Hola! Años muchos años, siglos y mileneos que han pasado sin saber nada de mi… pero no estaba muerta ni andaba de parranda… solo exceso de trabajo y estudios -_- ahora he vuelto para terminar esta historia y las demás que he tenido completamente abandonadas…. Lo siento mucho por hacerlas esperar tooooodo este tiempo pero espero que vuelvan a leer mis historias y las disfruten y dejen sus comentarios…
Bueno tod s ustedes ya saben que los personajes de Rurouni Kenshin no me pertenecen son propiedad de Nobuhiro Watsuki y la historia esta basada en una novela de Diana Palmer...
Espero que lo disfruten... y nuevamente perdoooon por la laaaarga espera!
Capitulo 2
Antes de llevar a Yahiko al piso de Kaoru en Manhattan, en el sur del distrito EastVillage, Kenshin paró un momento en el hotel donde había reservado habitación para registrarse y dejar las maletas.
Minutos después aparcaban frente a la casa de pisos donde vivía Kaoru. Llamaron al portero automático para que los dejara subir, y cuando llegaron arriba ella estaba esperán dolos en la puerta. Kenshin apenas la reconoció, al verla allí de pie vestida con unos vaqueros y un suéter amarillo, y el largo cabello negro azulado cayéndole sobre la espalda.
Con aquel atuendo informal y sin maquillaje alguno, pa recía una persona distinta de la sofisticada y deslumbrante actriz al estreno de cuya última película había ido Kenshin el mes anterior.
Se alisó nerviosa el cabello con una mano, y se echó ha cia atrás sonriente, abriendo la puerta del todo.
-Pasad -les dijo-. Espero que traigáis hambre. He hecho ternera Stroganof.
Kenshin enarcó las cejas.
-Es mi plato favorito. ¿Cómo lo sabías? -le dijo con una mirada maliciosa en sus ojos violetas. Kaoru se aclaró la garganta, y Yahiko intervino en su auxilio.
-También es el mío -dijo riendo-. Siempre me lo pre para para cenar el día que vuelvo a casa. Kenshin se rió suavemente.
-¡Vaya manera de ponerme en mi sitio! Kaoru estaba mirando detrás de él.
-¿No traes maletas? Había preparado el cuarto de invita dos.
-Gracias, pero he reservado una habitación en un hotel del centro; en el Hilton -contestó él con una cálida son risa-. Me gusta tener mi propio espacio.
-Oh. Ya veo -contestó ella, riéndose vergonzosa antes de volverse hacia Yahiko para darle un abrazo-. No sabes la ale gría que me da tenerte en casa por Navidad -le dijo-. Me han dicho que has sacado muy buenas notas.
-Es verdad -asintió él.
-Y que te castigaron por pegarte con un compañero -añadió Kaoru enarcando una ceja.
Yahiko carraspeó.
-Un chico mayor me llamó algo que no me gustó nada.
-¿Ah, sí?, ¿el qué? -inquirió ella, cruzando los brazos cruzados sobre el pecho y mirándolo sin parpadear. Los ojos de Yahiko relampaguearon furiosos.
-Me llamó bastardo.
Los ojos azules de Kaoru relampaguearon también. -Espero que ganaras la pelea.
Yahiko sonrió enseñando los dientes.
-Lo hice. Ahora somos amigos -dijo. Echó una mirada a Kenshin, que estaba siguiendo la conversación entre ambos con interés-. Ningún otro chico se había atrevido a plantarle cara. Iba camino de convertirse en un abusón, pero lo he salvado de ese terrible destino.
Kenshin se echó a reír.
-Bien por ti.
Kaoru se echó el cabello hacia atrás.
-¿Qué tal si cenamos? -les propuso-. Hoy me he saltado el almuerzo y estoy muerta de hambre -añadió, llevándolos a la pequeña pero acogedora cocina, donde la mesa estaba ya dispuesta.
Sobre el mantel bordado había tres servicios con colori dos platos, elegantes copas de cristal, y cubiertos de plata. Kaoru sacó una jarra de leche del refrigerador, y llenó dos vasos.
-¿Podrías servirme otro a mí? -le pidió Kenshin, detenién dose junto a una de las sillas-. Me gusta la leche.
Kaoru dio un ligero respingo y se volvió para mirarlo.
-Iba a ofrecerte un whisky...
Las facciones de Kenshin se tensaron.
-No tomo bebidas fuertes. Jamás.
El desconcierto de Kaoru no podría haber sido mayor.
-Oh -musitó aturullada, dándole de nuevo la espalda.
