los personajes de bleach no me pertenecen son de tite kubo y la historia menos es que me gusto la historia...
Episodio 1
De no haber encontrado con el cuerpo de un hombre debajo de dancin, Rukia no habría llegado tarde a su cita con la fresa. Pero dos pies descalzos y sucios asomaban de bajo del viejo yamija crown de nana. Un prudente vistazo reveló que pertenecía a un sin techo conocido únicamente por el monte del ratón, famoso en el barrio Seúl por su falta de higiene y su afición al vino de garrafa. Cerca del pecho del hombre, que subía y bajaba al ritmo de sus húmedos ronquidos había una botella de tapón de rosca. Tan importante era para ella su cita con la fresa, que considero por un instante la posibilidad de sacar el coche haciendo una maniobra alrededor del cuerpo. Pero su plaza de aparcamiento tenía el espacio justo.
Había previsto un tiempo más que suficiente para vestirse hacer el trayecto hasta el centro para su cita a las once de la mañana. Por desgracia, no hacía más que toparse con obstáculos, empezando con el señor Ikkaku que la abordo en la puerta del edificio y se negó a dejarla marchar hasta espetarle todo lo que tenía que decir. No obstante, el incidente con el vagabundo a un no constituía en una emergencia. Solo tenía que sacara el ratón debajo de dancin.
Le dio un suave puntapié en el tobillo y al hacerlo noto que la mezcla de jarabe de chocolate hershey´s y cola de senda que había aplicado a una rozadura en el tacón de su sandalia de tiras favoritas no ocultaba el daño por completo.
-¿Ratón?
Le dio un golpe más fuerte.
-Ratón, despierta. Tiene que salir de ahí.
Nada. De ser por sus ruidosos ronquidos, habría podido tratarse de un cadáver.
Lo sacudió con mayor vigor.
-no es por nada, ¿sabes?, pero este es el día mas importante de mi vida profesional. No me vendría mal un poco de cooperación.
Ratón no estaba por laborar.
Necesitaba un punto de apoyo. Apretando los dientes, se recogió cuidadosamente la falda del traje de seda cruda amarilla pálido que habría comprado el día anterior en unas rebajas con un setenta por ciento de descuento y se puso de cuclillas junto al parachoques.
-si no sales ahora mismo, avisare a la policía.
Ratón resopló.
Rukia hinco los tacones en el suelo y tiro de los mugrientos tobillos. Sitio en la nuca los latigazos del sol de la mañana. Ratón se dio la vuelta hasta que su hombro choco con el bastidor. Rukia volvió a tirar de él. Debajo de la chaqueta, la blusa de mangas que había elegido para complementar los pendientes de lágrima de perla de Nana empezó a pegársele a la piel. Procuró no pensar en lo que le estaría ocurriendo a su pelo. No era el mejor día para quedarse sin gel fijador, y rogo para que el aerosol de máxima fijación Aqua Net que había encontrado debajo del lavabo fuese capaz de mantener a raya la rebelión de su cabello negro, una maldición permanente en su vida, sobre todo durante los húmedos de verano en karakura.
Si no conseguía sacer a ratón en cinco minutos, acabaría metida en un serio problema. Se dirigió a la puerta del conductor. Sus tacones crujieron cuando volvió a inclinarse y miro la cara con la mandíbula suelta del vagabundo.
-Ratón ¡Levántate! ¡No puedes quedarte ahí!
Un ojo sucio se entreabrió solo para volverse a cerrarse.
-¡Escúchame! Si sales de ahí, te daré cinco dólares.
Ratón movió la boca y dejo escapar un rugido gutural junto con un hilo de saliva:
-Jamen…paz.
El olor hizo que Rukia le lagrimeara los ojos. -¿Por qué tuviste que elegir justamente hoy para perder el conocimiento debajo de mi coche?—pensó-. ¿No podría haber elegido el coche de Yamamoto? – el señor Yamamoto estaba jubilado, vivía enfrente y dedicaba su tiempo a pergeñar nuevas maneras de hacerle la vida imposible.
Quedaba poco tiempo y empezó a dejarse llevar por el pánico.
-Quieres acostarte conmigo? Si sales, podríamos discutirlo.
Más babas y ronquidos hediondos. Era un caso perdido. Rukia se incorporó de un salto y corrió hacia su casa.
Diez minutos más tarde consiguió que saliera con el reclamo de una lata de cerveza abierta. Rukia había tenido días mejores.
