Especial de Halloween - final de la primera parte


–¡Esto es ridículo, no puede ser! –exclamó Harry irritado, quien varita en mano corrió hacia la puerta para salir nuevamente.

–¡Harry, no!

Pero el muchacho no hizo caso al ruego de Ginny. Estaba asustado pero al mismo tiempo ardía en ganas de dilucidar qué estaba ocurriendo; nuevamente su curiosidad terminaba tomando la última decisión. En cuanto salió miró hacia arriba de la casa y buscó con su vista en todas direcciones; esperaba descubrir qué o quién era el causante de los estruendos pero se frustró al no ver nada… nuevamente.

Un par de instantes después Ron también salió a investigar a la fría y húmeda noche pero se llevó por delante a Harry, distraído con lo que veía con sus propios ojos.

–¿Qué demonios…? –gimió el pelirrojo, casi en un susurro.

Harry estaba observando hacia arriba cuando Ron se chocó con él, haciéndolo trastabillar unos pasos. Sin embargo, reconoció al momento el tono de voz de su amigo y supo que estaba aterrado, algo que pudo comprobar al ver su rostro lívido y casi transparente.

Con el corazón en su boca, se dio vuelta para mirar hacia donde miraba Ron y su sangre se congeló al instante.

Una figura los observaba.


Especial de Halloween - 2da. parte

¿Era un hombre? Harry sabía que no lo era. Medía casi tres metros y permanecía de pie a unos pocos metros más allá del muro de piedra del jardín, aunque el muchacho juraría que no tenía pies ni piernas. Pese a la lluvia y a la oscuridad de la noche, pudo notar que parecía estar cubierto por una larga sábana o túnica más negra que el azabache, y una extensa y puntiaguda capucha de igual color cubría su cabeza (o lo que fuera que hubiera en lugar de cabeza).

Inconscientemente apuntó su varita hacia esa aparición intentando controlar el temblor de su brazo. Ron, asustado como pocas veces en su vida, imitó a su amigo aunque permanecía un paso por detrás de él.

–¿Qué es eso? –tartamudeó Ron, en un susurro casi inaudible.

El corazón de Harry latía desbocado y sentía la adrenalina del miedo recorriendo cada rincón de su cuerpo. ¿Acaso era un dementor? Quizá el frío de la noche disimulaba el típico frío que se sentía al estar cerca de ellos, y quizá la escasa visibilidad no le permitía distinguir sus brazos y sus manos grises cubiertas de pústulas, pero ¿qué estaba haciendo por el sudoeste de Inglaterra?

Sin pensarlo dos veces, se concentró en algunos recuerdos felices junto a Ginny y de su varita brotó su patronus. El fantasmal y brillante ciervo con astas se formó delante de él y tras un movimiento de su varita arremetió hacia la oscura figura, iluminando todo a su paso. Sin embargo, para el desconcierto de Harry, el patronus la atravesó como si no estuviera ahí y solo sacudió su negra túnica. Para peor, la aparición voló en dirección a los aterrados muchachos, quienes del susto se cubrieron con sus brazos. Justo sobre ellos, la figura se deshizo en una negra bruma para desaparecer por completo, justo al mismo tiempo que el ciervo plateado se deshacía en una brillante neblina a cierta distancia de ellos.

Aún petrificado en el sitio, Harry abrió los ojos para ver qué había sucedido, pero no pudo ver a tiempo a esa cosa. Ron aún tenía sus ojos cerrados, y tanto Hermione como Ginny (que se habían asomado por la puerta) permanecían estupefactas, con el susto marcado a fuego en sus pálidos rostros.

–¿Ya se fue? –gimió el pelirrojo.

–Yo… creo que sí –tartamudeó Harry, sin dejar de mirar hacia todos lados por si esa criatura volvía y se les abalanzaba encima de nuevo. –¡Abre tus malditos ojos y ayúdame a buscar a esa cosa!

–Esa cosa no era un dementor, Harry. ¿Por qué hiciste aparecer tu patronus? –le cuestionó Ron, quien abrió sus ojos muy despacio, temiendo lo que pudiera ver. Encendiendo su varita, se unió a la búsqueda por el cielo nocturno aunque ninguno de los dos se atrevía a moverse de su sitio.

–Parecía un dementor…

–Si hubiera sido un dementor, ya nos hubiera…

–¡Pero qué hacen allí todavía! ¡Vuelvan a la casa de una vez por todas!

El chillido de Hermione los devolvió a la realidad, y sin protestar corrieron hacia la casa y cerraron la puerta tras ellos. No por la lluvia, que ya no caía tan copiosamente, ni por el frío y húmedo viento, que parecía haber amainado bastante, sino por el terror que aún carcomía sus huesos.

–¿Están bien? ¿Qué ha sido eso? ¿Por qué has utilizado tu patronus? –Hermione ametralló a preguntas a Harry. Tanto los tres amigos como Ginny se habían amontonado en el pequeño vestíbulo de la entrada.

–¿Y cómo iba a saber qué demonios era esa cosa? ¡Creí que era un dementor, por eso utilicé mi patronus!

–¡Por supuesto que no era un dementor, Harry! ¡No pudo ser un dementor ya que el Ministerio los ha expulsado de Inglaterra! –respondió Hermione sin dejar de chillar.

De pronto, el rostro de Ron se desfiguró por el pánico. –¡Era un Lethifold!

Hermione miró a su novio entrecerrando sus ojos y poniendo su mejor gesto de exasperación. –¡Y mucho menos un Lethifold, Ron! ¡Si hubieras leído "Animales Fantásticos y dónde encontrarlos" alguna vez sabrías que solo viven en los trópicos y quedan muy pocos! –le reprochó.

–Cálmate, ¿quieres? ¡Deja de gritar que nos dejarás sordos a todos!

–No puedo ver nada desde aquí –murmuró Harry, que se debatía entre quedarse refugiado dentro de la casa y salir nuevamente.

–No vuelvan a salir, por favor. Podemos ir a la sala para ver por la ventana –le imploró Ginny al oído. Lo tomó del brazo y fueron hacia allí rápidamente, seguidos por Ron y su novia.

–¡Además, los Lethifold tienen el aspecto de una capa negra y se arrastra por el suelo! –prosiguió Hermione en el camino hacia la sala; parecía extremadamente nerviosa, como si necesitara dejar bien en claro que no había sido un encuentro con la mortal criatura.

–¡Está bien, te creo! –le ladró Ron.

Los cuatro muchachos se asomaron por la ventana de la sala para ver hacia fuera. La tormenta parecía haber pasado y solo quedaban ráfagas de viento, y la lluvia había finalmente cesado pero el sur de Inglaterra se caracterizaba por ser inestable en sus fríos otoños y podía volver a llover en cualquier momento.

