El incidente de la esquina dejó a Lisbon temblorosa. Por alguna razón se había sentido culpable de estar coqueteando con Jones, aunque en teoría, tenía las cosas claras con Jane.
Ella se le acercó esa tarde. Él había desaparecido al entrar en la brigada con ella. Había advertido que llevaba un helado, su favorito, pero él no le había hecho referencia en ningún momento. Después del silencio incómodo del ascensor, él se había marchado al desván. Y después de haber dejado pasar unos minutos de cortesía, lo fue a buscar.
- Jane - lo llamó suavemente a través de la puerta - ¿puedo entrar?
- La puerta está abierta - respondió su voz seca desde el interior.
Ella abrió y entró con cuidado, cerrando tras de si.
- Sabías que estaba abierta y sin embargo me has pedido permiso para entrar. ¿Te sientes mal por algo, Teresa?
Él estaba sentado en su escritorio, de cara a la ventana. El helado, derritiéndose poco a poco, descansaba en una esquina. Nisiquiera había levantado la cucharilla.
- Eso mismo te podría preguntar yo a ti.
Se hizo otro silencio. Ella casi pudo sentir como él sonreía, aunque no podía ver su cara. Aunque temía que era una sonrisa cínica.
- Puedo volver a reformular la pregunta si eso te hace feliz. ¿Crees que debería sentirme mal por algo?
- No, no creo que debas. Pero es evidente que no estás como siempre. Desde que Jones está alrededor te estás comportando de una forma mucho más irritante que de costumbre. Y no tendría por qué. Nada ha cambiado en cuanto a mi. Nada.
Jane mantuvo silencio unos instantes y se levantó. Se quitó la chaqueta y la dejó encima de la silla. Se dio la vuelta y fue hacia ella. Se quedó a escasos centímetros de su cara, fijando sus ojos con los de ella, invadiendo su espacio personal y siendo totalmente consciente de ello.
La observó detenidamente, fijando cada matiz del azul de sus ojos en su mente. Acunó su cara en sus manos y la besó con lentitud. Suavemente acariciando sus labios con los suyos propios, abriendo ligeramente la boca para abarcar más piel. Con un toque de su lengua, pidió permiso para pasar, justo como ella había hecho delante de su puerta. Y probó su sabor azucarado por el helado que había tomado con ese otro hombre, y se recreó, danzando en silencio. Besándola de la manera en que le gustaba besarla, sin reparos, tomándolo todo de ella, y dándole lo mejor de si.
- Tu boca aun está fría - dijo finalizando el beso. Ella lo observó con las pupilas dilatadas, recobrando el aliento, y sonrió, feliz de tenerlo en su vida, agradeciendo en silencio a dios, que besara tan bien, y que pudiera desarmarla por completo con tan solo el roce de sus labios - tenía grandes cosas preparadas para esa boca mentirosa.
Lisbon se congeló. Y de pronto se sintió extraña con él. Ella, que estaba descubriendo sus sentimientos, o aceptándolos en todo caso, que se sentía a veces tan cerca de él, y de pronto tan lejos. ¿Cómo podían tener tanto poder sus palabras? Como un jarro de agua fría cayeron sobre ella. La había llamado mentirosa. Él. A ella. Que le había asegurado que nada había cambiado. Que con esa confesión seguía entregándose por completo a su deseos.
Jane la dejó en medio de la habitación y se dirigió a su escritorio de nuevo.
- No tienes por qué darme explicaciones. Si quieres arrojarte a los brazos de otro hombre justo después de haberme calentado la cama, es tu decisión - arrojó el helado a la papelera al apartarlo con los dedos - ve con Jones si es lo que deseas.
Lisbon tragó con dificultad. Las lágrimas se acumulaban en sus ojos y rezó por que no cayeran antes de que él se diera la vuelta. No pudo aguantar ni una palabra más y saliendo por la puerta solo sentenció.
- Quizá lo haga.