Cuando consiguió sacar a dancin del callejón, solo tenía veintiún minutos para sortear el trafico hasta el centro y encontrar aparcamiento. Tenias las pierna sucias, la falda arrugada y se había roto una uña al abrir la lata de cerveza. El medio kilo de más desde la muerte de Nana había acumulado en su cuerpo de huesos pequeños ya que no le parecía un verdadero problema.
Las 10:39.
No podía arriesgarse a quedarse parada en la autopista Sian, así que cogió un atajo por la división. En el retrovisor vio como otro mechón de pelo de la opresión del fijador y la frente se le empapaba de sudor. Cogió un desvío por Shain para evitar otro tramo en obras. Mientras maniobraba en medio del tráfico, se restregó la suciedad de las piernas con el papel de cocina que había traído de casa. ¿Por qué Nana no pudo elegir un bonito y pequeño Honda Civic en lugar de aquel repugnante armatoste verde devorador de combustible? Con sus metro setenta de estatura, Rukia tenía que sentarse sobre un cojín para poder ver por encima del volante. Nana nunca se había tomado la molestia de colocar un cojín, pero también es verdad que apenas y conducía. Después de doce años de uso, el cuentakilómetros de danci no llegaba a los 63.000.
Un taxi le cerró el paso. Toco el claxon con rabia, y un hilo de sudor se deslizó entre sus pechos. Echo un vistazo a su reloj las 10:50. Intento recordar si se puso desodorante después de la ducha. Por supuesto que sí. Siempre lo hacía. Levanto el brazo para asegurarse, pero ni bien aspiro se metió en un bache y su boca chocó contra la solapa de su chaqueta, dejando una mancha de labial.
Porfirio una exclamación de disgusto y extendió el brazo hasta el otro extremo del largo asiento frontal, solo para dejar caer el bolso en el gran cañón de los bajos. El semáforo de Shain y Karakura se puso en rojo. Rukia sitio que el cabello se le estaba pegando a la nuca y cada vez había más mechones sueltos. Intento practicar su respiración de yoga, pero solo había asistido a una clase y no sirvió de nada. ¿Por qué ratón tuvo que elegir justamente ese día, en que el fututo financiero de Rukia estaba en juego, para dormir la mona bajo su coche?
Entro lentamente al centro. Las 10:59. Otro tramo de obras. Paso justo al Aquin Center. No tuvo tiempo práctica habitual de patrullar las calles hasta encontrar una plaza de parquímetro lo suficiente grande para dancin. En lugar de eso se metió en el primer parking (ex orbitantemente caro) que encontró, arrojo las llaves del coche al encargado y salió a la calle a la carretera.
Las 11:05. No hacía falta entrar en pánico. Sencillamente explicaría lo del ratón. Sin duda, la fresa lo entendería.
O no.
Una ráfaga de aire acondicionado la golpeo al entrar en el vestíbulo de un importante edificio de oficinas. Las 11:08. El ascensor estaba felizmente vacio, y oprimió el botón de la decimocuarta planta.
-No dejes que te intimide –le había dicho Matsumoto por teléfono-. La fresa se alimenta del miedo.
Para ella era fácil decirlo. Matsumoto tenía una vida envidiable, con un atractivo jugador de futbol americano por marido, una magnifica carrera y dos hijos adorables.
Las puertas cerraron. Rukia se vio así misma en la pared espejada e hizo una mueca de disgusto. Su traje de seda cruda se había convertido en una masa de informe de arrugas de color amarillo pálido, la falda estaba sucia por un lado y la marca de barra de labial llamaba la atención como un cartel luminoso. Y lo peor de todo se estaba liberando, mechón por mechón, del fijador: los mechones que se soltaban caían sin vida a los lados de su cara como los muelles de un colchón arrojados por la ventana de un tugurio y abandonados a la voracidad de oxido de un callejón.
Por lo general, cuando le disgusta su aspecto –que incluso su propia madre describía como (mono)-, se decía así misma que debía sentirse agraciada por unos rasgos nada desdéñales: unos bonitos ojos color morado, pestañas gruesas y un cutis suave. Pero ninguna dosis de pensamiento positivo podía evitar que la imagen que le devolvía el espejo la horrorizara. Se puso a ocultar un par de mechones detrás de su oreja y a alisar la falda, pero las puertas del ascensor se abrieron antes de consiguiera reparar al menos una parte del estropicio.
Las 11:09.
