Fic Au basado en Hetalia: Axis Powers.

Todos los derechos son de Hima-sensei.


El sol amenazaba con esconderse detrás del lejano horizonte de edificios y nubes. Un suave color ámbar teñía los cielos más próximos al oeste, extendiéndose hacia el este como si tratase de jalar al tenue violeta que precedía a la oscuridad de la noche. Un día bastante largo que antes presumió no tener fin, al parecer se había cansado de ayudar a una cierta dama a fastidiar a un cierto aristócrata austriaco que visitaba por negocios a cierta ciudad del este de Alemania.

El otoño estaría a la vuelta de la esquina en poco menos de un mes, por lo que las noches estaban comenzando de dejar de ser agradables, cambiando a ser ligeramente más frescas de lo que podría ser normal. Para un austriaco que está lejos de su hogar, un café caliente sería lo más reconfortante. Pero en este caso, al austriaco le venía mucho mejor estar de camino a casa aunque eso le obligase a dormir en un asiento. La idea de gastar aún más dinero de lo previsto no era lo más agradable, además, el hecho de tener que pagar una habitación con camas separadas en un hotel lo suficientemente decente para su persona y acompañante, tampoco era lo más deseable. Claro, en este caso, para el joven de cabello castaño, lo más indeseable era precisamente su fastidiosa acompañante.

"Si ese inútil me hubiera acompañado a mí en vez de a su hermana,
esto no me estaría pasando…"

Un pensamiento enmudeció al resto de los sonidos que vibraban dentro del lobby de ese hotel. Inmediatamente vio frente a sí mismo, una hoja que rogaba por su firma. Pagaría por adelantado la noche y tendría que salir al día siguiente antes de las nueve de la mañana. Una hora bastante razonable. Siempre era mejor pagar por adelantado el tiempo que se quedaría, así podía dejar la indicación de que se hiciera caso omiso a cualquier petición de servicio a la habitación, que cierta personita pudiera hacer durante la noche y madrugada. En su razonamiento, sentía que esa chica sería capaz de montarse una mini fiesta privada con el servicio a la habitación o cualquier otro tonto despilfarro de dinero. Dinero que no le pertenecía ni le pertenecería en un millón de años.

"pero si él me hubiera acompañado, jamás habría conocido a Luise."

Roderich detuvo sus pasos con sutileza, razonando el significado de ese otro pensamiento que de alguna manera completaba al anterior. Sin embargo, no estaba muy seguro de lo que podían significar todos aquellos pensamientos y quedarse en medio del camino mientras se sumía dentro de esos mares de razonamientos y probabilidades no parecía una buena idea.

—Debería buscar un café aquí dentro. No tiene sentido buscar afuera. — Fue su sentencia. La idea de salir afuera a tomar algo sería buena idea si conociera el lugar o al menos estuviera familiarizado… o si no fuera por la relativa facilidad que tenía para perderse aun teniendo mapas a la mano y señalización en cada esquina.

Por suerte el hotel era lo suficientemente grande como para tener su propio café en el interior, aparte de restaurant y bar. Además, le daba ese plus de que, cierta molestia pasaría no solo un largo rato, sino muchas molestias antes de poder encontrar al objetivo de sus fechorías.

Puesto que no le agradaba mucho el sabor ni el olor del café expresso comercial, optó por tomar cappuccino. No sería la mejor opción para la mayoría de las noches, pero esta vez, algo ligeramente dulce sería lo mejor para relajarse y olvidar.

"Claro, como si fuera tan fácil sacarse de la cabeza el hecho de que le has echado el ojo a una chica bastante peculiar, cuya hermana mayor se la pasa revoloteando a tu alrededor… como si tratase de llamar tu atención"

Las palabras que resonaban en esa mente no siempre eran algo similar a la retórica de señorito de que la normalmente podía jactarse. A veces, parecían más las de un déspota amargado, al menos esta vez no. No esta vez.

—Hay mejores formas de llamar la atención diría yo. Santo cielo, debería poder comportarse un poco mejor. Parece más una criatura que una mujer adulta.

Por instantes, los finos oídos del joven aristócrata podían escuchar la voz de su mismo dueño, lo que resultaba en una notoria disminución de volumen.