Jane escuchó su tono de voz y adivinó que ella tenía un nudo en la garganta. No se la quería, ni podía, imaginar llorando por su rechazo. Por su manera tan cruel de apartarla de él justo cuando había sido el que había propinado esa situación.
Se sentó en el camastro mirando al suelo, pensando en cómo lo había quemado por dentro verla con otro hombre. Y aceptó por fin que eran los celos los que habían hablado. Que nunca había sido tan posesivo con nadie como con ella. Que la lucha interna que sentía, se debía... se debía...
Se acabó por estirar, y cerró los ojos. Aún era pronto y no tendría que volver al caso hasta la mañana siguiente. Lo que quedaban esa tarde eran absurdas reuniones interdepartamentales. Así que concentró sus pensamientos en intentar olvidar lo que había pasado, y recorrió su palacio de la memoria en busca de mejores recuerdos para dejarse llevar. Y el sueño lo encontró en una batalla a muerte con su propia razón.
Lisbon justo había acabado de bajar las escaleras cuando una lágrima furtiva corrió por si mejilla. Luego otra, y otra más. Tuvo suerte de no cruzarse con nadie en su carrera al servicio.
Allí, se miró al espejo y se lavó la cara con agua fría. Respiró varias veces y recobró la compostura.
- Vamos - se dijo a si misma - no eres una adolescente. Te ha dolido y es normal. Es duro que una pesona a la que quieres desconfíe de ti hasta ese punto. Y sobretodo cuando nosotros... nosotros...
Se estremeció al recordar. Y fue eso lo que la enfureció más. No era justo que él le hubiese llamado mentirosa. No que la hubiera acusado de querer arrojarse a los brazos de otro hombre después de "haber calentado su cama". No cuando él se había dejado querer por otras mujeres, de una manera mucho más descarada que la de ella.
No.
Cogió su móvil y llamó a Jones. Contestó al segundo tono.
- Teresa, ¿qué puedo hacer por ti? Inspiró profundamente y volvió a mirar su reflejo en el espejo. La mujer que le devolvía la mirada, tenía los ojos hinchados y rojos de aguantarse las lágrimas.
Y en cambio, él... ella casi podía sentir la sonrisa de él a otro lado de la línea, esperando impaciente por ella.
- Quizá... - titubeó- quizá no tengamos que esperar a que acabe el caso para esa cena en la que según tu, te debo un movimiento de cejas.
- Papá.
Silencio.
- Papá.
Jane abrió los ojos, aún en su camastro el desván.
- Papá, ¿que demonios estás haciendo?
Miró un poco más allá, hacia sus piés, y vio a su preciosa Charlotte sentada en el escritorio. Al menos su propia versión de la Charlotte adulta que un día se imaginó en sus alucinaciones.
Pese a que sabía que no era real, y que probablemente no fuera más que un sueño, se alegró de verla. Se incorporó en la cama y cruzó las piernas, dejándose maravillar por la imagen de su preciosa hija. Había vuelto a soñar con ella varias veces después de su coqueteo con la baya del diablo. Pero nunca había vuelto a tener su presencia de una manera que se sentía tan real.
Charlotte lucía enfadada. Tenía el ceño fruncido y un gesto de desaprobación en el rostro.
- Me alegro de verte - dijo él, conmovido.
- Papá, se que me has estado buscando, pero ya va siendo hora de que me dejes ir. Ya te lo dije en su momento, y sigues sin hacerme caso. Y esta forma en la que te estás castigando a ti mismo no hará que yo vuelva. Ni mamá tampoco. Tan solo nos haces daño. Como el que te haces a ti.
- Cariño, no pretendo haceros daño. Nunca lo pretendí.
- Lo sabemos. Y es por eso que nos duele verte así. Ver como te sigues destrozando la vida, y no dejas que nadie te ayude. Ni siquiere ella.
- ¿Ella?
- Ya sabes a quien me refiero - respondió, desaprobando la manera en que su padre intentaba hacerse el despistado.
- Lisbon.
