Holaaa! Les traigo un nuevo capítulo de esta historia…. Espero que les guste! Bueno todos ustedes ya saben que los personajes de rurouni kenshin no me pertenecen son propiedad de Nobuhiro Watsuki y la historia es de Diana Palmer...
Espero que lo disfruten... y nuevamente perdoooon por la laaaarga espera!
ATENCIÓN ESTE CAPITULO CONTIENE LEMON, ASÍ QUE SI LO LEES ES BAJO TU RESPONSABILIDAD YO CUMPLÍ CON AVISARLES….
Capitulo 5
Kenshin la vio desaparecer tras la puerta con el corazón en la garganta. Aquella mujer dulce y preciosa lo deseaba, pero ella estaba ya dentro, y el estaba fuera, allí sentado en el frío de la noche y con el motor encendido. ¿Y por qué? Porque temía que una vez no fuera a ser suficiente.
Tenía la sensación de que finalmente había encontrado a una mujer a la que no podría dejar atrás, y no quería arriesgarse a hacerle el amor y acabar completamente en sus re des. Había padecido en carnes propias el poco valor que la palabra amor tenía para algunas mujeres, y aquella experiencia había destrozado su vida.
Sin embargo, Kaoru no era una mujer cualquiera. Había sufrido una vejación terrible en el pasado con cuyo recuerdo no tenía más remedio que aprender a vivir, y lo comprendía... quizá mejor que nadie.
Megumi Takani también lo había escuchado, y se había mostrado muy comprensiva con él. Su amabilidad y su sincera preocupación le habían llegado al corazón, pero aquello no había sido amor... no por parte de ella. Única mente había sido amistad.
Lo que había entre Kaoru y él era distinto. Kaoru despertaba una pasión ardiente en su cuerpo, en su mente, en su corazón... Quería saber qué sentiría si la hiciese suya. Ansiaba saberlo.
Mientras intentaba convencerse de que debería marcharse, su mano derecha giró la llave en el contacto para apagar el motor, y la izquierda abrió la puerta del coche. Estaba tan excitado, tan atormentado, que no podía pensar en otra cosa que no fuese aplacar ese fuego que lo estaba consumiendo. Todos sus argumentos estaban siendo destrozados por el torbellino de pasión que se había generado en su interior.
Antes de poder echarse atrás, apretó el botón del piso de Kaoru en el panel del portero automático.
Un pitido indicó que la joven le había abierto desde arriba. Kenshin entró en el portal y subió las escaleras con el corazón latiéndole como un loco. No iba a pensar en el día siguiente, no hasta que llegara el alba.
Kaoru estaba esperándolo en la puerta cuando llegó. Se había quitado el abrigo, pero todavía llevaba puesto el vestido de terciopelo blanco, y la hermosa melena negra azabache le caía sobre los hombros en suaves ondas contrastando con el blanco del vestido.
A pesar de la leve expresión de temor que se reflejaba en sus ojos, su rápida respiración delataba la excitación que no podía contener. Su piel parecía de seda.
Kenshin entró y cerró la puerta, echando también, por si acaso, el cerrojo. Kaoru retrocedió, y por un momento Kenshin creyó que había cambiado de idea, pero era hacia el dormitorio hacia donde se dirigía.
Con el deseo escrito en el rostro la siguió lentamente, cruzó el umbral del dormitorio, y cerró la puerta tras de sí, echando también el pestillo. Se quedó allí de pie, mirándola, sin reparar apenas en la bonita colcha que cubría la cama de matrimonio, ni en las ventanas cerradas y las cortinas.
Kaoru tragó saliva.
-La luz... -balbució, sonrojándose.
A pesar de su bravata de hacía unos minutos, no podía ocultar su azoramiento.
Kenshin entrecerró los ojos.
-¿Quieres que la apague?
Kaoru asintió con la cabeza.
-Hay algo que debes saber antes de que hagamos nada -le dijo Kenshin-: No tengo preservativos, ni nada que podamos usar.
Los ojos de la joven buscaron los suyos.
-No me importa.
Kenshin sintió que el corazón le daba un brinco en el pecho. Pensó en Ayame, la niñita de Megumi; se imaginó un hijo de su sangre... A pesar de estar diciéndole que podía dejarla embarazada, Kaoru no se había echado atrás. Kenshin sabía lo mucho que le gustaban los niños, y por un instante, se permitió imaginar a una pequeña de cabello negro y ojos azules, y el corazón comenzó a latirle como un loco.
-Hemos perdido la cabeza... los dos -dijo con voz entre cortada por la emoción y los ojos iluminados por un brillo dorado.
Kaoru asintió lentamente con la cabeza, y entreabrió los labios.
-Apaga la luz, por favor.
Fue lo último que dijo.
Kenshin la encontró en la penumbra primero con las manos, y luego con los labios. Kaoru se derritió contra su cuerpo. Notó cómo le bajaba muy despacio la cremallera del vestido, y emitió un gemido ahogado al experimentar la increíble sensación que le produjo el contacto de las manos de Kenshin con su piel desnuda.
