Capítulo 9. El lago de los cisnes
Después de revisar el poema varias veces, Sherlock volvió a desesperarse porque no encontraba la pista: una princesa encerrada en una torre custodiada por un dragón y cien guardias, espera a que vaya a buscarla su príncipe y el hada le habla de un caballero "vencedor de la Muerte" ya está en camino. Obviamente, Irene era la princesa, Moriarty era el dragón y el caballero era él; pero ¿qué más? Oriente. La princesa mira el cielo de Oriente, por lo que Irene podría estar en esa zona… una pista demasiado vaga. En el poema había un jardín con flores que tampoco ayudaban mucho a Sherlock, pavos reales, cisnes, un bufón… cualquier cosa podía contener la clave de dónde estaba Irene.
Sherlock repasó todos los lugares en los que había estado el día anterior, pero ninguno parecía cumplir con ninguna de las condiciones del poema, lo que significaba que tendría que seguir recorriendo la ciudad en busca de la guarida de Moriarty, empezando por la zona Este. Pero si no recibía más pistas, o si no era en aquella ciudad… entonces ¿qué? ¿tendría que darse por vencido? Eso jamás. Esta vez no era un duelo entre los dos que pudiese ser resuelto con un par de trucos de ilusionismo. No, esta vez había algo mucho más importante en juego, algo con lo que no le permitiría jugar jamás: la vida de Irene.
Rápidamente, Sherlock empezó a buscar su próximo objetivo por la guía de teléfonos y mapas en internet. Tras cerca de una hora de búsqueda, apareció al Este de la ciudad, en una zona a la que Sherlock no había llegado, El Lago de los Cisnes, una librería especializada en cuentos infantiles donde los niños podían ir a jugar en un patio adornado con flores y aves de plástico de colores, entre ellas varios pavos reales. Sherlock debía de haberse equivocado mucho si aquel no era el lugar, así que se puso y salió, aún de madrugada, a buscar a Irene.
