Notas de autor: Me siento ofendida Sarcastic (?), disfruta el capítulo.
"Olor"
«Corre»
Una adolescente de cabello negro escapa con todas sus fuerzas mientras las lágrimas recorren sus mejillas teñidas de mugre. Quiere gritar, necesita pronunciar el nombre que sabe la salvara y sin embargo su garganta se niega en rotundo a emitir al menos una articulación.
Lo único que puede percibirse es el agitado sonido de una respiración entrecortada y el sonido que provocan sus pies descalzos contra el frío suelo.
Las bestias están cerca, puede escucharlas saborear su presa en la distancia, pero no puede pararse y girar para comprobarla. Si lo hace sabe que estará perdida y no tendrá una segunda oportunidad.
«Vamos Rin», se reprende mientras la imagen de Sesshômaru aparece en su mente.
Cae, una rama ha pasado inadvertida y la ha hecho precipitarse contra el suelo. Y los escucha; las garras listas, la euforia por haber conseguido a su presa.
Se da la vuelta solo para ver con horror como el ser se arroja sobre ella con dirección a su garganta.
—¡Gane!
El pequeño cachorro de lobo da vueltas sobre sí mismo mientras su cola peluda se sacude con fuerza y los lobeznos aúllan de alegría.
—Rin-chan es mi presa.—Haru sigue con su pequeño baile de victoria mientras que Daisuke refunfuña en un gesto idéntico al de su padre.
—Dile eso al tío—gruñe al oler las lágrimas de la chica.
—Estoy bien—ella responde con rapidez deslizando los dedos por el tierno cabello de plata—, estamos jugando.
—Papá lo llama...paradoico, panaronico—el hijo de Inuyasha y Kagome rasca su cabeza con confusión, odia olvidar las palabras que ha aprendido de su madre.
—Calla cachorro—Haru, el vástago de Kôga y Ayame lo reprende por robarle su momento de gloria, intentando por todos los medios no temblar ante la visión del estoico daiyoukai y no es por miedo, sólo que su instinto de supervivencia lo hace querer correr lejos de él; por si acaso.
—¡No me calles, lobucho!— Daisuke contesta gruñendo en dirección del cachorro lobo.
Rin todavía en el suelo ríe enternecida al ver como ambos pequeños pelean.
«De tal palo, tal astilla», piensa con cariño.
Los pequeños se detienen de súbito olfateando el aire y sin más, corren a esconderse tras de ella mientras que los lobeznos tiemblan en su lugar.
—Malo, esto es malo. —Daisuke susurra mientras se aferra al obi del kimono maltratado, que para suerte de la chica no es el último que le ha sido regalado.
—¿Qué sucede?—Rin se alarma mirando en todas direcciones cuando una luz aterriza frente a ellos—¡Sesshômaru-sama! —exclama sonriente. El demonio la mira fijamente, examinándola.
—Estás herida.
—¿Eh?—musita con sorpresa, entonces la joven procede a examinar su cuerpo. Sus brazos están llenos de pequeños arañazos que no le causan el mayor dolor, sus pies le arden un poco y puede sospechar que necesitara un leve ungüento. Por lo demás, se siente excelente—, no es nada Sesshômaru-sama. —Dice al cabo de unos segundos—estoy bien.
Sesshômaru no lo cree, así que Rin se levanta sacudiendo sus ropas, lo que menos desea es que le sean interrumpidas las sesiones donde juega con los pequeños.
—Tu cuello.
«¿Qué pasa con el?», quería preguntar pero la lengua del daiyoukai lame donde instantes atrás el demonio lobo había mordido. Rin estruja la tela blanca entre sus dedos, le ruega a los dioses que los sentidos de los pequeños no sean lo suficientemente desarrollados para capar su nuevo aroma. Se odiaría por tener que explicarles el porqué de eso, y sin duda Kagome la mataría si es que los infantes llegaban a preguntarle algo al respecto.
—Sesshômaru-sama— murmura con voz ahogada lanzando una mirada hacia atrás, Haru y Daisuke mantienen los ojos fijos en sus acciones. —Los niños...
El daiyoukai no se aparta, su lado posesivo es quien lo mantiene en esa posición enseñándole a esos pequeños cobardes exactamente a quien pertenece la hembra entre sus brazos. Aunque por fuera tiene la misma cara de calma, los pequeños entienden el mensaje.