-Oh, sí... -murmuró Kenshin en su oído-. Tú también lo sientes, ¿verdad? Cuando te toco es como si se produjera un chispazo eléctrico. Nunca había acariciado una piel tan suave como la tuya. Tiene el tacto de los pétalos de una flor calentados por el sol -le susurró con voz ronca. Sus manos subieron por la espalda de la joven, y luego volvieron a bajar lentamente, llevándose con ellas el vestido, y con él la media combinación y las medias.
-No llevas demasiado debajo de esto -murmuró Kenshin divertido.
La respiración de Kaoru se había tornado entrecortada. Las caricias de Kenshin estaban haciendo que le temblasen las rodillas.
-No se puede llevar demasiado debajo de un vestido como éste -le confesó.
La boca de Kenshin fue descendiendo por su cuerpo al tiempo que sus manos, y cuando Kaoru la notó sobre uno de sus senos se estremeció.
Kenshin levantó un poco la cabeza, dejando sus labios a unos centímetros del endurecido pezón.
-¿Asustada? -le preguntó en un susurro.
-¡No! -se apresuró a exclamar ella.
Pero dio un respingo cuando sintió que los cálidos labios de Kenshin se posaban abiertos sobre la areola, y tiraban del pezón. Enredó los dedos en su rojo cabello, y emitió un largo gemido.
Kenshin se rió suavemente.
-¿Te ha gustado? Pues esto apenas ha empezado.
En ese momento Kaoru no comprendió qué quería decir, pero cuando Kenshin continuó explorándola con la boca y luego con las manos, y su pasión fue en aumento, poco a poco sus palabras empezaron a tener sentido para ella.
Kenshin no tenía intención alguna de apresurarse; tenía todo el tiempo del mundo. Estimuló con dedicación cada centímetro de su piel: explorando, jugueteando, pro bando..., mientras Kaoru gemía y jadeaba ante las deliciosas sensaciones que la invadían. Las oleadas de placer estaban relajando de tal modo sus músculos, que tenía la impresión de que sus huesos se hubiesen desintegrado. Su deseo, en cambio, no hacía sino aumentar. Quería que Kenshin la hiciese suya. Su cuerpo le pertenecía. Toda ella le pertenecía. Cada caricia de sus labios en lugares prohibidos, cada lento movimiento de sus manos la volvían loca.
Kenshin la sintió empujar las caderas hacia él, y sonrió con los labios pegados a su suave vientre. Estaba disfrutando con cada una de sus reacciones, con sus suaves gemidos de placer, y también con la maravillosa sensación de unidad con que experimentaba al estar desnudos como estaban, piel contra piel.
Kaoru dio un respingo cuando lo sintió, pero Kenshin la tranquilizó, besándola en los labios mientras se posicionaba despacio entre sus largas y temblorosas piernas.
-¿Recuerdas lo que te pregunté? -le dijo entre beso y beso, mientras empezaba a penetrarla con cuidado-. Te pregunté si querías sentirme dentro de ti -aspiró bruscamente-. Lo quieres, ¿no es verdad? -farfulló, cerrando los los-. Yo también quiero sentirte, Kaoru. Quiero que llegar tan adentro de ti... como sea posible.
-¡Kenshin...! -exclamó Kaoru temblando, mientras con ambas manos se aferraban a sus musculosos brazos-. ¡Es muy grande...!
-Shhh... -susurró él contra sus labios-. Encajaremos como dos piezas de un puzzle, a pesar de lo que estás pensando. Y te prometo que no seré rudo, ni violento. No voy a precipitarme, y no voy a hacerte daño. Relájate. Eso es, relájate. Yo conduzco, así que tú disfruta del paseo, ¿de acuerdo?
Kaoru prorrumpió en una suave risa ante la comparación. Kenshin empezó a moverse lentamente, de un modo rítmico y ella se tensó ligeramente, pero no experimentó dolor. No era algo violento, ni tampoco... apresurado. Cerró los ojos, y comenzó a jadear suavemente de placer cuando los lentos movimientos de Kenshin empezaron a tocar terminaciones nerviosas por todo su cuerpo que hasta entonces ni siquiera había sabido que tenía.
Las manos de Kenshin estaban en ese momento debajo de su cuerpo. Una estaba en su nuca, mientras que la otra, bajo sus caderas, la levantaba suavemente, atrayéndola hacia las suyas.
-Eso es... -le susurró-. Hacer el amor es como el blues. Cuanto más lento, mejor.
Succionó suavemente el labio superior de Kaoru entre los suyos mientras se movía sobre ella lánguidamente, con ternura. Con cada leve embestida ella lo sentía cada vez más y más adentro de sí, y las palpitaciones de placer se fueron extendiendo por todo su cuerpo mientras notaba cómo su interior se iba ensanchando para acomodarse a él. Un gemido ahogado escapó de su garganta al sentir su fuerza y su calor.
-Te... siento dentro de mí... -le susurró, apretándose más contra él.
-Yo también te siento a ti: tu piel de seda, tus blandos senos, tu dulce boca... Pero... no es suficiente...