La bebida del lugar era quizá, mucho mejor de lo que esperó. La suave fragancia que emanaba desde la taza era tan suave, que el nativo tirolés podía disfrutar de lleno cuando el aroma penetraba en su interior y de alguna u otra forma calentaba su cansado y prematuramente envejecido corazón. Inevitablemente, cerró sus ojos para disfrutar aún más de esa sensación. Pero nunca nada es ni será lo suficientemente prefecto. Esta vez, su comodidad era tan endeble y efímera. Qué lástima.

Pero no se quiso levantar de ese lugar. Aunque quisiera ir la habitación, los terribles males de pandemónium estarían desatados ahí dentro. Solo Dios sabe qué clase de bacanales podría armar esa mujer si le lograse sacar la tarjeta de crédito o incluso si solo le permitiera pedir servicio a la habitación.

Pero como ciervo que siente cuando el cazador se prepara a disparar, el germano sentía una incomodidad que le hacía cosquillear desde su espalda alta hasta la mitad de su cuello. Tragó saliva puesto que estaba siendo asechado. No podría hacer nada salvo esperar a la fiera que preparaba sus garras para capturar a la presa. Suspiró. Claro que podía hacer algo. Contraatacar. Invertir los papeles. Cazar al cazador mismo con esa arma tan única que algunas personas sabían usar a la perfección, como él, por ejemplo.

Escuchó un paso a sus espaldas y un tipo extraño de risita sofocada. Ese sería el único momento de ponerla en vergüenza, si es que eso sería posible; ahora o nunca.

— ¡¿Ah?! — Elegante y veloz, el joven de cabellos castaños se puso de pie, logrando que una chica hiciera una exclamación de sorpresa, cayendo de boca en el cómodo sillón donde el varón había permanecido sentado durante ya casi una hora. De no haber metido las manos, hubiera ido a parar hasta la mesa, lo que por desgracia hubiera tenido que pagar el único de los dos que cargaba con dinero.

El joven se limitó a mirarla en su miseria con un notorio desagrado. Sus manos permanecían justo a sus propias espaldas, no como si escondiera algo, sino como dejando en claro que no haría nada por ayudarla a levantarse. Además, su mano izquierda estaba comenzando a temblar, de alguna manera ya se esperaba que aquella le dijera hasta lo que se iba a morir, en primera por hacerla caer y en segunda por no ayudarla. Aunque ya sabía que si la ayudaba a levantarse, de todos modos ella se enojaría al ver su orgullo herido.

Entonces Roderich sintió una espina en la sien. Miró el rostro de la chica y notó en aquella una fiera mirada que permanecía clavada con odio en el hombre trajeado. Habría que romper ese silencio que parecía ya congelar la sangre del varón, a diferencia de ella, de quien seguramente su enardecido corazón estaría palpitando algo mucho peor que el mismísimo fuego de los insondables infiernos.

— ¿Y bien? ¿Cómo debería tomar este circo, señorita? —El tono sutil de superioridad era parte de su jugada y estaba seguro de que haría su trabajo.

—Los circos no son bebida, inútil. —Le ladró al tiempo que trataba de girar sobre sí misma y quedar sentada en sillón, con la idea de simular que no había sucedido nada. Por suerte para Roderich, la mujer albina terminó cayendo de sentón en el suelo en un ruido seco.

—Me refiero a que quiero que me expliques lo que tratabas de hacer corriendo de esa manera hacia mí. ¿Acaso estabas tratando de taclearme o dejarme lisiado?

Puesto que se estaba tomando su tiempo para reincorporarse, un viejo empleado del hotel se apresuró a ayudarla a levantar su golpeado cuerpo, lo que resultó en un ególatra manotazo sobre la palma de aquel pobre hombre. Ella aún no dijo nada.

—Gracias a Dios que ya no puedes hablar. Me ahorrará algunos dolores de cabeza futuros. — Aquellas palabras eran espinosas con toda la intención. Solo necesitaba una excusa para tirar a tierra la egolatría de esa chica y estaba decidido a ayudarla a que se la dé. —Ya que no tienes nada que decir, me retiro. Con permis…

—Alto. — Dijo desde el suelo dejando a medias la frase del otro. — Mi grandiosa persona no te ha dado permiso de retirarte, jovenzuelo.

