Disclaimer
Este mundo pertenece a Michael Scott y la saga de Los Secretos del Inmortal Nicolás Flamel
Odio esto
- ¡Clive! ¡Baja esa maldita música! ¡Que tú no duermas no quiere decir que el resto tampoco deba hacerlo!
- ¡Oblígame!
¿Acaso él dijo oblígame? De acuerdo lo obligaré.
Nuestras habitaciones son contiguas, así que comencé a aporrear la pared con toda la fuerza de mis brazos, que no era poca. Sé que eso le molesta; pero en vez de hacerme caso, subió el volumen aún más. No sé por qué pensé que funcionaría, jamás me hace caso. Empecé a golpear con más fuerza, y elevó el sonido de la música. Golpeé más fuerte y él siguió subiendo la música, si es que eso era posible. Creí que mis brazos ya no daban para más, cuando un par de brazos se me sumaron en mi batalla. Miré a mi izquierda y allí estaba Kende, golpeando la pared con sus dos pequeños bracitos. Si ella está aquí supongo que Gryffin estará con Clive, eso explicaría por qué la música no deja de subir. Gryffin aprendió como usar el poder de su aura en los aparatos electrónicos, y no nos quiere decir cómo lo hace. La pared empezó a temblar y a vibrar, parecía que la pared se iba a… corrijo, la pared se cayó haciendo un horrible estruendo.
Con Kende atinamos a correr hacia la pared contraria, pero igualmente el polvo nos alcanzó. Ella se cubrió en la falda de mi camisón y yo me protegí con el brazo. Solo era para que no me entrara el polvo en los ojos, a diferencia de Kende, yo no respiro, ni Gryffin ni Clive, por eso no sorprendió que estallaran en carcajadas en menos de un segundo. Iba a darles una buena reprimenda cuando Clive exclamó:
- ¡Vaya que tienes fuerza!
Entonces no pude evitarlo y también comencé a reírme. La pobre Kende seguía oculta en mi falda, seguro que el ruido la asustó. Pronto el polvo comenzó a disiparse, los escombros quedaron a la vista y los cuatro nos miramos. Miré a Clive directamente a los ojos y caí en la cuenta…
Mierda, ahora tendré que compartir habitación con él.
Pero eso no era lo peor.
- ¡Mamá nos matará! – chilló Gryffin.
Y creó que ninguno se había dado cuenta porque todos empecemos a hablar a la vez, menos Kende. Tiene casi seis años y jamás ha dicho ni una palabra.
- ¡Esto es tú culpa! – me señalo mi hermano.
- ¿Mi culpa? – repetí indignada, claro que no era mi culpa.
- ¡Sí! ¡Tú empezaste a aporrear la pared con tú monstruosa fuerza!
- ¡Si me hubieses hecho caso y le hubieses bajado a la musiquita! Pero claro ¡Tú nunca me haces caso!
- ¿Si sabias que él nunca te hace caso por qué siquiera lo intentaste? - intervino Gryffin, defensora de los miserables – Es tú culpa.
Esa pequeña me volverá loca. Idolatra a Clive, aunque es un idiota.
- ¡Tú culpa! – repitió él.
Me crucé de brazos y traté de calmarme. Mamá siempre dice que heredé el temperamento de mi padre, yo no se lo creó.
- Bien, como sea – dije – no importa de quién haya sido la culpa, nos matarán a los cuatro.
Kende levantó la vista, clavándome esos ojos negros con una mirada que todos conocemos: yo no hice nada.
- Claro que sí, Kende – protestó Gryffin – tú también golpeaste, te oí – dijo señalándose el oído - ¿Y ahora qué hacemos? – me preguntó.
De repente tenía tres pares de ojos mirándome expectantes. No entiendo por qué siempre me cargan toda la responsabilidad a mí, ni que fuera la mayor ¡Clive tiene mi misma edad! Pero no ganaba nada quejándome.
- Hay que sacar los escombros y después veremos qué hacer – propuse a lo que los tres asintieron.
Y empezamos. Clive y yo sacábamos los más grandes y los arrojábamos al arroyo que corría junto a la casa, tratando de no amontonarlos. Kende y Gryffin se entretenían convirtiendo en polvo los más pequeños: Gryffin los deshacía entre sus pequeñas y fuertes "garras" de vampiros y Kende los envolvía en la oscuridad de su aura hasta hacerlos casi desaparecer.