No había hecho más que meter la pata desde que Kenshin entrara por la puerta. Se sentía como una idiota. Sacó otro vaso y lo llenó con generosidad. Nunca llegaría a compren derlo del todo, se dijo.
Kenshin esperó hasta que Kaoru hubo llevado la comida a la mesa y se hubo sentado para tomar asiento él también. Aquella muestra de caballerosidad la hizo relajarse.
-¿Ves?, los buenos modales no tienen nada de malo -le dijo a Yahiko-. Tu madre debió ser una mujer encantadora -añadió, volviéndose hacia Kenshin.
Él tomó un sorbo de leche antes de contestar.
-Sí, lo era -respondió, pero no elaboró aquel abrupto asentimiento.
Kaoru tragó saliva. Si Kenshin seguía así de seco toda la no che, aquello podía ser un calvario. Megumi Sagara le ha bía hablado en una ocasión de su pasado, de cómo el matri monio de sus padres había sido destruido por una modelo, y según parecía los recuerdos todavía le causaban dolor.
-Yahiko, bendice la mesa -se apresuró a murmurar.
No le pasó desapercibida la sorpresa de Kenshin, pero hizo como si no la hubiera advertido y los tres inclinaron la ca beza. Sin embargo, cuando su hermano hubo terminado de recitar la breve plegaria, alzó el rostro y le lanzó una mirada divertida.
-Las tradiciones son importantes, y Yahiko y yo no tenía mos ninguna -le explicó-, así que decidimos iniciar las nuestras, y ésta es una de ellas.
Le indicó a Kenshin con un ademán que se sirviera carne. -¿Y cuáles son las otras?
Kaoru le sonrió con timidez, y de pronto a Kenshin le pare ció más joven de lo que era. No llevaba maquillaje, a excep ción de un carmín suave, y el cabello, limpio y sedoso, le caía con sencillez sobre los hombros.
-Pues, por ejemplo, añadimos un adorno nuevo al árbol cada Navidad, y también le colgamos un pepinillo.
El tenedor de Kenshin se detuvo a medio camino de su boca.
-¿Un qué?
-Un pepinillo -repitió Yahiko-. Es una costumbre ale mana que da buena suerte. Nuestro abuelo materno era ale mán -explicó, tragando un trozo de carne con la ayuda de un sorbo de leche-. ¿De dónde era tu familia, Kenshin?
-De Marte, creo -respondió él muy serio.
Kaoru enarcó las cejas.
-Seguro -dijo Yahiko riéndose.
Kenshin esbozó una sonrisa traviesa.
-La madre de mi madre era de Edimburgo, una región de Escocia -le respondió, dejándose de bromas-, y por parte de padre tengo sangre cherokee y suiza.
-Curiosa mezcla -comentó Kaoru.
Kenshin le dirigió una mirada especulativa.
-Vuestros antepasados debieron ser irlandeses, o escoce ses -dijo admirando su negro azulado.
-Eso pienso yo también -respondió ella, sin levantar la vista del plato.
-Nuestra madre tiene el pelo negro -intervino Yahiko-. El color de Kaoru es natural, como el suyo, pero mucha gente cree que es teñido.
Kaoru tomó un buen trago de leche, y no dijo nada.
-Yo quería teñirme de morado, pero mi primo, el ante rior jefe de policía, pensó que la gente pondría el grito en el cielo -les confesó Kenshin con un suspiro-. Y además me hizo quitarme el pendiente -añadió con indignación.
A Kaoru casi se le atragantó la leche.
-¿Llevabas un pendiente? -exclamó Yahiko entusiasmado.
-Era sólo un aro de oro -explicó Kenshin-. En la época en la que empecé a llevarlo estaba trabajando para el gobierno, y el jefe que tenía era tan políticamente correcto, que lle vaba una chapita en la que se disculpaba por matar a las bacterias que pisaba sin querer. Es verídico, lo juró -les ase guró asintiendo con la cabeza.
Kaoru tuvo que secarse los ojos. Estaba riéndose con tantas ganas, que se le saltaban las lágrimas. Hacía años que no se sentía tan distendida, y que le estuviera ocurriendo con Kenshin, a pesar de que hubieran empezado con mal pie, era casi un milagro.
-Mi hermana no se ríe muy a menudo -le comentó Yahiko a Kenshin con una sonrisa maliciosa-.Y menos cuando tiene que rodar exteriores o posar al aire libre. De hecho, odia a los fotógrafos desde que uno la hizo sentarse en bi kini sobre unas rocas y la picoteó un charrán.
-Aquel pájaro estúpido bajó en picado sobre mí cinco veces -le confesó Kaoru-, ¡y en la última me arrancó parte del cuero cabelludo!
