Harry Potter, personajes, universo y todo lo que reconozcan pertenece a J.K. Rowling. Yo simplemente soy una lectora cualquiera que escribe por mero placer, de modo que no obtengo ningún beneficio económico por esta historia.
Personajes: Draco Malfoy/Hermione Granger.
Género: Romance/Angustia/Tragedia.
Rating: +18
Beta: FanFiker-FanFinal.
Capítulos: 3/5
CONFESIONES PARA AMARTE
Por:
PukitChan
…y probablemente seré tu más dolorosa cicatriz.
Tercera Confesión: Aquel destino adverso
Fue un minuto el tiempo que a Hermione le tomó comprender lo sucedido. Ni siquiera cuando Draco se separó, dándole el espacio suficiente para respirar, ella se animó a abrir los ojos. Sintió un dulce cosquilleo recorrer sus labios entreabiertos por los cuales el oxígeno entraba velozmente. Tenía miedo. De hecho estaba aterrada por lo que sentía y la clase de emociones que emergían de su cuerpo. Nunca antes había sido besada de esa manera tan intensa y pasional. No podía entender cómo era posible que se sintiera atraída con tanta facilidad por alguien que la había dañado tanto en el pasado. ¿Acaso era masoquista? ¿O quizá se estaba dando la oportunidad de explorar aquello que sus propias convicciones le habían negado?
―Granger…
La voz de Draco que los años se habían encargado de engrosar, fue un susurro que murió en su oído izquierdo. Instintivamente ella se adhirió más al tronco del árbol en el que estaba recargada, pero la mano ajena ―rápida y firme― le impidió moverse más de lo necesario. La calidez que emanaba el rubio la hacía reaccionar. Sentía los labios acariciar el lóbulo de su oreja y sus cuerpos rozarse de manera casi inocente, pero lo suficiente para que ella entendiera que Draco Malfoy no tenía ninguna intención de dejarla ir.
―¿…acaso me tienes miedo? ―preguntó. El pulso de Hermione se aceleró cuando lo escuchó, aunque fue justamente esa cuestión la que la animó a abrir los ojos. Descubrió la mejilla del rubio rozando la suya mientras le hablaba al oído. Ella razonó las palabras y pronto entendió que no era a Draco a quien le temía, sino más bien a lo que él le hacía sentir.
―No te tengo miedo, Malfoy ―pronunció y cuando él se separó para verla a los ojos, pudo ver esa inteligencia que siempre había caracterizado a su mirada―. Y no pretendo ocultarme detrás de algo como eso.
Aun así, pese a la seguridad de su voz, el cuerpo de Hermione no podía dejar de temblar de tal manera que no podía ser simplemente adjudicado a la brisa helada que golpeó sus sonrojadas mejillas y removió sus desordenados cabellos. Sus ojos se entrecerraron cuando vio a Draco esbozar una sonrisa mientras levantaba la mano izquierda para sujetar su rostro. La mujer entreabrió la boca, sintiendo el pulgar del slytherin acariciar sus labios hinchados. Se sonrojó.
―Estás huyendo de otros, pero no de mí ―susurró, y por un breve segundo, Hermione creyó escuchar ironía en su voz aunque en realidad no la sorprendería si lo hubiese; Draco tenía todos los motivos del mundo para burlarse. Sin embargo, esas no parecían ser sus intenciones cuando el slytherin, cansado de acariciar sus labios, se inclinó una vez más hacia ella. Hermione no tenía ni el deseo ni las fuerzas para oponerse a ello. En realidad, contrario a lo que esperaba, se animó a levantar sus brazos y rodear el cuello de Draco mientras él rodeaba su cintura con un brazo y con la mano libre hundía sus dedos entre los cabellos ondulados.
El beso fue más lento y, sorprendentemente, más satisfactorio que el primero. La tímida lengua de Hermione se animó a buscar la de Draco, percibiendo su seguridad al guiarla, como si de antemano supiera las formas de complacerla. El pensamiento de que el rubio simplemente le estaba demostrando cuán amplia era su experiencia la retrajo lo suficiente para que fuera percibido, pero, lejos de amedrentarse, Draco sujetó su nuca y movió sus labios, haciéndole el amor a su boca. La calidez que emanaban sus dedos la hicieron sentirse desnuda pese a llevar varias capas de ropa. Cuando se separó, la idea de sentirse excitada con un simple beso de pronto se volvió una realidad. No obstante, Hermione se negó a agachar su rostro frente a Draco una vez más. Sí, estaba escapando y refugiándose en Milford Sound, pero ése no era pretexto para que la llamaran cobarde y mucho menos él, de entre todas las personas.