Ella tenía la misma impresión. El placer que la sacudía por dentro se volvió todavía más intenso, y jadeó su nombre estremeciéndose extasiada cada vez que Kenshin empujaba sus caderas contra ella. ¡Era maravilloso!
Los labios de Kenshin tomaron los suyos cuando sus movimientos empezaron a volverse más rápidos y enérgicos, y Kaoru volvió a estremecerse. ¡Aquello era tan... hermoso! Lo sentía dentro de ella, sentía cómo su interior se expandía para él... Nunca había imaginado que pudiera ser así.
Abrió la boca igual que su cuerpo se estaba abriendo para él, y sintió cómo la llenaba... por completo. Ante sus párpados cerrados aparecieron brillantes auras de colores, y el placer se convirtió en una auténtica llamarada. Verdaderamente se no taba ardiendo por dentro, sentía que todo su ser palpitaba, que se estaban provocando explosiones en cada célula de su cuerpo. Sollozó, rodeándolo frenética con ambos brazos, y entrelazó las piernas con sus poderosos muslos, sintiendo la creciente tensión de los músculos cuando Kenshin incrementó un poco más la fuerza de sus embestidas y avivó el ritmo.
-¡No tenía... ni idea...! -jadeó Kaoru con voz entrecortada-. Por favor... por favor no pares... no pares... ¡no... pares!
Kenshin la besó afanosamente en el cuello.
-Sé cómo hacer que te guste aún más: desliza tus piernas entre las mías -masculló Kenshin sin aliento-. ¡Deprisa, cariño!
Kaoru no comprendió hasta que hizo lo que le decía. De pronto una explosión de placer se produjo en su interior. Siguió sollozando sin poder contenerse, y le hincó los dientes a Kenshin en el hombro, al tiempo que su cuerpo se arqueaba de tal modo que pareció que fuese a partirse en dos.
En medio de la neblina que cubría su mente, Kaoru escuchó la voz de Kenshin en su oído, susurrando en un tono ronco y apasionado: «¡Dame un hijo, Kaoru..!».
Y de repente se encontró volando hacia el sol, estallando de placer. De su garganta escapó un gritito ahogado, y quedó en un estado de aturdimiento durante unos segundos. Cuando recobró la capacidad de pensar, escuchó a Kenshin gemir en su oído, y al notarlo estremecerse sobre ella supo que también había alcanzado el cielo.
Sin embargo, parecía que sus temblores no pasaban, y lo apretó contra sí mientras seguía convulsionándose entre sus brazos. Lo besó tiernamente, con el corazón henchido de felicidad y su cuerpo convertido en uno con el de él.
Finalmente Kenshin se derrumbó sobre ella. Los latidos de su corazón retumbaban contra su cuerpo sudoroso en la oscuridad. Kaoru se aferró a él y cerró los ojos, rogando en silencio: «Dios, no quiero que acabe todavía... no quiero que acabe todavía...».
Sin darse cuenta, acabó pronunciando esas palabras en voz alta, y el tono suplicante de su voz excitó a Kenshin hasta el punto de provocarle una nueva erección.
Aquello era... imposible. Había tenido conversaciones con sus amigas sobre esas cosas, y sabía por ellas que era virtualmente imposible. Abrió la boca para decírselo, pero Kenshin había empezado a moverse de nuevo, y esa vez no fue despacio, ni con cuidado, ni fue tierno.
Enredó los dedos de una mano en sus cabellos, y sus labios tomaron los de ella en un beso apasionado. Sus caderas la embistieron con insistencia, con envites rápidos y seguros, que la llevaron en cuestión de segundos a un clímax repentino y maravilloso.
Kaoru profirió un grito ahogado dentro de su boca, con las piernas aferradas a sus caderas y los brazos apretándolo contra sí. Su deseo había sido satisfecho, pero el de Kenshin aún no, y la odiaba por lo que estaba ocurriéndole. No podía parar. No podía contenerse. Ansiaba volver a paladear el éxtasis desenfrenado que acababa de compartir hacía un instante con ella. Necesitaba experimentarlo de nuevo. ¡Lo necesitaba!
Su cuerpo se pegó al de ella mientras sus besos se tornaban más abrasivos. ¿Por qué estaba tardando tanto en alcanzarlo...?
-No tengas... prisa, Kenshin -susurró Kaoru contra sus labios, con voz dulce, y casi sin aliento-. No hay prisa.
-¡Maldita sea, Kaoru...! -masculló él.
Su voz sonaba quebrada por el deseo, ese deseo que no podía ocultar.
-No pasa nada, Kenshin -le susurró ella.- también te deseo. Te deseo tanto... No hay por qué tener prisa. Por favor, no reniegues de lo que sientes. Ve a tu ritmo. Haré cualquier cosa por ti. ¡Cualquier cosa! Sólo dime lo que quieres.
Aquel pequeño y apasionado discurso hizo que Kenshin se relajara y sintiera que recobraba el control. El ritmo de sus embestidas se volvió más suave.
-Dime qué debo hacer -le susurró Kaoru de nuevo en el oído, aferrándose a él-. Haré... ¡haré lo que me pidas!