-Deberías contarle lo que te hicieron las palomas du rante aquel rodaje en Italia -la instó Yahiko.
Kaoru se estremeció delicadamente.
-Todavía estoy intentando olvidarlo. Antes me gustaban las palomas.
-A mí me encantan las palomas -dijo Kenshin sonriendo malicioso-. No sabréis lo que es un bocado delicioso hasta que hayáis comido pichón envuelto en masa de hojaldre y frito en aceite de oliva...
-¡Salvaje! -lo reprendió Kaoru.
-¿Qué pasa? También como serpientes y lagartijas, no sólo palomas.
Yahiko estaba desternillándose de la risa.
-¡Dios, Kenshin, éstas van a ser las mejores Navidades de nuestra vida!
Kaoru pensaba lo mismo. El hombre sentado frente a ella se parecía muy poco al hostil policía que había conocido durante el rodaje de su última película en Jacobsville, Texas. La gente del lugar definía a Kenshin Himura como un tipo mis terioso con el que no se debía jugar, pero nadie le había di cho que tuviera un sentido del humor tan increíble.
Al advertir su perplejidad, Kenshin se inclinó hacia Yahiko y le dijo en un susurro audible:
-Está confusa. En Texas le dijeron que guardaba bajo llave en un fichero documentos militares secretos sobre pla tillos volantes.
-En realidad me dijeron que lo que escondías eran alie nígenas -murmuró Kaoru, reprimiendo una sonrisa.
-¡Por amor de Dios!, ¿cómo voy a tener escondido a ningún alienígena en el fichero? -dijo él indignado. Sin em bargo, un minuto después asomó a sus ojos violáceos un bri llo travieso-. Los tengo en un armario de casa.
Yahiko se rió, y Kaoru también.
-Y yo que creía que los actores estábamos locos... -co mentó ella con un suspiró.
Después de la cena, Kenshin propuso ir a dar un paseo por Central Park. Kaoru se puso un traje de chaqueta y pantalón verde esmeralda, se hizo una trenza, y dio un ligero toque de color a su rostro ovalado.
La casa de pisos de dos plantas donde vivía Kaoru estaba en una calle tranquila, bordeada de árboles. En apenas una década el barrio había pasado de ser relativamente inseguro a convertirse en un área residencial de clase media. Las re formas que se habían acometido en los edificios eran nota bles, sobre todo en la casa de pisos de Kaoru, donde sendas barandillas de hierro negro forjado flanqueaban los escalo nes de piedra de la entrada.
Durante su época de modelo le había sobrado el dinero, y había estado viviendo durante un tiempo en Park Avenue, pero, tras el año que había pasado apartada de la profesión, le había costado volver a conseguir trabajo, y había tenido que apretarse el cinturón. Fue entonces cuando se mudó allí, justo antes de empezar el rodaje de aquella película en Jacobsville que de repente había relanzado su carrera.
Probablemente con lo que ganaba como actriz podría permitirse algo mejor, pero se había encariñado con los ve cinos, y con aquella calle tranquila en la que vivía. Bajando había una librería, justo en la esquina, un poco más allá un mercado, y también una pequeña cafetería donde servían el mejor de los cafés. Y aunque en invierno, la estación en la que estaban, los árboles habían perdido todo su follaje y la ciudad tenía un aspecto frío y gris, en primavera el barrio era un sitio realmente precioso.
El jaguar rojo de Kenshin estaba aparcado justo delante de la fachada de la casa de pisos de Kaoru. Cuando sus ojos se posaron sobre él, la joven no podía creer lo que estaba viendo, pero no hizo comentario alguno. Yahiko se sentó de trás, y ella delante, con Kenshin. En sólo unos minutos habían llegado.
Cuando iban caminando por la acera, pasando los boni tos carruajes que esperaban clientela, Yahiko le preguntó a Kenshin si no le preocupaba que pudieran robarle el coche.
-Creía que éste lugar era peligroso -comentó.
Kenshin se encogió de hombros.
-Central Park es mucho más seguro de lo que solía serlo, pero si alguien intenta robármelo, tendrá que ser muy listo para burlar a mi serpiente de cascabel.
-¿Tu qué...? -exclamó Kaoru, mirándose alarmada los tobillos, como si esperara encontrar un ofidio enroscado allí.
Kenshin sonrió travieso.
-Mi sistema de alarma. Es así como lo llamo. Tengo ins talado un sistema electrónico de localización en un sitio oculto del motor. Si alguien intentara hacer un puente para arrancar el coche, o lo robara, a la policía no le llevaría más de diez minutos encontrarlo, incluso aquí en Nueva York -explicó muy ufano.
