que le había causado a él.

No sabía exactamente como habían llegado a eso pero estaba decidida a seguir adelante. Si él podía actuar como un energúmeno ella con más razón. ¡Demonios!¡Ella cazaba a los malos! ¡Y con tacones! Ella podía hacerle lo que quisiera.

Así que se lo encaró y se alegró por su idea de haberlo cegado, pues de otro modo habría sido imposible.

Le besó con rudeza por un segundo, mordió su labio inferior y se lo llevó unos instantes con ella. Él se entregó completamente.

Y ella fue donde quería ir. Sin esperas ni remilgos. Sin caricias que en ese momento él no se merecía.

Así que se arrodilló entre sus piernas separadas y desabrochó el cinturón del pantalón con rapidez, así como el botón. La cremallera fue algo más difícil pues él estaba más que preparado.

Secretamente, Lisbon se alegró que estuviera tan dispuesto con solo un par de movimientos, y por fin liberó su sexo.

Aunque lo había acariciado con anterioridad, nunca se había llegado a imaginar que fuera tan… notorio. No lo pensó mucho más y lo acarició con un toque seco, después, su lengua lo recorrió despacio.

Jane se estremeció y dejó escapar un jadeo. La boca de ella era magistral. Amable pero concienzuda, inexorable. Estar privado de visión, imposibilitado de manos, no hacía más que amplificar la sensación.

Ella lo tomó por completo en su boca y él dejó caer la cabeza atrás, lamiendo su nombre mientras lo pronunciaba pidiéndole más.

Lisbon lo notó tensarse un par de veces, así que disminuyó el ritmo, tanto, que sus caderas dieron una sacudida para animarla a ir más rápido. Aunque ella se detuvo en la punta y succionó con fuerza, mientras sus manos lo masturbaban con lentitud.

De pronto ella paró. Durante varios segundos no hizo nada, y él no pudo esperar.

"Teresa…"

"¿Sí?"

"No pares, por favor" respondió con la respiración agitada.

"No te lo mereces. Has sido muy cruel conmigo."

"Lo sé, lo siento"

"¿Eso es todo?¿Lo sientes?"

"Si.. no… no debería haberte dicho eso… no pensaba con claridad…"

"Ni ahora tampoco… solo dices que lo sientes porque no quieres que pare… al fin y al cabo, todos los hombres sois.."

"¡No! No, Teresa, no somos iguales – dijo con rapidez, interrumpiéndola – tu lo sabes mejor que nadie, tu me conoces."

Ella se quedó en silencio un momento, pensando en lo que él había dicho y si debía creerle.

Dejó esos pensamientos a un lado y reanudó su cometido, sabía muy bien lo que tenía que hacer en ese momento.

Él gimió al sentir de nuevo sus cálidos labios en su sexo. Pasaron varios minutos en los que no se escuchó nada más que sus gemidos ahogados. Cada vez más rápido, cada vez más profundo. Estaba a punto de llegar al final y de nuevo ella paró.

"¡No!" gritó esta vez con frustración.

Ella no respondió.

"Otra vez no Teresa, ¡por favor!"

Ninguna respuesta excepto el frío vacío que había quedado entre ellos.

"Te dije que pagarías por lo que hiciste"

Su voz le llegó desde un lugar a su derecha. Escuchó como la puerta se abría y se cerraba de nuevo. Silencio.

"¿Teresa?"

No podía creer que lo hubiera dejado allí, atado, con los ojos tapados y duro como una roca.

"¿Teresa?" repitió, aun sabiendo que no iba a obtener respuesta.

Ella sonrió mientras bajaba las escaleras, aún con los labios hinchados. Hasta casi soltó una carcajada cuando al cerrarse las puertas del ascensor escuchó un ruido procedente del desván, como si se hubiera caído algún mueble, y a continuación, un grito desesperado.

"¡Lisboooooooooooooon!"


Lisbon llegó a su casa a eso de la una de la madrugada. No era tarde para la hora a la que se acostumbraba a acostarse.

Si las cosas no hubieran ido como lo habían hecho, probablemente ahora estaría repasando algún expediente o perdida en algún programa de cocina del cual nunca aprendía nada.

Se alegraba de que no fuera así. Puede que no hubiera actuado como una dama lo habría hecho, pero su arpía interior le estaba dando un aplauso. Casi podía sentir como sus ovarios hacían una fiesta.

No quería pensar en las consecuencias, porque suponía que Jane se lo habría tomado como una afrenta personal, y probablemente le haría la vida imposible en el trabajo durante unos días. Tendría que andarse con cuidado en la oficina.

Sin embargo, no pudo dejar de recordar lo que había hecho, y la manera en que, en contra de su voluntad, lo había disfrutado. La prueba de ello es que cuando se fue a la ducha para refrescarse, al tocarse notó su propia humedad y un suspiro de frustración escapó de sus labios.