Delante de ella había una pared de cristal en la que, con letras doradas, rezaba: CHAMPION. GESTIÓN DEPORTIVA. Recorrió de prisa el pasillo alfombrado y abrió la puerta con asa de metal. En la zona de recepción había un sofá de piel y sillones a juego, fotos de ocasiones deportivas enmarcadas y un televisor de pantalla grande en el que se veía un partido de béisbol sin sonido. La recepcionista tenía el cabello corto gris acerado y unos labios muy finos. Reparo en ele aspecto descuidado de Rukia atreves de sus gafas de lectura metálicas de color azul.
-¿En qué puedo ayudarla?
-Soy Rukia Kuchiki. Tengo una cita con la fre…Con el señor Kurosaki.
-Me temo que llega tarde señorita Kuchiki.
-Solo diez minutos.
-Diez minutos era todo el tiempo que el señor Kurosaki podía dedicarle.
Sus sospechas se vieron confirmadas. Había aceptado verla solo por Matsumoto insistió, y no quería quedar mal ante el esposa de su mejor cliente. Echo un vistazo desesperado al reloj de la pared.
-En realidad me he retrasado nueve minutos. Me queda un minuto.
-Lo siento. –la recepcionista le dio la espalda y empezó a teclear en el ordenador.
-Un minuto-suplico Rukia-es todo lo que pido.
-Me temo que no puedo hacer nada.
Rukia necesitaba ese encuentro, y lo necesitaba ya. Giró sobre sus tacones y corrió hacia la puerta al otro extremo de la sala de recepción.
-¡Señorita Kuchiki!
Entro como una exhalación en un pasillo abierto con sendos despacho a los lados, uno de ellos ocupados por dos jóvenes con traje y corbata. Ignorándolos, se dirigió una imponente puerta de caoba situada en el centro de la pared trasera y giro el plomo.
El despacho de la fresa era de color dinero: paredes lacadas de jade, alfombra gruesa de color musgo, y muebles tapizados en distintos tonos verde resaltados con cojines rojo sangre. Detrás del sofá colgaba una colección de fotos periodísticas, junto con una señal en metal blanco oxidado y el nombre BEAU VISTA impreso en letras mayúsculas negras algo descolorido. Adecuado, considerando los ventanales que dominaban el lago Karakura.
La propia fresa estaba sentada detrás de un elegante escritorio en forma de U, su sillón de respaldo alto orientado hasta la vista del lago. Al alcance de la mano tenía un ordenador de sobremesa de última generación, un pequeño portátil, un BlackBerry y un sofisticado teléfono negro con suficientes botones como para hacer aterrizar un jumbo. Junto al teléfono descansaban unos cascos de ejecutivo. La fresa hablaba directamente del auricular.
-El suelo de tercer año parce prometedor, pero no si rescinden antes del contrato –dijo en una voz resonante y clara con el acento del Medio Oeste-. Sé que es riesgoso, pero si firmas por un año podemos jugar en el mercado libre. -Rukia solo alcanzaba a ver una muñeca fuerte y bronceada, un reloj solido y unos dedos largos sujetando el auricular-. En cualquier caso, eres tu quien tiene que tomar la decisión, Shinji. Lo único que puedo hacer es aconsejarte.
La puerta se abrió a su espalda y la recepcionista entro precipitadamente.
-Lo siento, Ichigo. Se me ha colado.
La fresa se volvió lentamente en su sillón, y Rukia sintió como si le hubiera asentado un golpe en el estómago.
Tenía un mandíbula cuadrada y fuerte, y todo en el área la proclamación del hombre con arrestos que se ha hecho a si mimo…, el tipo que se había suspendido en seducción las primeras dos veces pero finalmente había conseguido aprobar el tercer examen. El color de su pelo, anaranjado. Su nariz recta trasmitía confianza en si mismo, y cejas oscuras, audacia. Una de ellas estaba hendida cerca del extremo por una fina cicatriz pálida. Las líneas bien perfiladas de sus labios sugería escasa tolerancia con la gente estúpida, una pasión por el trabajo duro rayana en la obsesión y, posiblemente –aunque esto último podía ser producto de su imaginación-, la determinación de poseer un pequeño chalet cerca de Seúl antes de cumplir los cincuenta. De no ser por una vaga irregularidad en sus facciones, habría sido insoportablemente atractivo. En cambio, un tipo extremadamente guapo. ¿Para qué necesitaba una casamentera un hombre así?
Sin dejar de hablar por teléfono, le dirigió una mirada. Su mirada era exactamente del mismo color café.
