Para Misamiiwa
Capítulo 2: ¿Y si cambio mi aspecto?
Arrimado, acorralado y sin salida.
Así era exactamente como Kôga, el gran jefe lobo se sentía.
Todo por cortesía de la muchacha que ahora estaba al frente suyo, mirándolo con superioridad.
Claro, porque el hecho de que una mujer te haya casi besado, jalado de tu atuendo, llevado muy lejos que ya ni sabes dónde mierda estás, atado con una soga mientras que te aturdía con la mirada y luego decir que se iba a casar contigo a como dé lugar, no era para menos.
Es más, vista del ángulo de un prisionero (porque así parecía), ahí, tirado en pleno Sengoku, siendo una persona de renombre en tu clan, no era nada bonito. Para nada.
―¿Qué es lo que quieres Ayame? ―dijo, mientras miraba hacia otro lado.
Ella lo tomó del mentón y le obligó a mirarlo.
―Ya te lo dije, ¡Cásate conmigo y asunto arreglado!
Comenzaron a gritar.
―¿Cómo me voy a casar con alguien tan violenta como tú?
―¿Violenta, dices? ¡De otra forma no hubieras venido conmigo hasta aquí!
―¿Y quién te mencionó que quería irme contigo?
Los verdes ojos de la pelirroja se abrieron de repente, tomó un extremo de la cinta que adornaba su cabello, la jaló, soltando sus cabellos, bajó la cabeza mientras tomaba la flor que llevaba siempre, rompió con ella las ataduras que sujetaban al lobo, y volteó, dándole la espalda.
―¡Gracias, ya era hora! Oye Ayame…
Ella volteó al sentir su mano sobre su hombro, tenía los ojos lagrimosos.
―¡Vete!, yo también me iré.
Dicho esto, ella se fue corriendo, no sin antes pasar por Kagome, ya más tranquila, a devolverle el iPod.
Dejando a un Kôga con la mano estrechada, sin saber qué demonios había hecho mal.
Unas cuantas horas después…
―¡Vete ya lobo rabioso!
Un histérico hanyô gritaba mirando encolerizado a cierto personaje.
―¡Ya cállate bestia, tú eres el que debería irse!
―Ay, ¿Y por qué yo, pulgoso?
―¡Porque no sabes cuidar bien de mi mujer, bastardo!
―¡Abajo!
Y mágicamente, Kagome encontró la solución a la pelea. Cómo siempre.
―Joven Kôga, por favor, retírese por ahora.
―Kagome ―dijo tomándola de las manos ―está bien, pero prométeme que estarás bien.
―Oye tú… ―gruñó InuYasha. Desde el suelo. Con la cara llena de tierra ―¡Ya lárgate de un vez!
―Nos veremos, perro pulgoso.
Dicho esto, se creó un remolino y se retiró.
―¿Oye, Kagome, por qué tienes esa cara? ―preguntó el semidemonio, curioso.
―No, no es nada ―le respondió, mirando al horizonte. Ese día no acabaría igual.
Kôga, sentado en una roca, no podía creer lo que tenía adelante. La pelirroja que tenía ahí no era la misma de hace unos momentos. Vestía un hermoso kimono azul eléctrico. Se veía preciosa. Le sonrió. Él, sin saber por qué, le devolvió la sonrisa.
Y un ligero sonrojo adornó sus mejillas.
Nota:
Descerebrarse para hacer tu regalo nunca fue tan emocionante(?)
¡Espero que lo hayas disfrutado! (:
Gracias por tu review :3
Tu amiga secreta.