- Sí. Teresa Lisbon es una buena mujer. Y también quiere lo mejor para ti. Pero lo que estás haciendo con ella va a acabar por alejarla de ti.
- No tiene nada de grave lo que le he dicho. Lisbon tiene la suficiente madurez para poder soportarlo.
- No es tan solo eso. Si tiras una pequeña piedra contra un cristal, no ocurrirá nada. Pero si sigues haciéndolo una y otra vez, confiando en que siempre aguantará, un dia te darás cuenta que por tu culpa ese cristal estará resquebrajándose. Y acavbará por romperse. Y te odiarás por ello.
Jane sonrió muy a su pesar. Sabía que su pequeña tenía razón.
- ¿Cuándo te has vuelto tan sabia?
- Soy hija tuya. Nací sabia. - respondió ella con una sonrisa triste. - Papá - continuó con tono solemne - no puedes dejar que se marche. Ella te hace bien. Ella es... como la luz que te guía en tu eterna noche. Aunque no quieras aceptar todos tus sentimientos, con todo lo que has tenido con ella hasta ahora, sabes que te ha dado más paz que con cualquier momento de venganza que hayas podido tener.
Decir que ella había nacido sabia era poco. Jane sabía perfectamente que sus palabras eran las de él, solo que a través de unos labios que ansiaba ver sonreír de nuevo. Pese a todo, siguió con su sueño, su alucinación, o lo que fuera.
- Espera... has dicho... ¿con todo lo que he tenido con ella? ¿Lo has visto todo? - preguntó con los ojos muy abiertos.
- Vivo en tu cabeza, papá. - ella sonrió y no pudo evitar sonrojarse - aunque me mantengo al margen y procuro mirar hacia otro lado cuando las cosas se ponen... complicadas, para mi.
Ambos se miraron y sonrieron con complicidad.
- Papá, por favor, ve a por ella. Tráela de vuelta a tu vida. Y deja que se quede. Si quieres seguir con tu absurdo plan de venganza, hazlo al menos de la mano de alguien que pueda recogerte si fallas, y ... también si ganas.
Jane iba a levantarse para abrazarla, pero ella se le adelantó. Se incorporó y fue hacia el camastro donde descansaba y acariciando su cara, le dio un beso en la frente. Jane cerró los ojos por la gloriosa sensación de poder sentir la piel de su niña de nuevo contra la suya misma. Atesoró todas las sensaciones como si fuera a poder conservarlas para siempre en su piel. Cuando volvió a abrir los ojos, se encontraba estirado de nuevo en la cama. Se había despertado de ese sueño. Aunque en ese momento, y hasta muchos años después, juró y perjuró que pudo oír claramente la voz de su hija diciéndole:
- Nosotras estaremos bien. Ella te espera.
Lisbon no lo esperaba. De hecho, se podía decir a ella misma que hacía meses que había dejado de esperarlo. Desde el día que él se marchó por la noche de su casa, a hurtadillas. Desde ese día, entendió que Patrick Jane no querría una relación con ella fuera del ámbito sexual.
Y ella había aceptado sus términos. Porque consideró que era mejor tener eso que no tener nada suyo. Estaba totalmente equivocada. Ninguna mujer que se preciara debería aceptar esos términos si estaba enamorada.
Porque lo comprendió tarde, pero lo hizo. En el coche de vuelta a casa, después de salir del desván y escaparse de sus obligaciones como nunca había hecho, las lágrimas se agolparon en sus ojos y no las pudo retener. Se vino abajo en el primer semáforo que se encontró y con la cabeza gacha al llegar a su casa, se escabulló por el parquing y cerrando la puerta tras de si, apoyada en aquella misma entrada dónde él la había venido a buscar, se echó a llorar, culpándose por no haber sido más valiente con sus sentimientos y haber acabado con aquella situación mucho antes.
Intentó serenarse y seguir con su vida. Seguir adelante con los pedazos en los que se estaba quedando la que tenía. Sin darse tiempo para el luto, con una cena concertada por despecho. Como todo lo que estaba haciendo últimamente. Porque quizá fuera el momento de pasar página.