Pasamos toda la noche sacando escombros, Kende y yo estábamos exhaustas. Ambas debíamos dormir. Nosotras dormíamos, eran las características humanas que habíamos heredado de nuestro padre; Clive y Gryffin no dormían, eran los genes vampíricos de mamá. Kende es la más chica de los cuatro, es la más humana, duerme, come y respira, solo los dientecillos puntiagudos la delatan; Gryffin es la del medio y pertenece prácticamente al Clan de los Vampiros, solo la parte de las emociones son casi comparables a los de un humano, aunque no llegaban a la misma intensidad. Clive y yo somos los mayores, somos mellizos y, aunque tenemos algunas características vampíricas, somos más humanos.
Lleve a Kende en brazos hasta su cuarto y me fui al de Gryffin, ella y Clive se quedarían limpiando el polvo que quedaba en nuestras habitaciones. No tardé en quedarme dormida y tuve aquel sueño que tengo siempre.
Estamos Clive y yo con mis padres en un mundo muy parecido a este, pero no es este, es otro. Es un mundo repleto de gente que viene y va, lleno de luces y construcciones tan altas como alcanza la vista, hay mucho que oler, ver y oír; el ruido me molesta y tengo que soltarme de mi madre para taparme los oídos, ella me mira con sus ojos verdes y me reprende por haberme soltado de su agarre. Solo entonces, cuando tengo levantar la cabeza para mirarla a los ojos, me doy cuenta de que soy pequeña. Entonces me despierto. Estoy agitada y mareada. Aquel Mundo de Sombras siempre me deja aturdida durante aquellos sueños.
Un destello de luz me llega desde la puerta, sé que él está ahí parado y que sabe lo que acabo de soñar:
- Decime papá ¿Cómo es que tú, mamá y todas esas personas pueden vivir durante tanto tiempo en ese lugar? – le preguntó, girándome para quedar boca arriba.
Él se acerca y se sienta en un costado de la cama para acariciarme el cabello. Es pelirrojo y ondulado con el de mi madre, como sé que la extraña, lo dejo hacerlo, por más que no me agrade demasiado.
- Se acostumbra – contesta.
Fruncí el ceño. No creó poder acostumbrarme jamás a eso. Aunque recuerdo hace unos años que solo quería escapar de aquí, hacía "la civilización". Nunca entendí en realidad por qué nuestros padres nos tienen confinados a este mundo de sombras donde estamos solos, pero no podría sobrevivir a esa sobrecarga de sensaciones.
- Ahora jovencita… – dijo con severidad.
Yo sabía la que se venía, así que me senté para quedar frente a frente. Me gusta mirar a los ojos a las personas, sobre todo a él, sus ojos azules tiene un efecto relajante en mí.
– Están solos por dos días ¿y tiran la pared abajo?
No tenia caso excusarse, con él no funcionaba así. Lo único que podía hacer era implorar piedad, es decir:
- No le digas a mamá.
En vez de regañarme, comienza a reír y se pone de pie, me hace una seña con la mano para que lo acompañe. Yo me pongo de pie y lo alcanzó en la puerta.
- Vamos arreglar eso antes de que venga tu madre.
- ¿Qué? – Grita Gryffin desde mi habitación - ¿Viene mamá? – Pregunta asomándose por el umbral con una escoba en la mano - ¿Viene?
Él la mira apenado y ella baja la mirada. No va a venir.
- No importa – asegura Gryffin – ella esta… salvando mundos ¿No es así?
Papá se acerca y le enreda uno de los mechones rubios rojizos en el garfio que ocupa el lugar de su mano izquierda.
Aunque estoy acostumbrada a él, no pude evitar quedarme mirándolo. Recordé que Kende una vez si dijo algo, tenía cuatro años, estaba mirando a nuestros padres con curiosidad e hizo que su aura, más oscura que la noche, se materializara en la palma de su mano, entonces levantó la vista y, con una voz clara, aguda y musical que ninguno olvidaría, dijo:
- Mi aura es negra porque mamá es la Sombra y papá la Muerte ¿Cierto?