Cuando hubo acabado, se calzó su inseparable camiseta azul, se cepilló el pelo y fue a la cocina a servirse un yogur para ir a leer un rato, solo por comprobar si así le venía el sueño y podía dejar de fantasear con que el estúpido Patrick Jane estuviera allí para hacerla sudar como lo hizo la primera noche.

Se sentó en su sofá, ajustó la luz para que solo recayese sobre ella, tomó un par de cucharadas de su yogur con sabor a fresa, y abrió su ejemplar de "Conversaciones con el Diablo" de una autora casi desconocida que se hacía llamar a si misma Neherennia.

"Hace unas noches, por primera vez, me encontré con el diablo. Un tipo interesante en realidad" comenzó a leer cuando llamaron a la puerta. Miró el reloj, era la una y media pasadas. Consideró no abrir la puerta pero volvieron a llamar.

"No puede ser" se dijo a ella misma, pensando que era imposible que él se hubiera liberado tan rápido y que la hubiese seguido a casa. Incluso si lo hubiese hecho, las normas sociales decían que el juego había quedado aplazado hasta la mañana siguiente. No más interacciones sexualmente frustrantes por ese día.

Se acercó a la puerta y a través de la mirilla distinguió unos rizos rubios en la oscuridad.

Al abrir, ahí estaba Jane, apoyado en el marco de la puerta con una mano, la otra reposada en su cadera, su chaqueta reposando en el brazo, y la cabeza gacha, como si hubiera llegado a la meta exhausto después de una maratón.

Alzó la cabeza y la miró con cara de pocos amigos.

"Has sido una chica muy mala, Teresa. Hay ciertas líneas que no se pueden pasar en los acuerdos, y tu lo has hecho."

Ella alzó la ceja, desafiante. Se cruzó de brazos y giró la cara, altanera para contestarle.

"Llevas años saltándote las reglas, cruzando líneas y dejándome en evidencia. No veo por qué yo no puedo hacer lo mismo."

Él sonrió. "Eso es lo que quería oír."

Entró sin ser invitado, como un tsunami, llevándoselo todo a su paso. Cerró la puerta tras de si, dejando caer la americana al suelo, y se llevó a Lisbon con él, contra la pared, besándola con fiereza, mordiéndole los labios y recorriendo su cuerpo con urgencia.

Ella tardó dos segundos en reaccionar y aceptó la furia con la que la deseaba. La arpía ya había tenido su momento cuando lo dejó en el desván, ahora era el momento de dejarse llevar.

Jane se había sentido humillado allí tirado en el suelo, pero mientras se deshacía de los grilletes, se quitaba la venda de los ojos y peleaba con su erección para que volviese dentro de los pantalones, no podía dejar de sonreír pensando que había conseguido pervertir al menos un poco a la mujer. La princesa cabreada se había convertido por unos momentos en la princesa de las botas de cuero y un látigo de terciopelo. Faltaba mucho menos de lo que se había imaginado para poder llevar a cabo todo lo que tenía pensado para ella.

A menos que… no quiso pensar en nada en ese momento.

Se fue como alma que lleva el diablo a verla. Si apretaba tan solo un poco más, tan solo un poco, esa noche se estaría follando a su Teresa Lisbon.

Y en la puerta de su casa casi lo estaba consiguiendo.

La besó con dureza, mientras se agachaba para cogerla de las piernas y levantarla para que se enroscara en su cintura.

Ella se abrazó a su cuerpo y se liberó de todo pensamiento, de todo pudor, de toda moralidad. Tan solo era el hombre que deseaba. Desde hacía tanto tiempo. Sin saberlo.

Liberó sus piernas cuando se dio cuenta que aun estaban vestidos y que no podrían llegar más allá en esa postura. A trompicones, sin dejar de besarse, ella los condujo a ambos hacia el sofá, a tan solo unos metros de la puerta.

Él le sacó la camiseta antes de llegar, y esta vez encontró unas inmaculadas braguitas blancas debajo. Tan solo eso.

Ella le sacó la camisa por la cabeza, esta vez quería ser algo más cuidadosa con sus botones.

Piel contra piel, se acariciaron con fiereza, como si ambos fueran a morir al día siguiente y quisieran estar uno dentro de la piel del otro antes de que ocurriese.

Él atacó su cuello lamiendo y trazando besos húmedos bajo su oreja hasta encontrarse con su colgante en forma de cruz, y de nuevo arriba. Mordía suavemente, y succionaba en el momento justo para arrancarle un suspiro a ella.