Se dio una ducha para despejarse, con el deseo de que el agua arrastrase también sus pensamientos. Desganada, eligió un sencillo vestido rojo, que no utilizaba mucho, porque pese a que no tenía nada de especial, el color llamaba la atención, y deseaba sentirse admirada. Cepilló su pelo hasta hacerlo brillar, y repasó sus ojos con delineador negro. Aún brillaban por las lágrimas vertidas. Quizá Jones pensaría que era por la emoción de verlo.
Se sirvió una copa de vino para hacer tiempo y para darse valor.
Llamaron a la puerta.
Al abrir, no era Jones, que la había venido a buscar, era Jane.
- ¿Qué haces aquí? - preguntó ella molesta.
El sonrió, sin atrever a mirarla a los ojos directamente.
- Parece que últimamente estoy pasando mucho tiempo en el umbral de tu puerta.
- ¿Qué haces aquí?.- Repitió.
- Lo siento. - respondió simplemente.
Ella suspiró cansada. - Jane, no tengo fuerzas para seguir con este juego -
- Patrick, por favor, sigue llamándome Patrick.
- No quiero seguir así. En esta relación viciada en la que parece ser que no dejamos de hacernos daño mutuamente.
- Yo tampoco.
- Entonces no tendrías por qué haber venido. Con una llamada habría bastado. Márchate. Estoy esperando a alguien.
- Lo se. Estás preciosa. Y soy yo el que te ha empujado a hacer esto. Y no quiero tener que perdonarme más adelante por dejarte llegar hasta el final.
Ambos se quedaron en silencio. Se miraron como dos enemigos al final de una batalla, que no recuerdan por qué empezó. Desconsolados y heridos, deseosos de que todo acabara.
- Pasa. - dijo ella finalmente.
Él entró, cerrando la puerta tras de si, y la siguió a la cocina. Estaba hermosa, aunque en ese instante la podía reconocer como un tipo de belleza herida. Como un animal que no espera a lamerse las heridas y sale corriendo en busca de nuevas batallas, porque es lo que ha hecho siempre. Estaba acostumbrada a pelear.
Le sirvió una copa de vino. Ella sabría que él sabría que no era un buen vino. Ella no tenía mucho gusto para eso. Compró uno de oferta, que no resultó ser tan malo al gusto. Había sido un buen compañero en sus noches pensando en él e intentando negar todo lo que sentía. En ese momento se sintió absurda, por tener que pensar en cosas como el vino.
Él lo saboreó al primer trago. No dijo nada acerca de él. La miró fijamente, mientras ella jugueteaba con su copa, apoyada en la encimera, mirando los azulejos con gran interés.
- Lo siento.
- Eso ya lo has dicho.
- Era por si no lo habías oído.
- Creo que he oído de ti todo lo que tenía que oír.
- Te quiero.
Ahí estaba. Las cartas sobre la mesa. Él se había decidido a mostrarlas y lo había hecho apresurado. Sin excusas esta vez. Sus miradas se encontraron. Pero la duda seguía ahí.
- Eso también lo había oído, Patrick. Y fuiste muy rápido en echarte atrás.
- Esta vez no es lo mismo.
- ¿Por qué debería creerte?
- Porque quieres creerme.
- Que quiera creerte no significa que deba hacerlo. No debí hacer muchas cosas de las que he hecho. Y aquí nos encontramos. Estamos a punto de rompernos en pedazos y yo no se como voy a poder recomponerme. Me empujaste en brazos de otro y no tuve mas remedio que hacerte caso.
- Es por eso por lo que te pedía perdón. No por lo que te dije. No fueron más que palabras desafortunadas. Te decía que lo sentía por todo este tiempo que he dejado pasar jugando a este juego en el que nos he atrapado a ambos. Se que te quiero, y temo que haya pasado demasiado tiempo como para que ahora no pueda hacértelo entender. Y yo he intentado apartarte de mi de todas las maneras posibles... pero no lo he conseguido. Estar contigo me ha dado paz. No quería que fuera así. Me lo he negado todo este tiempo porque pensaba que estaba traicionando a mi esposa a mi hija, pero he comprendido que no es así.
