Cap. 3 La princesa dormida
Más o menos a la misma hora a la que Sherlock despertaba en su cama y leía la carta de Moriarty, Irene Adler despertó en un lugar muy diferente. Sin abrir los ojos, se giró en busca de Sherlock, pero notó que no estaba allí con ella. ¿Se habría levantado ya? ¿Estaría reparando el desayuno? Lo primero era muy probable, lo segundo no era propio de él.
Irene decidió levantarse y desayunar con el detective, pero se quedó parada nada más abrir los ojos. Aquella no era su cama, ni su habitación, ni su casa… ¿dónde estaba? ¿Era un sueño? Se miró aturdida; llevaba una especie de túnica blanca con cenefas doradas en el bajo, el escote en pico y las largas y amplias mangas. Parecía un vestido de cuento de hadas, igual que la cama con dosel y la corona de pequeñas flores de azahar y jazmín que llevaba en la frente. Incluso, se dio cuenta en ese momento, tenía un ramo de lirios blancos en las manos. Definitivamente, estaba soñando.
Irene soltó el ramo y apartó el dosel para encontrarse frente a frente con alguien a quien habría deseado no volver a ver.
-¿Jim? –preguntó aturdida.
-Buenos días, Irene, querida. Eres una princesa muy rebelde, no has esperado al beso de tu caballero… -la miró con un ligero gesto de fingido reproche en su inexpresiva cara- Aunque claro –rió-, conociéndole, yo tampoco esperaría. Ahora seguro que está durmiendo tranquilamente sin preocuparse por ti, porque eso me demostraría que te ama, y el gran Sherlock Holmes nunca siente nada.
-¿Qué? –Irene lo miraba con los ojos entrecerrados, sin entender- No sé de qué hablas, Jim. Creo que voy a seguir durmiendo hasta que se acabe este sueño…
Volvió a tumbarse y le dio la espalda a Moriarty, que se levantó de su silla y se acercó a la cama.
-¿Eso crees? ¿Qué es un sueño? Verás, dulce princesa –dijo sarcásticamente acariciando la melena ondulada de ella y recolocando las flores de su cabeza-, me gustan los cuentos y quiero escribir mi gran obra maestra, un cuento real dedicado especialmente a mi mayor rival y a la mujer que me traicionó por él. Un cuento en el que la princesa y el caballero pierden por fin frente al malo. Ahora mismo, tu amado Sherlock estará leyendo el principio del cuento que entre todos vamos a acabar. Sin embargo, depende de él y solo de él quién ganará… Yo que tú seguiría durmiendo, princesa, quién sabe cuánto puede tardar… si decide venir a por ti, claro…
Después de su discurso, se inclinó sobre Irene, que tenía los ojos cerrados en un intento de volver a dormirse y despertar en la realidad y en su cama junto a Sherlock, y besó su mejilla dulcemente antes de salir de la lúgubre habitación. Irene se quedó en la cama, medio adormilada y con mal cuerpo debido tanto a la droga que le había inyectado Moriarty como a la conversación que habían mantenido (o más bien el monólogo del desquiciado pero genial criminal). En la parte del cerebro de Irene que aún estaba despierta, las preguntas nacían y crecían sin parar; si aquello no era un sueño, ¿lograría escapar? Y si lo conseguía, ¿volvería a ver a Sherlock?