-Para eso me pagas, Shinji. –Contempló el aspecto desaliñado de Rukia y lanzó una mirada dura a la recepcionista-. Hablare esta tarde con Kanonji. Cuida ese ligamento. Y dile a Unohana que le voy enviar otra caja de grande Krungand.
-Tu cita de las once –explico la recepcionista tan pronto hubo colgado-. Le dije que había llegado demasiado tarde para verte.
Aparto un ejemplar de Pro Football Wekly. Sus manos eran anchas y tenia las uñas limpias y cuidadosamente cortadas. Aun así, no era difícil imaginarlas pringadas de aceite de motor. Ella observo la corbata azul marino que probablemente costaba más de lo que su atuendo y el corete perfecto de su camisa blanca, que solo podía haber sido hecha a la medida para acomodarla la amplitud de sus hombros antes de estrecharse hacia la cintura.
-Al parecer, es dura de oído. –al girarse en su sillón, dejó entrever unos pectorales impresionantes. Incomoda, Rukia pensó en una clase de ciencias del bachillerato sobre fresa que recordaba vagamente.
Devoraba entera a su presa, empezando por la cabeza.
-¿Quieres que llame a seguridad?-preguntó la recepcionista.
A él le bastó volver sus ojos de predador hacia ella para desarmarla y dejarla a punto para asentarle uno de esos golpes mortales. A pesar del esfuerzo que había hecho por pulir todas las asperezas, no podía ocultar la camorrista de bar que llevaba dentro.
-Creo que me las podré arreglar solo.
Rukia experimento un arrebato sexual…, tan inoportuno, tan fuera de lugar, que tropezó con una de las sillas. Nunca se había sentido cómoda en presencia de hombres excesivamente seguros de sí mismos, y la imperiosa necesidad de impresionar a aquel espécimen en particular hizo que maldijera en silencio su torpeza, además de su aspecto ajado y su cabello.
Matsumoto le había aconsejado que fuera agresiva. –se había paso a golpes hasta la cumbre, cliente tras cliente. Ichigo kurosaki no conoce otra cosa la fuerza bruta-. Pero Rukia no era una persona naturalmente agresiva. Todos se aprovechaban de ella, desde empleados bancarios hasta los taxistas. Apenas una semana antes había perdido un pulso con un chico de nueve años de edad al que había pillado tarando huevos a dancin. Especialmente su propia familia, se aprovechaba de ella.
Y estaba harta. Harta de que la tratasen con condescendencia, harta que todo el mundo la utilizara, harta de sentirse fracasada. Si se echaba atrás ahora, ¿Dónde acabaría? Miro sus ojos color café y supo que había llegado la hora de recurrir a la reserva genética de los Kuchiki y mostrarse implacable.
-Me encontré un cadáver bajo el coche. –era casi verdad. Ratón había sido un peso muerto.
Afortunadamente, la fresa no parecía impresionada; probablemente había dejado tantos cadáveres en su carrera hacia la cima que el concepto mismo de la muerte le aburría. Soltó un profundo suspiro.
-Toda esa burocracia… hizo que me retrasara. Si no, habría llegado puntual. Más que puntual. Soy extraordinariamente responsable. Y profesional. –Se quedo sin aire-. ¿Le importa que me siente?
-Sí.
-Gracias. –Rukia se dejo caer en el sillón más cercano.
-Es dura de oído, ¿verdad?
-¿Cómo?
El la escruto unos instantes antes de dirigirse a su recepcionista:
-No me pases llamadas durante cinco minutos, Hinamori, a menos que se trate de Phoebe Calew. –La mujer salió, y dejo escapar un suspiro de resignación-. Supongo que ustedes es la amiga Matsumoto. –Inclusive sus dientes resultaban intimidantes: fuertes, cuadrados y muy blancos.
-Compañeras de colegio.
Tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
¿A quien quería tomarle el pelo? Lo suyo era grosero. Se lo imagino en la universidad, sacado por la ventana del dormitorio algún pobre empollón o riéndose en la cara de alguna novia sollozante y presumiblemente embarazada. Adopto una postura más recta a fin de trasmitir confianza en si misma.
-Soy Rukia Kuchiki, de Perfecta Para Ti
-La casamentera. –sus dedos dejaron de tamborilear sobre la mesa.
-Prefiero considerarme una facilitadora de bodas.