- Patrick, yo...
- Te quiero. Si necesitas que te lo repita lo haré hasta que lo creas. Pero deberías saber que es así por otras razones. Me conoces. Probablemente eres la única persona que me conoce realmente. Toda mi vida me he cerrado a los demás. Solo le abrí mi corazón a Ángela, y la perdí por mi prepotencia y por mi estupidez. No puedo permitir que pase de nuevo. Y si no he dejado que nos acerquemos más es...
- Patrick, por el amor del cielo. Soy una agente de policía. No soy una muñeca. Puedo defenderme, y en el caso en el que me pasara algo, no sería por tu culpa. Y eso es algo que yo también llevo intentando hacerte entender desde hace tiempo.
- Así hemos llegado hasta aquí. Después de tanto tiempo y tantas vueltas.
- Y haber acabado como hemos acabado. Eso si que no me lo esperaba.
Ambos rieron y se buscaron las miradas, recordando sus momentos de intimidad.
- Déjame que lo intente una vez más, Teresa. Perdona mi estupidez y deja que trate de demostrarte que te quiero de la mejor manera que se hacerlo.
El timbre de la puerta sonó de nuevo. Esta vez si que era Jones. Ella miró hacia la puerta y suspiró.
- Me estás pidiendo que volvamos a lo mismo que estábamos haciendo antes.
- No, te pido que ahora confíes en mi.
- Eso es una espada de doble filo. ¿Cómo voy a confiar en ti si tu no lo haces en mi?
El timbre sonó de nuevo.
- Porque siempre he confiado en ti. Aunque solo tengo mi palabra para ofrecerte. Espero que eso sea suficiente.
Esta vez fue su teléfono móvil, que descansaba en la encimera, donde en la pantalla rezaba; R. Jones.
- Esto no va a ser fácil - dijo ella.
Jane sonrió, tomándola de la mano, y levantando su cabeza hacia él.
- Nadie ha dicho que vaya a ser fácil. Tan solo puedo asegurarte que valdrá la pena.
Ella lo pudo sentir desde el momento en que sus labios se habían encontrado, tranquilos y seguros, en medio de la cocina. Todo era diferente ahora.
Él la había llevado de la mano al dormitorio, dónde nunca se habían encontrado para tomarse el tiempo necesario para sus encuentros. Ya no estaba la urgencia. Ya no había furia ni sentimiento de culpa. Ella podía sentir todo eso en la suavidad que mostraba él al tocarla, con tanta reverencia.
Habían tenido sexo muchas veces, pero nunca habían hecho el amor. O al menos ella no lo había sentido así. Hasta ese mismo momento.
Él le volvió a sonreir a los pies de la cama, y con delicadeza le bajó los tirantes del vestido rojo, que cayó limpiamente al suelo. Desde entonces, el cuerpo de Teresa sería su nuevo palacio de la memoria. Nunca más aquella feria ambulante que no hacía más que anclarlo a su pasado.
Ella era tan pequeña y delgada, pero fuerte y resistente a la vez, y la combinación lo volvía loco. La besó de nuevo, y ella se dejó llevar por la calidez de sus labios, de sus besos sinceros y cálidos. Alzó las manos para dejar caer su chaqueta, y abrió poco a poco los botones del chaleco.
Para cuando le había quitado la camisa, ella se encontraba sin sostén.
- ¿Cómo lo has hecho? - preguntó entre risas, en el pequeño espacio que sus labios se escapaban.
- Todavía tengo muchos trucos que enseñarte - respondió él, alcanzando sus pechos, y llenándose las manos con ellos en suaves caricias. Primero con el dorso de los dedos, recorriendo el contorno, y después con las puntas de los dedos pulgares, que acariciaban sus pezones para endurecerlos. La respuesta fue inmediata y bajó la cabeza para lamerlos con la punta de la lengua. Seguidamente el pecho entero, lamiendo y mordisqueando de manera juguetona.