Kenshin depositó un beso tembloroso en cada uno de sus párpados, otros dos en sus mejillas, otro en la nariz...
-Nunca me había sentido tan excitado -jadeó con voz ronca.
Los dedos de Kaoru le acariciaron el contorno de los labios, la barbilla, el fuerte cuello...
-No imaginaba que pudiera ser así -murmuró-. Creía que siempre dolía...
-¿Y no te duele? -susurró él contra sus senos-. Es un dolor... ¡maravilloso!
-¡Sí!
Kenshin la hizo rodar con él sobre el colchón hasta que quedó encima de él, y con ambas manos guió sus caderas. Apenas podía ver su rostro, pero intuía su azoramiento.
-Levántalas un poco. ¡Así...!
Kaoru lo obedeció, y sintió que el cuerpo de Kenshin se iba excitando aún más, pero de su garganta escapó un gemido quejumbroso.
-¿Qué ocurre? -inquirió él al instante.
-Pues que... ¡no sé nada! -masculló ella irritada-. Lo he visto en las películas, y he leído sobre ello en libros, pero no sé cómo...
-Yo te enseñaré lo que necesitas saber -le susurró Kenshin, empujándola hacia abajo-. Lo estás haciendo muy bien -añadió, buscando sus labios-. Eres la amante más increíble... que he tenido jamás.
Aquello recordó a la joven que no era en efecto la primera con la que hacía aquello, y empezó a decir algo, pero Kenshin volvió a hacerla rodar con él para colocarse de nuevo sobre ella, y ambos experimentaron nuevos estallidos de placer.
-Hacía años que no lo hacía... -jadeó Kenshin entre sus senos-, y ni siquiera la mejor de esas veces... ¡podría compararse con esto!
A Kaoru se le cortó el aliento. Sabía que Kenshin estaba siendo sincero.
-Quiero un hijo -susurró Kenshin mientras seguía empujando sus caderas contra las de ella-. ¡Oh, Dios, Kaoru... quiero un... hijo!
La joven estaba hundiéndose en aquel mar de placer. Oyó a Kenshin susurrándole algo mientras esas deliciosas sensaciones comenzaban a expandirse por todo su ser. Su cuerpo seguía como por instinto al de Kenshin, y dejó que le enseñara cómo tocarlo, cómo hacerlo suyo.
Fueron los minutos más hermosos de toda su vida y, hasta la última sacudida de placer estuvo segura de que no podría sobrevivir a aquello.
Al oír un roce de tela sobre piel Kaoru imaginó que Kenshin debía estar vistiéndose. Parpadeó. Todavía no era de día. Echó unvistazo al reloj de la mesilla. Tenía los números grandes, así que podía ver la hora sin las gafas. Eran las cuatro de la mañana.
-¿Te marchas? -le preguntó aturdida.
Kenshin no contestó. Acabó de vestirse y se sentó en el sillón que había junto a la cama para calzarse los zapatos. -Pero... ni siquiera es de día... -insistió ella. Kenshin siguió sin contestar.
Kaoru lo oyó ponerse de pie y al poco escuchó también cómo se abría la puerta del dormitorio, inundando la habitación con la luz del salón, que se habían olvidado de apagar.
Kenshin se dio la vuelta y la miró, sentada en la cama con los hombros y los brazos desnudos, y la sábana de flores rosas y azules agarrada sobre el pecho.
El rostro de Kenshin no reflejaba emoción alguna, y sus facciones estaban endurecidas.
-¿No vas a decir nada? -inquirió Kaoru, llena de inseguridad, pero tratando de ocultarlo.
-Los dos hemos actuado de un modo irresponsable -farfulló Kenshin-, y los dos sabíamos que era una locura, pero tú lo empezaste.
Kaoru suspiró.
-¡Oh, por el amor de Dios! ¿Quieres que vaya a por el cilicio y el flagelo? -murmuró Kaoru, dejándose caer sobre el colchón.
Kenshin no podía creer que Kaoru hubiera dicho lo que había dicho.
-¡No voy a casarme contigo! -continuó enfadado-. Lo cual no quiere decir por supuesto que, si te hubiera dejado embarazada, vaya a dejar de asumir mi responsabilidad. ¡Y si fuera así, quiero que me lo digas!
Kaoru se estiró, empujando la sábana hacia abajo con los pies, se destapó hasta la cintura, dejando sus sonrosados senos a la vista. Sabía que Kenshin estaba mirándolos. La sola idea la hizo sentirse extraña: sensual... y muy femenina. Nunca había experimentado nada parecido, pensó sonriéndose.
-¿De veras? -murmuró, observando sus tensas facciones.
Kenshin aspiró con brusquedad. No quería mirarla, pero era incapaz de apartar la vista.
-Tienes los senos más hermosos que he visto en mi vida -dijo sin poder contenerse.
Kaoru empujó de nuevo la sábana hasta quedar total mente destapada, y se arqueó para que la viera mejor.
-¿Y qué me dices del resto? -le preguntó con voz ronca.
-Moriré intentando olvidarlo -dijo Kenshin, dándole la espalda.
-¿Por qué tendrías que olvidarlo? -inquirió ella.
