Holaaa! Les traigo un nuevo capítulo de esta historia…. Espero que les guste! Bueno todos ustedes ya saben que los personajes de rurouni kenshin no me pertenecen son propiedad de Nobuhiro Watsuki y la historia es de Diana Palmer...
Espero que lo disfruten... y nuevamente perdoooon por la laaaarga espera!
Capitulo 3
Aquel día de turismo por la ciudad con Kenshin estaba siendo uno de los mejores de toda su vida, se diría Kaoru más tarde. Parecía que conociese la ciudad como la palma (le su mano, y mientras caminaban les iba relatando hechos históricos poco conocidos sobre ella.
-¿Cómo sabes tanto de Nueva York? -inquirió Yahiko cuando estuvieron de regreso en el piso de Kaoru esa noche.
-El mejor amigo que tuve en mi época de instrucción era de aquí -le confesó Kenshin-. ¡Era una mina de información!
Kaoru se rió.
-Yo tengo una amiga a la que le pasa igual, sólo que con Nassau -dijo-. Es modelo, y ahora está haciendo unos posa dos... ¡en Rusia nada menos!
-¿Y con qué ropa posa?
Kaoru le lanzó una mirada maliciosa.
-Con trajes de baño.
-¡Me tomas el pelo!
-¡No! Parece que a algún cerebro pensante se le ha ocu rrido que resultaría sexy que posara con el Kremlin de fondo en bañador... con botas y un abrigo de pieles.
-¿No será porque, si posara con pieles aquí, los defenso res de los animales se le echarían encima? -inquirió Kenshin.
-Es piel sintética -le explicó ella riéndose-. Aunque es muy cara, y parece auténtica.
-¿Te apetece un sándwich, Kenshin? -le preguntó Yahiko desde la puerta de la cocina.
-No, gracias, Yahiko. Me marcho ya a mi hotel a descansar -contestó él con una sonrisa-. Pero lo he pasado muy bien.
-Yo también, Kenshin -le dijo Yahiko con sinceridad-. ¿Te veremos mañana?
-Sí, ¿te veremos? -lo secundó Kaoru.
Kenshin miró primero a Yahiko, que estaba observándolo ex pectante, y luego a Kaoru, que estaba sonriéndole.
-Claro, ¿por qué no? -murmuró Kenshin, sonriendo tam bién-. Si os atrevéis podemos hacer un tour por los museos de la ciudad.
-¡Genial!, ¡me encantan los museos! -exclamó Yahiko en tusiasmado.
-Bueno, mientras no tenga que posar, contad conmigo -dijo Kaoru con un suspiro-. Todavía no me he repuesto de aquella vez que tuve que posar en uno, recostada contra una estatua de Rodin, durante cuatro horas, y con una pierna levantada.
-¿No será la estatua que creo? -inquirió Kenshin malicioso, riéndose suavemente al ver que Tippy enrojecía.
-Estoy segura de que era una en la que las figuras esta ban completamente vestidas -mintió ella. Kenshin sacudió la cabeza.
-Ya, ya... -farfulló-. Bueno, ¿a qué hora soléis levantaros en vacaciones?
-A las ocho -respondió Yahiko.
Kaoru asintió con la cabeza.
-No somos trasnochadores -le dijo a Kenshin -. Yahiko está acostumbrado a la rutina militar, que comienza al alba, y yo tengo que levantarme incluso antes para llegar a mi hora a los estudios de rodaje.
-Ya veo -respondió él-. Conozco una panadería cerca de aquí, donde venden bollos de canela, pasteles de almen dra, donuts rellenos... y todo hecho por ellos.
-No podemos tomar bollería -le dijo Yahiko apenado. Se ñaló a su no tiene un ápice de fuerza de vo luntad. Cuando entra en casa algo dulce, no puede resistirse.
Ella se echó a reír.
-Tiene razón. Mi vida es una lucha constante contra los kilos de más. Para desayunar tomamos beicon y huevos; sólo proteínas; nada de harinas.
-Eso también me recuerda a mis años de instrucción... -suspiró Kenshin -. En fin, ¿qué se le va a hacer? ¿Desayunamos aquí, entonces? Pero tendrás que hacer café, porque soy in capaz de empezar el día sin una buena taza -le advirtió a Kaoru con un sonrisa sincera.
Era la primera vez en mucho tiempo que sonreía a una mujer de esa manera... a excepción de Megumi Sagara, claro, pero ahora estaba casada con su mejor amigo.
-Bueno, pues yo me voy a tomar un sándwich antes de irme a la cama -dijo Yahiko-. ¡Buenas noches, Kenshin, nos ve mos mañana!
-Cuenta con ello -respondió él.
Tomó la mano de Kaoru y la llevó al vestíbulo con él.