— ¿Ah? — Roderich hizo una mueca. Eso no fue lo que esperaba, sin embargo parecía ya haber picado el anzuelo, solo quedaba la cuestión de que pudiera escapar con la carnada entre sus fauces.

—No sé quién te crees para hacerme quedar así. Así que mejor, expía tu culpa de una buena vez cargándome hasta mi habitación, desgraciado. ¡Anda! Y cuidado con tocar de más, pervertido. Mi grandioso ser ya te conoce bien las mañas.

En su interior, Roderich sonrió. Eso era lo que estaba esperando y ahora solo debía hacerla caer en cuenta no solo de su situación actual, sino de su propia realidad.

—Al contrario, María. No sé quién te crees, en principio para hablarme así, luego para darme una orden y al final de todo, para culparme de tus propios actos. ¿Acaso no te has dado cuenta de lo indecentes que son tu forma de actuar y de hablar? Ignorando todo lo demás, el hecho de que seas bonita no te da el más mínimo derecho a ser grosera, ególatra… — por un instante la palabra "bonita" resonó tres veces dentro de su cabeza, antes de su ilusión muriera luego de escuchar el resto de los calificativos que estaba recibiendo —y floja además de infantil.

Roderich suspiró, tomando aire para continuar. Solo faltaba un poco más.

—Es imposible que tuviera la culpa puesto que no te pedí que lo hicieras. Además tampoco tenías derecho a ejecutar una acción así, no perteneces a mi familia, ni a mis amistades y mucho menos eres mi pareja. Sobre todo eso último, ni en mil años. Santo Dios, pero que vergüenzas me haces pasar, gran señorita idiota.

Se detuvo al mirar de nuevo a su rostro. Había ya terminado su monólogo y aunque aún deseaba continuar, entró en cuenta que el pastel ya se había pasado de cocción y se comenzaba a quemar. Pese que esa piel era pálida por naturaleza, esta vez se podía notar un fuerte tono rosáceo sobre el rostro. Por primera vez se fijó en los detalles de los ojos de la albina, los cuales a pesar de un ligero enrojecimiento y la apariencia de que en instantes romperían en llanto.

María bajó su rostro lentamente, como si las ganas de vivir hubieran abandonado su cuerpo. Bajo esa blanca cabellera, muy adentro de su cabeza, la imagen de ese austriaco le repetía una y otra vez el mismo sermón. En silencio, las lágrimas de esa alemana escaparon de su aprisionamiento, desde dentro de aquellos ojos que se irritaban por el exceso de humedad. Mucho de lo que Edelstein le había dicho bien podía ser cierto, pero definitivamente no era el momento ni el lugar adecuado para hacerlo, como aquellos tontos que piden matrimonio durante un partido de fútbol o aquellas parejas que pelean frente a los hijos. Roderich apenas comenzaba a entrar en cuenta de ello. Acababa de sobrepasar la barrera de la justa defensa, deformándola hasta el punto de volver sus actos en algo similar al inmundo retrato de una venganza cruel.

Se cubrió los ojos y parte de la frente, mostrando su frustración, pena y vergüenza, esta vez también por sus propios actos.

Tras armarse aún más de valor que antes, esta vez bajó su mano hacia ella, ofreciéndola para ayudarle a levantarse. Sin embargo, María le ignoró. Dijera lo que dijera.

Al final, no quedó más remedio que pedir ayuda a dos de los jóvenes que trabajaban en el hotel, para que la llevasen a la habitación. Roderich aprovechó para seguirlos y no perder el camino hacia la habitación, de la cual no conocía la ubicación y en cuyo camino prefería no perderse.

Luego de una ligera caminata hasta el lugar designado, la dejaron recostada sobre su cama y tras agradecerles educadamente, Roderich los despachó de vuelta a sus obligaciones

Ese joven germano no podía dejar de sentir una molestia con respecto a si mismo y aunque planeaba hacer de la vista gorda al respecto, como siempre, no podía mantenerse completamente a gusto con ello. Además, comenzaba a arrepentirse de haber tomado una habitación doble en vez de dos individuales separadas. Esa loca bien podría asfixiarlo con una almohada antes del amanecer.

