Disclaimer: Ojalá me perteneciera… No es como si pudiera hacerle un cambio maravilloso, o al menos, más o menos aceptable… Pensándolo bien…
Disclaimer: Qué bueno que no me pertenece.
El día de hoy aprenderemos que...
Las musas son rencorosas y vengativas
Aquella apuesta privada entre Shuichi y Yuki era totalmente íntima. Ni siquiera ellos mismos lo mencionaban en voz alta. Ambos pretendiendo que en realidad no estaban despiertos hasta altas horas de la noche pensando en versos o ideas fantásticas. Ambos pretendiendo ser cool , sin preocuparse por el "trabajito"; en la fecha límite, de repente saldrían con sus respectivos documentos hechos con sangre y lágrimas, y fingirían que sólo les había tomado un día de realización, como si fueran unos genios del oficio que no les correspondía.
Fuera como fuera, las musas se congraciaron con Eiri Uesugi. Ellas estaban acostumbradas a entrar en su cabeza, a revolotear a su alrededor cuando el hombre tenía sueño, a soplarle los cabellos para refrescarle las ideas y a hacerle compañía constantemente en su estudio.
Las musas no tenían idea de quién era Shuichi Shindou y no les interesaba mucho. Él jamás las había invocado, jamás las había tentado con pequeños esbozos de una obra de arte y, de hecho, las musas estaban bastante confiadas en que Shuichi ni siquiera sabía qué significaba "musa".
Y bueno, fue por esto que ellas decidieron iluminar la cabeza rubia y no la rosa.
Esa noche, una semana antes de la fecha límite que se habían dado, Yuki agarró una pluma – vaya, una pluma… algo que sólo utilizaba para firmar cheques y algunos autógrafos ineludibles-, y se puso a escribir versos y más versos. Le salían de la cabeza y se le escurrían a través de la tinta; dejaron bonitas huellas sobre el papel, de tonos sepia.
Cuando terminó, Yuki sintió que lo había hecho en una especie de trance, y casi era verdad aquel pensamiento. Una satisfacción inusitada lo inundó. ¡La cara que iba a poner Shuichi cuando viera, no una, sino cinco canciones! ¡Se moría de ganas por echarle un vistazo al "Érase una vez" que, seguramente, era lo único escrito sobre la hoja de su amante!
Ojalá pronto llegara la hora de enseñarle sus versos, de restregárselos en la cara… Ah, la vida no podía ser más dulce.
¿Pero acaso no mejoraría bastante, si dejara las hojas por ahí, como quien no quiere la cosa, para que Shuichi los viera antes de tiempo y se traumara?
Yuki no lo pensó más, y dejó los versos sobre la mesa ratona de la sala. Luego volvió a la cama con el sigilo de un gato.
Al día siguiente, tal y como el rubio había querido, Shuichi se alistó para llegar a N-G y vio que sus llaves estaban sobre la pila de hojas ecológicas que había usado Yuki anoche. El color de las mismas captó su atención, así que las agarró para echarles un vistazo.
Se puso a leer… Cada vez más lento, más horrorizado.
Esas eran… las mejores letras… que jamás, en toda su miserable vida… podría leer…
Esas letras eran otro nivel…
Una ira asesina se apoderó de él. Tuvo muchísimas ganas de agarrarlas y romperlas en mil pedacitos, pero… Algo en su interior lo detenía. ¿Sería caer muy bajo, el romperlas? Shuichi tomó ambos extremos verticales de las hojas y aplicó un poquito de presión hacia fuera. ¡Pero era Yuki… Su amado Yuki, con locura y delirio! No podía hacerle eso a Yuki, aunque le doliera profundamente a él. Pero… Su orgullo herido… Era inmenso. Lo conmocionaba profundamente.
¿Cómo podía ser tan bueno Yuki, en todo? ¿Por qué Shuichi no había nacido con el talento, y tenía qué matarse día con día para pulir el don que se le había dado? Ahora, Shindou se daba cuenta de que era el peor en lo que mejor hacía. Y era algo devastador, en verdad. Si no podía lograr algo como eso, algo para lo que supuestamente había nacido, entonces no era más que basura. También se dio cuenta de que el mundo era totalmente injusto, pues a Yuki se le había concedido más de un don, y nada dolía más que aquello: estar por debajo de alguien, eternamente, sin importar lo que pasara.
Tenía qué deshacerse de aquellas letras, fuera como fuera, se dijo. Antes de que Yuki despertara. Cuando lo interrogara, Shuichi diría inocentemente: "Ayyy, seguramente las tiré a la basura… Creí que no eran importantes". Y le vendría bien al rubio. Eso le pasaba por haber dejado ahí las hojas. A Shuichi nadie le sacaba de la cabeza que Yuki lo había hecho a propósito, para presumírselas (¿ven cómo sí lo conoce? Pero no le digamos nada al pobre pelirrosa).
Un pensamiento infantil que cobró mucha fuerza le sugirió a Shuichi que se deshiciera de la evidencia de la forma más laboriosa y ridícula que se le ocurriera, así que agarró las hojas e hizo salida. Por el camino, las lanzaría en uno de los cubos de basura del parque de Shinjuku, luego incendiaría el bote y huiría.