-vaya. –Volvió a taladrarla con aquello ojos cafés-. Matsumoto me dijo que su empresa se llamaba algo así como Myra la Casamentera.
Demasiado tarde. Cayó en cuente que había pasado ese punto especifico durante las conversaciones con Matsumoto.
-Bodas Myra fue fundado en los setenta, por mi abuela. Murió hace tres meses. Desde entonces, he estado modernizando la empresa, y también le he dado un nombre que refleja nuestra filosofía de servicio personalizado para el directivo exigente. –Lo siento, Nana, pero tenía que hacerlo-.
-¿Cómo es de grande su empresa exactamente?
Un teléfono, un ordenador, el viejo y polvoriento archivador de Nana.
-Es de tamaño manejable. Creo que la clave de la flexibilidad es trabajar con el personal justo. –Y agrego-: Aunque herede la empresa de mi abuela, estoy personalmente calificada para dirigirla.
Su preparación consistía en una licenciatura en artes escénicas por la sociedad de almas que nunca había utilizado oficialmente, un efímero periodo en un -punto com- que había quebrado, una asociación en una tienda de regalos fracasada y, más recientemente, un puesto en una agencia de colaboración que había tenido que cerrar.
El se retrepó en un sillón.
-Iré al grano. He firmado un contrato con Portia Powers.
Rukia estaba preparada para ello. Portia Powers, de parejas Powers dirigida la agencia matrimonial mas exclusiva de todo Karakura, Power había levantado su negocio gracias a los altos ejecutivos demasiado atareados para encontrar a la mujer-trofeo que deseaban y con dinero suficiente para pagar sus exorbitantes honorarios. Tenían buenas conexiones, era agresiva y con una reputación de despiadada, aunque pero esta opinión provenía de su competencia y, por tanto, podía ser producto de la envidia. Puesto que Rukia no la conocía en persona, prefirió no hacer un juicio de valor.
-Estoy al corriente, pero eso no le impide beneficiarse de perfecta para ti.
Él dirigió la vista hacia los botones parpadeantes de su teléfono, la frente surcada por una línea vertical de impaciencia.
-¿Por qué habría de hacerlo?
-Porqué trabajare para usted con más ahínco del que se pueda imaginar. Y por qué le presentare un grupo de mujeres con cerebro y credenciales, mujeres que no le aburrirán cuando haya desaparecido la novela.
Él arqueo una ceja.
-Cree que me conoce bien ¿eh?
-Señor Ichigo–ése no puede ser su nombre verdadero-, está acostumbrado a rodearse de mujeres hermosas, y estoy segura que ha tenido más oportunidades de casarse con ellas que se puedan contar con los dedos de las manos. Pero no lo ha hecho. Eso significa que busca a una mujer más polifacética que una simple esposa despampanante.
-Y no creo que pueda encontrar en Portia Powers.
No le gustaba hablar mal de la competencia, a pesar de que sabía que Powers le presentaría a modelos y famosas.
-Solo sé que Perfecta para Ti le puede ofrecer, y creo que quedara impresionado.
-Apenas tengo tiempo para Pareja Powers, mucho menos para añadir otra persona a la ecuación. –se levanto del sillón. Era alto, asi que tardo un poco en incorporarse.
Ella ya había reparado en la amplitud de sus hombros. Ahora contemplo el resto. Tenía un cuerpo atlético y musculoso, sin un apicé de grasa. Si te iban los hombros con abundante testosterona y te gusta llevar una vida sexual peligrosa, él era el candidato perfecto a ocupar el primer lugar en tu lista de marcación rápida. No es que Rukia estuviese pensando en su vida sexual. Al menos, no lo había hecho hasta que el puso un pie.
Se inclino sobre su escritorio y le tendió la mano
-Buen intento, Rukia. Gracias por su tiempo.
No estaba dispuesto a darle una oportunidad. Nunca había estado dispuesto a nada más que cumplir con el guion para contentar a Matsumoto. Rukia pensó en el esfuerzo que le había allí, los veinte pavos que le costaría sacar a dancin del parking, el tiempo que le había dedicado a averiguarlo todo acerca del exitoso pueblerino de treinta y cuatro años de edad que tenía ante sí. Pensó en las esperanzas puestas en su encuentro, en su sueño de hacer Perfecta para Ti una empresa para ti una empresa única y prestigiosa. Varios años frustración alimentada por juicios estúpidos, mala suerte y oportunidades perdidas empezaron a hervir en su interior.
Se pudo de pie de un salto sin responder a la mano tendida, e inclino la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.
