Chaper 4
Pasada la una de la mañana, Abarai Renji se acercó finalmente a Ichigo. A pesar de la escasa iluminación del club, el chico aún llevaba las gafas, pero se había quitado la chaqueta deportiva y su camisera blanca sin mangas destacaba el Santo Grial de los hombros de futbolista: grandes, fuertes y sin estropear por la cirugía artroscópica. Renji apoyó una cadera en el taburete vació que había junto a Ichigo. Mientras extendía una pierna para no perder el equilibrio, dejó entrever una bota de cuero color habano de la que Ichigo había oído decir a una de las chicas que era de Dolce-Gabanna.
-De acuerdo, Kurosaki, tu turno para hacerme la pelota.
Ichigo apoyó un codo en la barra.
-Mis condolencias por tu pérdida. Kurodo era un buen agente.
-Te odiaba a muerte.
-Yo también, pero eso no quita que fuese un buen agente, y no quedamos muchos. –Escudriño de cerca al quarterback-. Joder, Abarai, ¿has estado tatuándote?
-Tatuajes. ¿Te gustan?
-Si fueses un poco más guapa, intentaría ligar contigo.
Abarai sonrío para sí.
-Tendrías que ponerte en la cola.
Ambos sabían queno estaban hablando acerca de ligues.
-Me gustas, Kurosaki –admitió Abarai-, así que no voy a andarme con rodeos. No estás en liza. Sería estúpido por mi parte firmar un contrato con el agente número uno en la lista negra de Soin Fong.
..La única razón por la que estoy en esa lista es porque Soin es tacaña –No era del todo cierto, pero no quería entra en los complicados detalles de su relación con la propietaria de los Karakurence Fine-. A Soin no le gustaba que yo no corra a coger los huesos que lanza, como todos los demás. ¿Por qué no le preguntas a Chad si tiene alguna queja?
-Ya, pero resulta que Gin está casado con la hermana de Soin y yo no, así que la situación no es exactamente la misma. El hecho es que ya he cabreado a la señora Fong sin proponérmelo, y no pienso empeorar las cosas contratándote.
Una vez más se interponía su relación escasamente funcional con Soin Fong. Por mucho que intentara arreglar las cosas ella, los errores que había cometido al principio lo perseguían una y otra vez para pasarle factura. No dejó que se notara la tensión; sencillamente, se encogió de hombros.
-Haz lo que tengas que hacer.
-Sois un atajo de sanguijuelas –dijo Ichigo con tono amargo-. Os lleváis el dos, el tres por ciento de los beneficios brutos, ¿por hacer qué? Por hacer un par de trámites. ¡Menuda hazaña! ¿Cuántos entrenamientos dobles has tenido que soportar?
-No tantos como tú, sin duda. Estaba demasiado ocupado obteniendo sobresalientes en derecho contractual.
Abarai sonrió.
Ichigo le respondió con una sonrisa.
-Sólo para dejar las cosas claras… cuando se trata de esos importantes contratos de promoción que consigo a mis clientes, me llevo mucho más que un tres por ciento de los beneficios brutos.
Abarai no parpadeó.
-Don Kanónji me aseguro un contrato con Nike. ¿Puedes conseguir lo mismo?
-Nunca garantizo lo que no tengo asegurado. –Bebió un sorbo de su cerveza-. No me tiro faroles con mis clientes, al menos no sobre temas importantes. Tampoco les robo, ni les miento, ni les falto a sus espaldas. No hay ningún agente en este negocio que trabaje más duro que yo. Ni uno solo. Y eso es todo lo que tengo que ofrecer. –Se puso en pie, sacó su cartera y plantó un billete de cien dólares sobre la barra-. Cuando quieras hablar del asunto, ya sabes dónde encontrarme.
Al llegar a casa esa misma noche, ichigo cogió la invitación manchada de uno de los cajones de su cómoda. La conservaba como recordatorio del desgarrador dolor que sintió la primera vez que la había abierto a los veintitrés años.
Está cordialmente invitado a asistir a la boda de
Neliel Tu
Y
Ichigo Kurosaki
Día de San Valentín
18:00 horas
En la Catedral de Karakura
El organizador de la boda le había enviado la invitación sin darse cuenta que él era el novio, un error sumamente elocuente que le permitió descubrir que su boda con Neliel no era sino un engranaje más en la bien aceitada maquinaria de producción familiar. Siempre había pensado que era demasiado bonito para ser verdad: Neliel enamorada de un muchacho que se pagaba la carrera de Derecho limpiando fosas sépticas.