–Parece que esa cosa no está más.

–No esperaba que aún estuviera. ¿No has visto cómo se desintegró cuando se nos echó encima? –le respondió Harry a su amigo, sin dejar de observar hacia fuera.

–No fue un Dementor ni un Lethifold, y menos aún un fantasma. ¿Qué demonios está ocurriendo aquí? –se preguntó Ron, que por su tono de voz todavía estaba aterrado.

El pálido brillo de la luna llena comenzó a aparecer intermitentemente por entre los nubarrones, señal de que la tormenta se alejaba. Repentinamente, un fuerte golpe proveniente de la cocina los hizo saltar en el aire del susto; los chillidos de Ginny y Hermione le rompieron los tímpanos a Harry.

Los cuatro muchachos se petrificaron en su lugar por enésima vez en la noche, apuntando con sus varitas hacia la cocina pero sin poder despegar sus pies del piso de rústica madera de la sala.

–¿Quién está ahí? –vaciló Ron, ya sin reservas para soportar más miedo. –¿Bill, eres tú?

–¡Claro que no es Bill! ¡Nadie ha entrado por la puerta! –le recriminó Ginny en un susurro.

–Ve a ver qué ha sido eso, Harry –dijo Ron, en el mismo tono de voz que su hermana. Y antes de que Harry se quejara, agregó: –Comenzarás la escuela de Aurores dentro de poco, así que aquí tienes un poco de práctica.

El muchacho de la cicatriz en forma de rayo miró a Ron desconcertado y con ansias de pegarle un buen golpe, pero no quería quedar mal con su novia. Fue con sigilo hacia la puerta y se asomó con toda la cautela posible; en seguida vio lo que había provocado el ruido.

–Alguien clavó un cuchillo en la mesa –dijo mientras entraba a la cocina. Los demás, un poco aliviados, fueron tras él.

El cuchillo era uno de esos que se utilizaban para cortar carne u objetos grandes y duros; éste en particular era enorme, con el filo gastado y un largo mango de caoba, y había sido clavado cerca de un extremo de la mesa de madera de la cocina con tal fuerza que la había penetrado unos cuantos centímetros. Lo curioso era que no había sido clavado directamente sobre la mesa sino sobre un largo y angosto trozo de pergamino.

–Pero… ¡Alguien estuvo aquí! –se alarmó Hermione, quien al instante se dio vuelta y apuntando hacia el hall arrojó un encantamiento revelador de presencia humana. Luego de unos instantes supo que no había nadie en la casa salvo ellos.

–Pudieron entrar y salir por la puerta de la cocina –opinó Ron, señalándola.

–Nadie la ha abierto, Ron. Si lo hubieran hecho hubiéramos sentido el frío y el viento entrando a la cocina –desestimó Harry. La chimenea seguía encendida y había creado un cálido ambiente allí, por lo que la puerta que daba hacia el acantilado definitivamente no se había abierto.

–¿Pero cómo puede ser? ¡Alguien estuvo aquí! ¡Estamos viendo el cuchillo clavado en la mesa! –Ginny luchaba por aparentar serenidad, pero ya se veía que no iba a poder lograrlo por mucho tiempo más.

–Bueno, que alguien lea lo que dice el pergamino, porque parece latín –gruñó el pelirrojo, ofuscado por la situación. Agarró el cuchillo por el mango y luego de tres intentos y mucho esfuerzo pudo despegarlo de la mesa.

Hermione tomó el rollo de pergamino que se había liberado del cuchillo. –Es latín, y la caligrafía es muy pequeña y casi imposible de leer. No creo poder…

–Inténtalo, Hermione. Aún no sabemos nada de Bill y esto se ha puesto un poco terrorífico –la interrumpió Ron con impaciencia. Todos hablaban susurrando, en parte por el miedo que sentían y en parte porque subconscientemente no deseaban ser escuchados: el sólo estar allí agrupados alrededor del pergamino en la cocina, con el resto de la casa a oscuras y a merced de lo que fuera que estuviera ocurriendo afuera les hacía sentirse observados y que no estaban solos.

La muchacha comenzó a intentar descifrar el contenido con un largo resoplido. El rollo de pergamino era largo y angosto, escrito con letra muy pequeña e inclinada; sus gastados y oscurecidos bordes parecían deshacerse, dando la impresión de que era muy antiguo. A medida que los ojos marrones de Hermione recorrían el pergamino, su gesto fue cambiando: su ceño fruncido y una mueca en la comisura de sus labios reflejaron lo sorprendida que estaba (como mínimo) por lo que estaba leyendo.

–¿Y?

Hermione movía su cabeza de un lado al otro. Harry la conocía de memoria y ya sabía lo que su amiga estaba pensando, incluso sin saber qué decía el rollo. Luego de unos momentos, dijo:

–Por lo poco que puedo entender, esta casa ha sido construida en un lugar… digamos… prohibido… algo sobre una terrible maldición arrojada a esta zona por Egbert luego de asesinar a Emeric…

Hermione acercó un poco más su vista al pergamino, ya que parecía confundida o estancada en alguna frase o palabra.

–Fue un duelo durante el Medioevo –continuó la muchacha –y parece decir que la terrible maldición previene de que ningún mago o bruja descendiente de Emeric vuelva a vivir por estos lares…

Los cuatro amigos permanecieron un largo rato en silencio, desconcertados. Harry, en particular, no daba crédito a lo que escuchaba.

–¿Acaso nos quieren educar enseñándonos un poco de historia del lugar? –bufó Ron.

–No es ninguna clase de historia. Es… una amenaza o algo así.

–¿Pero es alguna clase de broma? ¿Quién ha escrito eso? –inquirió Ginny.

–Pues… no lo sé –respondió Hermione.

–Obviamente no fue ese tal Egbert, a no ser que sea un fantasma que pueda clavar cuchillos en la mesa –intervino Ron.

–Los fantasmas no hacen eso.

El tono de voz neutro de Hermione y su mirada fija en el pergamino revelaban lo concentrada que estaba, seguramente buscando algo de lógica a todo lo que estaba sucediendo.

–¡Pues alguien lo hizo! ¡Ruidos, fantasmas y advertencias que salen de la nada, y mientras tanto Bill no aparece! –estalló finalmente la menor de los Weasley, visiblemente alterada por la situación. –¡Tiene que ser una broma!

–¿Pero de quién, Ginny? ¡Aquí no hay nadie salvo nosotros cuatro! –dijo Hermione.

–Bueno, nosotros cuatro y ese de afuera –Ron se refirió a la aparición que habían visto unos pocos minutos atrás. En cuanto terminó la frase miró horrorizado a Harry, como si hubiera tenido una revelación. –¿No habrá sido esa cosa de afuera que nos atacó el tal Egbert?