Kenshin cerró los ojos.
-Mira, Kaoru, ya te lo he dicho: no quiero ataduras -masculló.
-Menos mal que me lo has dicho, porque iba a regalarte una corbata por Navidad.
Kenshin se volvió para mirarla y no pudo evitar reírse.
-Diablos.
Kaoru se estiró, desperezándose.
-¿No te gustaría quedarte hasta que amanezca? -le preguntó.
-No creo que sirviera de nada; estoy agotado. Y supongo que tú también estarás cansada.
Kaoru suspiró.
-Un poco.
Kenshin la miró posesivo.
-Todas mis amigas tienen pareja, y dicen que ningún hombre puede hacerlo dos veces seguidas -comentó. Kenshin enarcó una ceja.
-Tienen razón.
Kaoru se quedó mirándolo, y Kenshin se encogió de hombros.
-Bueno, supongo que será algo normal cuando has estado mucho tiempo sin hacerlo.
Ella siguió mirándolo fijamente, y Kenshin carraspeó.
-De acuerdo, cuando has estado mucho tiempo sin hacerlo... y cuando es con la mujer adecuada. Kaoru enarcó ambas cejas.
-¿Qué es lo que quieres de mí? -le preguntó él quedamente.
«De modo que de eso se trata», se dijo Kaoru, advirtiendo la expresión suspicaz en su rostro.
-Tengo suficiente dinero en mi cuenta bancaria -le dijo volviendo a taparse-; no suelo permitir que ningún hombre comparta mi cama... excepto en esta ocasión, claro está; no necesito un cocinero, ni tampoco un guardaespaldas, así que saca tus propias conclusiones.
Kenshin había estado evitando a las mujeres desde su desastroso matrimonio porque la mayoría sólo querían su dinero, pero lo que Kaoru le había dicho era cierto. Tenía fama y, aunque en su profesión no había una estabilidad, también tenía dinero. No podía querer nada de él... salvo a él mismo. Claro que quizá lo quisiese como amante, pensó recordando que aquella había sido su primera vez, la primera vez que lo había hecho por voluntad propia. ¿Sería eso?, ¿la euforia de la primera vez?
-Oh, sí, es por eso -dijo Kaoru, como si supiese lo que estaba pensando-. Eres el primer hombre con quien lo he hecho, y me he quedado maravillada de lo increíble que ha sido, así que por supuesto no quiero otra cosa más que retenerte junto a mí todo el tiempo que pueda.
Kenshin la miró irritado.
-Para ya con eso. No me gusta que me lean el pensamiento
Kaoru se encogió de hombros.
-Como quieras.
-Y esto ha sido sólo un romance de una noche. Nada más.
-Entonces, ¿por qué querías dejarme embarazada? -inquirió Kaoru, con toda la lógica.
Kenshin la miró con los ojos como platos. Había olvidado aquello.
-Los... los hombres dicen esas cosas para excitar a las mujeres -farfulló irritado.
-Oh, ya veo... -murmuró Kaoru, asintiendo con la cabeza-. ¡Qué bonito detalle por tu parte! ¡No sabes cómo me puso!
-Me marcho -farfulló Kenshin en un tono frío.
-Ya me he dado cuenta.
-Me voy a casa.
-Estupendo. Te enviaré una tarjeta de Navidad.
-No te dará tiempo. Es pasado mañana.
-En ese caso, feliz navidad.
-Lo mismo digo.
-¿Vas a despedirte al menos de Yahiko? -le preguntó Kaoru.
La mano de Kenshin vaciló sobre el pomo de la puerta. No había pensado en Yahiko. El chico estaba muy ilusionado con que fuese a pasar el veinticuatro con ellos.
-Podríamos intentar comportarnos como personas civilizadas durante la cena de Nochebuena... por el bien de Yahiko -dijo Kaoru-. Y si vas a quedarte más tranquilo, te doy mi palabra de que no intentaré aprovecharme de ti tumbándote sobre la mesa y echándome encima como una salvaje, entre el puré de patata y el relleno de pan de maíz.
Kenshin sintió a la vez deseos de aullar y de echarse a reír. No sabía qué diablos quería.
-Me marcho.
-Eso ya lo has dicho -murmuró Kaoru con malicioso deleite.
Kenshin estaba confundido, abrumado... estaba hecho un lío. Y ella sabía por qué. Aunque no quisiera admitirlo, sentía algo por ella, algo que hacía que le costara mantener el con trol, pero contra lo que parecía dispuesto a luchar hasta el final. A pesar de ello, Kaoru se sentía extrañamente optimista.
-Volveré a la noche -dijo Kenshin finalmente-. Pero sólo me quedaré a cenar. Voy a hacer el equipaje y esta misma noche me iré de la ciudad.
-De acuerdo.
Kenshin vaciló, y se quedó mirándola pensativo, en silencio.
-¿Te hice daño cuando estábamos...?
-No, claro que no -respondió ella suavemente.
Kenshin suspiró, y su enfado se disipó en parte mientras observaba el rostro de Kaoru en la penumbra.
-¿Ni siquiera la segunda vez? -insistió preocupado-. Fui algo brusco, y no lo pretendía, de verdad.
