Harry Potter, personajes, universo y todo lo que reconozcan pertenece a J.K. Rowling. Yo simplemente soy una lectora cualquiera que escribe por mero placer, de modo que no obtengo ningún beneficio económico por esta historia.

Personajes: Draco Malfoy/Hermione Granger.

Género: Romance/Angustia/Tragedia.

Rating: +18

Beta: FanFiker-FanFinal.

Capítulos: 4/5


CONFESIONES PARA AMARTE

Por:

PukitChan

…y tal vez robé para siempre los latidos de tu corazón.

Cuarta confesión: Nuestros cuerpos resquebrajados

Era su último día en Piopiotahi: Hermione no podía retrasar más lo inevitable y Draco tenía que ir a Wellington a cerrar el negocio de los Greengrass. Cuando esa misma mañana se lo había comunicado, la gryffindor asintió y le sonrió. Ambos sabían que no duraría para siempre, sin importar cuántas veces hubieran imaginado un futuro, juntos. En algún momento saldrían de ese paraíso perdido y todo lo que habían construido en tan pocos días se desmoronaría como un hermoso castillo de arena ante el embate de las olas del mar. Y aunque era obvio para ambos, el entenderlo no lo hacía menos doloroso.

Por eso, mientras miraba su último atardecer desvanecerse entre las olas del mar a las orillas del pueblo, Hermione suspiró profundamente cuando sintió la mano de Draco rodear su cintura y atraerla hacia su cuerpo, hundiendo sus dedos entre las hebras de su cabello. Ella se recargó en el pecho del slytherin, preguntándose si acaso ésa sería la forma en la que le diría adiós. Se aferró a él con ambos brazos cuando comenzó a temblar, sintiéndose estúpida de que aquello realmente estuviera lastimándola tanto.

Curiosamente, Hermione descubrió que no podía llorar. Su garganta estaba cerrada, su cuerpo se sujetaba al de Draco, de vez en cuando sus miradas se encontraban, pero ninguna lágrima escapaba de sus ojos. Era como si el rubio hubiese absorbido todo de ella, dejando sólo los profundos sentimientos que jamás creyó experimentar, acompañados de la más desoladora de las penas que, a pesar de todo, no eliminaría los maravillosos momentos vividos.

Y en ese momento, en ese pequeño y extraordinario instante entre los brazos de Draco, Hermione supo que nunca volvería a experimentar tanta felicidad y tanta tristeza juntas como en aquel atardecer en Piopiotahi.


En esa madrugada, cuando Hermione y Draco llegaron a la Central de Trasladores de Nueva Zelanda, el cielo aún era un manto de color negro que no permitía el resplandor de algunos rayos solares. El paisaje, aunque hermoso, también era devastador. Tendrían que separarse en el mismo lugar donde sus caminos se habían cruzado por primera vez ―cuando esa comunicación carente de palabras, pero llena de miradas―, les dijo que se acercaran el uno al otro. Y aunque ninguno sabía si en algún momento llegarían a lamentar esos apasionados días, estaban seguros de que serían una huella imborrable en el alma del contrario.

Ante ese pensamiento, Draco se limitó a apretar la suave mano que reposaba en su brazo. Hermione, atraída por aquel movimiento, levantó su rostro tranquilo y cruzó sus miradas. La tímida sonrisa que dibujó fue suficiente para que el slytherin se inclinara lo suficiente para darle un beso casto que la sorprendió. Tal vez por la manera en la que Draco se recargó en su frente, sin expresar nada. Como si quisiera quedarse para siempre en esa posición. Y tal vez Hermione estaba de acuerdo con eso.

―Tenías razón ―musitó Hermione, cerrando los ojos. No prescindía de su sentido de la vista para saber que el rubio esperaba una explicación a sus inesperadas palabras―. Dijiste que estaba huyendo de algo y es verdad. ―Ella tuvo que inspirar hondamente para animarse a continuar con la explicación más dolorosa que había dado hasta entonces―. Sabes que mis padres son muggles. Nunca me he avergonzado por ello, pero para proteger sus vidas durante la guerra, me vi en la necesidad de modificar su memoria y hacerles creer que tenían una existencia donde jamás tuvieron una hija.

Draco se separó para mirarla. Hermione se refugió en su pecho y de inmediato pudo sentir unas cálidas lágrimas humedeciendo su ropa; el llanto de la castaña siempre había sido silencioso, pero por el simple hecho de que pudiera compartirlo con él, que fuera Draco a quien Hermione había escogido para hacerle saber de esa profunda herida en su corazón, lograba hacerle entender que tal vez aquello debería durar más. Mucho más.