―No tengo razones para huir de ti, Draco.
El slytherin sonrió de lado al escuchar su nombre en esos labios mojados. Ya no acorralaba a Hermione, pero su cercanía aún la mareaba. Sus ojos grises, que en ese momento parecían negros, oscurecidos por el placer, la recorrieron lentamente, tratando de descifrar ese extraño enigma que ella se había vuelto. No parecía ser correcto, pero ninguno quería apartarse del lado del otro. Y sólo cuando ese análisis terminó, a Hermione se le ocurrió pensar en el ridículo y desarreglado espectáculo que debería resultar su apariencia para alguien como Draco. Sin embargo, el rubio simplemente se cruzó de brazos y levantó una ceja, dispuesto a contestar sus palabras.
―Tal vez deberías tenerlas, Hermione ―musitó. Ella desvió su rostro hacia un lado, sonriendo sin poder evitarlo, aunque no sabía si era por la ironía que estaba viviendo o por los caminos que la habían llevado a esa situación.
―No suelo amedrentarme tan fácilmente. Además… ―pronunció y miró más allá de Draco, en dirección hacia donde estaba el pueblo que recién había visitado.
―¿Además…? ―dijo, incitándola a continuar.
―…además quiero uno de esos brazaletes.
El viento sopló un poco más fuerte y Hermione levantó la vista al cielo; se estaba haciendo tarde y pronto tendría que regresar a su propio hotel en el mundo muggle, donde no le esperaba nada más que un grueso libro sobre la repisa de su habitación. De pronto, aquella idea junto con la de decirle adiós a Draco, a quien había besado sin saber por qué, se le hizo extremadamente desoladora. No quería irse y recordar la deprimente causa que aún dañaba su corazón.
―¿Te gustaría quedarte aquí, Granger? ―preguntó Draco, adivinando la línea de sus pensamientos y robándole un latido de su corazón. Que él supiera entenderla con tanta facilidad le hacía preguntarse en qué momento el mundo había comenzando a correr con tanta prisa―. Me estoy hospedando en una posada que aún tiene habitaciones libres.
Y Hermione, a pesar del remolino de pensamientos que aturdían su mente, asintió.
De la misma manera en la que nunca esperó besar a Hermione Granger, Draco tampoco podía creer la facilidad con la que la chica había aceptado quedarse en Piopiotahi. Sin embargo, ella lo impresionó cuando supo adaptarse a su decisión. Su apariencia de turista muggle quedó atrás cuando, luego de conseguir una habitación, Hermione había comprado una vestimenta típica que haría más cómoda su estancia en ese lugar. La larga túnica que se amoldaba perfectamente a su cuerpo, su cabello largo y finalmente ordenado, y la manera en la que sonreía con las mejillas sonrojadas por la tibia humedad que rodeaba el pueblo, hacía que más de uno se detuviera a apreciar a la joven mujer recién llegada.
Draco no sabía si sentirse celoso u orgulloso, pero lo cierto era que no tenía derecho sobre ninguna de esas dos emociones. Además, Hermione había terminado por ignorarlo cuando se concentró en recorrer, leer y preguntar sobre Piopiotahi. A Malfoy, que siempre había sido el centro de atención, le irritaba más de lo que estaba dispuesto a aceptar; al mismo tiempo no podía dejar de pensar en ese beso del que no habían hablado, pero que seguía estando presente cuando sus miradas se encontraban y ella alejaba la vista sonrojada. Draco supo que, para bien o para mal, ese beso se volvería algo que ninguno podría olvidar. Aunque no estaba seguro si realmente quería olvidar.