-Miraré la cartelera para ver si hay algo interesante de ópera o ballet, por si quisieras...
-Cualquiera de las dos cosas me encantaría -exclamó Kaoru.
-¿Y la música clásica, te gusta también? -inquirió Kenshin.
Ella asintió con entusiasmo.
-En fin, supongo que no me moriré por llevar traje por una noche -suspiró Kenshin.
-Si no recuerdo mal llevaste a Megumi a un ballet en Houston -le dijo Kaoru, con un atisbo de celos que no pudo disimular.
Sorprendido, Kenshin escrutó sus ojos con una mirada tan intensa que Kaoru enrojeció.
- Y sí, es verdad que la llevé. No había ido nunca a un ballet.
-Y yo que creía que era una niña mimada... -dijo Kaoru-. ¡Qué equivocada estuve respecto a ella desde el principio! Es una mujer muy especial. Sano es muy afortu nado.
-Sí que lo es –admitió Kenshin a regañadientes. Todavía te nía clavada en el corazón la espinita de que Megumi hu biera escogido a su amigo y no a él-.Y están los dos locos con sus mellizos.
-Los niños son un regalo del cielo -dijo Kaoru-. Cuando me hice cargo de Yahiko ya tenía cuatro años, pero era adorable -añadió con una sonrisa melancólica-. Con un niño cada día es una aventura.
-Supongo que sí. Yo no tuve la oportunidad de compro barlo -murmuró Kenshin.
Kaoru alzó la vista sin comprender, y la expresión en las recias facciones de Kenshin la dejó aún más confundida.
-Tengo que irme -farfulló él, apartando la vista-. Te veré por la mañana.
Le soltó la mano y salió por la puerta, dejándola allí plantada. Tenía la sensación de que había algo en su pasado que le había hecho mucho daño, algo relacionado con los niños. Sano le había dicho que creía que había estado ca sado, pero no sabía nada más. Kenshin Himura era un verdadero enigma, pero se sentía atraída por él como jamás se había sentido atraída por otro hombre.
A la mañana siguiente, Kenshin se presentó a las ocho en punto en el piso de Kaoru con una cafetera niquelada en una mano, y una bolsa de papel en la otra.
-Pero si he hecho café -le dijo Kaoru contrariada. Kenshin levantó la cafetera.
-Capuchino a la vainilla -le dijo pasándosela bajo la na riz-: mi única debilidad... bueno, a excepción de esto -aña dió agitando la bolsa de papel.
-¿Qué hay ahí? -inquirió ella, siguiéndolo a la cocina.
La mesa ya estaba preparada, y Yahiko estaba sentado, es perándolos para empezar.
-Bollos rellenos de crema -contestó Kenshin-. Lo siento, pero no puedo renunciar al azúcar. Creo que es uno de los cuatro grupos de alimentos principales junto con el choco late, los helados, y la pizza.
Yahiko se echó a reír, y Kaoru lo secundó.
-Es increíble -comentó ella, recorriendo con la vista su cuerpo musculoso-; viéndote nadie diría que hayas probado jamás nada de grasa ni de azúcar.
-Hago ejercicio cada día -le confesó Kenshin-. No tengo más remedio. Nos hacen los uniformes justos para que va yamos marcando músculo -bromeó flemático, quitándose la chaqueta de cuero negra que llevaba.
La colgó sobre el respaldo de la silla, y los ojos de Kaoru se vieron atraídos como imanes por sus bíceps, que resalta ban bajo el polo de manga larga.
-¿Y bien? -la picó Kenshin, sentándose.
Kaoru suspiró.
-Sólo miraba -farfulló lacónica.
Aprovechando que Yahiko se había ausentado para ir al servicio, Kenshin agarró la larga falda de Kaoru y la atrajo hacia su silla.
-Pues, si juegas bien tus cartas, quizá me quite la camisa algún día para ti -le susurró seductor.
Kaoru no supo si reírse o reprenderle por intentar ha cerla sonrojar. Nunca sabía si hablaba en broma o en serio.
-Aunque tendrás que ganártelo, claro está -le advirtió Kenshin-. No soy un hombre fácil.
Esa vez Kaoru sí se rió, y, al hacerlo, sus ojos brillaron como estrellas en la media noche.
Kenshin sonrió.
-Ten. Toma un bollo de crema. He traído suficientes para que podamos comer los tres.
Kaoru metió la mano en la bolsa, consciente de su mi rada sobre su rostro.
-Tienes una piel preciosa; incluso sin maquillaje -dijo Kenshin con voz ronca-. Parece de seda.
Cuando Kaoru giró la cabeza hacia él sus ojos se encon traron, y sintió cómo el corazón le daba un vuelco. Dios, era tan sexy...