-Lo sé. Pero no me asusté en ningún momento. ¡Fue maravilloso! -exclamó, esbozando una sonrisa-. Nunca imaginé que fuera a ser tan increíble... -añadió encogiéndose de hombros-. El placer que sentía era casi... insoportable.
Kenshin asintió con la cabeza.
-Para mí también fue increíble -respondió-, pero aun así fue algo irresponsable por parte de ambos -añadió en tornando los ojos-. Debería haber usado algo.
-Te lo recordaré la próxima vez -dijo Kaoru. Kenshin frunció el ceño.
-Te lo he dicho, Kaoru: no habrá una próxima vez.
-Bueno, en realidad no es exactamente lo que dijiste hace un rato.
-Me marcho.
-No corras -lo provocó Kaoru.
Kenshin le lanzó una mirada furibunda, y salió del piso dando un portazo. Al cabo de un par de minutos oyó el rugido del motor del coche de Kenshin, y luego un acelerón furioso. Con razón los llamaban jaguar, pensó Kaoru, contra yendo el rostro al oír el chirrido de los neumáticos.
Al día siguiente, mientras limpiaba el apartamento y cocinaba, Kaoru se sentía más feliz de lo que nunca se había sentido en su vida. Estaba loca por Kenshin. No podía sacarse de la cabeza el recuerdo de la noche anterior, de aquella febril no che de pasión, y una y otra vez lo revivía en su mente.
Ocultárselo a Yahiko sería difícil. No estaba segura de si lo comprendería o no, pero no quería que la estima del chico por Kenshin disminuyese por lo que había ocurrido entre ellos. No quería que pensase que se había aprovechado de ella, o que la había herido.
-Qué alegre estás hoy -comentó Yahiko cuando Kaoru estaba sacando el pavo del horno.
-Es que me siento bien -murmuró ella.
-Entonces vuestra cita de anoche fue bien, ¿eh? -inquirió el chico, con ojillos maliciosos.
-No estuvo mal -admitió ella.
-Esta mañana, cuando aún no había amanecido oímos a un loco alejarse en coche a todo gas -farfulló Yahiko sin mirarla-. Fuera hay marcas de neumáticos.
-Kenshin y yo tuvimos... una pequeña desavenencia -respondió ella, también sin mirarlo-. Nada importante, no tienes que preocuparte. Le dije que la invitación a cenar de hoy seguía en pie.
-Kenshin no es exactamente lo que parece -le dijo Yahiko con una solemnidad inusual para un chico de nueve años-. Ha recibido unos cuantos golpes muy duros en su vida, y apenas tiene amigos.
-Siempre olvido que el comandante Katsura lo conoce. Yahiko asintió con la cabeza.
-Kenshin me parece un tipo estupendo, pero no quiero que acabes haciéndote daño, hermana.
Yahiko estaba diciendo únicamente lo que ella misma pensaba, pero el oírselo decir la hizo tensarse. Estaba engañándose a sí misma. Había seducido a Kenshin, y de pronto se había montado en la cabeza todo un cuento de hadas. Hasta su hermano de nueve años tenía los pies más en el suelo que ella.
Era una tonta si de verdad creía que un hombre que había llevado una vida llena de peligros y aventuras querría atarse a una mujer. Sobre todo después de un matrimonio desastroso que lo había destrozado, y que aún no había superado.
Kenshin no estaba pensando en matrimonio. El mismo se lo había dicho. De hecho, en un principio ni siquiera había querido tocarla. Había sido ella quien se había aprovechado de su debilidad y su deseo. Lo había conducido hasta su cama, y él había sido incapaz de resistirse, pero nada de eso implicaba que la amase. Ni siquiera aquel apasionado ruego que le había susurrado de que le diese un hijo implicaba amor. Únicamente significaba que se sentía solo, que tenía celos de Sanosuke Sagara, y que se moría por tener un hijo. ¿O sería más bien que le habría gustado que los hijos de Megumi hubiesen sido suyos, y no de Sano? ¿La amaría todavía? Kaoru se preguntó si se habría rendido a su seducción simplemente para satisfacer el deseo por una mujer que no podía tener.
En un instante la situación se transformó por completo ante sus ojos. La alegría la abandonó como la lluvia que descargan las nubes.
Yahiko contrajo el rostro.
-Lo siento -murmuró, yendo junto a ella y abrazándola tan fuerte como pudo-. Perdóname, Kaoru.
Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas, pero era demasiado orgullosa como para derramarlas. Rodeó con los brazos a su hermano y lo apretó contra sí sin poder evitar sentirse engañada, completamente engañada.
-Éstas van a ser unas Navidades estupendas, ya lo verás -le dijo al cabo de un rato, secándose las lágrimas discreta mente antes de separarse de él y sonreírle-. ¿Quieres hacer tú las galletas?
-¿Quieres que podamos comérnoslas? -preguntó el chico a su vez.
Kaoru se echó a reír. Yahiko y ella siempre se habían llevado muy bien, desde el mismo momento en que se había hecho cargo de él.