Cuando la noche cayó sobre Piopiotahi y Draco entró a su habitación, se cuestionó sobre lo que hacía. El estar con Hermione ―sonreírle, mirarla, hablar con ella― no debería ser tan natural. Al menos no mientras sus planes, ubicados en Londres, aún contemplaran a Astoria Greengrass. Se sobó la frente, intentando explicarse algo que no parecía tener respuesta, pero que se había vuelto tan fascinante como inexplicable. Mientras se desvestía para buscar ropa más ligera que portar esa noche, imaginó que tal vez, en la habitación de al lado, Hermione estaría haciendo exactamente lo mismo: retirando de su cuerpo aquel vestido que le quedaba ridículamente bien y que logró despertar en él un instinto sexual que había permanecido dormido, al menos durante ese viaje.
Resopló fastidiado. Necesitaba despejar su mente de aquellos pensamientos, así que caminó por su habitación y se dirigió al pequeño balcón que daba una maravillosa vista de Milford Sound; tal vez ahí, mirando las lejanas cascadas, recordaría que el motivo de su viaje ―por muy placentero que estuviera siendo― era sólo por negocios.
Tomó un vaso de whiskey y salió. La fresca noche lo saludó con una brisa fría golpeando su rostro mientras sus ojos contemplaban el paisaje. Era un lugar tan apacible que por un instante Draco consideró quedarse a vivir ahí para siempre. Tal vez con alguien. Tal vez con Granger.
―Si pudiera… probablemente me escondería aquí para siempre.
Él giró su rostro al escuchar la voz. Hermione, a unos metros de distancia, estaba sentada mirando también el paisaje, envuelta en una bata blanca que parecía resaltar las facciones de su piel. Draco levantó una ceja, dispuesto a preguntarle cómo había llegado ahí hasta que su propia razón le recordó que sus habitaciones estaban la una al lado de la otra y por ende, sus balcones también. Si bien estaban separados por la estructura misma de la posada, aquello no impedía que pudieran mantener una plática normal. De hecho, parecía que eso era exactamente lo que ambos habían estado buscando sin saberlo: estar juntos.
―¿No deberías estar cenando? ―preguntó Draco, bajando su bebida y colocándola en el borde de piedra del balcón. Ella lo miró de soslayo y sonrió.
―Podría preguntarte exactamente lo mismo.
Ella suspiró y se levantó, acercándose a la orilla de su balcón para recargarse en ésta y poder conectar su mirada con la de Draco. Cuando el rubio la imitó y la lejanía de ambos había sido reducida considerablemente, el rubio la observó con atención. Hermione sonreía, pero la tristeza de su mirada no lograba desvanecerse. Se descubrió deseando levantar su mano y acariciar la piel de la mujer para comprobar una vez más si sus labios habían sido tan dulces. Mas antes de que eso pudiera ocurrir, Hermione ladeó suavemente el rostro y estiró su mano, aunque pronto entendió que la distancia, si bien escasa, no le permitiría tocarlo.
―¿Por qué me besaste? ―preguntó con suavidad. No parecía enfadada o confundida. Más bien, parecía la pregunta de alguien que intentaba comprender todo lo que ocurría a su alrededor. El rubio entrecerró los ojos, intentando encontrar una respuesta a lo que él mismo se había estado cuestionando tantas veces, que inclusive había olvidado la cuenta.
―No lo sé ―fue su sincera respuesta, por mucho que le molestara la ambigüedad de sus palabras. Supuso que para alguien como Hermione, aquello debería ser desagradable. No obstante, la mujer esbozó una tímida sonrisa y se encogió de hombros mientras colocaba un mechón de cabello detrás de su oreja.
―Me alegra saber que no soy la única confundida en esto ―pronunció y miró hacia el paisaje cada vez más oscuro. ―He estado pensándolo… yo respondí a tu beso, ¿no es así? También decidí quedarme. Desde que llegué a Nueva Zelanda, no tengo razones o buenas ideas… pero a pesar de todo, esto se siente… bien.
El rubio dio un trago más a su bebida mientras escuchaba las palabras de la castaña. No saber qué hacer era una de las cosas que más le pesaban de su adolescencia porque se había limitado a obedecer para sobrevivir. Sin embargo, ese tiempo había pasado y ahora, mirando a Hermione y sintiendo el sabor del whisky empapar sus sentidos, descubrió que el desconocer sus pasos tampoco podría ser tan malo. Realmente no parecía serlo.
―¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo, Hermione? ―preguntó y maldijo mentalmente la distancia de los balcones. Probablemente ya la tendría entre sus brazos y acariciando su cuerpo por debajo de aquellas ligeras prendas.