-Así se entiende que estés tan tranquilo -dijo Yahiko-. Desde luego es un coche alucinante -añadió con envidia.
-Lo es -asintió Kaoru-. Yo conduzco, pero en esta ciudad no resulta muy práctico tener un coche -dijo señalando con un ademán la cantidad de taxis que subían y bajaban por las calles-. Cuando alguna agencia de modelos me lla maba para un trabajo no tenía tiempo de buscar un sitio li bre donde aparcar. Nunca hay suficientes. Los taxis y el me tro son el medio más rápido de moverte cuando vas con prisa.
-Es cierto -asintió Kenshin, admirando fascinado lo her mosa que era aun sin apenas maquillaje-. ¿Dónde estáis ro dando la película? -le preguntó.
-Principalmente aquí, en la ciudad -respondió ella-. Es una comedia entremezclada con una trama de espionaje. Tengo que luchar con un agente extranjero en una escena, y perseguir a un tipo con una pistola en otra -añadió con trayendo el rostro-. Apenas acabábamos de empezar el ro daje antes de este descanso por vacaciones, pero tengo car denales por todo el cuerpo por los ensayos de las coreografía de lucha. Incluso tengo que aprender aikido para la película.
-Un arte marcial muy útil -comentó Kenshin-. Fue una de las primeras que aprendí.
-¿Cuántas conoces? -le preguntó Yahiko de inmediato.
Kenshin se encogió de hombros.
-Karate, tae-kwon-do, hapkido, kung fu, esgrima y otras cuantas menos conocidas. Nunca sabes cuándo tendrás que recurrir a ellas, pero vienen muy bien para el trabajo policial, ahora que no estoy todo el día detrás de una mesa.
-Sano me dijo que trabajabas en la oficina del fiscal del distrito en Houston -intervino Kaoru.
Kenshin asintió con la cabeza.
-Estaba especializado en ciberdelitos, pero acabó por re sultarme aburrido. Quería algo menos rutinario y menos estructurado.
-¿Y qué haces en Jacobsville? -quiso saber Yahiko.
Kenshin se rió suavemente.
-Huir de mis secretarias -le confesó avergonzado-. El mismo día que llamé a tu hermana para decirle que iba a venir a Nueva York por Navidad, la secretaria nueva que te nía dimitió, y me vació una papelera sobre la cabeza -aña dió poniendo mala cara y tocándose el rojo cabello-. To davía estoy quitándome posos de café del pelo.
Los ojos azules de Kaoru se abrieron como platos. Se de tuvo, y alzó la vista hacia Kenshin, sin poder dar crédito a lo que estaba oyendo. No había olvidado la eficiencia con que había parado los pies al ayudante de dirección de su primera película para que no volviera a ponerle las manos encima después de que ella se hubiera quejado de las confianzas que se tomaba.
Yahiko estaba riéndose.
-¿En serio? -le preguntó a Kenshin.
-No estaba hecha para el trabajo de oficina. Era incapaz de teclear y hablar por teléfono al mismo tiempo.
-Pero, ¿por qué...? -comenzó Kaoru.
Kenshin terminó la pregunta por ella:
-¿...me vació una papelera encima? ¡Y yo qué sé! Le dije que no tocara en el fichero, pero no me hizo caso y forzó la cerradura. No es culpa mía que Mikey, mi cría de pitón, sal tara fuera del cajón y se le echara encima. Asustó al pobre animal, y ahora tiene una crisis nerviosa.
Kaoru y Yahiko se detuvieron, y se quedaron mirándolo de hito en hito. Kenshin suspiró.
-¿Verdad que resulta incomprensible que haya personas que se pongan nerviosas al ver una serpiente? -inquirió él filosófico.
-¿Tienes una serpiente llamada Mikey? -exclamó Kaoru.
- Yukyuzan Anji tenía una pitón macho albina y se la dio a un criador después de casarse. El criador la cruzó con una hembra que tuvo una camada de preciosas crías, y yo le pedí una. Lo que ocurrió fue que, el día que me la dio, no pude llevármela a casa porque estaba de servicio, así que la puse temporalmente en el fichero, en un pequeño acuario de plástico, con agua y una rama para que trepara por ella. Y es taba tan tranquila... hasta que mi secretaria forzó la cerra dura. Según parece Mikey se había salido del acuario, y es taba encima de las carpetas.
-¿Y qué pasó? -preguntó Yahiko.
Kenshin frunció el ceño.
-Pues que le dio al pobre animalito un susto de muerte -masculló-. Estoy seguro de que tendrás secuelas por el trauma psicológico que le ha causado durante el resto de su...
