Nada como que tu hija más pequeña salte directo a tus brazos y se quede inmediatamente dormida. Era comprensible, había sido realmente sorprendente lo que había hecho con su aura, que me permitió aniquilar a ese horrible perro del infierno que amenazaba con matar a Aira, Clive, Kende y Sophie.

- Mamá – dijo Aira casi en un suspiro.

Quiso dar un paso, pero las piernas le temblaron y Clive tuvo que sostenerla para que no se cayera.

- Debiste verla – exclamó Clive entusiasmado, mirando a su melliza – estuvo genial ¡Dejo ciego al monstruo ese!

- Perro del Infierno – corrigió Sophie secamente, poniéndose de pie con dificultad.

- Ella estuvo genial – replicó Aira, señalándola – hubiésemos muerto hace horas de no ser por ella.

Sophie sonrió y yo la mire sin saber qué decirle.

Hacía casi veinte años que no la veía y había tantas cosas que debería explicarle y no sabía cómo. Ella se veía tranquila, cansada, pero tranquila.

- Vamos, – dijo Marethyu detrás de mí y pude notar como los músculos del rostro de Sophie se tensaban – tenemos que salir de aquí. No es seguro.

- ¿A dónde vamos? – preguntó Sophie – no podemos volver a mi casa.

- No lo sé – respondió él pensativo – mientras tanto, digo que caminemos.

Se hizo un silencio medio incomodo. Sophie y Marethyu se miraban de una manera que no pude descifrar, pero estaba segura de poder ver en los ojos de mi marido al chiquillo de quince años que conocí.

- Bien – acordó ella luego de unos segundos, tomando la delantera.

Miré a Marethyu y esperé que entendiera lo que quería decir. Sophie necesitaba explicaciones y solo él podía dárselas. Y definitivamente lo entendió, porque inmediatamente se encaminó detrás de ella. Los tres chicos se pusieron junto a mí, Kende todavía dormía en mis brazos e inmediatamente Clive se agachó para abrazar a Gryffin. No pude evitar sonreír.

- Tú debiste verla a ella – le dije – estuve espectacular con esas vaquitas.

- Nada comparado con cómo terminaste con esta cosa – exclamó ella entusiasmada – ¡Tienes que enseñarme a hacer eso!

No pude evitar reírme, pero luego miré hacia el final del callejón, Sophie y Marethyu nos esperaban en silencio.

- Será mejor que vayamos – dije.

Los cuatro empezamos a caminar, Clive tuvo que sostener a Aira por un poco más y Gryffin corría adelante. Esa pequeña tenía más energía que un ejército entero.

- ¿Mamá? – me llamó Clive - ¿Qué… qué está pasando?

- Con Marethyu tenemos una idea, pero… no estamos seguros.

- ¿Qué es? – preguntó Aira.

Volví la vista a arriba y me pareció ver una silueta en el techo de uno de los edificios a nuestro costado, pero rápidamente desapareció.

- Va a ser mejor que hagamos caso a su padre y salgamos de aquí.


- ¿Cómo…? ¿Escaparon? – dijo, tratando de reprimir un grito.

Ella se removió en su lugar.

- Lo siento, señor – sintió que su voz de volvía más aguda y atemorizada e intentó que volviera a la normalidad – El aura oscura que mencionó en más poderosa de lo que imaginé y la aparición de La Sombra… cambió por completo las circunstancias. Subestimé la situación, la culpa es total y completamente mía y estoy dispuesta a aceptar las consecuencias.

Se puso de pie y bajó los escalones que separaban su trono del suelo. Mientras se acercaba a ella, podía sentir el poder que despedía todo su ser, atemorizándola. Quiso bajar la vista, pero no se lo permitió: no podía demostrar ninguna debilidad.

- Me gustas – admitió, arrastrando las palabras casi seductoramente – eres lista, fuerte, valiente, decidida… te quiero de mi lado – caminó de vuelta a su trono y la miró directo a los ojos – Te daré otra oportunidad – sentenció – y ya que estas en eso… podrías traerme al tipo del gancho y ¡Oh! ¡También a la chica está de aura plateada! Si… eso suena bien.

- Muchas gracias, señor. No le fallaré. Usted es de verdad muy generoso.

- Lo sé, lo sé. ¡Ah! Y también podrías matar a La Sombra, ya sabes, viejas cuentas pendientes…

Le causo gracia cómo él hablaba de todo aquello con total naturalidad. A veces le parecía solo un chiquillo encaprichado, un chiquillo muy poderoso y temido.

- Lo usted deseé, señor.

- Puedes retirarte, querida. Y… ¿cielo? Trata de no fallarme esta vez ¿Si?

- Si, señor.

Caminó directo hacia la puerta y solo fuera del edificio pudo respirar. Se le vino el alma a los pies, no era lista, ni fuerte, decidida y mucho menos valiente, solo quería llorar.