Narcissa suspira, nota la cadena alrededor del tobillo. Cada movimiento la hace rechinar, recordándole su situación. Lo peor no era aquella inclaustración forzada sino la efímera libertad de su hijo. Draco está buscando lo que su padre ha perdido de una forma tan desafortunada. Poder y prestigio. Malfoy es un apellido manchado, una fina línea los separa de los apellidos Weasley, Potter, Longbottom o Lovegood. Y esa línea es la que Draco está intentando mantener intacta.

Busca el poder que Voldemort les arrebato como castigo de los incesantes errores de Lucius. Su marido, lo echa de menos. Echa de menos su brazo en la noche, su mirada en la mañana y sus conversaciones en la tarde. Esta envuelto en oscuridad, encerrado en frío y aprisionado por hierro y roca, rodeado de un mar en constante cambio. Allí está solo, compartiendo condena con Narcissa que no es más que una moneda de cambio. Una correa para que Draco siga persiguiendo el beneplácito del señor oscuro.

Draco se ha convertido en un marcado, es como Longbottom. Están metidos en una guerra que no es la suya, con bandos que no eligieron. Pero Narcissa sabía que Neville, a pesar de estar marcado por Voldemort, estaba a salvo. Draco, sin embargo, estaba en peligro. Un error y tendría a la Orden y a los Mortifagos detrás. Sería perseguido hasta el mismo infierno por ambos bandos. Draco solo busca el poder perdido. La quiere demasiado, Narcissa sabe que esa es su perdición. Iría al fin del mundo con tal de hacerla sentir orgullosa. Narcissa no necesita que su hijo busque y encuentre el poder perdido de los Malfoy.

Ella ya está orgullosa de su hijo. Está arriesgando su vida, no por poder, ambición o fortuna como Lucius. Solo amor. Aun había esperanzas en Draco Malfoy.