-¡No, qué pasó después! -lo interrumpió Yahiko. Kenshin enarcó las cejas.
-¿Después de que chillara hasta casi dejarme sordo y me tirara unas esposas a la cara, quieres decir?
Kaoru no dijo nada; sino que se quedó mirándolo con un brillo divertido en sus ojos azules.
-Entonces fue cuando me volcó la papelera sobre la ca beza. En fin, en el fondo ha sido un alivio que haya dimi tido. Tenía el cabello corto y de punta, piercings con aros de plata en cada centímetro de piel visible, y llevaba las uñas y los labios pintados de negro. Mikey todavía no se ha re puesto del susto. Ahora ya la tengo en casa.
Kaoru no podía hablar de la risa. Kenshin sacudió la cabeza.
-Yo una vez casi tuve una serpiente.
-¿Casi? ¿Y eso? -le preguntó Kenshin.
-Ella no me dejó comprarla -suspiró Yahiko, señalando a su hermana.
-¿No te gustan las serpientes, hmm? -dijo Kenshin, lan zando a Kaoru una mirada maliciosa.
-No fue porque me diera miedo, sino porque Yahiko no podía llevársela a la academia con él, y yo no estaba en casa el tiempo suficiente como para ocuparme de ella. Pero si necesitas una secretaria, tan pronto como acabe la película que estoy haciendo, me haré un piercing en la nariz, y me cortaré el pelo y me lo pondré de punta -le dijo ella con mucha guasa.
Kenshin sonrió, mostrando sus perfectos y blancos dientes.
-No sé... ¿Eres capaz de mascar chicle y teclear a la vez?
-No sabe escribir a máquina, y sí que le dan miedo las serpientes... -intervino Yahiko malicioso.
-Ni una palabra más -lo reprendió Kaoru-. Y no dejes que Kenshin te soborne, o le contaré cuál es tu punto débil -le advirtió.
Yahiko alzó ambas manos.
-De acuerdo, de acuerdo... lo siento. En serio.
Kaoru frunció sus carnosos labios.
-Está bien.
-¡Mira! ¡Está allí el tipo de la gaita! -exclamó de pronto Yahiko, señalando a un hombre con falda escocesa frente a un hotel cerca del parque. Estaba tocando Amazing Grace-. ¿Me dejas dinero, Kao?
Kaoru sacó un billete de veinte de su monedero y se lo tendió.
-Toma. Te esperaremos aquí -le dijo con una sonrisa. Kenshin siguió al chico con la mirada mientras se alejaba, y finalmente sus ojos se posaron en el gaitero.
-Toca bien -comentó.
-Yahiko quiere una gaita, pero no creo que el coman dante lo dejara practicar en su dormitorio.
-Yo tampoco -dijo Kenshin, sonriendo melancólico mien tras escuchaba la evocadora melodía-. Ese hombre... ¿Lo veis aquí a menudo? -le preguntó a Kaoru.
-La verdad es que nos lo hemos encontrado por todo el barrio -contestó ella-. Es uno de los sin techo más agrada bles de la zona, y siempre que puedo le doy algo de dinero para que pueda comprarse una manta, o comer caliente. Muchos de los que vivimos por aquí le tenemos cariño. Tiene un verdadero don para la música, ¿no te parece?
-Sí que lo tiene. ¿Sabes algo de él? -le preguntó Kenshin, impresionado por la caridad de la joven para con un ex traño.
-No mucho. Dicen que toda su familia murió, pero na die sabe cómo ni cuándo... ni siquiera por qué. No habla demasiado -murmuró, observando a Yahiko tenderle el bi llete al músico, y recibir una leve sonrisa a cambio-. Nueva York está llena de indigentes. La mayoría de ellos tienen un talento u otro, una manera de ganar algo de dinero, y pue des verlos durmiendo entre cajas de cartón, o buscando res tos de comida en los contenedores de basura -sacudió la ca beza-. Y se supone que somos el país más rico de la tierra...
-Te sorprendería ver cómo vive la gente en los países del Tercer Mundo -dijo Kenshin.
Kaoru lo miró.
-Una vez tuve que ir a Jamaica para una sesión de fotos, cerca de Montego Bay -recordó-. Nos alojábamos en un hotel de cinco estrellas sobre una colina, con loros enjaulas y una enorme piscina, y todos los lujos imaginables, pero, en la ladera, a unos pocos metros había un poblado de chabolas hechas con planchas onduladas de hojalata en medio del fango.
Kenshin entornó los ojos y asintió lentamente con la ca beza.