―¿Hace cuánto tiempo que no los veías?

―Algunos años ―murmuró Hermione, soltando una risa angustiada que lastimó su garganta―. Me costó mucho esfuerzo localizarlos. Sabía que estarían en Australia, pero aun así fue complicado. Y cuando finalmente pude hallarlos, todo salió mal. No me atreví a modificar sus recuerdos… no quería que sufrieran. Entonces huí, tomando una de las primeras decisiones impulsivas en mi vida.

―Eso te trajo a Nueva Zelanda ―dedujo Draco, sonriendo de lado en el instante en el que Hermione hurgó en los bolsillos de su ropa y deslizó un inmaculado pañuelo blanco que el rubio reconoció de inmediato: se trataba del mismo pañuelo que le había dado en ese mismo lugar, poco tiempo atrás.

―Estoy siendo estúpida, lo sé… todo esto ha sido el producto de mis decisiones ―musitó Hermione, limpiando su rostro mojado. Sólo cuando pudo serenarse, ella se sintió mucho más ligera que antes; tal vez el compartir esos sentimientos con Draco realmente había reducido su carga. Quizá podía permitirse tomar el valor que había caracterizado siempre a los gryffindor para hacer aquello que su corazón con tanta fuerza le insistía a realizar.

―No soy yo quien puede decirte si tus decisiones fueron correctas o no, Hermione ―exclamó Draco, deslizando sus dedos por el lóbulo de la mujer. En realidad entendía sus razones para actuar como lo hizo. Algunos la llamarían valiente mientras que otros le darían el nombre de egoísta. Pero lo único cierto era que Hermione simplemente había actuado como creyó que era mejor para todos y en realidad nadie podía culparla o juzgarla por ello. La guerra fue una época donde las personas únicamente ansiaban sobrevivir sin importar cuáles métodos se tenían que usar. Él también se había equivocado muchas veces al intentar proteger a su familia. Y como Hermione, Draco aún cargaba con las consecuencias de aquellas decisiones.

Una mujer alta y rubia se acercó a ellos, incómoda por interrumpirlos en un momento íntimo, pero sin poder evitarlo. La desconocida preguntó por sus nombres y a cada uno le indicó los minutos que faltaban para acercarse a sus trasladores. Draco sintió a Hermione suspirar bajo sus brazos cuando las palabras «veinte minutos» se escucharon. Parecía que el tiempo se burlaba de ellos y jugaba en su contra.

―¿Qué harás ahora? ―preguntó Draco cuando finalmente la desconocida se había retirado―. ¿Regresarás a Australia?

Hermione negó con la cabeza mientras sujetaba la mano de Draco y se ponía de puntillas para besar su mejilla.

―No. Regresaré a Londres.

―¿No piensas modificar la memoria de tus padres?

―Sí ―exclamó ella con una seguridad renovada brillando en sus ojos marrones―. Pero primero quiero entender perfectamente la razón por la cual lo hago y las consecuencias que vendrán después de ello. No quiero salir huyendo como la última vez, y aunque todo desembocó en algo extraordinario, si realmente deseo recuperarlos necesito ser más fuerte.

―¿Cómo se supone que harás eso?

―Porque no lo haré sola ―aclaró, sonriendo―. Antes de ir a Australia, Harry dijo que Ron y él podrían acompañarme. Tienes razón, ¿cierto? No tengo que hacerlo sola. Puedo confiar en mis amigos. Regresaré a Londres para hacer las cosas de una mejor manera esta vez.

Draco mordió su labio inferior. Durante esos días había olvidado por completo la existencia de Potter y Weasley, pero Hermione le había recordado que ellos eran sus amigos. Sólo eso, porque era obvio que con la comadreja no podría estar fluyendo alguna relación. Estaba seguro de que si fuera así, Hermione jamás lo hubiera besado. No parecía ser alguien que manejara el concepto de la culpa y la mentira demasiado bien. Draco la habría descubierto al instante si hubiese mentido. No obstante, el saber que a pesar de todo Hermione seguía contando con ellos dos para sacar sus problemas adelante le creó una profunda molestia en su interior que pronto adquirió el nombre y la forma de los celos. Y no podía creer que tuviera celos de Weasley.

―No tienes que ir con ellos ―susurró.

―¿Disculpa?

―No tienes que apoyarte siempre en ellos ―dijo, esta vez lleno de resolución. Pero Hermione pareció no entender sus palabras, porque se encogió de hombros y suspiró.

―No quiero hacerlo sola.

Draco resopló y sujetó la cintura de Hermione para acercarla a su cuerpo mientras que con su mano izquierda tocaba su mentón para levantar su rostro. Ella abrió sus ojos asombrada, pero no pronunció palabra alguna cuando el rubio acercó su rostro y le sonrió.