Lisbon besaba sus hombros e inhalaba el olor de su piel, entre dulce y picante, sin rastros de perfume, como si su piel hubiese sido besada por el sol, mientras sus manos recorrían su espalda.

Él succionó en su cuello más fuerte de lo que habría debido y ella le arañó en respuesta. Ambos tendrían una marca al día siguiente, una más evidente que otra.

Jane abandonó su espalda donde tenía apostadas sus manos, que la apretaban contra él, y se las llenó con sus pechos, pellizcando sus pezones mientras volvía a devorar su boca, y le hacía el amor con su lengua.

Ella volvió a desabrocharle el pantalón y lo dejó caer al suelo. Y empezó a tirar de sus calzoncillos hacia abajo. En su mente se formó la imagen de Jane haciéndole el amor con los calcetines puestos, pero la descartó enseguida porque su libido había bajado diez puntos con ese pensamiento.

Él la empujó suavemente hacia el sofá, donde la dejó recostada mientras se descalzaba y se liberaba de toda su ropa con sus pies. Calcetines incluidos. Nunca la dejó de besar, siempre forzando a abrir más su boca, a beberse toda su esencia.

Abandonó sus labios para besar con reverencia sus pechos, mientras ella abría las piernas y acogía su peso. Con sus piernas recorrió lentamente las de él, notando cuan musculosas eran y que poco lo parecían.

Ella volvió a acariciarle la cabeza, encantada de tocar de nuevo sus suaves rizos y enredarlos en sus dedos. Bajó un poco y abrió sus dedos en abanico para acariciar sus hombros con las uñas.

Él tiró del pezón con sus dientes con suavidad, llevando sus manos hacia sus caderas y tiró de sus braguitas hasta sacárselas, haciendo malabarismos con las piernas para que ella recogiera las suyas y pudiera sacarse la prenda por fin.

Inició el descenso como tenía planeado, por su estómago, tomando las caderas en sus manos, con el fin de prepararla.

"No es necesario" dijo Lisbon con un suspiro.

Él se detuvo y la miró. Llevó su mano al sexo de ella y comprobó que tenía razón. Ya estaba lista. No hubo más comentarios. Él se incorporó para besarla de nuevo, colocando sus antebrazos en el sofá para poder verla perfectamente, ella recogió las piernas alrededor de sus caderas de nuevo, y lo guió a su interior.

Él la tomó, sintiendo la perfección de su cuerpo alrededor de él, como un delicado guante de terciopelo en el que encajaba a la perfección. A ella le tomó un par de segundos acostumbrarse a su cuerpo cuando entró. Hasta el fondo, de una sola vez, sin miramientos.

Se miraron a los ojos por un momento, como si hubieran cumplido la misión silenciosa que se les encomendó el día que se conocieron, bajo las circunstancias en las que se conocieron. Para bien o para mal, habían cruzado el punto de no retorno. Eran uno solo. Y por mucho que lo quisieran negar, y lo harían en adelante muchas veces, ellos lo sabían.

"Patrick…" susurró ella, con las mejillas encendidas por el calor y la presión de su cuerpo encima del de ella. Piel contra piel de nuevo, totalmente indefensos de ellos mismos.

Él se comenzó a mover, lentamente al principio, saboreando cada centímetro de su piel, grabando a fuego la sensación de estar dentro de ella, su blanca piel en contraste con el pelo azabache, desordenado encima de un cojín. La forma en que tenía de morderse el labio inferior cuando hacía una embestida algo más fuerte que otra. Sus ojos. Sus ojos verdes, las pupilas dilatadas mientras lo miraba directamente a los ojos y gemía su nombre.

Ella supo que recordaría ese momento durante el resto de su vida. Podría haber tenido otros amantes, mejores incluso que él, pero nunca jamás olvidaría como la miraba. Como si nunca antes la hubiera visto y de pronto se hubiese convertido en algo imprescindible en su vida. El sudor, que se iba formando en su frente, en su espalda y lentamente se unía al suyo propio. Los golpes lentos de sus caderas contra su sexo, llenándola por completo y dejándola vacía y anhelante cuando se retiraba, tan solo para volver con más pasión si era posible.

Ella alzó su cabeza, buscando su boca con desespero, acallando los gemidos de él, más guturales y contenidos, pero llenos de sentimiento.

Ambos cerraron los ojos mientras se besaban y dejaron que sus cuerpos danzaran en la melodía del silencio.

Él fue el primero en romper el beso, abruptamente. Enterró su cabeza en su cuello y rodeó su cuerpo con sus brazos, dejando que sus caderas y sus piernas llevaran el acto.

Ella, pese a que no entendió por qué había abandonado sus labios, le abrazó a su vez.