-¿En qué piensas? -inquirió él en un murmullo.
-Estaba pensando que seguramente sabes todo lo que hay que saber sobre las mujeres -le confesó ella queda mente.
Kenshin entornó los ojos.
-Y tú, en cambio, no sabes casi nada sobre los hombres. Los ojos de Kaoru se llenaron de lágrimas.
-Tampoco es que haya querido -musitó, bajando la vista a los bien definidos labios de Kenshin.
-Ten cuidado, Kaoru: podrías quemarte -le advirtió él-; hace mucho que no he tenido relaciones con una mujer.
-Sé que tú nunca me harías daño -susurró ella, alzando el rostro y enfrentando su mirada inquisitiva-. Querría... ¡oh, Kenshin, querría...!
-¿Querrías... qué? -la instó él, apretando la mandíbula cuando inspiró y su fragancia le inundó las fosas nasales.
Kaoru estaba tan cerca de él, que podía ver latir la vena en su garganta. Quería estrecharla entre sus brazos y besar sus hermosos labios hasta dejarlos hinchados.
Aquel mismo deseo estaba apoderándose de Kaoru. Bajó la vista a la boca de Kenshin, y se preguntó qué sensación ex perimentaría si lo besase apasionadamente, si se fundiese con él en un beso como el que había escenificado ante las cámaras con su compañero de rodaje para la película que habían hecho en el rancho Sagara.
Casi podía imaginar el sabor de los masculinos labios de Kenshin, y se notaba el cuerpo hinchado y dolorido por la ex citación contenida. Era como una sed que ni toda el agua de un río podría llegar a saciar.
Sus carnosos labios se entreabrieron, y aspiró con brus quedad.
-Querría que...
El ruido de la cisterna los hizo separarse. Olvidando el bollo de crema, Kaoru se fue al fregadero a lavarse las manos porque necesitaba algo que detuviera su temblor.
Yahiko volvió en ese momento, ignorante de haber inte rrumpido un momento íntimo entre los adultos, y tomó un bollo. Al cabo de un rato Kaoru se puso café, le sirvió a su hermano zumo de naranja, y se sentó a la mesa como si nada hubiera ocurrido.
El primer lugar donde fueron aquella mañana fue el mu seo de Historia Natural, para visitar la exposición ampliada sobre dinosaurios en la cuarta planta. Había una larga cola por las novedades en la programación del museo, entre las que había un documental sobre Albert Einstein y una tienda de regalos con el científico como tema, y tardaron más de una hora en llegar a la taquilla y comprar las entra das.
Yahiko iba de un fósil a otro, y subió incluso a lo más alto de una escalera de caracol metálica que se alzaba junto al mayor de los esqueletos para poder ver desde arriba los enormes omóplatos y las articulaciones de las caderas.
-Le encantan los dinosaurios -le dijo Kaoru a Kenshin, mientras recorría junto a él la exposición.
Se había puesto una blusa de seda blanca, una falda larga de terciopelo verde, botas, y una chaqueta negra de cuero. El cabello se lo había dejado suelto, y aunque apenas llevaba maquillaje, atraía las miradas tanto de hombres como de mujeres.
Kenshin se sintió de pronto orgulloso a su lado. No se podía negar que era muy hermosa, pero para él su belleza no estri baba tanto en su apariencia externa como en su corazón de oro, en lo que llevaba dentro... lo que verdaderamente contaba.
-A mí también me gustan -contestó-. Estuve aquí hace años, pero no pude verlos porque estaban remodelando esta exposición. Son impresionantes.
Kaoru se inclinó sobre un cartel para leerlo.
-¿Cómo no te has traído las gafas? -inquirió Kenshin.
-Porque soy un desastre andante cuando las llevo puestas -contestó ella, riéndose vergonzosa-. Las limpio con lo que tenga a mano, y siempre acabo rayando las lentes. Ya he te nido que cambiarlas dos veces.
-Ahora venden unas lentes especiales que no se arañan con facilidad -comentó Kenshin.
-Lo sé, son las que tienen mis gafas. Por desgracia no son a prueba de personas descuidadas como yo -respondió ella, encogiendo uno de sus bonitos hombros-. Me pondría len tillas si pudiera, pero mis ojos no las aguantan. Me producen infecciones.
Kenshin extendió una mano grande y fuerte y tomó entre sus dedos un mechón del cabello de Kaoru, comprobando su suavidad y dando un paso hacia ella.
-Da la impresión de que tu pelo esté vivo -murmuró-. Había visto este color en otras mujeres, pero nunca me ha bía parecido tan natural.
-Es que es natural -contestó ella, notándose las rodillas temblorosas por la proximidad de Kenshin.