―Sí ―dijo ella y una mirada divertida brilló en sus ojos cuando se recargó un poco más en el borde―. Estoy diciendo una total locura.
―Lo es ―confirmó Draco. Luego murmuró―: Cenemos juntos mañana.
Para Hermione, acostumbrarse a Pipiotahi fue más fácil gracias a la compañía de Draco. Él conocía el pueblo y la guiaba por los mejores lugares para visitar. A menudo las caminatas que realizaban los llevaban a la cascada en la que se habían encontrado por primera vez. Al inicio, sus conversaciones fueron simples y hasta incómodas, pero más pronto de lo que ambos hubiesen esperado, se adaptaron a la compañía del otro. Los días pasaban entre atardeceres, pláticas, besos lentos, un silencioso entendimiento y miradas. A menudo sus opiniones no coincidían, pero descubrieron que esas diferencias los unían aún más. Hermione era apasionada al decir lo que pensaba y en lo que creía, y Draco la estimulaba al pronunciar los «peros» que ella debía resolver. Y en medio de todo eso entendieron también que el aprender a conocerse era una manera de poder perdonar su pasado y reencontrarse con el presente; con ese extraño y a la vez familiar ahora o nunca.
―Gracias por la cena de hoy ―musitó Hermione, levantando el rostro para ver los ojos de Draco. Él estaba de pie frente a ella, con esa expresión simple que poco a poco empezaba a saber cómo leer. Porque aunque el slytherin podía parecer alguien imperturbable, Hermione ya había descubierto que existían pequeños detalles que delataban su sentir.
―Fue una charla interesante, la de los elfos ―dijo Draco, ladeando una sonrisa.
―No estuviste de acuerdo con ninguna de mis ideas.
―Todas y cada una de mis razones eran válidas, Hermione. Por eso yo gané la discusión.
―¡Eso no es cierto! ―exclamó la sonrojada mujer, entornando sus ojos―. No existen ganadores en conversaciones así. Simplemente se deben llevar a un acuerdo ambos puntos de vista.
―¿Llamas "conversaciones" a golpear la mesa, gritar sobre la libertad de los elfos y así obligar a todos a mirarnos?
―Puede que me haya dejado llevar un poco ―concedió ella, riendo―. Pero ambos sabemos que yo tengo razón.
Draco decidió que era su turno de poner los ojos en blanco. No podía creer en serio que aún después de todo lo que había ocurrido, ella siguiera insistiendo sobre el tema. Aunque en los últimos cuatro días, Draco había descubierto que tal vez era precisamente esa tenacidad lo que le agradaba de Hermione. Esbozó otra sonrisa que no pasó desapercibida para ella, pero que aun así, Draco no pudo evitar al pensar que tal vez finalmente había madurado. Después de todo, el aceptar que Hermione le gustaba debía ser una muestra ello. Confiaba en que así fuera.
Hermione lo miró con curiosidad hasta que sintió las manos ajenas instalarse en su cintura, incitándola a retroceder hasta que recargarse en la puerta de la habitación de Draco. Cuando sus bocas se encontraron en uno de esos besos pasionales que cada vez eran más frecuentes, el rubio la sujetó de las caderas, delineando las curvas de su cuerpo. Ella jadeó con suavidad al sentir cómo la tela de su falda se elevaba por los insinuantes movimientos. Inclusive la puerta pareció ceder ante ellos pues se abrió, obligándola a tambalearse. Supo que si no había caído al suelo, fue simplemente porque Draco la tenía sujeta, aunque una de sus manos había descendido y jugaba con la orilla del vestido, sin dejar de besarla.
Era una locura.
Pero sin importar cuántas veces se lo dijera a sí misma, Hermione sólo podía pensar en las manos que acariciaban sus piernas por debajo de la falda y en esos labios que recorrían su clavícula. Su voz se había limitado a exclamar pequeños gemidos que se acrecentaban con una rapidez francamente vergonzosa para ella. Entonces, en un acto que Hermione no habría esperado jamás, Draco la sujetó por las nalgas y la levantó. Por reflejó, la castaña rodeó con sus piernas el cuerpo del slytherin y escondió su rostro en el cuello de éste cuando comprendió que él, en esa posición, descubriría lo húmeda que estaba. No podía creer lo expuesta que estaba y el anhelo que sentía. Se estremeció y contuvo un gemido cuando su cuerpo se frotó contra el abdomen, a medida que Draco caminaba. Sólo cuando la dejó caer con suavidad sobre la cama inundada de su aroma, Hermione logró comprender dónde estaban y cómo sus deseos la habían dominado. Al abrir los ojos, encontró al rubio colocando encima de ella, esperando. Esperándola.