-Supongo que tendré que hacerlas yo. Pero a ti te tocará entretener a Kenshin si llega mientras estoy aún en la cocina.
Yahiko le dirigió una mirada traviesa.
-Ésa es mi especialidad, sí, señor -le dijo subiendo y bajando las a ver si encuentro mis pelotas de malabarismo y mi sombrero de copa...
Kaoru le lanzó un paño de la cocina, pero Yahiko ya había salido de la cocina entre risas. Kaoru la recogió del suelo y fue a sacar el aceite de oliva y la leche. Ya sola, sin embargo, se le mudó la expresión. Lo cierto era que no tenía la más mínima idea de si Kenshin aparecería o no, a pesar del afecto que sentía por Yahiko. La noche anterior había acabado siendo un completo desastre, y había sido por su culpa. Si no hubiera empujado a Kenshin a tomar una decisión con respecto a la atracción mutua que había entre ellos, quizá aún siguieran siendo amigos. Y, partiendo de esa base, quizá podría haberlo enamorado de verdad. En vez de eso sus sueños habían quedado reducidos a una noche de pasión que para Kenshin, con una larga lista de conquistas a sus espaldas, no pasaría nunca de ser lo que le había dicho: un romance de una noche.
Kaoru suspiró con pesadumbre, deseando que hubiera algún modo de retroceder en el tiempo y así poder corregir los mayores errores que había cometido a lo largo de su vida. Por desgracia ante ella sólo se abría un camino, y era el futuro.
Kenshin sí apareció finalmente... justo cuando Kaoru ya lo tenía todo listo en la mesa, y estaba mordiéndose las uñas de los nervios.
El corazón le dio un vuelco cuando oyó sonar el timbre del portero automático. Yahiko fue a ver quién era, y fue Kenshin quien contestó desde abajo.
-¡Enseguida te abro! -exclamó Yahiko, apretando el botón.
Kaoru se había puesto para la velada un top blanco de seda, unos pantalones de terciopelo color esmeralda, y se había recogido el cabello con un pañuelo a juego. El con junto tenía un aire de fiesta, pero a la vez era informal. No creía que Kenshin se hubiese puesto muy elegante.
Y no se equivocaba. Kenshin había optado por ir de negro de nuevo: la chaqueta de cuero, la camiseta, y los pantalones que llevaba eran de ese color. Apenas la miró, y esbozó una sonrisa sólo porque Yahiko estaba allí.
-Qué buena pinta tiene todo -dijo.
-No es nada especial, son sólo recetas caseras -respondió Kaoru-. Siéntate. Yahiko, ¿quieres bendecir la mesa? -mur muró, sentándose en su sitio.
El chiquillo obedeció con un gran suspiro, mirando por el rabillo del ojo a los dos adultos mientras recitaba la oración.
Fue una cena muy callada en comparación con la que habían compartido el primer día. Kaoru se sentía fatal por que tenía la impresión de que había arruinado no sólo sus navidades y las de Kenshin, sino también las de Yahiko. Comieron prácticamente en silencio hasta que hubieron terminado el segundo plato.
-Kaoru me preguntó si quería hacer yo las galletas –le dijo Yahiko a Kenshin-, pero le dije que si quería que pudiéramos comerlas sería mejor que las hiciera ella.
Kenshin se echó a reír.
-¿Tan mal cocinero eres?
-Bueno, Kaoru me ha enseñado a hacer unas cuantas cosas -respondió Yahiko-, pero el pan por ejemplo me cuesta mucho.
-A mí también -le confesó Kenshin-. El bizcocho no me sale mal, pero suelo comprar esos sobres preparados que se vierten en un molde y se meten al horno.
-Kaoru no -replicó Yahiko-; hace bizcocho casero de verdad.
-Es que tienes una hermana que vale mucho -dijo Kenshin sin mirar a la joven.
Y para Kaoru fue una suerte que no lo hiciera, porque se había puesto roja como la grana. Se levantó como un resorte para ir a cortar el pastel de cerezas que había hecho, y a sacar del congelador una caja de helado de vainilla para acompañarlo.
A Kenshin no le pasó desapercibido el ligero temblor de sus manos, y se maldijo por haber perdido la cabeza la noche anterior. No era justo que Kaoru estuviese recriminándose cuando la culpa de lo ocurrido era sólo de él.
Kaoru cortó tres trozos de pastel y añadió encima de cada uno una bola de helado, para llevar a continuación los platillos a la mesa con una sonrisa forzada.
-El pastel es de los que vienen preparados para hornear porque si lo hubiera tenido que hacer yo no me habría dado tiempo, pero lo he comprado en alguna otra ocasión y está bueno.
-Está todo perfecto, Kaoru -le dijo Kenshin en un tono de disculpa.
Kaoru no lo miró.
-Gracias.
Kenshin se tomó la porción de pastel sintiéndose como un miserable. Kaoru se estaba echando la culpa de todo, y cuando él se hubiese marchado sería aún peor, porque seguramente acabaría convenciéndose de que no era mucho mejor que una prostituta, y no volvería a acercarse a él.