Ella se dejó caer sobre la cama, y lo llevó de la manocon ella. En un juego de piernas, él se había desecho de sus zapatos y de los calcetines, aunque ella conservaba sus pequeños tacones.
- Esto lo guardaremos para otra ocasión - dijo él descalzandola, besando sus piernas en el proceso mientras ella lo miraba con los ojos entornados, recostada en los almohadones.
Ella recordó vagamente aquella primera vez que le robó en el motel de carretera. La misma imagen. El mismo hombre, y tan diferente sentimiento. Ella podía ver la reacción de la situación en sus pantalones. Cuando acabó de quitarle los zapatos, y antes de que él bajase más la cabeza, pues sabía hacia dónde iría con el siguiente movimiento, lo empujó con sus piernas atrayéndolo, y lo besó con pasión mientras le acariciaba la espalda.
Con un rápido movimiento, cambió las tornas y ella se puso encima, haciéndolos rodar a ambos hacia un lado.
Él enarcó una ceja ante la nueva postura, y ella le respondió con sus mismas palabras.
- Yo también tengo algunos trucos que enseñarte.
Entonces sonrió, y a él le dio igual que estuviera arriba, debajo, al lado o del revés, mientras pudiera seguir viendo esa expresión en su cara.
- Teresa, te quiero - le volvió a repetir mientras le acariciaba la cadera - una declaración sencilla. Solemne.
Ella lo miró a los ojos e intentó localizar cualquier resquicio de mentira, de cinismo o de burla. Pero no lo encontró. Tan solo vio la dedicación y el sentimiento de Jane.
- Yo también te quiero Patrick. - confesó por fin.
Él se incorporó para besarla, para estar piel con piel al fin. Para demostrarle con sus actos todo lo que le había costado decir con palabras.
Ella lo volvió a estirar, y lo besó delicadamente en los labios, negándole de forma juguetona su lengua, y dándole mil pequeños besos alrededor de la boca, en su mandíbula, recorriendo con su lengua el cuello mientras bajaba, y haciendo esas cosquillas involuntarias cuando su pelo caía sobre su pecho.
Lamió delicadamente un pezón, acariciando con la mano el otro, mientras se iba haciendo sitio entre sus piernas. Se incorporó entonces, y desabrochó el cinturón, el botón de sus pantalones de pinzas, así como bajó la cremallera. Entre ambos quitaron la prenda, así como los bóxers que llevaba debajo, y allí estaba de nuevo. Patrick Jane, en todo su esplendor, desnudo y hermoso como ella lo recordaba, en su cama, en su vida de nuevo.
Él, al incorporarse de nuevo, la ayudó a ella a quitarse las braguitas, que eran del mismo color negro del sujetador. Quizá aun le faltaba algún que otro encaje, pero podía agradecerse a si mismo que ella hubiese abandonado la ropa interior deportiva.
Ella tomó la iniciativa de nuevo, y aun estando de rodillas entre las piernas de él, guió su mano hasta su sexo, y le enseñó como satisfacerla. Con el ritmo pausado que a ella le gustaba, con dos dedos que acariciaran su sexo y después de masturbarla unos minutos, se introdujeran en ella para preparar el camino.
Él no pudo aguantar mucho más la tortura, y agarrándola de las piernas, la tomó en volandas para ponerla sobre sus piernas, abriéndose a él. Debajo, su sexo erecto la buscaba, y un par de veces, casi la encontró, pero ella se mantuvo distante un tiempo más. Haciendo que él la deseara cada vez más.
Ella lo tumbó de nuevo, obligándolo a mantenerse estirado, para poder controlar cada momento, aunque él la atrajo cogiéndola por sus caderas y empujándola hacia él. Ella se dio por vencida, y tomando el sexo de él, lo guió hacia su interior.
De nuevo estaban juntos, de nuevo encajaban a la perfección. Ella cerró los ojos y se abstrajo del mundo para poder sentir como la llenaba. Como cada fibra de su ser estaba impregnada en su esencia.
