Cap. 2 Un plan maligno

Era una noche oscura y fría, sin luna, perfecta para lo que Jim Moriarty tenía preparado. Ahora que ambos habían fingido su muerte, era el momento ideal para acabar con él, sin nadie por medio. Lo había estado vigilando desde el día de sus supuestos suicidios, y cuál no habría sido su sorpresa al ver que iba directamente de Londres a Berlín, a reunirse con una mujer que había resultado ser su antigua aliada Irene Adler, a quien creía muerta y que ahora parecía haber cambiado de bando. Mejor que aquel descubrimiento, que le había hecho hervir la sangre de la ira, fue ver que su adversario y la dominatrix tenían una relación; no que fingiesen ser una pareja en público como parte de su vida de incógnito, sino que realmente sentían algo el uno por el otro y hasta dormían juntos.

Era perfecto, pensó el criminal, les demostraría que lo que sentían el uno por el otro acabaría con ellos, además de castigar a Irene por su flagrante traición. Sí, ambos necesitaban un buen escarmiento. En seguida, el maligno cerebro de Jim Moriarty empezó a tramar un plan tan pintoresco como sus anteriores crímenes, solo que más personal. Días después allí estaba, a punto de entrar en la pequeña y acogedora casita que compartían Sherlock e Irene y convertir con sus nuevas e idílicas vidas en un cuento de terror.

Tardó unos minutos en forzar la cerradura de la entrada y una vez allí se dirigió a donde ya sabía que estaba el dormitorio. La estampa que allí encontró no podía ser la más adecuada: Sherlock e Irene dormían desnudos y abrazados entre las sábanas revueltas. Vaya, parecía que habían disfrutado bien de su última noche juntos, al menos la última por un tiempo. Moriarty se acercó despacio, con sigilo, y les inyectó a ambos una droga que los dejaría profundamente dormidos durante horas y al despertar estarían confusos y desorientados. Apartó con cuidado las sábanas y, con algo de esfuerzo, deshizo el abrazo de los amantes dormidos. Cogió del suelo una bata y envolvió en ella a Irene antes de cogerla en brazos casi con cariño. En su lugar dejó una carta y salió de la habitación y de la casa con el mismo sigilo con el que había entrado, esta vez con la mujer dormida en sus brazos.

Asegurándose de que nadie lo veía, metió a Irene en el asiento trasero del coche y la llevó a su escondite, donde la vistió y la dejó sobre una cama. Se sentó al lado de la cama y observó a Irene dormida durante el resto de la noche, a la espera de que despertase para contarle su plan.