-¿Recuerda aun lo que era ser rechazado, señor Kurosaki, o fue hace mucho tiempo? ¿Recuerda cuando tenía tantas ansias por cerrar un trato que estaba dispuesto hacer lo que fuera para conseguirlo? Conducir toda la noche para desayunar con un candidato al Heisman. Pasar horas y horas en el aparcamiento del campo del campo de los Taicho tratando de atraer la atención de algunos de los veteranos. ¿y cuando se levantaba de la cama aunque estuviera con un resfriado galopante para pagar la fianza de los clientes de otro agente?
-Veo que ha hecho sus deberes. –dirigió una mirada impaciente a los parpadeantes botones del teléfono, pero la echó, así que ella siguió hablando.
-Cuando empezó este negocio, jugadores como Gin Ichimaru no tenía tiempo para concederle una entrevista. ¿Recuerda como se sentía? ¿Recuerda cuando los periodistas no lo llamaban para pedirle información confidencial? ¿Cuándo no llamaba por su nombre de pila a todo el que es alguien en la Liga Nacional Futbol?
-Si se lo digo que me acuerdo, ¿se iría? –cogió los auriculares abandonados en el teléfono.
Rukia apretó los puños con la esperanza de sonar mas emocionada que chiflada.
-lo único que quiera es una oportunidad. La misma oportunidad que usted tuvo cuando Gin rompió el contrato con su agente y puso su carrera en manos de un enteradillo en deportes que hablaba muy deprisa y se había abierto camino desde un pueblucho insignificante del sur de Illución facultad de derecho de Harvard.
El volvió a sentirse en un sillón, con una ceja ligeramente enarcada.
-Un muchacho de origen humilde que jugaba al futbol para ganarse la beca universitaria, pero que confiaba en su cerebro para salir adelante. Un chico con grandes sueños y una solida ética de trabajo como única carta de presentación. Un joven que…
-Deténgase antes de que me salten las lágrimas –la interrumpió en tono seco.
-Solo le pido una oportunidad. Déjame organizar un encuentro. Uno solo. Si no le gusta la mujer elegida, no volveré a molestarlo más. Por favor. Hare lo que sea.
Estas últimas palabras atrajeron su atención. Puso a un lado los auriculares, se inclino el sillón hacia atrás, y se froto la comisura de los labios con el pulgar.
-¿Lo que sea?
Rukia sostuvo la mirada escrutadora.
-Lo que me haga falta –dijo.
La mirada siguió un calculado recorrido desde la despedida cabellera negra hasta la boca, y luego descendió por el cuello hasta los pechos.
-Bueno, hace mucho que no echo un polvo.
Notó como se relajaba los músculos del cuello. La fresa estaba jugando con ella.
-Entonces, ¿por qué no le buscamos una solución permanente? –Cogió su bolso de piel de imitación y sacó su carpeta con el material que había terminado de preparar a las cinco de la mañana-. Aquí encontrara más información sobre Perfecta para Ti He incluido nuestra declaración de principios, un programa y nuestro esquema de precios.
Después de divertirme un poco, volvió a los negocios.
-Me interesan los resultados, no las declaraciones de principios.
-Y eso es lo que obtendrá.
-Veremos.
Ella tomo aire con dificultad.
-¿Quiere decir que…?
El cogió el auricular del teléfono y se lo paso alrededor del cuello, dejando que el cable colgara sobre la camisa como una serpiente.
-Tiene una oportunidad. Mañana por la noche. Presénteme su mejor candidata.
-¿De verdad? –Se le aflojaron las rodillas-. ¡Fantástico! Pero…, necesito aclarar que busca exactamente.
-Demuéstreme lo buena que es. –volvió a coger el auriculares-. A las nueve en el shanli en san Antonio. Preséntenos, pero no nos deje solos. Siéntese a la mesa con nosotros y mantenga viva la conversación. Trabajo muy duro en lo mío. No tengo ganas de hacerlo también en esto.
-¿Quiere que me quede?
-Veinte minutos exactamente. Luego llévesela con usted.
-¿Veinte minutos? ¿No cree que lo pueda encontrar un poco… ofensivo?
-No si es la mujer adecuada. –Le dedicó una sonrisa de chico de pueblo-. ¿y sabe por qué, señorita Kuchiki? Porque la chica adecuada es demasiado dulce para sentirse ofendida. Ahora márchese de aquí antes de que me arrepienta.
Lo hizo.
continuara...