Él aceleró el ritmo, como si quisiera acabar con eso lo más rápido posible. Comenzó a gemir en su cuello y a continuación comenzó a besarlo al igual que lo había hecho al principio. Como si supiera de alguna manera que era el punto débil de ella.

Y ella lo sintió llegar, poco a poco, desenroscándose en su bajo vientre, y esparciéndolo por todo su cuerpo. Las oleadas de placer le nublaron la vista y se estremeció casi por un minuto.

Él no pudo soportarlo más, y de la manera en que él la había llevado a ella, ella lo llevó a él con el último de sus temblores. Tuvo la lucidez de salir de ella antes de explotar en su interior, y acabó esparciendo su semilla por la ingle y parte del vientre de ella.


Permanecieron juntos, abrazados y exhaustos durante mucho tiempo en aquél sofá. Recuperando el aliento y acariciándose con suavidad.

Lisbon miró el reloj que había sobre una estantería. Las dos y cuarto de la madrugada. Desde luego había encontrado algo mucho mejor que leer para que le viniera el sueño.

Le empezaban a doler las caderas, pues Jane no se había movido de encima de ella, pero le daba miedo hablar, por si de esa manera rompía el encanto del momento. Ese momento justo en que dos amantes no están entregados a la pasión, si no a algo mucho más íntimo y delicado.

Pero temía por algo más, y es que justo en el momento en que él había dejado de besarla cuando estaban haciendo el amor, había notado como si algo no fuera bien con él. Como si se hubiera arrepentido de algo, o… como si se hubiera dado cuenta de algo, que era mucho peor.

Se movió ligeramente, y él se desperezó.

"Perdona" dijo sonriendo, como si no hubiera pasado nada. Momentáneamente, disipando todas sus dudas. "Estaba tan a gusto que no me quería mover. No me había dado cuenta que te estaba aplastando."

Ella sonrió, soñolienta. "No pasa nada. A mi también me daba pereza moverme."

Ambos se miraron durante unos segundos y sonrieron, diciéndose sin palabras que estaban satisfechos, que había ido bien, incluso se recriminaron mentalmente que no lo hubieran hecho antes.

Ella iba a preguntarle si quería acompañarla a la cama y dormir allí. Él se adelantó a sus palabras y la ayudó a ponerse de lado en el sofá. Su pequeña espalda contra su pecho.

Acercó su camiseta y la camisa con el pie y los cubrió a ambos. Ella calló y se acomodó sobre un brazo. El apagó la luz de pie que había encendida. La rodeó con un brazo y le dio un beso en el hombro.

"Buenas noches Teresa."

Ella cayó dormida al cabo de unos minutos, inmersa en un silencio incómodo.


A las tres de la mañana, Jane iba hacia su motel en el coche, con las ventanillas bajadas, dejando que el aire fresco de la madrugada de Sacramento, lo despejara.

Había tardado una eternidad en salir de casa de Lisbon sin que ella se diera cuenta, intentando hacer el menor ruido posible, y sobretodo sin que notase que se estaba yendo de su lado.

Había sido una noche tremenda. Se había acostado con la mujer que deseaba y había sido todo lo que había deseado. Quizá un poco rápido para su gusto, pero la urgencia a veces no se puede ignorar. Ya tendría tiempo de disfrutar de ella en otras ocasiones, en otras posturas, en otros lugares.

Se marchaba insatisfecho, pues le habría gustado quedarse a dormir con ella, y despertar a su lado. O despertarla él mismo con sus besos. No necesariamente en sus labios. Pero no podía. Había sido muy descuidado y se había dejado llevar tanto, que casi se corre dentro de ella. Y eso era algo que no podía permitir de ninguna manera.

Pero lo peor de todo, es que cuando la estaba mirando a los ojos, cuando estaba dentro de ella, había nacido un sentimiento dentro de él que no sentía en muchos, muchos años. Un sentimiento de paz que no merecía. Había olvidado sus penas, su venganza y su razón de ser.

Y todo por estar con ella.

Estaba aterrado.


* Continuará *

Buenas noches, bienvenidos, gracias por estar aquí.

Gracias, muchas gracias por los comments. Ayudan infinitamente a escribir con más ánimos. Ya sabéis, si la gente lee pero nunca comenta comienzas a pensar... mmm... no les habrá gustado? Reviews, buenas y malas, siempre son bienvenidas :D

Espero que este capítulo os haya gustado. Pensaba alargar mucho más esta unión, pero lo he visto innecesario. Total, van a seguir haciendolo en próximas situaciones y necesitaba que se pusieran manos a la obra para poder desarrollar otro tema. Ya veréis, os gustará ^^

No se si podré subir tan rápido los siguientes capis, pero haré lo que pueda. Mientras tanto... ¿que os ha parecido? ¿Pensáis que Jane ha estado a la altura? ;)