-Yo he estado en Oriente Medio. Allí mucha gente vive en casas de adobe sin electricidad, sin agua corriente, sin ningún tipo de comodidades. Se hacen ellos mismos la ropa, se desplazan en carros tirados por burros. Nuestro ni vel de vida los dejaría pasmados.
Kaoru aspiró bruscamente.
-No tenía ni idea.
Kenshin paseó la mirada por los alrededores.
-Allá donde iba era bien recibido, y las familias más po bres insistían en compartir conmigo lo poco que tenían. En general son buena gente, gente amable -bajó la vista hacia Kaoru-, aunque como enemigos son temibles.
Kaoru estaba observando las cicatrices que marcaban sus recias facciones.
-El comandante Katsura me contó que te torturaron -re cordó quedamente.
Kenshin asintió, y sus ojos buscaron los de ella.
-No me gusta hablar de eso. A pesar de que ya han pa sado muchos años, todavía tengo pesadillas.
Kaoru lo miró con curiosidad.
-Yo también suelo tenerlas -murmuró distraídamente.
Los ojos de Kenshin escrutaron los suyos, intentando desen trañar el enigma que aquella joven era para él.
-Según tengo entendido, estuviste viviendo mucho tiempo con un hombre mayor que tú, un actor que tenía fama de ser el tipo más licencioso de Hollywood -dijo Kenshin de pronto, en un tono algo abrupto.
Kaoru giró la cabeza hacia Yahiko, que se había sentado en un banco a escuchar al gaitero, que había empezado a tocar otra canción. Se rodeó el cuerpo con los brazos, y bajó la vista.
Kenshin se puso frente a ella, dejando muy poco espacio entre ellos, y Kaoru se sorprendió al comprobar que su pro ximidad no la intimidaba. Alzó el rostro hacia él, y la inten sidad que había en los ojos de Kenshin casi la dejó sin aliento.
-Puedes contármelo -le dijo suavemente.
Kaoru no fue capaz de resistirse a aquella amabilidad en su voz. Inspiró profundamente, y comenzó a hablar.
-Me escapé de casa a los doce años. Iban a mandarme a un hogar de acogida, pero me aterraba la idea de que mi madre pudiera sacarme de allí y obligarme a volver con ella... para vengarse de que hubiera llamado a la policía des pués de que su novio... -se quedó callada.
-Continúa -la instó Kenshin.
-Después de que me violara reiteradamente -dijo Kaoru en un hilo de voz, incapaz de mirarlo-. Prefería morirme de hambre antes que volver con ella, así que empecé a mendi gar por las calles de Atlanta, porque no tenía otro modo de conseguir dinero para poder comprar algo de comida -con trajo el rostro al recordar aquellos días.
Las facciones de Kenshin estaban tensas. Por lo poco que sa bía sobre su vida, había sospechado que debía haberle ocu rrido algo así.
-Se me acercó un hombre atractivo y bien vestido. Que ría llevarme a su casa -cerró los estaba ham brienta, tenía frío, y estaba muy asustada. No quería ir con él, pero había tal amabilidad en su mirada... -tragó saliva en un intento por deshacer el nudo que se le había hecho en la garganta-. Me llevó a su hotel. Tenía una suite enorme, y tan lujosa que podría haber sido el aposento de un rey. Cuando pasamos dentro, se rió por lo nerviosa que estaba, y me prometió que no me haría daño, que sólo quería ayu darme. Yo estaba tan asustada que me derramé un vaso de agua por el frontal de la camisa -sonrió levemente-. Creo que no olvidaré la expresión de asombro en su rostro mien tras viva. Yo tenía el cabello corto, y aunque nunca he te nido mucho pecho... y menos entonces, que era una niña, pero con la camisa mojada... -alzó el rostro hacia Kenshin, que estaba escuchándola atentamente-. Claro que él no estaba interesado en mí en ese sentido...
-¿Me estás diciendo que Okina, el que tenía fama de donjuán en todo el mundo, era homosexual? -pre guntó Kenshin atónito.
Kaoru asintió con la cabeza.
-Lo era, pero lo ocultó siempre con la ayuda de amigas. Era un hombre bueno y amable -recordó con añoranza-. Le dije que no me parecía bien abusar de su generosidad, que creía que debía arreglármelas por mí misma, pero no me lo permitió. Me dijo que se sentía muy solo. Su familia no quería saber nada de él, y no tenía a nadie, así que me quedé con él. Me compró ropa, me pagó los estudios, y me protegió del pasado para que mi madre no pudiera encon trarme -se le humedecieron los ojos-. Yo lo quería -susu rró-. Le habría dado cualquier cosa. Pero él sólo quería ayu darme -se rió-. Supongo que luego, cuando fui un poco más mayor y me inscribió en una escuela de modelos aquí, en Nueva York, me retuvo a su lado porque le gustaba la imagen que le daba el tener a una joven bonita viviendo con él, no sé... el caso es que seguí con él hasta que murió.