Harry prefirió no responderle, ya que esperaba que la razón y el pragmatismo de Hermione enterrara semejante idea. Sin embargo, la respuesta de su amiga lo shockeó aún más:

–No lo sé. Quizá…

–¿Qué? –exclamaron los restantes tres al mismo tiempo con incredulidad; incluso Ron, quien había hecho la pregunta pero no esperaba que su novia estuviera de acuerdo con él.

–Hermione, es claro que esa advertencia que tienes en la mano es una broma, y que todo eso de Egbert y… ese otro…

–Emeric –completó lo que intentaba decir Ginny.

–¡Ese mismo! ¡Y todo eso del duelo y de la maldición… es absurdo! ¡El Medioevo, lo que hay que escuchar! ¡Una maldición de mil años!

La pelirroja estaba desatada.

–Unos seiscientos años, en realidad.

Nuevamente, Hermione pasmó a los demás. –¿De dónde has sacado eso? –cuestionó un desconfiado Ron.

La muchacha miró a su novio y a Harry entrecerrando sus ojos y con su típico gesto de exasperación.

–¡Ya sabes que ni Harry ni yo hemos leído "Hogwarts, una historia" o cualquier otro libro que tenga que ver con historia! –se atajó el pelirrojo antes de que su novia le recriminara algo.

–Eso ya lo sé y no me sorprende en absoluto –le dijo, con suficiencia. –¿Pero acaso no recuerdan todo lo que nos relató Xenophilius Lovegood cuando fuimos a verlo a su casa?

Harry y Ron hicieron un gran esfuerzo en recordar, pero muchas cosas habían ocurrido allí. –Tendrás que ser más específica. Ese viejo loco nos habló sobre el cuento de los tres hermanos, sobre las reliquias, sobre…

–Lo que nos dijo sobre la varita de la muerte –le interrumpió a Ron. –¡Sobre los que llegaron a poseerla en el pasado!

Ginny los miraba sin comprender una palabra de lo que decían. En cambio los dos amigos se miraron al advertir hacia dónde apuntaba Hermione. Harry recordaba que el padre de Luna había nombrado a varios magos oscuros que la habían ostentado y que habían sido asesinados de forma sangrienta. De hecho los nombres de Emeric, Egbert, Deverill y Livius estaban en su memoria.

–Entonces… –Harry sabía lo que su amiga pensaba (o creía). –Esos magos oscuros Emeric y Egbert que se mencionan en el pergamino…

–Emeric el Malvado y Egbert el Flagrante para ser más precisos –afirmó Hermione, aún con el pergamino en la mano. –Sí, existieron hace como seis siglos. Según el señor Lovegood, Egbert detestaba a Emeric, que aterrorizaba el sur de Inglaterra, y lo asesinó en un duelo por la Varita de la Muerte. Si todo eso es cierto, quizá Egbert, ya como amo de la Varita de Saúco, se encargó de arrojar alguna antigua y oscura maldición sobre esta región luego de liquidar a Emeric, ya que al parecer que este último moraba por esta zona.

En ese punto, el temor entre los cuatro se hizo más evidente. Harry solo esperaba que no cayeran víctimas de la paranoia, algo difícil ya que el ambiente estaba creado.

–No. No puede ser cierto –razonó Ron, rascándose la cabeza. –Bill jamás ha mencionado nada de esto.

–La casa que he comprado hace un par de semanas no está muy lejos de aquí, y nunca he visto ni experimentado nada extraño –agregó Harry, pensativo.

–No lo sé, Harry. Quizá sea esta ubicación en particular.

–¡Pero hace casi seis meses hemos estado aquí por semanas! –volvió a protestar Ron.

Hermione se encogió de hombros. –Yo tampoco lo comprendo, amor. Quizá la presencia de Bill anula la maldición, pero es totalmente ridículo.

La frase de la muchacha fue casi de resignación. Era evidente que su cerebro buscaba cualquier explicación posible a todo lo que había estado sucediendo desde que habían llegado a la casa de Bill, pero aparentemente no encontraba nada razonable.

Para el espanto de los presentes, repentinamente un nuevo estruendo resonó por toda la casa, sacándolos de su sopor. El piso volvió a temblar como si el acantilado entero hubiera temblado, y el techo crujió lastimosamente sobre cada viga y cada teja provocando que los cuatro volvieran a apuntar sus varitas hacia arriba por puro reflejo pero en vano. Harry fue rápidamente hacia la ventana de la cocina, y salvo el pálido brillo de la luna llena que seguía apareciendo intermitentemente por detrás de los nubarrones no pudo ver nada.

–¿Y ahora que hacemos? –murmuró Ginny.

Harry no soportaba más la situación. Era como si estuvieran bajo el asedio de la maldición, si es que realmente existía tal cosa, y no pudieran hacer otra cosa más que esconderse dentro de la casa, algo que iba en contra de cada fibra de su ser.

–¡Vayámonos de aquí! –gimió Ron.

–¡No podemos irnos sin antes saber qué ha ocurrido con Bill y con Fleur! –le recriminó su hermana. Harry la conocía muy bien y sabía que comenzaba a imaginar lo peor.

Harry se acercó a su novia y la abrazó. –Tranquila Ginny, no nos marcharemos de aquí –la muchacha le agradeció con una débil sonrisa que apenas disimulaba su nerviosismo. Pero lo cierto era que él mismo había comenzado a preocuparse seriamente por el mayor de los Weasley y su esposa parte veela.

–¿Para qué vamos a quedarnos? –protestó el pelirrojo, mirando de soslayo hacia arriba. –Ya sabemos que Bill y Fleur no están aquí. Quizá tuvieron que marcharse por todo esto que está sucediendo.

–¿Y acaso no hubieran ido a la Madriguera y poner de aviso a papá y mamá? ¡Tú mismo has ido allí para corroborar que no estaban!

–¡Pero Harry mismo ha dicho que seguramente habían estado aquí y luego se marcharon a otro sitio! ¿No lo recuerdas? –le respondió Ron, señalando el periódico y la botella de cerveza de manteca que aún estaban sobre la mesa.

–Ya basta, Ronald! –le reprochó Hermione, viendo cómo el tono de voz de su novio tensaba la situación aún más.

El pelirrojo tomó aire. –Creo que deberíamos irnos de aquí y contarle todo esto a nuestros padres. No quiero que se preocupen por Bill, ¿pero qué caso tiene quedarnos y sufrir? ¡Si es cierto lo de esa gran y oscura maldición, pues no hay nada que podamos hacer para detenerla!

