Cap. 4 El caballero

Se había llevado a Irene… Moriarty le había quitado a Irene de sus propios brazos y él no había podido hacer nada. Pocas cosas le habían dolido tanto a Sherlock: primero, porque amaba a Irene, como bien decía Moriarty en la carta; y segundo, por su orgullo herido, porque Moriarty ya le había ganado con eso, aunque consiguiese salvar a Irene.

Sherlock se sentó en la cama aún deshecha, todavía medio desnudo y sin importarle el frío. Releyó la carta en busca de pistas; esta vez iba a ser la definitiva: iba a ser más meticuloso que nunca (si es que eso era posible) e iba a encontrar a Irene. Hasta entonces, sus sentimientos, y especialmente los que tenían a Irene como centro, habían sido para él un punto débil, un riesgo que por más que intentaba no podía evitar. Esta vez, pensó, los usaría como aliados, le darían fuerzas para encontrarla y salvarla. El amor por Irene y la ira hacia Moriarty (incrementada por el amor), hacían que estuviese aún más alerta y dispuesto a todo por ganar ese asalto.

El detective se duchó, se vistió, desayunó y se puso a pensar en sus movimientos. Lo primero tenía que ser examinar la habitación en busca de un (improbable) descuido de Moriarty. Miró por la cama y solo encontró un pelo en la almohada, nada fuera de lo normal. No había rastros de sangre por ningún sitio, uñas… nada que indicase un forcejeo. Recordó que se habían quedado dormidos abrazados, así que buscó por sus brazos signos de que le hubiesen forzado a soltarla… nada; debió de sacar a Irene con mucha facilidad. Eso, y teniendo en cuenta su malestar físico y lo lenta que parecía funcionar su cabeza, le hizo pensar que lo habían drogado para que no se despertase. Así, Moriarty se había tomado su tiempo para llevarse a Irene sin dejar pruebas. Seguro, pensó Sherlock, segurísimo que Moriarty se había tomado su tiempo separando a Irene de él, teniendo cuidado de no dejar ninguna huella y casi seguro de que ninguno despertaría hasta horas después. Sherlock echó de menos su equipo de química para examinar una gota de su sangre y comprobar si aún había restos del narcótico en ella.

Por más que buscó, no encontró ninguna prueba, absolutamente nada de Irene o de Moriarty. Aquello lo iba a volver loco, ¿cómo pretendía Moriarty que lo encontrase sin pruebas? Entonces cayó en la cuenta: Moriarty estaba representando un cuento en el que el malo secuestraba a la princesa y se la llevaba con él; y ¿dónde viven los malos en los cuentos? En castillos, en cuevas… Sherlock se levantó de la cama y salió decidido a encontrar todo lugar "sospechoso" por los alrededores.