Sus manos se deslizan borrando el rastro de lágrimas en tanto un gruñido brota de su pecho, imperceptible para la humana pero para los oídos sobrenaturales es bastante audible, de hecho hace temblar cada una de sus células mientras su instinto les grita el huir de ese lugar.
Los lobeznos son los primeros en obedecer a su naturaleza seguidos muy de cerca por Haru y a pesar de que el pequeño hanyô desea quedarse termina por huir también.
—Sesshômaru-sama— Rin lo regaña suavemente curvando sus labios en una involuntaria y pequeña sonrisa, niega de manera lenta—, no tenía porque asustarlos.
—Sandeces.
La chica ríe alegre depositando un pequeño beso en la mejilla de su señor, sabe que está siendo osada en un lugar inapropiado para demostrar tal afecto y sin embargo no se siente mal por eso.
—¿Dónde está el señor Jaken?— pregunta recién notando la ausencia del youkai verde, Sesshômaru la observa atentamente solo unos segundos, sus cuerpos se han alejado unos centímetros; pero la atracción los mantiene estáticos.
—Por ahí.
Inconsciente. Con una piedra en la cabeza.
Ambos terminan la oración en la mente, aunque la chica con algo de compasión y risa culpable. No debe sentirse tan contenta por ser la causa de la "desgracia" del pequeño demonio rana, pero eso significa que es importante para su señor.
—Iré a buscar a los niños.
Rin habla después de unos momentos sin levantar la mirada, se ha sonrojado ante sus pensamientos y la cercanía del cuerpo del daiyoukai.
—No. — A pesar de que no es una orden propiamente dicha, tiene todo el matiz de ser una. Rin sabe exactamente que debe acatarla y aun sabiéndolo le sonríe al Lord del Oeste.
—Usted los ahuyentó, es mi deber.
Un pequeño tic aparece imperceptible en la ceja de Sesshômaru, de ser alguien más no quedaría ni un solo cabello para aquel que profesa tal ofensa como contradecirlo, pero es Rin quien lo pide por lo que se da la vuelta hasta recostarse contra un árbol.
La pelinegra sonríe luminosamente mientras corre en dirección del daiyoukai para dejar un casto beso en sus labios. Es la primera vez que se atreve a hacerlo, a Sesshômaru parece disgustarle esa muestra de afecto -o cualquiera, de todos modos-.
A pesar de eso, Rin mueve ligeramente sus labios sobre los que parecen tallados en el más fino y duro mármol. Ella no desiste, porque sí aprendió a tomarle el gusto a los mordiscos -demasiado rápido, pero eso es otra historia-, Sesshômaru también debe ceder y apreciar al menos un poco sus besos.
La estrecha cintura es capturada entre las garras de la bestia mientras tanto los labios finos son mordidos con un poco de brusquedad, lo que provoca un débil gemido en la chica. Las lenguas se encuentran en una danza imperfecta y torpe debido a la inexperiencia, pero eso no parece molestarle a ninguno de los dos.
Hasta qué escuchan unas risitas en los arbustos.
Rin enrojece, Sesshômaru mira a esa dirección mientras gruñe en advertencia. Si alguien más osa meterse cuando está ocupado terminará muerto, así sea una pequeña e insignificante mosca.
—Sostente.
Rin no vacila en acatar la orden, se abraza con fuerza a Sesshômaru mientras este empieza a elevarse, cuando están lo suficientemente alto ella habla:
—¡Directo a casa, niños!
Haru y Daisuke salen de sus escondites con una mueca en sus facciones, ¡querían saber porque el nuevo olor tan dulce y raro de Rin!
—Siempre supe que terminaría así. —La voz de Kôga se escucha en uno de los árboles cercanos. Da un salto para bajar seguido de Inuyasha, el cual presume de una cara de pocos amigos—, quien lo diría; su olor es tan dulce que ya puede met...
—Sarnosito, es mejor que te...
—¡Papá!
«...metas los comentarios por el culo», termina Inuyasha en sus pensamientos.
Ambos padres voltean ante el llamado de sus hijos, por la mirada esperanzada saben que están en un aprieto.
—¿Por qué el aroma de Rin se volvió tan dulce?
Inuyasha toma su primogénito del traje de rata de fuego sin el menor cuidado en tanto Kôga carga al suyo como un costal de papás.
—Tienes que hablar con tu madre.
El coro de padres tiene un matiz de horror mal disfrazado. Al diablo, prefieren enfrentarse a diez Naraku's con todo y su repertorio de extensiones en lugar de sus mujeres molestas.
«Espero Kagome no me siente hasta el infierno».