―No comprendes, Granger ―declaró―. No irás con ellos porque yo te acompañaré a visitar a tus padres.

―¡¿Qué?!

―Estoy seguro de que escuchaste perfectamente.

―Pero, Draco… tu tienes que…

―Iré a Wellington a cerrar el negocio que tengo entre mis manos. Tú regresa a Londres y espérame ahí. No tardaré más de diez días. Después de eso, iremos a Australia a por tus padres.

―Draco…

―Estoy seguro de que entiendes esto, ¿verdad? No quiero que esto que hemos vivido se trate de algo pasajero y estoy seguro de que tu mente también piensa exactamente lo mismo que yo. Puedes sentirlo, ¿cierto? Esto, nosotros, tiene que durar. ¿O acaso te atreverás a negar que tu cuerpo y tu alma anhelan estar siempre conmigo?

Hermione atinó a responder únicamente con un emocionado beso. No, no podía ni quería negarlo. En algún momento en medio de toda esa locura, Draco había logrado abrirse paso hacia su corazón. Lo había conseguido tan profundamente que toda la confianza de Hermione estaba siendo depositada en él y en las palabras que realmente ansiaba escuchar.

―Quédate a mi lado, Draco ―susurró.

―Lo haré.

Cuando el momento de la despedida llegó, Draco esbozó una sonrisa. A unos metros de distancia, Hermione acercaba su mano hacia el traslador que la llevaría a Londres mientras él hacía lo mismo con el que lo llevaría a Wellington. Sólo serían unos cuantos días de separación y estaba seguro de su decisión, más de lo que nunca antes lo había estado con ninguna otra. Y si bien iba a ser difícil, sabía que al final todo valdría la pena. Ella valía la pena.

Cuando sus dedos tocaron el traslador, la última imagen que sus ojos atraparon fue la de Hermione sonrojada y sonriéndole mientras abría sus labios en un movimiento que Draco estaba seguro que parecía decir: «Te amo».

Hermione lo amaba.

Sólo cuando sus ojos se abrieron en Wellington, Draco se dio cuenta de que había olvidado darle a Hermione el brazalete de protección que había comprado para ella.


Harry miró fijamente a su mejor amiga, sorprendiéndose de la expresión que su rostro mantenía: Hermione mordía su labio inferior y estaba sonrojada. Además apretaba sus manos con fuerza, como si quisiera destrozar el elegante pañuelo que tenía entre ellas. Durante mucho tiempo, Harry siempre había admirado la serenidad de Hermione, pero realmente le había impresionado descubrir que debajo de esa capa de madurez y consciencia existía alguien tímida. Alguien que tenía miedo de intentar, pero que aun así estaba dispuesta a asumir el riesgo.

Él sonrió mientras cerraba los ojos para beber de su té. Si bien no esperaba que fuera ése el motivo por el que Hermione había llegado a Grimmauld Place sin avisar justo cuando él la creía en Australia, no pudo evitar sentirse feliz por su amiga. Ella se veía preciosa. Ella parecía feliz.

―No era esto lo que imaginaba cuando dijiste que irías a por tus padres ―murmuró Harry, bajando su taza para colocarla sobre el pequeño plato de porcelana.

―Yo tampoco lo esperaba, Harry ―dijo ella sin animarse aún a probar el té―. Sólo… pasó. Coincidimos, nos dimos tiempo. Hablamos… y simplemente… ocurrió. Nos gustamos.

¿Nos? ―preguntó Harry con suspicacia.

Nos ―afirmó Hermione―. Entiendo que puedas estar enfadado por todo lo que ha pasado y…

―Son tus decisiones, Hermione ―dijo el moreno, entrecerrando los ojos. Ella ladeó suavemente el rostro y eso le hizo sonreír―. Después de todo, si nosotros te decimos que no lo hagas, ¿realmente nos obedecerías? Estás acostumbrada a ordenar y no a que te ordenen ―Después de un rato, Harry se acercó a su amiga y colocó una mano sobre su hombro―. Yo no sé cómo es Malfoy ahora y francamente no me interesa saberlo. Pero lo que sí sé es que tú le pegarías un puñetazo si te hiciera enojar. Así que sólo quiero creer en tu palabra.

―¡Harry! ―dijo Hermione y el gryffindor rió. Sin embargo, su sonrisa pronto se volvió una mueca incómoda que Hermione deseó no haber podido presenciar.

―Ron no va a estar contento. No digo que yo esté brincando de felicidad porque se trata de Malfoy… pero…

―Tendremos tiempo después para eso. Quiero hablar con él. Pero será después de que regrese de Australia.