-No sé por qué te lo tomas así—Había dicho Neliel cuando le pidió explicaciones-. Las fechas sencillamente coincidieron. Debería alegrarte de que mantengamos las tradiciones. Casarse el día de San Valentín trae buena suerte en mi familia-.
-Este no es un día de San Valentín cualquiera –había respondido él-. Bodas de oro, bodas de plata… ¿Con quién te hubieses casado si yo no hubiese aparecido a tiempo?-.
-Pero lo has hecho, así que no sé dónde está el problema-.
Él le había suplicado que cambiase la fecha, pero ella se negó. –Si me amas, lo harás a mi manera-, le dijo.
Él la amaba. Pero después de una semana de noches de vela llegó a la conclusión de que ella sólo lo quería por interés.
La boda finalmente se celebró con uno de los amigos de infancia de Neliel en calidad de novio de tercera generación del día de San Valentín. Ichigo tardó varios meses en recuperarse del todo. Dos años más tarde, la pareja se divorció, poniendo punto final a la tradición familiar, pero Ichigo no sintió consuelo.
Neliel no era la primera persona a la que él entregaba su corazón, de niño se lo había entregado a todo el mundo, desde el borracho de su padre hasta la retahíla de novias fugaces que el viejo llevaba a casa. Cada vez que una nueva mujer entraba en la destartalada caravana, Ichigo suspiraba porque fuera la que llenara el hueco dejado por su difunta madre.
Cuando la cosa no funcionaba –y nunca funcionaba-, entregaba su cariño a los perros callejeros que acababan aplastados en la vecina carretera, a la viejecita de la caravana contigua que le gritaba si su pelota caía cerca de su jardín de ruedas de tractor, a profesoras de la escuela que tenía sus propios hijos y no querían uno más. Pero tuvo que pasar por su experiencia con Nell para aprender la lección que no permitía olvidar: su supervivencia emocional dependía de que no se enamorara.
Esperaba que eso cambiara algún día. Amaría a sus hijos, de eso estaba seguro. Nunca permitiría que crecieran como lo había hecho él. En cuanto a su esposa… eso tomaría su tiempo. Pero una vez estuviese convencido de su amor, lo intentaría. Por ahora tenía previsto la búsqueda de una esposa como trataba cualquier otro aspecto de su negocio, razón por la que había contratado a la mejor agencia matrimonial de la ciudad. Y por la que debía deshacerse de Rukia Kuchiki…
Menos de veinticuatro horas más tarde, Ichigo entró en el Sienna´s, su restaurante favotiro, para cumplir con lo acordado. Rukia llevaba un cartelito de fracasada pegado en la frente, y aquello suponía una gran pérdida de tiempo que no le sobraba. Mientras se dirigía hacia su mesa habitual, en el rincón del fondo del bien iluminado bar, saludó en italiano a Kar, el propietario. Ichigo había aprendido el idioma en la universidad, y no de su padre, que sólo hablaba en borracho. El viejo había muerto de una mezcla de enfisema y cirrosis cuando Ichigo tenía veinte años. Aún no había derramado una sola lágrima por él.
Hizo unas llamadas rápidas. La alarma de su reloj sonó justo cuando colgó. Las nueve de la tarde. Levantó la vita y, en efecto, Rukia Kuchiki avanzaba hacia él. Pero fue la despampanante rubia que caminaba a su lado la que llamó su atención. Santo Dios… ¿de dónde había salido? El pelo liso y largo. Tenía rasgos perfectamente equilibrados y una figura delgada, de piernas largas. De modo que la Enana no había sido sólo un farol.
Su casamentera era media cabeza más pequeña que la mujer que había traído. Su maraña de pelo negro. La chaqueta corta blanca que llevaba con el vestido de tirantes color lima era, sin duda, una gran mejora sobre el conjunto del día anterior; aún así, seguía pareciendo una enana chiflada. Se puso de pie para recibirlas.
-Tía Harribel, te presento a Ichigo Kurosaki. Ichigo, Tía Harribel Phelps.
TíaHarribe lo escrutó con un par de inteligentes ojos marrones que se inclinaban de forma atractiva en las esquinas.
-Es un placer –dijo con tono de voz profunda y bajo-. Rukia me ha contado todo sobre ti.
-Me alegra saberlo. Eso quiere decir que podemos hablar de ti, que, por lo que veo, será mucho más interesante. –Fue un comentario muy convencional, e incluso le pareció oír un resoplido, pero cuando desvió la mirada hacia Rukia, en su expresión sólo vio ansias por agradar.