-Los medios dijeron que fue un ataque al corazón.
Kaoru sacudió la cabeza.
-Murió de sida. En el último momento sus hijos fueron a verlo, y enterraron el pasado. Al principio habían creído que estaba con él porque quería quedarme con su dinero, pero supongo que acabaron por darse cuenta de lo mucho que lo quería -le dijo sonriendo-. Cuando murió insistie ron en que me quedara con su piso, e incluso se ofrecieron a hacerme una cuenta fiduciaria con parte de lo que les ha bía dejado en herencia porque cuidé de él durante su úl timo año de vida, pero rehusé.
-Por eso no hiciste ningún trabajo como modelo durante un año, hasta que te ofrecieron hacer tu primera pelí cula... -murmuró Kenshin-. Dijeron que habías tenido un ac cidente y que tenías que reponerte.
A Kaoru la halagó que recordara aquello, teniendo en cuenta que, durante el tiempo que había estado rodando en Jacobsville, la había odiado literalmente.
-Okina no quería que nadie supiese la verdad..., ni si quiera cuando se estaba muriendo.
-Pobre diablo.
-Era el hombre más bueno que he conocido en mi vida -dijo Kaoru con tristeza-. Me salvó, y sigo yendo a poner flores en su tumba.
-¿Y el tipo que te violó? -inquirió Kenshin con crudeza. Kaoru giró la cabeza para mirar a Yahiko, que estaba char lando con el gaitero. La expresión de su rostro era de autén tico tormento.
-Según mi madre es el padre de Yahiko -dijo cuando lo gró recobrar el habla.
Kenshin aspiró bruscamente.
-Y a pesar de eso... tú lo quieres.
Kaoru se volvió hacia él.
-Con toda mi alma -se reafirmó-. Mi madre sigue con ese bastardo, Shishio, o más bien lo dejan y vuelven, lo dejan y vuelven... una y otra vez. Discuten, él la golpea, y ella llama a la policía, pero al final siempre vuelven. Los dos son drogadictos.
-¿Y cómo acabaste haciéndote cargo de Yahiko? -inqui rió Kenshin.
-El policía que me salvó la última noche que pasé en casa de mi madre, cuando Shishio me violó, me llamó un día, cuando Yahiko sólo tenía cuatro años. Su padre le había dado una paliza, y estaba en el hospital. Yo todavía estaba viviendo con Okina, y me acompañó a verlo. Mi madre se quedó muy impresionada con Okina -recordó con ironía-, y des pués de que le dieran el alta a Yahiko vino con él al hotel donde estábamos alojados, en busca de dinero. Okina se ofreció a comprar a mi hermano, y nos lo vendió -añadió en un tono gélido-; por cincuenta mil dólares.
-Dios del cielo -masculló Kenshin-.Y yo que creía que lo había visto todo...
-Yahiko ha estado conmigo desde entonces -le dijo Kaoru-. Para mí es como si fuera mi propio hijo.
-¿Y nunca te quedaste embarazada?
Kaoru sacudió la cabeza.
-Fui una flor tardía. No tuve mi primera regla hasta que cumplí los quince. Qué suerte, ¿eh? -dijo con amargura, apartando de su rostro un mechón azabache-. Una suerte in creíble...
-Pero ahora tu madre quiere recuperar a Yahiko -adivinó Kenshin.
-El dinero se le acabó hace años. Ha tenido que ponerse a trabajar en un establecimiento de platos preparados para conseguir más, y no le gusta nada. Shishio trabaja cuando le parece, y por lo que tengo entendido nada de lo que hace es legal. El año pasado mi abogado tuvo que darle dinero a mi madre para que nos dejara tranquilos. Me había amenazado con acudir a la prensa amarilla y decirles que estaba tratán dola de un modo denigrante -dijo Kaoru, resoplando y sa cudiendo la cabeza-. «Rica estrella de cine permite que su pobre madre viva en la miseria mientras ella va de un lado a otro en limusina»... -añadió sonriendo con cinismo-. Su pongo que puedes imaginártelo.
-En tecnicolor -asintió Kenshin indignado.
-Y ahora, como tú has dicho, quiere recuperar a Yahiko. Envió a Shishio a la academia militar para que intentara sacarlo de allí, pero Yahiko le dijo al comandante lo que le había he cho, y lo que me había hecho a mí. El comandante llamó a la policía, pero esa sabandija escapó antes de que llegaran.