Parpadeó, sorprendido ante el hecho de que la conociese tan bien. Había acusado a Kaoru de leerle la mente, pero él mismo parecía poder leer también en la suya como si fuese un libro abierto. Resultaba inquietante. Era como si estuvieran... conectados de alguna manera.
-Estaba buenísimo, Kaoru -le dijo Yahiko cuando hubo dejado limpio su plato-. ¿Quieres que friegue yo?
-No hace falta -respondió ella de inmediato-. No me importa hacerlo.
-Deja que se ocupe Yahiko -le dijo Kenshin con firmeza, poniéndose de pie-. Quiero hablar contigo.
-Pero si no me importa, de verdad... -protestó ella.
Pero Kenshin ya la había agarrado de la mano y estaba sacándola de la cocina. Cuando estuvieron a solas en el salón la miró muy solemne.
-No debes culparte por lo de anoche, Kaoru -le dijo con firmeza-; simplemente ocurrió. No te reproches por ello. Pase lo que pase, asumiré mi responsabilidad.
Kaoru tragó saliva. No quería mirarlo. Cada vez que lo hacía no podía evitar volver a oír en su mente las cosas que le había susurrado al oído la noche anterior, en la oscuri dad, mientras hacían el amor.
Kenshin tomó la barbilla de Kaoru y la alzó para que lo mi rara, pero al ver la expresión que había en sus ojos el rostro se le contrajo.
-Suéltame, por favor -murmuró Kaoru, apartándose de él-. No soy una niña. No tienes que preocuparte de que vaya... de que vaya a perseguirte, ni nada parecido.
Kenshin sintió repugnancia de sí mismo. Había hecho mucho más daño del que había creído.
-No he pensado eso, Kaoru; ni lo pensaría nunca -replicó.
Kaoru dio otro paso atrás, forzando una sonrisa.
-Espero que tengas un buen viaje de regreso. Por favor, saluda a Sano y a Megumi de mi parte. Supongo que ahora Megumi estará muy feliz, con un marido que la adora, y dos bebés que criar. Seguro que será una madre estupenda.
-Lo es -dijo Kenshin, sin poder reprimir una nota de ternura en su voz.
Kaoru, que sabía que Megumi había sido muy especial para él, la envidiaba, y se odiaba a sí misma por ello. Miró un instante a Kenshin, y luego apartó la vista.
-Voy a ayudar a Yahiko con los platos, y le diré que salga a decirte adiós. Gracias por ir a recogerlo, y por la cena y el ballet.
Kenshin se estaba enfadando, y se le notaba. Sus ojos violetas llameaban con un brillo dorado furioso por la situación en la que se encontraba. Estaba seguro de que cualquier cosa que hiciese o dijese sólo empeoraría más las cosas. Antes de que pudiera ocurrírsele algo, Kaoru se había marchado y Yahiko salía de la cocina y se plantaba ante él con una mirada curiosa.
-Ojalá pudieras quedarte más tiempo -le dijo-. Éstas han sido las mejores navidades que he tenido.
Las palabras del chico, con el que Kenshin se había encariñado aún más esos días, lo emocionaron. Le tendió la mano, y Kaoru le dio un firme apretón.
-Si necesitarais algo, Kaoru tiene mi número -le dijo-.Y si ella no estuviera, llama a la comisaría de policía de Jacobsville y ya se encargará alguien de buscarme, ¿de acuerdo?
Yahiko le sonrió.
-No creo que necesitemos nada, pero gracias, Kenshin.
-Nunca se sabe -respondió él. Lanzó una mirada en dirección a la cocina-. Cuida de ella. Es más frágil de lo que parece.
-No te preocupes por ella; estará bien -replicó Yahiko-. Es sólo que, hasta ahora, cada vez que se le ha acercado un hombre era porque quería algo de ella, así que es normal que se haya dejado llevar un poco al haber encontrado a uno que no busca nada, y al que le cae bien simplemente por ser quien es, ¿sabes? -contrajo el rostro-. Me parece que sólo estoy liándolo más, pero es que no sé explicarlo mejor.
-Entiendo lo que quieres decir, Yahiko -le dijo Kenshin, poniéndole una mano en el hombro-. Lo superará.
-Claro. Seguro.
Ninguno de los dos lo creía, por supuesto. -Cuídate. Ya nos veremos -le prometió Kenshin. Yahiko le sonrió.
-Tú también. No te metas en ninguna pelea. Kenshin enarcó ambas cejas.
-Lo haré si tú tampoco lo haces.
Yahiko sonrió vergonzoso.
-Lo intentaré.
-Y yo también. Hasta luego.
-Hasta luego.
-¡Adiós, Kaoru! -se despidió Kenshin desde el vestíbulo. -¡Adiós, que tengas buen viaje! -le contestó ella desde la cocina. No dijo nada más.
Kenshin abrió la puerta y salió del piso. Cuando la cerró tras de sí, tuvo la sensación de que había dejado dentro parte de sí.
Continuará….
¿Qué les pareció el capitulo?…. Me dan ganas de boxear a Kenshin por lo que ha hecho
En fin gracias por los comentarios y por leerme…
Saludos
Matta nee!