Sí, yo también lo leí. Pero eso es lo que él pensó, no podemos omitirlo sólo por lo estúpido que suena.
— ¡Shindou Shuichi! — exclamó una voz metiche. Al mismo tiempo, Shuichi se percató de que alguien lo apuntaba con el cañón de una pistola y se sorprendió porque no oyó al criminal entrar al lugar. Eso de los paparazzis asesinos iba en serio, ahora que lo pensaba.
— ¡YUKIIII! — Shuichi gritó a todo pulmón, buscando desesperadamente la protección del rubio. El criminal lo sacudió por los hombros, con una enorme sonrisa, y el cantante se dio cuenta de que era K.
— Take it easy — exclamó el hombre, quien no podía dejar de hacer esa mezcla de idiomas. Creo que lo hacía sentirse importante. — Así has de tener la conciencia, Shuichi. ¿Qué estabas haciendo, eh? — Pareció convencido de sus palabras cuando notó que Shuichi escondía, brillantemente, las hojas con las letras de Yuki tras su espalda.
— Nada, nada… — Contestó Shuichi, tratando de sonar normal, pero salió todo lo contrario. Para K no fue nada difícil estirarse un poco y arrebatarle las hojas desde la espalda.
— What the heck is this…? — musitó el manager, concentrado. Los iris de sus ojos empezaron a moverse a gran velocidad, y una amplia sonrisa le surcó el rostro cuando reconoció aquellos trazos. — ¡Letras! — de pronto, K no cabía en sí de la emoción. Dijo, "qué más da" y levantó a Shuichi en brazos, dando vueltas con él. — ¡Lo lograste, Shuichi, escribiste las mejores canciones que he visto en toda mi carrera de manager!
K no podía entender la seriedad de Shuichi.
— Come on, ¡quita esa cara! ¡Esto vale oro! — lo alentaba K. Pero era como tratar de hacer a un vegetal cobrar vida. Así es, justo ahora, Shuichi era como una papa mutante y gigante con manchas que parecían una cara con un mal gesto. Pensaba que era lo único que le faltaba… ¡Ese Eiri Yuki realmente había nacido favorecido por las hadas! Finalmente, la papa consiguió decir una cosa, cualquier cosa, y fue un gruñido y una petición.
— Dame eso. — Dijo mientras le arrancaba de las manos las hojas.
— ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué no se van como siempre o se mueren y me dejan dormir? — Ese era el social de Yuki, asomando la cabeza desde el pasamanos de las escaleras, con toda la flojera plasmada en su bello rostro.
Por alguna razón, a K lo inspiraba la antipatía de Yuki, y se irguió y lo saludó con entusiasmo.
— ¡Hola, good morning, Mr. Yuki!
—Cállese. — Contestó Yuki, siempre tan cortés.
— ¡Estamos celebrando una gran victoria aquí, Mr. Yuki! ¿No quiere bajar! — K hizo ademanes repetidos con la muñeca, para que el rubio bajara. No sé por qué, pero esta vez, Yuki accedió, casi arrastrándose, pero bajó. K lo recibiría con las hojas de sus propias canciones en las manos, y logró que el rubio le regalara una sonrisa. — Behold! La obra maestra del joven Shuichi Shindou. ¿Qué opina? — K le echó unos ojos de presumido. Presumía a su representado, por supuesto. — Incluso usted, que es una eminencia de la escritura, no podrá negar que aquí hay talento.
Yuki agarró las hojas, con una sonrisa insufrible, y pretendió que las evaluaba. Movía la cabeza afirmativamente mientras iba pasando los renglones, subía y bajaba las cejas en "reconocimiento del talento". K estaba muy entusiasmado; entendámoslo: el manager sabía que los incesantes bloqueos del artista se debían a los malos tratos y desprecios de Eiri Yuki, y mirar al rubio dar su consentimiento prometía un renacimiento del ingenio de Shuichi, y muchas ventas. Sin embargo, el pelirrosa no parecía impresionado por los halagos no verbales de Yuki, sino todo lo contrario; cada segundo se iba poniendo más roñoso. Su gesto se ensombrecía, se ensombrecía con odio. Y finalmente, se desbarataba de frustración y quedaba una tristeza inerte.
— ¡Dile, Shuichi! — se seguía vanagloriando K. El cantante no pudo más con la presión y gritó, todo descontrolado:
— ¡Esas letras no son mías, las hizo Yuki!
Estaba dicho.
Acababa de proclamar su incompetencia… No había vuelta atrás. Todos sabían que Yuki era mejor que él en lo que mejor se le daba.
Lo dijo porque sabía que esto se quedaría hasta allí, pero jamás imaginó las consecuencias que acarrearía.
Imaginó que K obligaría a Yuki a venderle a Bad Luck las letras, pero pasó algo mucho, muucho peor.
Shuichi no supo por qué Yuki se prestó a los planes de K, pero parecía estar dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias con tal de comprobarle al pelirrosa que podía ser mejor cantante que él.
¿Y cómo empezó a pudrirse la vida de Shuichi?
Pues empezó con las clases de guitarra que Hiro le dio a Yuki.
Próximo capítulo: Las clases de guitarra de Hiro. ¿Qué pasará entre estos dos personajes?
Bueno, ¿qué les va pareciendo?
Dejen comentarios. n.ñ