Recordó las palabras de su ex-mujer, quien en más de una ocasión lo acusó de tacaño y le advirtió que en algún momento esa manía pondría en peligro su vida. Esa poderosa intuición femenina a veces era demasiado molesta. Pero eso le llevó a algo muy importante. Se estaba haciendo tarde y ahora estaba demasiado exaltado como para poder dormir con calma.

Solo una cosa podría calmarlo en ese momento y era el solo hecho de escuchar una suave voz, la que tenía unos pocos días de conocer. Pero existía el dilema. ¿Con qué desvergüenza haría una llamada para saludar a la hermana de la joven a quien había hecho llorar a base de una indecente humillación?

Al final, su cinismo terminó por pesar más que su conciencia y terminó encerrándose en el baño de la habitación solo para tener algo de privacidad al hablar. Con calma, marcó el número en el celular y solo después de un largo suspiro, se animó a pulsar la tecla de "llamar" que contenía la forma clásica de teléfono, distinguida con el color verde.

Sonó el tono. Uno, dos, tres, cuatro… cinco veces. No hubo respuesta. ¿Estaría ya dormida? ¿María estaría hablando con ella en otra línea en ese mismo momento? ¿Estaría Luise hablando con otro hombre en ese mismo instante?

Algo ahí no le estaba gustando del todo y tampoco podía esperar mucho. Se suponía que había llamado para hablar con ella y relajarse, pero al parecer estaba dando un resultado no solo diferente al esperado, sino que también estaba comenzando a volverse contraproducente en más de un sentido. Comenzó a preguntarse desde cuando había comenzado a cargar tan mala suerte.

De pronto, su celular sonó. El identificador mostraba el número remitente y definitivamente se trataba del número de Luise.

Roderich se sintió tal como aquél perro hambriento que recibe un filete de parte de una amable persona, incluso sin sospechar que la carne podría estar envenenada. Solo podía pensar que solo el hecho de escuchar a esa rubia le devolvería el sentido y la razón de ser a ese día tan largo y complicado, seguramente en pocas horas la vería de nuevo. No demoró mucho en contestar la ansiada llamada.

Hallo. ¿Roderich? — Esa voz femenina se sentía como cantos angelicales a los oídos del joven aristócrata. Su corazón inmediatamente se relajó.

—Hallo, Luise. ¿Est…

—Lo siento, no alcancé a contestar antes. — Le interrumpió la joven, esperando pedir la disculpa antes de que al hombre tras la línea se le ocurriera mencionarlo.

—Está bien, ¿acaso mi llamada entró en mal momento? —Buscó la razón de la demora, claro, sin echarse la culpa a sí mismo, sino a la línea telefónica que pudiera haber elegido entrar en un tiempo inadecuado.

—No precisamente, el teléfono estaba lejos de mí, por lo que no lo escuché a tiempo y por lo mismo no alcancé a contestarlo. — ¿Cómo decirle que la había perdido por estar pensando en él y añorando esa preciada llamada?

Definitivamente no podría decirle nada de eso, de otra manera aquel joven podría perder el interés en ella. O al menos ese era parte de su pensamiento lógico en ese momento. Al final, nadie podría culparla, después de todo no sería la primera ni la última vez que los sentimientos nublan el juicio de una persona tan sensata.

Además, ella prefería tenerlo cada vez más interesado en ella, de forma que pudiera sentirse completamente amada antes de dejarse atrapar de lleno en las redes del amor. Al menos, uno de sus sueños más importantes era enamorarse y formar una familia completa con uno o tal vez dos hijos cuando mucho. Solo que deseaba con todas sus fuerzas mantener en control de sí misma al menos hasta estar segura de que ese niño rico fuera el adecuado… que fuera realmente un hombre y no de esos payasos que parecían incluso incubarse hasta debajo de las piedras.

—Comprendo. Me complace mucho escuchar tu voz en este momento. —Roderich vaciló por un momento, debía decir algo que pudiera hacerla hablar de lo que sea excepto de la hermana, pero… ¿qué podría decir? —Mmm… espero… espero que no hayas sufrido exceso de trabajo el día de hoy.