La puerta de madera que comunica el hall con la cocina se cerró violentamente, seguido de un golpe sobre ella; Ginny y Hermione no pudieron evitar gritar del pánico. Las cuatro varitas se volvieron sobre la misma y de hecho la de Hermione comenzó a sacar chispas por la punta de lo aterrada y furiosa que estaba.

–¡Demonios! –Rugió Ron, harto de saltar de espanto en espanto. ¡Ya basta! –A esa altura, Harry no dudaba en estar de acuerdo con su amigo: debían marcharse de allí.

Con un impaciente movimiento de la varita de Hermione (que distó de ser elegante o gentil como solían ser su florituras), la puerta se abrió de par en par, tan violentamente como se había cerrado. En ese momento pudieron ver la causa del golpe sobre la misma luego de que se hubiera cerrado: otro cuchillo había sido arrojado, clavando otro trozo de pergamino viejo sobre la dura madera.

–¿Y ahora de qué se trata? ¿De un recordatorio?

Harry salió de la cocina con celeridad hacia el hall, pero nuevamente se frustró al no ver a nadie, y las puertas que comunicaban al baño y a las salas de la planta baja permanecían cerradas. Si alguien había entrado furtivamente (algo que consideraba imposible) no pudo haber tenido tiempo para escapar, ni siquiera a la planta alta; ya sabían por el Homenum Revelio que había efectuado Hermione algunos minutos atrás que estaban solos en la casa.

–Nadie –masculló entre dientes. Miró de cerca el cuchillo clavado en la puerta: éste lucía más desgastado aún, y su mango agrietado parecía hecho de marfil. La situación se volvía cada vez más espeluznante y surreal, pero allí estaba ese cuchillo, tan real como la puerta o su propio ser.

Hermione se acercó a él, con una mirada de angustia mezclada con la clásica impotencia de no saber qué estaba ocurriendo.

–Creo que esto ya fue demasiado lejos –le susurró, para que los Weasley no escucharan; su tono de voz no pudo ocultar un dejo de miedo que la chica no podía controlar. –Nos volveremos locos si nos quedamos aquí dentro.

–Sí, es cierto –le dijo Harry, y sin perder tiempo en desclavar el cuchillo arrancó el trozo de pergamino de la puerta y lo miró. –Latín, nuevamente. ¿Será otra amenaza del supuesto Egbert?

Hermione tomó el pergamino. –Parece que sí, es la misma letra pequeña e inclinada que la anterior –dijo, y luego levantó la vista para volver a mirar a su amigo. –Debemos irnos de aquí, Harry.

–Esta bien, pero primero intenta leerlo. Si hay algo más que debemos saber, pues que así sea.

La muchacha asintió y ambos volvieron a la cocina, en donde la luz era suficiente como para que se pudiera leer.

–¿Qué dice? –indagó Ginny.

Hermione entrecerró sus ojos y se acercó todo lo que pudo al trozo de pergamino; se notaba el esfuerzo que hacía para poder descifrar su contenido. –Probare tu non estis Emeric descendentisidem fatum facio… algo como que probemos que no somos descendientes de Emeric o correremos igual suerte… y algo sobre una pluma de una tal Sophia Argentum…

En el preciso momento en el que Hermione terminaba de leer la nueva amenaza, dos nuevos estallidos volvieron a estremecer la casa hasta sus cimientos. La supuesta maldición parecía volverse más y más peligrosa.

–¡Bien, es suficiente! ¡Me largo de aquí! –el pelirrojo se hartó y marchó hacia la salida, pero Ginny lo detuvo de un brazo.

–¡No nos iremos hasta saber qué le ha sucedido a Bill!

–¡Bill y Fleur se marcharon de aquí, lo dijo Harry! –insistió Ron, intentando zafarse de su hermana. –¡Y quizá se fueron debido a todo esto, así que opino que nos hagamos humo!

–No deberíamos. Una maldición, si es antigua y poderosa, no se acaba solo con irse de un lugar. Si está dirigida a nosotros, entonces…

–No me importa, Hermione. No creo que haya nada que podamos hacer ya que ninguno de nosotros sabe sobre maldiciones antiguas.

Las palabras de Ron parecieron surtir efecto en su hermana y soltó su brazo. Al verse libre, Ron reemprendió su marcha hacia la puerta de salida; estaba furioso y espantado al mismo tiempo, y no había nada que alguien pudiera decir para hacerle cambiar de opinión. De cualquier manera, nadie insistió en que se detuviera: el miedo finalmente los había dominado y corría por sus venas, no porque se amedrentaran con facilidad sino porque no hay nada más aterrador que un enemigo invisible e imparable.

Ya fuera de la casa, los cuatro muchachos se frenaron en seco: la misma terrorífica figura encapuchada de antes se hallaba más allá del muro de piedra.

–¿De nuevo esa cosa? ¿No se había esfumado en el aire cuando nos atacó? –gimió el pelirrojo.

En cuanto Harry levantó su varita, Ron lo detuvo. –¡Ni sueñes con arrojarle otro Patronus!

Pero Harry no iba a cometer el mismo error nuevamente; levantar su varita había sido siempre un reflejo adquirido luego de años de amenazas y luchas contra Voldemort y sus seguidores.

Sin siquiera emitir una palabra, tanto Ron como su hermana y su novia retrocedieron hacia el vestíbulo de la casa, pero Harry permaneció en su sitio. Sentía que sus tripas se retorcían por el pánico pero esa figura era lo único que podía explicar lo que estaba sucediendo. Varita en mano, la miró fijamente y con todos sus músculos tensos, esperando reaccionar en cualquier momento.

La pálida luz de la luna apareció e iluminó los alrededores. Harry observó que la aparición estaba cubierta por alguna clase de túnica negra que parecía mecerse levemente por el viento y que ocultaba por completo sus rasgos físicos. Le intranquilizó notar que parecía flotar algunos centímetros por sobre el suelo, y la capucha ocultando el rostro de la extraña figura completaban la espeluznante visión. No era un dementor, y si se basaba en lo que conocía de Hogwarts tenía que concluir que tampoco era un fantasma o un poltergeist.

–¡Harry! ¿Qué haces? ¡Ven aquí! –el ruego de Hermione lo sacó de su ensimismamiento y, tal como sus amigos y novia, retrocedió hacia la casa sin darle la espalda a la aparición por si decidía arrojársele encima de nuevo.

En cuanto llegó a la puerta todos se metieron dentro del vestíbulo y, tal como la vez anterior, se dirigieron con premura hacia la ventana de la sala para poder ver hacia la parte trasera de la casa.

Ya no estaba.

–¡Imposible! ¡Ese maldito fantasma de Egbert nos está tomando el pelo!

–No es un fantasma –afirmó Harry. –No sé qué es, pero no es un fantasma.

–Quizá ni siquiera sea algo relacionado con Egbert el Flagrante, sino con Emeric el Malvado.

