Me duelen las piernas de tanto correr. El monstruo, sea lo que sea, nos estaba, literalmente, pisando los talones. Podía sentir su aliento putrefacto en mi nuca, me daba nauseas pero no podía detenerme. Corríamos por una calle minúscula, que solo debían conocer los que vivían allí. Debía ser de madrugada; todo estaba completamente oscuro, a excepción de las entradas a las casas débilmente iluminados. Cada tanto Sophie volteaba y de sus manos surgían pelotas de color plateado que lanzaba hacía atrás y explotaban contra la bestia sin hacerle daño alguno. Pero por hacer eso, se debilitaba y cada vez corría más lento hasta que Clive tuvo que ayudarla. Sin los ataques de Sophie, el monstruo de nos acercaba con más rapidez.

Lo sentía sobre nosotros, cuando decidí que debía hacer algo. Algo… tenía noción de haber utilizado mi aura desde pequeña, pero nunca para herir a alguien o algo. Traté de recordar las lecciones de artes marciales de mi madre, aún sabiendo que nada serviría. No era lo suficientemente rápida o ágil para poder arremeter contra la bestia sin que me matara primero. Decidí dejar actuar a mi instinto. Sentí toda la energía de mi cuerpo fluir hacia mis brazos y el aroma a pan tostado que me envolvía, mi aura se solidificó sobre mi mano derecha en forma bastón, bajé la vista y distinguí lo que claramente era una especie de lanza del color blanco sucio, como el mármol bien pulido. Mi cuerpo actuó por sí solo, en un rápido movimiento, que no sabía que era capaz de hacer, me volteé y arrojé la lanza hacia la bestia, con tanta suerte, que le dio justo en el ojo, dejándolo casi ciego.

- ¡Esa es mi hermana! – exclamó Clive, cargando a Sophie, que me miro con una expresión que no supe definir.

Eso retrasó al monstruo por unos segundos, lo suficiente como para doblar por callejón, esperando que la oscuridad y su vista limitada nos ocultara, pero esa cosa tenía muy buen olfato. Quedamos acorralados contra un alambrado de por lo menos dos metros de alto, que dividía el callejón en dos, mientras el animal se nos acercaba muy lentamente, olfateando cada centímetro.

- ¡Hay saltar! – dijo Clive, sacudiendo la alambrada.

- No puedo, – sentenció Sophie en lo que pareció un sollozó – no tengo fuerzas. Salten ustedes – dijo luego de unos segundos – yo lo detendré por unos instantes.

- ¡Pero te matará! – exclamé aterrorizada.

El monstruo se nos acercaba, podía verlo mejor. Era casi de la altura de la alambrada, realmente se parecía a un perro, un perro lampiño, con piel blanco sucio, como de elefante y pegada a los huesos, su ojo sano era grande, brillante y completamente amarillo, pero parecía que le costaba mantenerlo abierto. Su aroma era realmente a putrefacción.

- ¡Vayan! – gritó ella, haciendo que la bestia volteara hacia nosotros - ¡Ahora!

Clive poso la mirada en mí, yo moví la cabeza en negación. No iba a dejarla ahí sola.

- Kende – dijo, volviéndose hacia delante – va a ser mejor que te escondas.

Le sonreí agradecida. Para Kende era fácil esconderse, miré hacia mi costado y ella ya no estaba allí. Sophie se irguió, no sin dificultad, e intentó replicar en tono severo:

- No voy a permitir que…

Pero ya era tarde, la bestia nos olfateaba de cerca, a pocos centímetros de nuestros rostros. No sé si será por instinto o qué, pero los tres nos mantuvimos inmóviles. Se acercó primero a Sophie, su nariz casi le rozaba el rostro, podría haber abierto la mandíbula y tragársela sin dificultad, pero la ignoró y paso a Clive. A él lo olio con mayor interés e hizo lo mismo, vino a por mí. Podía sentir su respiración; esto va a sonar estúpido, pero en aquel momento en que debería estar diciendo mis últimas plegarias, solo quería vomitar: esa cosa me daba asco, verdadero asco; pero, finalmente, también siguió de largo. Oí el suspiro de Sophie. Creó que fue un pensamiento unánime, porque la expresión de horror fue conjunta, mientras la bestia se dirigía hacia el rincón más oscuro del callejón:

Kende

Quise correr hacía ella, pero Clive me detuvo y me hizo ver hacia el suelo. Justo a los pies del monstruo, se estaba formando una niebla espesa y oscura que pronto nos alcanzó a nosotros junto con el olor penetrante a rosas recién florecidas. La bestia parecía desorientada. La oscuridad fue subiendo hasta nuestras rodillas, cinturas, pecho, hasta que finalmente cubrió nuestras cabezas. Ya no podía ver ni oler absolutamente nada más que oscuridad y rosas.

Sabía, por el aroma, que era Kende quien estaba causando esto, solo que me costaba trabajo creer que era realmente la que estaba haciendo todo esto. Era demasiado. No sé cuánto tiempo estuvimos así, solo sabía que debíamos aprovecharlo para escapar. El problema era que no sabía por dónde ir o dónde estaban parados Clive, Sophie y Kende; realmente sentí que estaba sola. Quería llamarlos, pero seguramente la bestia debía tener el oído atento y si emitía algún sonido iba a dar conmigo. De pronto la bestia – debió ser la bestia – emitió un gruñido escalofriante, luego un sonido metálico, conocía ese sonido, era espadas chocándose, el monstruo gimió de un modo más escalofriante aún y finalmente como si un gigante se hubiera caído.

En un rápido instante, el olfato y la vista volvieron a mí. Lo primero que noté fue el aroma a putrefacción del monstruo, lo siguiente fue al monstruo tirado del suelo con un líquido negro surgiendo de su cuello y, tercero y último, un par de botas negras de combate. Las conocía. Levanté un poco más la vista, a tiempo para ver a Kende abalanzarse sobre los brazos de mi madre.