-Permíteme que lo ponga en duda. –Tía Harribel se deslizó con gracia en la silla que él sostenía para ella. La mujer destilaba clase. Rukia tiró de la silla situada en el extremo opuesto, pero se atascó en una de las patas de la mesa. Ocultando si irritación, Ichigo se estiró para liberarla. Rukia era un desastre andante, y ahora se arrepentía de haberle exigido que se sentara con ellos, pero en su momento le había parecido una buena idea. Cuando decidió contratar una agencia matrimonial, también se prometió a sí mismo hacer que el proceso fuese eficiente. Ya había tenido dos encuentros organizados por Parejas Power. Incluso antes de que llegaran las bebidas, supo que ninguna de las mujeres era la adecuada para él, y había perdido un par de horas librándose de ellas. Sin embargo, estaba prometía.
Ram vino desde el bar para tomar nota del pedido. Tía Harribel pidió un club soda, Rukia algo aterrador llamado fantasma verde. Ella lo miraba con la expresión jovial e impaciente del dueño que aguarda a que su perro de raza luzca sus habilidades. Si esperaba a que ella condujese la conversación, podía esperar sentado.
-¿Eres de Karakura, Tía Harribel? –preguntó Ichigo.
-Crecí en Rockford, pero vivo en la ciudad desde hace años.
Lanzó una mirada a la señorita casamentera. Ella, que no era tonta, captó la indirecta.
-Le interesará saber que Tía Harribel es psicóloga. Es una de las principales autoridades del país en instructoras sexuales.
Eso atrajo su atención. Evitó hacer los muchos comentarios de vestuario de tíos que le vinieron a la mente.
-Un campo se estudio poco común.
-El entretenimiento sexual no gozo de buena reputación –respondió la hermosa psicóloga-. Si se utiliza de forma adecuada, puede ser magnífica herramienta terapéutica. Me he propuesto darle la relevancia que merece.
La psicóloga empezó a hacerle un resumen de su trabajo. Tenía un gran sentido del humor, era lista y sexy. ¡Vaya si era sexy! Había subestimado completamente las habilidades de casamentera de Rukia Kuchiki. Sin embargo, justo cuando empezaba con la conversación, Rukia echó un vistazo a su reloj y se puso de pie.
-Se acabó el tiempo –anunció en un tono de voz jovial que le dio dentera.
La atractiva psicóloga se puso de pie con una sonrisa.
-Ha sido un placer conocerte, Ichigo.
-El placer ha sido mío. –Puesto que era él quien había puesto el límite de tiempo, no le quedó más remedio que ocultar su irritación. Nunca hubiera esperado que una enana como Rukia les presentase a una mujer despampanante como aquélla, y menos en la primera cita. Tía Harribel abrazó rápidamente a Rukia, volvió a dirigir una sonrisa a Ichigo y se marchó. Rukia se acomodó en su asiento, bebió un sorbo de su fantasma verde y metió la mano en su bolso, esta vez color turquesa con palmeras cubierto de lentejuelas.
Segundo después, tenía delante de sus ojos un contrato. El mismo que ella había dejado sobre su escritorio el día anterior.
-Garantizo un mínimo de dos presentaciones al mes. –Un mechón de pelo negro cayó sobre su frente-. Cobro de… diez mil dólares por seis meses. –A él tampoco le pasaron inadvertidos ni el tartamudeo ni el súbito sonrojo de aquellas mejillas de ardilla. Enana vas por todas-. Normalmente, la tarifa incluye dólares la vista al estilista, a su camisa negra Versace y a sus pantalones gris pálido-. Eh… eh… pero creo que nos la podemos ahorrar.
Y tanto que sí. Ichigo tenía un gusto lamentable para la ropa, pero la imagen lo era todo en su profesión, y el hecho de que no le importaba un rábano lo que se ponía no quería decir que sus clientes fuesen de la misma opinión. Un asesor de imagen gay y refinado compraba todo lo que se ponía Ichigo. Además, le había prohibido combinar ninguna prenda sin consultar las tablas que colgaban se su armario.
-Diez mil dólares es mucho dinero para alguien que está empezando –dijo.
-Al igual que usted, cobro por lo que valgo. –sus ojos se detuvieron en su boca.
Contuvo la sonrisa. Campanilla necesitaba practicar su cara de póquer.
-ya he pagado un montón por mi contrato con Yoruichi Powers.
El pequeño arco de Cupido del centro de su labio superior palideció un poco, pero le quedaban recursos.