–¿Qué? –dijeron los tres al mismo tiempo, ante la opinión de Hermione. –¿Cómo diablos puedes saber eso? –completó Ron.

–No lo sé, pero cabe la posibilidad de que sea alguna clase de fantasma…

–No es un fantasma –interrumpió Harry.

–… o alguna clase de espíritu…

–¡Es lo mismo! –se quejó el muchacho ante la insistencia de Hermione.

–¡Lo que sea o como se llame esa cosa, Harry! La cuestión es que si Emeric fue asesinado durante ese duelo de hace siglos, quizá su… lo que sea… haya permanecido cerca del lugar de su muerte.

Los otros tres la miraron sin creer que era Hermione la que hablaba.

–Bueno, hemos visto cosas más extrañas, ¿o no? –se defendió la muchacha, un poco avergonzada.

–Volvamos a la cocina y pensemos un poco. Aquí hace demasiado frío –sugirió Ginny. Inmediatamente fueron hacia allí, aunque Harry echó un par de vistazos más por la ventana por si veía algo.

El fulgor de la chimenea, que permaneció encendida, otorgaba un ambiente diametralmente opuesto al del resto de la oscura y fría casa. El miedo y la incertidumbre, sin embargo, permanecían impregnados en ellos.

–¿Estamos… atrapados?

–No, Ron. Sólo… atascados –le respondió Harry.

–Es casi lo mismo –bufó el pelirrojo, poniendo sus ojos en blanco.

–Hermione, dinos de nuevo lo que decía la última advertencia –solicitó Harry.

La muchacha aún tenía su gorro de lana puesto al igual que su grueso abrigo, de cuyo bolsillo sacó el pequeño trozo de pergamino. –Es como un ultimátum. Nos exigen que probemos no ser descendientes de Emeric o correremos la misma suerte que él…

–¿Quién nos exige? ¿Por qué a nosotros si ni siquiera vivimos aquí?

–No sé quién nos está amenazando, Ginny –contestó Hermione con un poco de impaciencia.

–Insisto en que debemos salir de aquí –vociferó Ron, nervioso.

–Como te he dicho antes, esta clase de maldiciones antiguas no desaparecen sólo porque te vas de un sitio, Ron –le explicó su novia. –Si hay alguna posibilidad de anularla para que pierda su efecto, debemos intentarlo.

–Además, si es algo oscuro que hemos desatado nosotros mismos sobre la casa tenemos que reparar el daño que hicimos; no podemos arriesgarnos a huir de aquí y endilgarle el problema a tu hermano –concluyó Harry.

Ron no dijo nada; parecía estar de acuerdo, pero era evidente que prefería largarse de allí cuanto antes.

–Hermione, repite la segunda parte de esa advertencia –solicitó Harry.

–Oh, sí, algo como… –la muchacha volvió a leer el pergamino. –No parece ser una frase coherente, aunque puede ser alguna frase en latín que no comprendo. La letra no ayuda en lo más mínimo –suspiró, y luego de un par de segundos prosiguió. –Algo sobre una pluma azulada de alguien llamada Sophia Argentum.

Era cierto, la frase no tenía sentido y Harry no pudo comprenderla. ¿Era esa Sophia alguien de la época de Emeric y Egbert? ¿Y qué posible relación podía llegar a haber entre tamaña maldición y una pluma azulada?

Ron movía su cabeza de izquierda a derecha; obviamente tampoco entendía, al igual que Ginny. Hermione, por su parte, estaba sumida en sus pensamientos, con su mirada clavada en el trozo amarillento que aún sostenía entre sus dedos.

–Ya éramos demasiados y ahora se suma esa fulana de Sophia Argentum –gruñó Ron.

–¿Cómo se supone que podremos demostrarle a alguien que murió hace seis siglos que no somos descendientes de ese Emeric? –se quejó Ginny.

A Harry no le cerraba la última frase, en especial el nombre de esa desconocida mujer. Argentum era un apellido muy extraño, incluso para el Medioevo.

–Quizá Argentum no es el apellido de esa tal Sophia. Si está en latín…

–Entonces significa plata –añadió Hermione, completando el razonamiento de Harry.

–¿Sophia plata? Sí claro, ahora todo encaja –protestó Ron con cinismo.

Pero Hermione no le prestó atención. –Descurainia Sophia –murmuró, absorta y con su mente a mil por hora.

Los restantes tres solo la miraron, esperando una explicación; la sagaz muchacha continuó: –La amenaza que recibimos no se refiere a una mujer llamada Sophia, sino a la planta. Descurainia Sophia.

–Y eso lo has deducido porque…

Hermione miró con reproche a Ron. –Bill es un experto en romper maldiciones antiguas. ¿Acaso no has aprendido nada de él?

Ron cada vez comprendía menos; Hermione resopló de impaciencia. –Por plata se debe referir al estiércol plateado. La Descurainia Sophia, cuando se le agrega estiércol plateado, crece mucho más rápido y mucho más fuerte, y en esas condiciones puede llegar a contrarrestar maldiciones eficazmente.

–Textual de algún libro de Hogwarts, ¿no es así? –bromeó Ron. –Lástima que Neville no esté por aquí, para asegurarnos.

La mirada asesina de Hermione fue interrumpida por Ginny.

–¿Pero qué significa eso? ¿Nos amenazan y al mismo tiempo nos dicen cómo contrarrestar la maldición?

–Honestamente, no tiene mucho sentido –le concedió su amiga; Harry asintió, estando completamente de acuerdo.

–Sigo sin comprender por qué nada de esto le ha ocurrido a Bill. ¡Esta es su casa! –la pelirroja echaba humo por sus oídos.

–Como dije antes, no tengo idea. Quizá Bill, al ser el dueño del sitio, no ha tenido que lidiar con nada de esto, o quizá sí pero como tiene experiencia en maldiciones lo pudo solucionar fácilmente –explicó Hermione, mientras se quitaba su gorro y su abrigo. Su espeso cabello castaño estaba desbocado.

–Ya te he dicho que Bill nunca ha mencionado nada de esto.

–¡Son suposiciones, Ron! ¡También cabe la remota e improbable posibilidad de que alguno de nosotros sea, efectivamente, descendiente indirecto de ese tal Emeric!

Harry no había tenido en cuenta semejante posibilidad pero no pudo hallar un motivo lo suficientemente fuerte como para rechazar la hipótesis; las familias mágicas actuales eran el resultado de siglos de entrecruzamientos y ramas genealógicas olvidadas, y rastrear el parentesco después de tantos siglos era harto difícil. Por enésima vez se asombraba de la capacidad mental de su amiga en momentos difíciles.

–Pfff, imposible saberlo, y no lo quisiera como pariente lejano! –Bufó Ron.