Mala decisión, eso llevaría a la conversación que menos deseaba. Su única oportunidad sería cambiar de tema justo antes de que ella lo tocase.

—No, en absoluto. Hasta eso, hoy fue un día tranquilo. — El aristócrata estaba listo para interceptar el tema, sin embargo se perdió un instante entre las palabras que tanto deseaba escuchar de parte de aquella dama. Un error fatal. —Aunque uno de los proyectos en los que mi hermana está trabajando ya parece estarse atrasando demasiado.

Esta vez, la voz de Luise sonó un tanto falta de vida. Si bien solía ser la calma aquello que la caracterizaba siempre que no estaba dando algún tipo de orden o indicación, esta vez pareció estar desganada. Sin duda, el hecho de quedar mal en un trabajo aún si no estaba bajo su cargo, era algo demasiado molesto, sobre todo porque no quedaba mal María en sí, sino el taller de las hermanas Weillschmidt, lo que la envolvía también aunque no tuviera la menor culpa.

Para el castaño, ese tono se sintió como una espina en su corazón. Por más que detestase el hecho de tener que contarle lo sucedido a la menor de las hermanas, sentía que ahora estaba obligado. Además, estaba consiente de que tarde que temprano se enteraría, por su propio medio o por el la supuesta víctima. Esta podría ser la única oportunidad de manipular la verdad a su conveniencia.

— ¿Cómo está ella? — Terminó por preguntar la menor. Era una pregunta inevitable.

—Ella se encuentra bien, al menos físicamente. —Suspiró, tendría tomar una parte de la culpa, al menos para quedar bien con ella. Solo no debía de excederse con los detalles. —Sin embargo, no estaba de acuerdo conmigo en algunos asuntos… por lo que… al final tuvo una discusión conmigo.

— ¿No te golpeó, o si? — Luise, ligeramente exaltada se apresuró a pensar lo peor. Las discusiones de esa mujer eran en extremo volátiles, al grado que podrían terminar en una riña en tan solo nada. La rubia no logró evitar sentirse molesta y apenada por el comportamiento de su familia.

—No, no. Claro que no. Aunque tampoco me puedo sentir orgulloso de las poco gentiles palabras que me atreví a usar en el momento. —Estaba lejos de ser tonto y estaba jugando sus cartas tan bien como podía, pero tampoco pudo permitirse mentirle. Sin embargo nada le impedía contar la verdad de forma que Luise pueda sacar conclusiones por sí misma, conclusiones que puedan ser favorables al varón.

—No te preocupes por ello, no te puedo culpar. A veces ella logra sacar de sus casillas a todo el mundo.

—De todas maneras, mi comportamiento pudo haber sido más tolerante para con ella. Me siento muy apenado por lo ocurrido. — Dejó soltar un largo suspiro, que serviría de punto final a ese tema en especial.

Ese joven solo debía evitar que las hermanas hablen antes del próximo amanecer. De esa forma, podría esperar a que la mayor de aquellas dos pensara bien las cosas y prefiera no tocar el tema, para así no tener que verse enfrentando tanto a él como a la menor o incluso peor, tener que admitir una derrota en contra del austriaco. Después de todo el único herido en ese drama, era el ego de la albina.

—No dejes que te afecte. ¿Está ahí? Me gustaría hablar con ella.

El varón negó con la cabeza, pensando su respuesta en un instante.

—Está, pero no creo que sea buen momento.

—No me digas, ya está ebria.

—No. Se fue a acostar desde muy temprano. Se encuentra indispuesta a todo. Solo espero que pueda recuperarse pronto.

—De acuerdo. Pero no te agobies, Roderich. Ya hablaré luego con ella. — De nuevo, se había presente ese tono maternal que hacía ya bastantes horas había usado para explicarle el camino que debió tomar y el que había tomado. El cual, a ese joven le vino como la lluvia a los cultivos tras un tiempo de sequía.