Olía a colonia y jabón, olores frescos y seductores. Puso las manos sobre el frontal del polo, regocijándose en su cali dez, y en la sensación, como de almohadillado, del vello de su tórax bajo sus palmas.
Un deseo casi irrefrenable de subirle el polo y tocarlo la invadió de pronto, dejándola sin aliento. No se había sen tido tan excitada en toda su vida.
-¿Y no hay nada artificial en ti? -la provocó Kenshin.
-Nada físico -contestó ella.
Kenshin escrutó los ojos azules de Kaoru durante más tiempo del que había pretendido, y notó cómo se le tensa ban las facciones.
Ella estaba segura de que se estaba dando cuenta de lo nerviosa que estaba, pero no podía evitarlo. Era un hombre tan masculino que despertaba todo lo que había de feme nino en ella.
-No me fio de las mujeres.
-Pero estuviste casado -apuntó ella.
Kenshin asintió con la cabeza, y enredó el mechón entre sus dedos con una expresión angustiada.
-Estaba muy enamorado de ella. Y creía que ella sentía lo mismo por mí -dijo-. Sólo después me daría cuenta de que el único motivo por el que estaba conmigo era mi dinero.
Un escalofrío recorrió la espalda de Kaoru.
-Hay tantas cosas en tu pasado de las que no quieres ha blar... -murmuró-, tantas cosas que no sé de ti...
-Me cuesta confiar en la gente -respondió Kenshin-. Si te abres a los demás te vuelves vulnerable, y pueden acabar ha ciéndote daño.
-¿Y para ti la solución es no dejar que se te acerque na die? -inquirió Kaoru.
-¿Acaso no es lo mismo que haces tú? -le espetó Kenshin-.A excepción de Yahiko y de Sano te cierras a todo el mundo... especialmente a los hombres.
Kaoru tragó saliva.
-He tenido muy malas experiencias con los hombres... a excepción de Okina -dijo-, y nunca hubo nada entre no sotros. Le gustaban las mujeres como amigas, pero físicamente le producían rechazo.
-¿Lo amabas?
-A mi manera -respondió Kaoru, sorprendiéndolo-. En toda mi vida sólo él y otra persona se portaron bien conmigo sin esperar nada a cambio. No puedes imaginarte cuántas proposiciones deshonestas me han hecho hombres de mi entorno laboral -añadió con una sonrisa cínica-. Me ha llevado años perfeccionar la manera de rechazarlas sin que tomaran represalias contra mí.
-No es que disculpe a esos tipos, pero en cierto modo es comprensible -farfulló Kenshin-; eres el sueño hecho realidad de cualquier hombre.
El corazón de Kaoru dio un brinco.
-¿También el tuyo? -le preguntó en un tono burlón. Sin embargo, la pregunta iba en serio. Quería que la deseara, como jamás había querido nada en toda su vida. Kenshin soltó el mechón de Kaoru.
-Yo hace años que decidí olvidarme por completo de las mujeres.
-¿Y no te sientes solo? -quiso saber ella. -¿Y tú? -le preguntó él a su vez.
Kaoru suspiró, escrutando soñadora sus recias facciones.
-Me asustan las relaciones serias -contestó con voz ronca-. Lo he intentado con dos o tres tipos que me pare cieron buenas personas, pero ninguno de ellos estaba intere sado de verdad en mí, ni querían conocerme mejor... sólo me querían en su cama.
Kenshin entornó los ojos.
-Después de lo que te pasó... ¿puedes?
Kaoru bajó la vista a su tórax, donde bajo el estrecho polo que llevaba, se dibujaba el relieve de los músculos.
-No lo sé -respondió con sinceridad-. Nunca lo he... intentado.
-¿Y querrías intentarlo?
Kaoru se mordió el labio inferior y frunció el entrecejo, mirando el dinosaurio que tenía delante sin verlo en abso luto.
-Tengo veintiséis años, Kenshin, y no estoy dispuesta a arriesgar más veces mi corazón para que me lo rompan.
-Tengo a Yahiko, una carrera... y soy moderadamente feliz. No me hace falta más.
-No es verdad. La vida que llevas es una vida a medias.
-También lo es la tuya -le espetó ella, alzando la vista hacia él.
-Tengo una razón aún mejor que la tuya para vivir como vivo -contestó Kenshin con aspereza.
-Pero no vas a contármela -adivinó ella-. No confías lo bastante en mí como para hacerlo.
Kenshin hundió las manos en los bolsillos del pantalón y la miró irritado.