-¿Y cuántas mujeres como Tía Harribel le ha presentado?
Le había pillado, y esta vez no ocultó su sonrisa. En lugar de ello, cogió el contrato y empezó a leerlo. Los diez mil dólares eran un farol, una pretensión optima. Aun así, le había presentado a Tía Harribel. Leyó las dos páginas. Podía hacerle bajar el precio, pero ¿hasta dónde quería llegar? El arte del acuerdo requería que ambas partes se sintieran ganadoras. De lo contrario, el resentimiento podía influir negativamente en los resultados. Cogió su Mont Blanc y empezó a hacer modificaciones: tachó una cláusula, corrigió un par y añadió otra se su propia cosecha. Finalmente, le devolvió los papeles.
-Cinco mil por adelantado. El resto sólo si da usted con la mujer ideal.
Los puntos dorados de sus ojos morados brillaron como la purpurina del yo-yo de un niño.
-Eso es inaceptable. Prácticamente me está pidiendo que trabaje gratis para usted.
-Cinco mil dólares no es moco de pavo. Y su curriculum no me impresiona.
-Sin embargo, le he traído a Tía Harribel.
-¿Cómo sé que no es todo lo que tiene? Hay una gran diferencia entre prometer resultados y conseguirlos. –Señaló el contrato-. La pelota está en su tejado.
Cogió las hojas y repasó los cambios con el entrecejo frunció, pero al final firmó, tal como él había previsto. Después de firmar él también, se arrellanó en su asiento y la estudió.
-Deme el número de teléfono de Tía Harribel. Yo mismo concertaré la próxima cita.
Ella apoyó un dedo en el labio inferior, revelando unos dientes blancos y pequeños.
-Tengo que preguntárselo primero. Es un acuerdo al que llego con todas las mujeres que presento.
-Me parece sensato. Pero no me preocupa demasiado.
Mientras ella buscaba su teléfono móvil, él echó un vistazo a su reloj. Estaba cansada. Había pasado el día en Cleveland y aún tenía que pasar unos minutos por Waterwks para ver si había alguna novedad respecto a Abarai Renji. Al día siguiente tenía la agenda completa, desde el desayuno hasta la medianoche. El viernes debía coger un vuelo a Las Noches a primera hora y, la semana siguiente, tenía que viajar a Tampa y a Baltimore. Si tuviera una esposa, tendría la maleta hecha siempre que la necesitara, y encontraría algo más que una cerveza en la nevera al volver a casa tras un vuelo nocturno. También tendría a alguien con quien hablar acerca de la jornada, la oportunidad de bajar la guardia sin preocuparse por el acento nasal del campo que se colaba en su discurso cuando estaba cansado, o de apoyar sin darse cuenta el codo en la mesa mientras comía un bocadillo o cualquiera de las otras estupideces a las que tenía que estar permanentemente atento. Sobre todo, tendría a alguien que se quedaría.
-Tía Harribel, te habla Rukia. Gracias otra vez por aceptar que te presente a Ichigo con tan poca antelación. –Le dirigió una mirada incisiva. Campanilla le estaba mortificando-. Me ha pedido tu número de teléfono. Tengo entendido que tiene planeado invitarte cenar –otra mirada corrosiva—en el Charlie.
Tuvo ganas de echarse a reír, pero se mantuvo inexpresivo para no darle esa satisfacción.
Ella hizo una pausa, escuchó y asintió. Él sacó un móvil y consultó la lista de llamadas que había entrado mientras charlaba con Tía Harribel. En Den todavía no era las nueve. Aún tenía tiempo de llamar a Jamal para interesarse por su ligamento cruzado anterior.
-Sí –dijo ella-. Sí, se lo diré. Gracias. –Cerró su móvil, lo metió en el bolso y volvió a mirarle-. Tía Harribel dice que le gustó usted. Pero sólo como amigo.
Ichigo se quedó sin habla, lo que rara vez le sucedía.
-Temía que eso ocurriera –se apresuró a decir ella-. Con veinte minutos no es que le sobre tiempo para causar la mejor impresión.
Él la miró, incapaz de creer lo que estaba diciendo.
-Tía Harribel me pidió que le transmitiera sus mejores deseos. Dice que es usted muy bien parecido, y que está convencida de que no le constará encontrar a una mujer más adecuada.
¿Tía Harribel Phelps lo había rechazado?
-Tal vez… -dijo Rukia pensativa—tengamos que bajar un poco el listón en la escala del tótem femenino.
Continuara…