—No me parece necesario que lo hagas. Temo que sería mejor para ella misma el olvidar todo al respecto, o al menos ignorar el hecho. ¿Acaso no lo crees más sensato? — El sonido de un suspiro a medio ahogar fue apenas audible a los tímpanos del que se encontraba encerrado en el cuarto de baño de la habitación del hotel.

Con la apuesta en la mesa, solo quedaba ver si la mano de Roderich podía ganar la partida. Sin duda su suerte parecía ya estar mejorando.

—De acuerdo. — Por suerte para el hombre tras la línea, la germana al final optó por confiar en él, sin siquiera darse cuenta de que estaba siendo controlada por la educada retórica del austriaco y por esos florecientes sentimientos hacia él. — ¿Mañana regresas?

—Sí. Lo mejor sería estar ahí antes del mediodía. ¿Existe algún inconveniente con que… te haga una llamada justo después de arribar a… la ciudad? —Había olvidado el nombre y la ubicación de la ciudad en cuestión, luego lo buscaría en la nota de remisión que la chica tras la línea le dio el día anterior.

—Al contrario, sería lo mejor. Sería inconveniente que llegaras a mi casa y no encuentres a nadie, o bien, no encontrarme en el taller si es que llegas ahí. —Respondió la joven, siendo fiel a la lógica y adivinando las razones del otro. Al menos solo mencionó las oficiales y no las subyacentes.

—De acuerdo. Entonces… hasta mañana, Luise. — Se despidió Roderich en un hilo de voz, tal como si estuvieran frente a frente, justo como la noche anterior.

—Hasta mañana, Roderich. Que descanses. —Ella por su parte, fue un poco más serena. No le gustaba mucho la idea de que el metiera la mano en los asuntos que tenían que ver con su hermana, pero en el fondo de su corazón, Luise quería confiar en aquel hombre. Así lo haría esta vez y quería seguirlo haciendo.

La llamada se cortó desde el lado masculino. Casi sintió que su alma se escapaba justo después de presionar ese botón. Sin más reparos, se puso de pie, salió del cuarto de baño y caminó directo a prepararse para dormir.

Estaba a punto de acostarse cuando notó algo anormal en su teléfono celular. Esta vez, se trataba de un mensaje de texto recibido hace ya bastante rato, que procedía de un número desconocido, tanto para el celular como para su dueño. Lo había recibo mientras hablaba con Luise, de eso no le quedó la menor duda. No reparó en leerlo.

"Oye Roddy, si sigues aquí en Dresde

me gustaría desayunar contigo.

Estuve tratando de llamarte pero

parecías hablar con alguien más, era

Vash? Como sea, espero tu respuesta.

Atte. Ely."

No supo que pensar con respecto a ese mensaje. Pero de una cosa estaba seguro, prefería desayunar por si solo a ver a su ex-esposa haciendo la tonta por ahí, tratando de llamar su atención mientras su afeminado amiguito merodeaba por los alrededores. Se apresuró a escribir una respuesta.

"Lo siento muchísimo, pero temo que

eso será imposible. Tengo que atender

unos asuntos de extrema importancia

el día de mañana, por lo que es posible

que incluso tenga de abstenerme de

tomar el desayuno. Con toda la pena

del mundo debo de rechazar tu

invitación."

Estuvo a punto de enviar el mensaje cuando entró en cuenta que hacía ya un buen rato desde que le habían enviado el mensaje, por lo que pensando en ser lo más educado posible, prefirió guardarlo en borradores. De esa forma podría enviarlo mañana por la mañana antes de que ella pudiera arreglarse para el encuentro.

¿Otro acierto? ¿Otro error? Solo el destino podría decirlo a su debido tiempo. La noche ya extendía su manto estrellado sobre el cielo germánico y la ausencia del nocturno astro rey, causaba una especial penumbra, solo comparada con la penumbra de la soledad y desesperación de un corazón humano que se sentía al borde del precipicio; a la penumbra de la angustia de esperar con ansias la respuesta de un viejo amor, a la de la desesperación de no ser tomado en serio por parte de alguien especial. Pero en especial a la penumbra de aquel corazón que sentía la culpa de haber lastimado a uno y manipulado a otro, aquél otro corazón que se obligaba a confiar casi ciegamente en aquél.


Saludos, nos acercamos al final... :3