-Estuve casado una vez, hace años. Era la primera vez en mi vida que estaba enamorado de verdad. Incluso íbamos a tener un hijo. El día que me dijo que estaba embarazada me puse loco de contento. Yo no quería que hubiese secretos entre nosotros, y pensé que debía hablarle de lo que había sido mi vida antes de que nos casáramos -el brillo que había en sus ojos se tornó frío y el tono de sus ojos paso de un tranquilo violeta a un dorado helado-.Y así lo hice. Se sentó y me escuchó. Estaba muy calmada, y se limitó a escucharme sin decir nada, como si lo comprendiera. Se había puesto algo pálida, pero no era de extrañar, porque algunas de las cosas que le relaté, cosas que tuve que hacer por mi trabajo, eran terribles, realmente terribles -le explicó dándole la espalda-. Tuve que salir unos días de la ciudad por negocios, y se despidió de mí con total normalidad, como si nada hubiese pasado. Regresé con regalos para ella y también con alguna cosa que había comprado para el bebé, aunque sólo estaba de unas semanas. Estaba esperándome en la puerta, con las maletas hechas.
Se inclinó hacia delante, apoyándose en la baranda que se asomaba a la planta inferior, y siguió hablando sin mirar a Kaoru.
-Me dijo que había ido a una clínica para abortar mien tras estaba fuera, y que también se había puesto en contacto con un abogado para tramitar nuestro divorcio. Justo antes de salir por la puerta me dijo que no iba a traer al mundo al hijo de un hombre capaz de asesinar a sangre fría.
Kaoru había intuido desde el momento en que se habían conocido que había algo traumático en su pasado. De pronto todo encajaba, como los celos que destilaban sus pa labras cada vez que mencionaba a los mellizos de Sano y Megumi. Debía haber sido terrible para él, pensó, sin tiendo su dolor como propio. La halagaba hondamente que le hubiera confiado algo tan personal.
-¿No vas a decir nada? -inquirió él, sin volverse, en un tono sarcástico.
-¿Era muy joven? -le preguntó Kaoru. -Tenía mi misma edad.
La joven bajó la vista a las manos de Kenshin. Su rostro no reflejaba emoción alguna, pero tenía los nudillos blancos por la presión que estaba ejerciendo sobre la baranda de acero.
-Soy de la clase de personas que no pisan a un insecto si pueden evitarlo -le dijo quedamente-, igual que sería inca paz de acostarme con un hombre sin usar algún método anticonceptivo a menos que lo amase. Creo que los hijos deben ser concebidos por amor, no por error.
Kenshin giró la cabeza lentamente hacia ella, y la miró con curiosidad.
-Tenía razón, Kaoru: soy un asesino -le dijo en un tono inexpresivo.
Ella escrutó su rostro con ojos amables. -No lo creo.
Kenshin frunció el ceño.
-¿Cómo dices?
-El comandante Katsura me contó que formaste parte de una unidad de élite de las Fuerzas de Operaciones Especia les -respondió Kaoru-, que te enviaban cuando las negociaciones fallaban, cuando había vidas en juego. Por mucho que digas no voy a creer que fueras un sicario, que mataras a gente por dinero. No eres esa clase de persona.
Kaoru parecía estar conteniendo el aliento.
-No sabes nada de mí -le dijo abruptamente.
-Mi abuela era irlandesa, y tenía un sexto sentido para intuir lo que otras personas no pueden -le explicó Kaoru, toda vía con esa expresión compasiva en la las mujeres de nuestra familia lo tienen... excepto mi madre.
-Yo misma sé cosas que no debería saber. Presiento las cosas antes de que ocurran. De hecho, estoy muy preocupada por Yahiko, porque tengo un mal presagio; tengo la sensación de que nos acecha un peligro que tiene relación con él.
-No creo en esas cosas -le espetó Kaoru-; no son más que supersticiones.
-Quizá lo sean para ti, pero para mí no -replicó ella, buscando con la mirada a su hermano.
Yahiko estaba en medio de un grupo de personas observando un celacanto disecado que colgaba del alto techo de la sala.
Kenshin tenía la impresión de que Kaoru podía ver en su interior, de que se había vuelto transparente ante sus ojos, y era una sensación que no le gustaba. Era un hombre reservado, un hombre con secretos, y no quería que nadie escudriñase en su mente.
-Te he enfadado. Lo siento -le dijo Kaoru suavemente, sin mirarlo a los a la tienda de Einstein. Yahiko quiere una camiseta. Me reuniré con vosotros en el vestí bulo dentro de una hora.
Kenshin le agarró la mano y la hizo volver junto a él.
-Ni hablar. Iremos juntos -la tomó por la barbilla para poder mirarla a los ojos-. Como le dije a Yahiko una vez, sí hay algo que valoro, es la honestidad.
-No es verdad, no cuando alguien hace conjeturas sobre tu vida privada.