Gimió largamente, y ella misma se llevó sus manos a los pechos para acariciarse mientras lo cabalgaba. Él estaba atónito con el espectáculo. Ella se había liberado totalmente de todas sus anteriores premisas y estaba disfrutando totalmente de su sexualidad.
- Mírame - ordenó él.
Ella lo hizo al instante. Ambos se perdieron en los ojos del otro. Ella abrió los labios mientras se movía. Él se volvió a incorporar, casi forcejeando con ella. El movimiento cesó en repetición, pero se hizo más íntimo, más cercano.
Ella podía sentir el calor de su cuerpo rodeándola. Él la abrazaba y se aferraba a ella como si le fuera la vida en ello. Se fundieron en un beso que les quitó la respiración. Él los hizo de nuevo rodar en la cama para poder estar de nuevo encima, para recuperar el control.
Ella acarició su pelo mientras él besaba su cuello, mientras sus movimientos se hacían cada vez más rápidos. Ella lo sentía llegar cada vez más fuerte, más cerca.
Él alzó una de sus piernas por encima de un brazo, para poder llegar más lejos, más dentro de su cuerpo. Gimió su nombre en el óido y le dijo de nuevo entre susurros... "te amo"...
Después de esas palabras no se volvió a sentir nada más en la habitación que los gemidos ahogados de ella, y el sonido de su pelvis al chocar contra las nalgas.
Jane se corrió antes, esta vez. No pudo remediarlo. Su voz era demasiado tentadora, cuando le pedía más al oído. Y el se lo había dado. Absolutamente todo. Tanto, que no fue hasta mucho después, justo antes de dormirse, que cayó en el pensamiento que no habían usado protección.
Ella se había quedado al abismo. Pero no le importó. Sabía que tarde o temprano él le daría la revancha. Así que simplemente se quedó allí, debajo de su cuerpo cansado, soportando el peso de su amante. Y de todo lo que sería a partir de ese momento.
Ella acarició su espalda suavemente, con las puntas de los dedos. Desde el nacimiento del pelo, justo en la nuca, hasta donde comenzaban las curvas de su bien formado trasero. Aspiró su olor, picante y profundamente masculino, y le dio pequeños besitos en los hombros, que justo tenía delante de su boca.
Él se incorporó sobre un brazo para mirarla a los ojos. Y la besó en los labios, muy suavemente, como el aleteo de una mariposa. Salió de su interior con cuidado. Siendo muy consciente que ella seguía sensible.
Sin una palabra, le dio la vuelta y puso su menuda espalda contra su pecho y la abrazó. Sus besos, que debían ser sosegados, volvieron a ser apasionados, y mientras lamía su lengua, separó sus piernas con la suya propia, para alcanzar con una mano su sexo.
Tal y como ella le había enseñado, sus dedos trazaron círculos, irritaron, y la masturbaron hasta el momento en que ella explotó, con varios estremecimientos. Su cuerpo era el de él y no podía hacer nada para impedirlo. Se apropió de sus sentidos y acabó por dejarse llevar por completo.
Tampoco hubo una sola palabra después de aquello. Ya se habían dicho bastante. Ambos se serenaron y encontraron el sueño uno en brazos del otro.
Su noche había acabado. Su vida acababa de comenzar.
**
Patrick Jane se despertó a una hora inusual para él. Eran cerca de las 9 de la mañana, a juzgar por la intensisdad con la que entraban los rayos de sol por la ventana. Hacía muchos años que no dormía tantas horas seguidas. Y hacía muchos años también que no había descansado tan bien.
Y sabía muy bien cual era la razón. La pequeña mujer que dormía a su lado. Teresa Lisbon seguía en un profundo sueño, a juzgar por la pesadez de su respiración. En algún momento de la noche, se había liberado de su abrazo, y se las había ingeniado para separarse de él y girarse para encararlo. Aunque estaban separados, ella había mantenido el contacto poniendo una mano en su brazo.