-Bien por el comandante.
-Sí, pero temo que estén planeando secuestrar a Yahiko -respondió Kaoru-, porque saben que pagaría cualquier res cate con tal de recuperarlo. No duermo muy bien última mente pensando en ello -añadió-. Shishio tiene un primo que vive cerca de aquí, en una de las peores zonas de la ciudad, que está metido en un montón de asuntos sucios.
Kenshin estaba haciendo equilibrios mentales para seguirla.
-¿Y Yahiko siente algún tipo de cariño por su padre o por vuestra madre?
-Odia a nuestra madre -contestó Kaoru-. Y no sabe que Makoto Shishio es su padre.
-¿No se lo has dicho?
-No he tenido valor para hacerlo -le explicó ella-. Ade más, el psicólogo me dijo que le quedarán secuelas por el resto de su vida por la paliza que le dio esa rata.
-¿Y tú?
-Bueno, he logrado sobrevivir -murmuró ella-. De vez en cuando los fantasmas del pasado vuelven para atormen tarme, pero ahora soy más fuerte.
-No tanto como sería deseable -dijo él-, pero lo serás si pasas conmigo el tiempo suficiente.
Kaoru alzó el rostro hacia él, y esbozó una sonrisa tra viesa.
-¿Y tendré esa oportunidad?
Kenshin se encogió de hombros.
-Eso depende de ti. Pero tengo que advertirte que tengo unas cuantas rarezas.
-También yo -replicó ella-, además de otras tantas in hibiciones -añadió.
Kenshin se metió las manos en los bolsillos y escrutó su ros tro en medio del ruido del tráfico de Nueva York.
-No me gustan las ataduras. Y no voy a comprometerme a nada. Me gustaría que nos viéramos mientras esté aquí. Eso es todo.
-Veo que no te andas por las ramas.
Kenshin asintió con la cabeza, y Kaoru lo miró a los ojos.
-No te encuentro repulsivo como a la mayoría de los hombres -le dijo de sopetón-, y eso es algo nuevo para mí, pero aún tengo heridas que no se han cerrado, y aunque puedo resultar convincente interpretando el papel de vam piresa, no es más que eso, un engaño. Nunca he tenido rela ciones sexuales consentidas.
Kenshin dejó escapar un silbido.
-Eso es cargar a un hombre con una gran responsabili dad.
Kaoru asintió con la cabeza, y una sonrisa se dibujó len tamente en los labios de Kenshin.
-Bueno, entonces supongo que tendremos que recurrir al «abecé de las relaciones personales».
Kaoru se rió.
-No me lo había planteado de esa manera.
-Iremos paso a paso -le dijo Kenshin, girándose al ver que Yahiko regresaba con ellos-. Has tardado -le dijo al chico.
-Quería que le hablara de la escuela militar a la que voy. ¿Sabéis qué? Me ha contado que luchó en Vietnam -dijo el chico contrayendo el rostro-. Qué triste, ¿verdad?, que haya acabado como ha acabado.
Había angustia en los ojos de Kenshin cuando volvió el ros tro y observó al hombre, que levantó una mano y la agitó en su dirección antes de ponerse a tocar de nuevo.
-Por desgracia demasiados ex combatientes acaban así -comentó con voz queda.
-Pero a ti no te pasó -replicó Yahiko con orgullo.
Kenshin le sonrió y le revolvió el cabello.
-No, a mí no. Bueno, ¿qué os parece si vamos a la Esta tua de la Libertad? Ya estará cerrada para subir, pero pode mos verla por fuera. ¿Os apetece?
-¡Muéstranos el camino! -contestó Yahiko riendo.
Kenshin tomó la fina mano de Kaoru en la suya, y al entrela zar sus dedos con los de ella los notó fríos y ligeramente temblorosos. Parecía que sólo con tocarse saltasen chispas de electricidad entre ellos. A la joven se le cortó el aliento, y alzó el rostro hacia él, mirándolo fascinada. Por un instante le había parecido como si la tierra se hubiese tambaleado bajo sus pies. ¡Era pura magia!
Kenshin se miró en sus ojos.
-Lección primera, página uno: tomarse de la mano -le susurró cuando Yahiko se paró frente un escaparate.
Kaoru dejó escapar una risa vergonzosa, que sonó como campanillas de plata.
Continuara….
¿Qué les pareció el capitulo? El próximo se viene muy buenoooo muajajajja asi que espérenlo con ganas…
Acuérdense de dejar sus comentarios al final….
Matta nee!