-Te he hablado sobre mi vida privada -le contestó él. Inspiró lentamente-. Nunca le había hablado a nadie de ese dijo que podría haber tenido.
-Supongo que tengo la clase de cara que hace que la gente se sincere -le dijo Kaoru con una tierna sonrisa.
-Sí que la tienes -murmuró él, acariciándole levemente la mejilla-. Escucha, Kaoru, tengo más secuelas psicológicas que tú por las cosas que he vivido, y eso ya es decir algo. Creo que no sería sensato que, siendo dos personas marca das por experiencias tan terribles, iniciáramos una relación, así que sencillamente no va a suceder, y ya está.
Kaoru lo miró entre tímida y curiosa.
-¿Te... te habías planteado la posibilidad... de tener una relación conmigo? -inquirió, como si no pudiera creerlo.
Era obvio que la mera idea la halagaba, y aquello sor prendió a Kenshin. No había imaginado que Kaoru pudiese sentirse atraída por él. Tenía que ser difícil para ella, con lo que le había pasado.
-Pero, después de lo que te ocurrió... -murmuró Kenshin. Kaoru dio un paso hacia él y sintió que le faltaba el aliento. -Olvidas algo: tú eres policía.
-¿Y por eso no me tienes miedo? -inquirió él, notándose sin aliento como ella por su proximidad y el embriagador aroma floral de su perfume.
Kaoru encogió nerviosa uno de sus perfectos hombros. -Sano estuvo en los Texas Rangers y me sentía segura con él.
-¿Adónde quieres llegar, Kaoru?
La joven se mordió el labio inferior, y sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor.
-No me siento exactamente... segura contigo. Haces que sienta nerviosa... temblorosa. Es como si estuviese ardiendo por dentro. No hago más que pensar todo el tiempo en cuánto me gustaría tocarte, y me pregunto... me preguntó qué sentiría si me besaras -susurró.
Se habían quedado apartados del resto de los visitan tes.
Kenshin no podía creer que Kaoru hubiese dicho lo que había dicho, pero en sus ojos podía leerse también. Parecía que estuviese en trance.
Sus fuertes manos la agarraron por la cintura, atrayéndola hacia sí, y la escuchó aspirar con brusquedad. Bajó la vista a los carnosos labios de la joven y le dijo con voz ronca:
-A mí también me gustaría tocarte, Kaoru. No sabes cuántas veces he imaginado el tacto sedoso de tu piel contra mi pecho -le confesó, acariciándole con los pulgares la curva exterior de los senos. Mientras hablaba, inclinó la ca beza, dejando sus labios a sólo a unos centímetros de los de ella, y Kaoru pudo sentir su aliento cálido y mentolado-, o cuántas veces me he imaginado besándote, haciéndote abrir la boca, y saboreándote con la lengua.
Kaoru emitió un gemido ahogado. Temblorosa, apoyó la tiente en su tórax mientras intentaba volver a respirar con normalidad.
-Kenshin... -jadeó, clavándole las uñas en el pecho.
Los pulgares de Kenshin se volvieron más insistentes. El de seo estaba inundándolo como la repentina crecida de un río, y notó cómo su cuerpo se tensaba y empezaba a perder el control sobre sí mismo. Iba a dar un paso atrás, pero en ese instante Kaoru movió ligeramente las caderas, y sintió un latigazo de placer que lo hizo estremecer.
La joven alzó la vista, sorprendida por esa reacción inmediata de su cuerpo. Sabía por qué a los hombres les ocurría aquello, pero hasta ese momento siempre le había resultado repugnante. En ese momento, en cambio, le pareció algo fascinante, maravilloso. Sus labios se entreabrieron mientras se miraba en sus ojos tormentosos. ¡La deseaba!
Se frotó contra él de nuevo, ansiosa por darle placer, pero las manos de Kenshin bajaron a sus caderas, agarrándolas con brusquedad.
-Si vuelves a hacer eso -masculló-, vamos a acabar convirtiéndonos en el centro de las miradas de toda esta gente.
-¿Eh? ¡Oh! -murmuró ella, tragando saliva al comprender.
Miró azorada en derredor, pero por fortuna nadie pare cía estar observándolos.
Kenshin la apartó de sí y se irguió, recitando mentalmente las tablas de multiplicar para apartarla también de sus pensamientos. El estado de excitación en que Kaoru lo había puesto, por mucho tiempo que llevase sin tener relaciones, le resultaba inquietante.
La joven estaba igualmente confundida. En cuestión de segundos había pasado de la aprehensión a la más apasionada expectación y, de pronto, lo único en lo que podía pensar era en una cama, con Kenshin tumbado en ella. Casi podía imaginar su cuerpo musculoso completamente des nudo...