–Si fue un mago oscuro seguro estuvo en Slytherin –la opinión de Harry tuvo un objetivo: él tampoco soportaría haber tenido a alguien como Emeric en el linaje de sus ancestros y quería despegarse de esa idea.

–De Slytherin o no, el que lo asesinó es muy probablemente el que ha arrojado semejante maldición en este sitio, y al mismo tiempo nos da una pista de cómo probar que la sangre de Emeric no corre por nuestras venas.

–¿Cómo se puede probar que no tenemos la misma sangre con una simple planta, estiércol y plumas azules? –se preguntó Harry con incredulidad.

Hermione se encogió de hombros. –Quizá Bill tenga algún libro que…

–¡No vamos a ponernos a leer ningún libro en esta situación, Hermione! –se quejó Ginny.

–Perdón que me intrometa, ¿pero de dónde demonios sacaremos esa maldita planta? Y ni hablar de estiércol plateado ni de plumas azules… ¡Es la una de la mañana, por Merlín, y ni siquiera creo que sean cosas que uno puede comprar en el Callejón! –Ron perdía la paciencia y sentía que estaba encerrado en un laberinto del que no podía salir.

Pero Hermione apenas se inmutó ante el temperamento de su novio.

–Ninguna de esas cosas se puede conseguir en una tienda del Callejón Diagonal, mi amor –le dijo, fingiendo dulzura en su tono de voz. –La Descurainia Sophia es una planta frágil que puede hallarse por el sur de Inglaterra, pero si no se recolecta bajo la luz de la luna llena se pierde su poder mágico.

Ron y Ginny la miraron entre asombrados y acostumbrados. –¿Le quieres quitar el puesto a Neville de experto en botánica?

Harry, por el contrario, sonrió al recordar de dónde lo sabía Hermione: hacía ya muchos años que su amiga había preparado una complicada poción por primera vez. –¿Pero no es un ingrediente de la poción multijugos?

Su amiga lo miró complacida, ya que lo había recordado. –Sí, pero la planta tiene un poder mágico fuerte y delicado, y sirve entre otras cosas para contrarrestar maldiciones.

–¿Y que hay del estiércol plateado?

–Está en Animales Fantásticos y dónde encontrarlos –dijo, pero al ver que los dos muchachos se miraron entre sí, puso sus ojos en blanco… aunque sin poder evitar sonreír. –Honestamente…

–Ahórratelo.

–Bien. Si hubieran leído el libro alguna vez –Ron y Harry sonrieron con un dejo de asombro: Hermione jamás se cansaría de reprocharles lo mismo. –sabrían que puede recolectarse del Mooncalf. Son muy comunes, hasta hemos visto algunos por las noches cuando acampábamos, ¿lo recuerdan?

–Creo, no lo sé…

–Quizá no le prestamos atención…

–Qué sorpresa –resopló Hermione con exasperación. –Son pequeños y tímidos, y cuando hay luna llena bailan en sus patas traseras. Si se recoge su estiércol plateado durante la noche entonces su poder mágico hace crecer a las plantas mucho más fuertes y más rápidamente.

Ron, al escuchar todo eso, se rascó el costado de su cabeza. –Insisto: ¿Cómo podemos encontrar esa planta y a esos bichos? Es casi de madrugada…

–¿Puedes dejar de cuestionarlo todo? –le recriminó su novia, provocando el típico gesto de ofendido en el pelirrojo.

–Bien –prosiguió la muchacha. –Creo recordar que la Descurainia Sophia crece solo bajo la sombra de los robles más grandes, y adquieren un leve brillo bajo la luna llena. Lo recuerdo porque cuando quise comenzar a preparar la poción multijugos me di cuenta de que nunca iba a poder encontrar esa planta u otro de los ingredientes estando en Hogwarts.

Harry asintió con una sonrisa. –Y por eso me pediste que fuera a robarlos a los armarios de Snape. ¿Pero hay robles por aquí?

–Sí, creo que hay un pequeño bosque tierra adentro –aseguró Ginny.

–Genial. En cuanto a los Mooncalf no debería ser complicado ya que suelen salir a la intemperie bajo la luz de la luna. Si permanecemos ocultos, no notarán nuestra presencia.

–¿Y que hay de esas plumas azules?

–Supongo que se refiere a las plumas de los Jobberknoll, que son azuladas –opinó Hermione. –Pero no tengo ni idea cómo conseguirlas.

–Hay un stock de dos cajas en el fondo de la tienda.

La aseveración de Ron causó una sensación de alivio y subió un poco los ánimos de los cuatro jóvenes.

–Opino que yo salga a buscar a esos animales, y Ron la planta. Luego veremos –ofreció Harry.

–¿Qué? ¿Estás loco o te ha pateado un hipogrifo? ¡No estaré solo por allí a esta hora de la noche, con ese encapuchado de los mil demonios esperando tirárseme encima! –protestó Ron.

–Podemos salir los cuatro al mismo tiempo.

–De acuerdo. Ginny sabe dónde están esos robles, así que ustedes dos utilicen una escoba para ir hacia donde están los robles y buscar esa planta, mientras que Hermione y yo nos montaremos en la otra escoba y buscaremos a esos Mooncalf desde arriba –explicó Harry un poco más animado; el solo tener algo que hacer lo ponía de mejor humor y lo sacaba de su estado de ánimo sombrío y depresivo en el que estaba.

–¿Y si podemos encontrar todo dónde nos reunimos?

–En el enorme megalito que está a medio kilómetro de aquí, antes de la senda de tierra. Es un buen lugar y muy visible para todos –Sugirió Ron.

–¡Bien! ¡Tenemos un plan! –se alegró Ginny.

Sin más palabras de por medio, tomaron las escobas de Bill y de Fleur que estaban apoyadas contra la pared al lado de la puerta y salieron al jardín de la parte de atrás de la casa, pero se volvieron a congelar en sus sitios al descubrir que la extraña y espeluznante figura había vuelto a aparecer.

–¿Y ahora qué hacemos? –se afligió Ron.

–Hermione y yo saldremos en la escoba primero, hacia la derecha. En cuanto vean que esa cosa se mueve, monten vuestra escoba y vayan en sentido contrario para rodear la zona; luego procederemos como hemos acordado –explicó Harry susurrando, nervioso pero envalentonado por solo tener la escoba en su mano.

Sin hacer caso a las reticencias de Hermione y Ron (Ginny era más de su tipo con una escoba en mano), Harry montó la escoba.

–Súbete.

Su amiga le obedeció y se agarró fuerte de su cintura. Harry supuso que mantendría sus ojos cerrados durante un largo rato del vuelo. Sin esperar ni un segundo más, dio una patada al suelo y la escoba se elevó rápidamente girando a la derecha. Era una Cometa, una escoba lo suficientemente buena como para alcanzar una gran velocidad sin perder estabilidad.