Él sonrió ante la visión de esa mujer en la cama, con el pelo alborotado, y el conjunto de todas sus pecas en contraste con la serenidad de su expresión mientras dormía. Parecía muchísimo más joven de lo que en realidad era, y a él le dio un pequeño vuelco al corazón el pensar que si ella tuviera una hija, probablemente sería como aquella misma imagen.
Ambos seguían desnudos. No se habían tapado con las sábanas siquiera, aunque era principios de otoño y por las noches comenzaba a refrescar. Admiró desde su postura en la almohada, el cuerpo de su compañera. De nuevo sentía ganas de tomarla. Y quizá sería una buena manera de darle los buenos días, pero la llamada de la naturaleza lo apresuraba y sin mirar atrás, puesto que habría querido quedarse, salió hacia el baño, cerrando la puerta de la habitación, para que no la despertase ni el más mínimo ruido.
Jane se encontraba feliz. No había tenido pesadillas esa noche. Había hecho el amor con la mujer que realmente amaba, y debía darle las gracias a dios, porque no se sentía culpable. Era como si esa noche hubiese curado todos sus pecados, y se sintiese limpio de nuevo. Incluso... incluso veía de otra forma toda la historia de John el Rojo.
¿Es posible que su historia de venganza acabara ahí? Con la redempción que le dio el amor de Santa Teresa. Rió como un niño al pensar en ella como en una santa. Después de todo lo que habían hecho. Y depués de todo lo que harían. Una nueva vida de posibilidades se abría ante él. Ante ellos. Si realmente daba por finalizada la historia de John el Rojo, no tendría que seguir en la brigada, aunque le gustaba su trabajo. Pero por otra parte no tendrían que esconder su relación, y podrían ser libres para hacer lo que quisieran. Para encontrarse como una pareja de enamorados después del trabajo. Incluso en un tiempo... quizá comprometerse a algo más duradero.
Se sorprendió haciendo todos esos planes y solo había acabado de lavarse las manos después de usar el servicio. Debería ir mas despacio, pensó, encabezando de nuevo el pasillo en dirección a la habitación, primero, quería hacerle de nuevo el amor a la mujer que estaba acostada en la cama, inmersa en un profundo sueño.
Algo en la puerta llamó su atención. Algo que no recordaba que estuviera ayer por la noche cuando entraron. Algo que hizo que se le helara el corazón.
Querido Sr. Jane,
me alegro que haya encontrado la redempción en los brazos de su compañera Teresa Lisbon. Lamentablemente no puedo permitir siquiera que considere abandonar su causa ahora, cuando nuestra relación está en su punto álgido.
Imagínese la decepción que fue para mi comprobar que estaba tan obnubilado por ella, que nisiquiera encontrase la relación entre el nombre, las flores, la presencia en el CBI y el interés por la mujer. Me ha decepcionado Sr. Jane. Me ha decepcionado mucho.
Considere esto como un toque de atención.
Riley Jones.
Riley Jones... John el Rojo. Jane sentía la cabeza a punto de estallar. No podía moverse, no podía pensar. Tan solo pudo abrir la puerta, y encontrar a Lisbon aún el cama. Su cuerpo desnudo bañado por el sol. Y ahí, en la parte superior izquierda de su espalda, donde no habría podido recaer antes, se encontraba la marca.
Una pequeña cara sonriente, pintada con sangre.
The End
Muy buenas a todos, y gracias por haber llegado hasta aquí. ¿Éste es el final, maldita zorra sin corazón? Sí, lo es. ¿Da pie a una segunda parte? También, no soy tan mala persona. ¿Será pronto? Lo siento pero no, tengo otras historias en mente que tienen que salir. Para la Temporada 6 del Mentalista me pondré las pilas de nuevo, a ver como va, y a ver que me inspira ^_^
Espero que os haya gustado, o entrentenido un ratito, que para esto estan los fics! Me encantaría tener vuestras opiniones!
Un beso a todos, y gracias!