Gimió levemente con la cabeza aún gacha. Se sentía in capaz de mirarlo a los ojos.
Kenshin no pudo contenerse, y una suave risa escapó de su garganta, tensa todavía por el deseo. Kaoru era como un libro abierto. Era halagador saber que podía excitarla con unas caricias tan inocentes. Kaoru también lo excitaba, pero no se fiaba de ella. ¿0 sí? Hasta entonces nunca le había hablado a nadie de su esposa.
Manteniendo una discreta distancia entre ambos, Kaoru subió sus bonitas y cuidadas manos al frontal de la camisa de Kenshin, y apretó vacilante las palmas contra él. No se atrevía a alzar la vista. Nunca se había sentido tan insegura, tan tímida... y nunca se había sentido tan feliz, ni tan... excitada.
Las grandes manos de Kenshin le rodearon la estrecha cintura, y permanecieron así un buen rato. La gente a su alrededor se movía, hablaba, se reía... pero Kaoru y él estaban en su propio mundo. No recordaba haber experimentado nada similar en toda su vida.
-Podría acabar haciéndote daño -masculló irritado con sigo mismo-.Y no me refiero a físicamente: soy demasiado independiente, no me abro... me he vuelto... casi incapaz de experimentar emoción alguna.
Parecía tan vulnerable... Fascinada, Kaoru alzó el rostro, y cuando sus ojos azules se encontraron con los turbulentos ojos dorados de él, se estremeció por dentro como si hubiese sido alcanzada por un rayo, dejando escapar un gemido ahogado.
-Pero es que yo... estoy sintiendo cosas que no había imaginado que pudiera sentir jamás.
Las manos de Kenshin, aún en torno a su cintura, dieron una pequeña sacudida. Apretó los dientes.
-¿No te das cuenta de que permitir esto sería un suicidio? -le dijo con aspereza.
Recordando una frase de un libro, los ojos de Kaoru se iluminaron, y le susurró divertida:
-Bueno, ¿acaso quieres vivir eternamente?
Aquello disipó la tensión, y Kenshin se echó a reír. El rostro de la joven irradiaba felicidad.
-Hasta hace sólo unos días no sabía si podría tener una relación con un hombre después de lo que me pasó -le confesó quedamente-, pero estoy casi segura de que contigo sí que podría. ¡Sé que podría, Kenshin!
Él la miró con la misma fascinación con que lo había mirado ella un momento antes. Escrutó en silencio sus facciones, y al cabo de un rato le preguntó:
-¿Con qué fin, Kaoru?
-¿Fin? -repitió ella sin comprender.
No podía pensar; se notaba todo el cuerpo dolorido de deseo.
El pecho de Kenshin subió y bajó en un profundo suspiro.
-No quiero volver a casarme -le dijo en un tono inexpresivo-. Y no hay vuelta de hoja.
Kaoru abrió mucho los ojos al darse cuenta de lo que, sin pretenderlo, habían insinuado sus palabras. Al menos fue capaz de reaccionar rápido y aplicar el ingenio para evitar ponerse aún más en evidencia.
-Oye, oye... Espera un momento, amiguito -le dijo-. Eso no era una proposición de matrimonio. ¡Si apenas te conozco! ¿Sabes cocinar y limpiar? , ¿sabes llevar las cuentas?, ¿y zurcir un calcetín? Por no hablar de hacer la compra..., ¡porque sería incapaz de considerar seriamente la posibilidad de casarme con un hombre que no sepa hacer la compra!
Kenshin parpadeó a propósito dos veces, y se puso una mano tras la oreja a modo de bocina.
-¿Podrías repetir lo que has dicho? -le pidió muy educado-. Tenía la cabeza en otra parte.
-Y aparte de todo eso -continuó ella sin echarle cuenta-, si algún día me caso, mi futuro marido tendrá que cumplir muchos otros requisitos, y siento decirlo, pero me temo que tú no tendrías ni la más mínima posibilidad. Así que no seas tan presuntuoso, Himura. Como mucho puedes considerarte en periodo de prueba.
Los ojos de Kenshin brillaron maliciosos.
-Bien -dijo insolente, encogiéndose de hombros. Kaoru se apartó de él, sacudiendo la cabeza.
-Te lo digo en serio: no vayas a pensarte que me tienes en el bote sólo porque haya accedido a salir contigo. Y re cuerda que no estamos solos, así que más te vale no intentar nada.
Kenshin esbozó una sonrisa traviesa.
-Bien.
Kaoru frunció el entrecejo.
-¿No sabes ninguna palabra de al menos dos sílabas?
La sonrisa maliciosa de Kenshin se hizo aún más amplia.
Abrió la boca para contestar, pero Kaoru lo interrumpió. -¡Ni se te ocurra decirlo!