De pronto, Hermione estalló en un grito de pánico. –¡Harry, nos está siguiendo!

El muchacho aceleró la escoba todo lo que pudo, inclinándose hacia delante para ofrecer la menor resistencia posible al viento. Su corazón latía con fuerza, no solo por la emoción de volar sino por temer ser alcanzado por esa horrible cosa. Un par de minutos después miró hacia atrás y se percató de que la había dejado atrás.

–Listo, Hermione, ya puedes abrir tus ojos –le dijo mientras desaceleraba.

–Por fin –suspiró, y acto seguido apuntó su varita hacia ambos; un par de segundos después sintió que algo se derramaba sobre su cabeza y bajaba por todo su cuerpo. Su amiga había efectuado un potente encantamiento desilusionador.

–Bien, ahora somos invisibles, por si hay algún muggle curioseando por la zona –le dijo, aunque Harry ya no la veía. –Debemos ir tierra adentro y buscar zonas sin presencia humana.

***HP***

Casi tres horas más tarde, Harry y Hermione divisaron el enorme megalito que Ron les había indicado y se desmontaron de la escoba extenuados; habían podido recolectar algunos frascos de estiércol plateado pero luego de recorrer kilómetros y kilómetros volando con escasa visibilidad y muertos de frío.

–¡Finalmente! –dijo el pelirrojo, que estaba sentado sobre una gran piedra plana grisácea. –Hace horas que estamos esperando…

–¿Han podido encontrar la dichosa planta? –ladró Harry congelado, cansado y de pésimo humor.

Ginny le mostró un paño que sostenía horizontalmente en su mano derecha, doblado sobre sí mismo. Al abrirlo descubrió una planta con muchas ramas y pequeñas flores amarillas. –La única que pudimos encontrar.

–Espero que sea suficiente. Ahora solo faltan las benditas plumas. Supongo que puedes entrar a la tienda a esta hora… –indagó Harry mirando a su amigo.

–Sí.

–Bien. Terminemos de una vez con esto.

***HP***

Eran casi las cuatro de la mañana cuando cuatro sombras aparecieron casi frente a la tienda de Sortilegios Weasley. Por fortuna no habían tenido que pasar por el Caldero Chorreante para así entrar al Callejón Diagonal ya que Ron había adquirido el permiso especial del Ministerio por ser en parte dueño de la tienda.

La tormenta había pasado y había dejado sobre el sur de Inglaterra un frío espantoso, que se acentuaba por la humedad. Los cuatro sujetos estaban cubiertos de pies a cabeza de gruesos abrigos y gorros de lana, y aún así sentían el frío en sus huesos.

La tienda estaba cerrada, al igual que todo por allí, pero su frente y su marquesina se destacaban del resto de las tiendas; sus vivos colores y sus ventanas amplias que exhibían una parafernalia de productos divertidos se habían convertido en una atracción del callejón. Harry recordaba vívidamente la tienda y su colorido cuando la visitó por última vez, días antes de comenzar su sexto curso en Hogwarts.

Ron sacó su varita y apuntó a la puerta; unos instantes después estaban adentro.

–Intentemos de no hacer ningún ruido. George debe estar profundamente dormido en el departamento de arriba de todo pero no nos fiemos –susurró el pelirrojo.

Estaba todo en penumbras; a Harry le costaba creer que estaba dentro de la tienda que tanto le había gustado y que tanto había excitado sus sentidos. No había escobas en miniatura volando, ni muñecos parlanchines ni demostraciones de fuegos artificiales. Todo estaba en silencio y guardado en sus estantes o armarios.

–¿Y esto? –murmuró Hermione; había encontrado una lista de ingredientes escrita en un pergamino, el cual estaba sobre uno de los mostradores… clavado con un pequeño cuchillo plateado en uno de los bordes de madera.

Como si se tratara de una jugarreta de su cerebro, todas las luces de la tienda se encendieron repentinamente, encegueciéndolos por el contraste lumínico. Calabazas, brujas y muchos otros adornos relacionados con Halloween decoraban la tienda por doquier. Unos instantes después, George aparecía desde la parte de atrás: Harry notó al instante que no había sido despertado por ellos ya que estaba vestido y se preguntó qué hacía despierto a esa hora de la madrugada.

–¡Buenos días muchachos! ¡Ron, llegas temprano por primera vez!

El pelirrojo notó el cuaderno mágico en el que registraban las ventas y los movimientos de stock de las mercaderías abierto de par en par, sobre el mostrador principal.

–¿Estás… trabajando?

–Por supuesto. Es semana de Halloween y las ventas aumentan significativamente, sobre todo porque las clases en Hogwarts comienzan recién a principios de Diciembre –le contestó, y añadió mirando a Ginny. –¿Y tú, que haces aquí?

Antes de que su hermana le respondiera (de mala manera, ya que estaba de pésimo humor) Hermione señaló la lista y le preguntó: –¿Esto es tuyo?

–Claro. ¿Han traído lo que deberían haber traído?

Hermione lanzó una corta risotada, entre exasperada y sorprendida. Parecía la única que comprendía algo de lo que estaba ocurriendo.

–¿De qué demonios están hablando? –gruñó Ron.

–¿Todo esto… fue una broma? –cuestionó Hermione, desquiciada.

George, por el contrario, mantenía la tranquilidad; de hecho, Harry juraría que la estaba pasando en grande pero hacía un gran esfuerzo en disimularlo.

–Te has olvidado de cerrar la puerta cuando entraron, Ron. ¿Quieres que se meta cualquiera en la tienda, a esta hora de la madrugada?

Ni bien acabó de decir eso el mellizo cuando una persona entró ruidosamente. Pese a que mantenía una media sonrisa pícara dibujada en su rostro, su imagen petrificó a los que se hallaban allí (salvo a George)

–Vaya, ¿tan bien funciona la tienda que tienes clientela a esta hora de la madrugada?

Harry acababa de comprenderlo todo pero no lo creía posible. Los cuatro estaban sucios, mojados y casi congelados, además de muertos de sueño y alterados por haber soportado extraños sucesos durante horas. ¿Hermione tenía razón? ¿Todo había sido una broma?

–¿Bill? ¿Pero qué diablos…?

–¿Por qué la sorpresa, Ron? Soy mayor de edad y soy libre de hacer e ir adonde me plazca –le respondió encogiéndose de hombros y con una cierta dosis actuada de despreocupación. –¿Qué está haciendo Ginny con ustedes?

–¿Pero por qué les interesa tanto qué estoy haciendo yo aquí? –ladró Ginny, aún sin idea de lo que ocurría.

