Capítulo 8. El giro
De nuevo sola en la lúgubre habitación, Irene empezó a dar vueltas por ella, impaciente. Intentaba recordar la noche anterior, pero lo último que había en su memoria antes de despertar en la mazmorra era que un mechón de pelo de Sherlock le hacía cosquillas en la nariz y se lo había apartado de la cara. No le quedaba más remedio que seguir buscando la manera de salir de allí y buscar a Sherlock; con suerte, podría sacarlo de donde estuviese o se encontraría con él fuera de allí.
Al final, Irene ideó un plan bastante arriesgado y para nada sofisticado ni original, pero era lo único que podía hacer. Volvió de mala gana a la cama, pues llevaba todo el día tumbada y durmiendo a veces, por lo que solo le apetecía moverse, pero por otro lado le parecía que la única manera de combatir el aburrimiento y la impaciencia era seguir durmiendo. Al mismo tiempo que conciliar el sueño, intentaba también no hacer caso de la bandeja con la cena que aún estaba sobre la mesita junto a la cama, pues pensó que Moriarty había podido poner algo para volver a aturdirla, pero después de todo el día sin comer no pudo resistir la enorme tentación; miró varias veces el plato, lo olió y probó un trozo diminuto del filete para asegurarse de que estaba limpio y lo acabó devorando en apenas unos minutos. Cuando estaba a punto de acabar con la manzana, Moriarty apareció por tercera vez en la puerta, ahora con las manos vacías y una sospechosa sonrisa.
-Veo que sigues despierta, princesa… ¡ah, y por fin has comido! Menos mal, no quería que murieses de hambre; no es un final muy apropiado para alguien como…
-¿A qué has venido ahora? –lo interrumpió Irene mientras se guardaba en la manga con mucho disimulo el cuchillo con el que había pelado la manzana, agradeciendo que las mangas fuesen tan amplias que le permitían tapar parte de la mesa y sus manos- Estoy cenando, como tú mismo has comprobado, y después me gustaría volver a dormir; tengo que esperar al príncipe para que me despierte con un beso, ¿no?
-Precisamente de tu querido príncipe te quería hablar, bella Irene, tengo noticias de él –Moriarty fingió tristeza mientras se sentaba despacio en la silla frente a Irene, que agarró con fuerza el cuchillo esperando que él no lo viese-. Verás… le he mandado noticias de ti y no me ha contestado. Creo que prefiere olvidarse de ti antes que enfrentarse a mí.
-Vaya, eso estropearía tu plan del cuento. ¿Sabes una cosa? –preguntó Irene con tranquilidad- Pero no todo está perdido; todas las buenas historias tienen un giro al final. Aquí tienes el tuyo.
Apenas había acabado la frase cuando se abalanzó sobre Moriarty (por suerte la mesa era muy pequeña y no le costó mucho) y le clavó el cuchillo en el hombro izquierdo. Él intentó defenderse, pero le costaba mover el brazo, ya que era zurdo; en lugar de quitarse a Irene de encima solo consiguió hacerse un par de cortes más. Ella lo empujó para tirarlo de la silla y cayó todavía agarrada a él y sujetándole los brazos, evitando que pudiese defenderse. Tras un forcejeo en el que ella misma recibió alguna herida, se le rasgó la ropa y estuvo a punto de perder, consiguió golpearle la cabeza contra el suelo y dejarlo semiinconsciente. Le quitó la pistola y la llave de la habitación y salió corriendo antes de cerrar la puerta.
Una vez fuera, se sentó contra la puerta, exhausta. Había gastado las pocas fuerzas que le quedaban después de casi un día entero sin comer ni beber en aquella pelea, y sin embargo había ganado gracias a su rapidez, y probablemente a que Moriarty no contaba con que fuese a utilizar aquella escasa energía de esa forma. Como Irene era consciente de que ese no era el mejor sitio para quedarse dormida, pues podía haber alguien vigilando, al cabo de unos minutos se levantó dolorida y miró a su alrededor, con el cuchillo y la pistola preparados. Sin embargo no le hizo falta ninguna defensa al darse cuenta de que estaba totalmente sola y en un lugar bastante insólito.