Kenshin enarcó las cejas.
-Seguramente tampoco creerás en el poder de leer la mente de las personas, pero acabo de leer la tuya, y si fuera tu madre te lavaría la boca con jabón.
Esa referencia a su madre borró la sonrisa de los labios de Kenshin, y se le mudó la expresión.
-Lo siento -murmuró Kaoru, contrayendo el rostro-. Lo siento mucho, Kenshin. No debería haber dicho eso.
Él frunció el ceño.
-¿Por qué?
Kaoru rehuyó su mirada y fue junto a un esqueleto pequeño que había expuesto en una vitrina.
-Sé... lo de tu madre. Kitzune me lo contó.
Kenshin se quedó callado un buen rato antes de volver a hablar.
-¿Cuándo?
-Aquel día... después de que me hicieras llorar -le confesó ella, no queriendo recordar aquello-. Me dijo que no era nada personal, que simplemente no te gustaban las modelos... y me explicó el porqué.
Kenshin hundió las manos en los bolsillos del pantalón, y de repente los dolorosos recuerdos del pasado le revolvieron las entrañas.
Kaoru se volvió hacia él y lo miró.
-No puedes olvidarlo, ¿no es verdad? Ni siquiera después de todos estos años. El odio es como un ácido que te corroe por dentro, y la única persona a la que hace daño es a ti.
-Tú sin duda lo sabes bien -contestó él bruscamente.
-Pues sí, lo sé muy bien -contestó ella, sin sentirse ofendida-, porque sé lo que es odiar. Aquel malnacido me dio tal paliza que no podía siquiera defenderme. Sangraba, y tenía todo el cuerpo lleno de cardenales cuando me violó, una y otra vez... Yo gritaba, pidiendo ayuda, y mientras, mi propia madre... -tragó saliva y miró hacia otro lado.
Kenshin sentía ganas de vomitar mientras la escuchaba, y sólo podía imaginar lo horrible que aquello debía haber sido para ella.
-Alguien debería haberlo matado -dijo en un tono desprovisto de emoción.
-El vecino de al lado era policía -respondió Kaoru con voz ronca-. Siempre pensé que quizá fuera mi verdadero padre, por el modo en que se preocupaba por mí. Oyó mis gritos y vino corriendo. Fue una suerte que ésa fuera su noche libre. Arrestó a Shishio y a mi madre, y los mandaron a la cárcel. A mí me llevó a un centro de acogida. Fue muy amable conmigo -añadió tragando saliva de nuevo-, y la gente del centro también lo fue, pero yo sabía que mi madre acabaría saliendo de la cárcel y que encontrarían la manera de hacerme volver con ellos. Antes habría preferido la muerte, así que me escapé del centro de acogida.
-¿Y te buscaron? -inquirió él.
-Parece que sí, pero Okina se había encargado de borrar mis huellas, y tenía suficiente dinero como para mantenerme a salvo. Cuando cumplí los catorce se convirtió en mi tutor legal, y mi madre no era tan estúpida como para intentar apartarme de él. Okina conocía a unos cuantos ti pos «peligrosos» -añadió, dirigiéndole una sonrisa maliciosa. Él desde luego encajaba en aquella categoría-, como un amigo que se movía en los círculos mafiosos: Aoshi Shinomori. Ahora ya ha abandonado ese mundo, y tiene casinos en Las Bahamas y en no sé cuantos sitios más. Por lo que sé Okina y él eran socios en algún tipo de negocio. Se ha reformado, como te digo, pero su reputación le sobra y le basta para disuadir a la mayoría de la gente de causarle problemas.
-Y no es homosexual, desde luego -farfulló Kenshin-. Lo conozco. Es un buen tipo... para ser un ex gángster, quiero decir.
-El caso es que Okina le dijo a mi madre que si intentaba recuperar mi custodia tendría una pequeña charla con Aoshi, y mi madre sabía quién era. Después de aquello me dejó tranquila, y desistió también de recuperar a Yahiko.
-¿Has vuelto a verla alguna vez?
Kaoru cruzó los brazos sobre el pecho.
-No, no la veo, ni hablo con ella... sólo a través de mi abogado. Lo último que he sabido de ella es lo que te he contado: que se ha quedado sin blanca y pretende ir a la prensa amarilla para sacar dinero -le explicó alzando la vista hacia él-. Estoy empezando una nueva carrera, y no puedo permitir que manche mi nombre de esa manera. Podría afectarme negativamente, y perderlo todo... incluso a Yahiko... si saca a relucir el pasado. Lo peor es que ella no tiene nada que perder….
Continuará….
Espero que les haya gustado el capitulo!
Acuerdense de dejar sus comentarios….
Matta nee!