―¿No quieres? ―preguntó Draco roncamente y ella entendió que él hacía acoplo del último trozo de su voluntad; que no se detendría durante mucho tiempo más. Hermione, que no había estado con nadie más que Ron, de pronto se sintió una niña torpe. Sentía su entrepierna palpitar y el apetito de su cuerpo aumentar por la sola visión de ese hombre cuyo cabello rubio desordenado caía por su frente ocultando unos ojos grises en los que brillaba la excitación. El comprender que Draco la deseaba e imaginarse siendo penetrada, le arrancó a Hermione un quejido suave que sólo fue interrumpido por su voz.
―Sí quiero. No te detengas más…
Draco continuó.
Primero desabotonó el vestido, exponiendo los senos de Hermione, atrapados en un fino y adornado sostén. Mientras retiraba su propia ropa, sus labios besaron el cuello, bajando hasta su pecho, descubriendo excitado lo increíblemente receptiva que era y cómo su voz no era escandalosa, sino que emitía largos y suaves gemidos que lo sumergían en una intimidad enloquecedora. Su miembro, erecto y caliente, encontró alivió al ser liberado de las molestas prendas. Hermione esbozó una sonrisa tímida cuando se liberó de su ropa interior y quedó desnuda ante él.
―Eres hermosa ―musitó Draco, acariciando y sujetando los senos con ambas manos e inclinándose para lamer sus pezones. Ella rodeó el cuerpo del hombre y dejó caer su cabeza hacia la almohada cuando sintió la erección rozarla. Instintivamente separó más sus piernas y sollozó cuando uno de los dedos del rubio se perdió entre los pliegues de su cuerpo, buscando su clítoris, masajeándolo lentamente.
Hermione no sabía que fuera capaz de desear tanto a un hombre, pero las manos de Draco, los movimientos de su lengua sobre sus senos, la forma en la que se movía y se empujaba contra ella, le gritaban que lo necesitaba. Y si bien no sabía qué clase de destino estaba preparado para ellos porque nunca habían tocado el tema, Hermione supo que toda su vida se arrepentiría si no disfrutaba ese momento. Se incorporó ligeramente y su boca buscó la de Draco ansiosamente, pidiéndole sin palabras que la hiciera suya.
Al separarse, sus miradas se encontraron en un momento eterno mientras Draco lamía sus labios y se colocaba entre sus piernas. Cuando él la penetró, Hermione se aferró a su espalda con ambas manos sin ser consciente de nada más que el intenso placer que la invadió y que fue aumentando a cada segundo que pasaba en ese delicioso e intenso vaivén. Y cuando sus húmedos cuerpos se encontraron en el más intenso orgasmo, Hermione decidió que, sin importar el final, aquella aventura ―fuese pasajera o no―, debería conservarla para siempre en sus memorias.
La mañana en la que Draco despertó con Hermione entre sus brazos fue igual a muchas otras en Piopiotahi. Nadie pensaría que era especial; sin embargo, cuando ella abrió sus ojos y le sonrió somnolienta, el slytherin supo por primera vez que la diferencia entre el sexo y hacer el amor, radicaba en los sentimientos que existían cuando lo hacía. Y que tal vez, Hermione Granger era lo que muchos llamaban la persona correcta.
Nunca hubiese imaginado que su sonrisa se desvanecería poco tiempo después de esa mañana.
Autora al habla:
¡Ufff! Un capítulo intenso. Estamos a dos capítulos del final :( y eso es triste, porque probablemente me maten después de eso, jajajajajajajaa. ¡Culparé a Alez, quien pidió una historia así! Aunque todavía no puedo revelarlo todo, estoy segura de que ya se están haciendo una idea.
Gracias a FanFiker-FanFinal por ayudarme con el beteo ó.ó Sin ella, esta historia luciría rara, muy rara x3
Gracias a Kuroneko1490, FanFiker-FanFinal, adrmil, Gabriela Cruz y a Alesz por los reviews en el capítulo pasado. :