–¡Explícame qué sucede aquí o te arrojaré una maldición!

–Tranquilo hermanito –le contestó George a su hermano menor. –Y baja tu varita, si no quieres volver a tragar babosas; Ron lo miró sumamente ofendido.

Hermione arrancó de un tirón el trozo de pergamino que contenía la lista de ingredientes y se acercó desafiante a George.

Bilis de armadillo (ingenio), pluma de Jobberknoll (verdad), polvo de ágata roja (decisión, camino correcto), trébol de 4 hojas (suerte), cuerno pulverizado de bicornio (inspiración), semillas pulverizadas de Descurainia Sophia (cambio), una pepita de oro fundida (color, fortuna) –leyó la muchacha, con el enojo contenido en su voz. Hizo una breve pausa y continuó: –El trébol de 4 hojas crece sólo sobre tierra con estiércol plateado, recolectado de un Mooncalf antes de que salga el sol…

Levantó su vista y le clavó su mirada.

–¿Esta es la lista de ingredientes de la poción Félix Félicis, cierto?

–¡Muy bien, Hermione! Si fuera el pesado de Slughorn te daría diez puntos ya mismo –exclamó George.

Ninguno de los cuatro lo podía creer. La poción de la suerte líquida era, con seguridad, la más difícil de hacer y la que más restricciones del Ministerio presentaba. ¿Acaso George intentaba elaborarla para venderla al público?

–Pero… pero… nunca me has dicho que querías elaborar Félix Félicis… –se quejó Ron.

–No quería oficializar el asunto hasta haber conseguido todos los ingredientes –el gemelo miró a las chicas. –Y hablando de eso, supongo que han podido conseguir lo que les he pedido, ¿o no?

–¿Qué nos has pedido… tú no nos has pedido nada, de qué estás hablando?

–Se refiere al estiércol plateado y a la planta de Descurainia Sophia –masculló Hermione, quien sacó los frascos con el estiércol y el paño que envolvía a la planta de dentro de sus bolsillos y los puso sobre el mostrador de mala manera. –¡Nos hizo creer que había una maldición en la casa de Bill y que recogiéramos el estiércol, la planta y las plumas de Jobberknoll para anularla, pero en realidad eran los ingredientes que le faltaban para comenzar a elaborar el Félix Félicis!

La explicación de Hermione fue sencilla y concisa, pero su tono de voz era de pura irritación.

–Pero… ¿qué hay de las plumas de Jobberknoll? ¡Hay dos cajas repletas en los estantes del fondo y tú lo sabes! –se indignó Ron. –¿Para qué las querías?

–No las quería, Ron. Sabía que nosotros sabíamos que aquí hay y que vendríamos a buscarlas; solo necesitaba que le trajéramos todo –agregó Harry, no sabiendo si sentirse furioso o admirado por lo intrincado y elaborado de la broma.

–Así es, Harry. Vamos, ¿no me dirán que no la han pasado bomba, cierto? Y de paso, yo consigo los ingredientes que precisaba así que… ¡todos salimos ganando!

Los cuatro muchachos lo miraron con ganas de cometer un asesinato.

–¡No puedo creer que todo esto ha sido una estúpida broma! –chilló Ginny. –¿Qué hay de las notas, o de esa horrible aparición? ¿Y qué fueron esos estruendos sobre Shell Cottage, o los cuchillos clavados con las amenazas?

George se encogió de hombros. –Trucos baratos, aunque debo reconocer que Bill se lleva una buena parte de los méritos.

–¿Tú estabas allí? Pero si el encantamiento Homenum Revelio

–No detectó a nadie en la casa –dijo Bill, interrumpiendo a Hermione. –Estaba afuera, con un buen encantamiento desilusionador y divirtiéndome arrojando hechizos explosivos modificados.

–¿Has estado fuera de la casa todo el rato con ese tiempo de los demonios? –se exasperó Ron; al ver cómo los dos Weasley mayores aguantaban la risa como podían, Harry y Hermione comenzaron a sentir que el enojo y la frustración se escurría de ellos e incluso la cólera de los Weasley menores les parecía un poco cómica.

–Pero… los cuchillos clavados… estuvimos dentro de la casa todo el tiempo…

–Mi querida hermanita, ¿no sabes cómo mover objetos a distancia? Yo sí, con algo llamado magia

Harry veía como Bill se divertía con su hermana, pero la conocía muy bien y sabía que jugaba con fuego; su temperamental novia era muy capaz de arrojarle algún potente maleficio a su hermano mayor.

–Maldita Flema, seguro tuvo algo que ver.

–Se llama Fleur –la corrigió Bill. –Y no, no quiso tener nada que ver. Detesta Halloween como buena francesa, por lo que se fue a la casa de una amiga inglesa en las afueras de Londres. Y cambiando de tema, aún no nos has dicho qué haces tú aquí.

–¿Y a ti qué te importa?

–Sí nos importa porque se suponía que estarías en la Madriguera. ¡No debías ser parte de esto!

–Parece que estaba en lo de Harry, Bill –dijo George, acercándose a su hermano y metiendo cizaña. Ginny se sonrojó al máximo, abochornada, pero Harry la miró y supo que se defendería.

–¡Un momento! Si sabías que el estiércol y esa estúpida planta se podían encontrar cerca de la casa de Bill, ¿Por qué demonios no se los has pedido a él? –Estalló Ron, encolerizado con el gemelo.

–Le he pedido varias veces esos ingredientes, pero nunca quiso colaborar con la causa. Se ve que tiene mucho de su tiempo ocupado.

–Sí George, se llama trabajo –repuso Bill, poniendo sus ojos en blanco.

–Bah, yo me largo de aquí. Tengo un sueño monstruoso y sigo empapado hasta los huesos –bufó Ron, y dirigiéndose a George, agregó: –¡Eres un idiota de los mil demonios, así que espero que todo esto haya valido la pena!

–¡Claro que ha valido la pena, hermanito! ¡Si logro elaborar un Félix Félicis decente, no daremos abasto con los pedidos!

–Es cierto, Ron, esa poción puede ser muy solicitada y… –Hermione se interrumpió a sí misma al ver la mirada asesina de su novio.

–Nosotros también nos largamos de aquí –anunció a su vez Ginny, tomando de la mano a Harry. –Vamos, amor.

–¿Vamos? ¿Adónde? –preguntaron Bill y George con recelo.

–¡A SU casa. Nos daremos un baño caliente en SU ducha y dormiremos en SU cama hasta la tarde! –les ladró la pelirroja, tomando de la mano a Harry y arrastrándolo furiosamente fuera de la tienda; éste ni siquiera tuvo tiempo de echarles una mirada para que entendieran que no era su culpa. Ni que le fueran a creer.

***HP***