―¿Estás segura de que él te acompañará?

―Completamente. Acabo de recibir hace unas horas una carta suya. Mañana regresa y tiene planeado partir de inmediato a Australia. Estoy de acuerdo con él: no puedo seguir escapando de mis padres durante más tiempo.

Harry levantó sus cejas y Hermione sonrió al comprender que su amigo no podía ni siquiera imaginarse a ellos intercambiado correspondencia. No podía culparlo ya que ella misma no lo hubiese podido creer si fuera la espectadora de una similar situación. No obstante era en su vida en la que estaba ocurriendo y estaba dispuesta a confiar en él.

―Por favor, Harry. Cree en mí. Sé lo que hago.

―¿Acaso me queda otra opción?


Con Draco, Hermione aprendió lo poco que bastaba para cambiar una vida. Y precisamente eso era lo que ella quería: una vida distinta. Si la lucha iba a ser larga, estaría dispuesta a hacerlo, sabiendo que Draco estaría a su lado. Por eso, cuando esa tarde abandonó el Ministerio tras una ardua jornada de trabajo, no podía sentirse más satisfecha. La ley en la que había estado trabajando estaba desarrollándose con un gran éxito. Sólo bastaba un último esfuerzo y seguramente sería aprobada. No podía esperar más para contarle a Draco sobre eso.

Animada, Hermione miró su reloj. Faltaban pocas horas para que Draco regresara, según había dicho en su pergamino. Calculando el tiempo, ella planeó una rápida parada en su apartamento donde se daría una ducha antes de ir a esperarlo en la zona de trasladores. Si todo salía bien…

―¡Ahí está!

Una voz, seguida de varias más, se acercaron a ella. Hermione giró y descubrió a varios hombres dispuestos a atacarla. Y aunque su mente sintió terror, miró a su alrededor, sabiendo que no podía arriesgar a otros de esa manera. Fue un protego que realizó lo que salvó en el momento justo a unos pequeños niños que, asustados, corrían a los brazos de su madre. Hermione entendió, por la forma en la que la acorralaban, que sólo la querían a ella. Si se iba de ese lugar, posiblemente dejarían a los demás.

¡Avada Kedavra!

Apenas logró cerrar sus ojos para concentrarse en una aparición. El mundo muggle fue lo único que pudo pensar casi con desesperación. Y por último, también en Draco. Sin embargo, al llegar, no alcanzó a abrir los ojos. Un automóvil, que conducía a alta velocidad, no logró esquivar a la joven mujer que apareció a mitad de la calle de la nada. Hermione gritó fuertemente cuando un brutal golpe en su columna la empujó…

Cuando abrió los ojos, el dolor de su cuerpo la hizo sollozar. Estaba en el suelo. ¿Cómo había llegado ahí? Todo a su alrededor estaba borroso y los sonidos eran lejanos. No recordaba qué había pasado. Sólo sabía que a cada segundo que pasaba, todo se estaba haciendo más doloroso. Movió su mano izquierda y, débilmente, tocó la derecha, la que no podía mover. Estaba mojada. Levantó la mano y descubrió sus dedos manchados en sangre. Intentó gritar, pedir ayuda, pero no lo conseguía.

Entonces, gimió de dolor cuando una fuerte contracción oprimió su vientre. Segundos después, sentía algo tibio deslizarse entre sus piernas. ¿Qué estaba pasando?

―Oh, Dios mío ―susurró una voz desconocida que sonaba angustiada y lejana―. ¡Estaba embarazada!

Hermione tardó en darse cuenta de que estaba llorando. No lo entendía, pero era lo único que parecía ser capaz de hacer. Y mientras sus lágrimas aumentaban, pensó en Draco. Él estaba por llegar. Hermione tenía que ponerse de pie e ir a buscarlo. Lo había prometido porque sabía que sólo bastaba un segundo para cambiar por completo una vida.

Draco era quien le había enseñado eso.


Había tardado once días exactos en volver a Londres. El negocio de los Greengrass, aunque había tomado un poco más de lo esperado, había sido un rotundo éxito para él. Eso aumentaría su reputación lo suficiente para que nadie cuestionara sobre la decisión de hacer pública su relación con Hermione. E incluso si a alguien se le ocurriera decir algo al respecto ―porque era inevitable que sucediera―, Draco había ensayado todos los días sus diálogos. Estaba seguro de que nada ni nadie podría arrebatarle a la mujer que inesperadamente lo había conquistado.

El slytherin sonrió cuando miró el brazalete que sostenía entre sus manos. Era de color plata y elegante; el mismo que Hermione había estado mirando en Piopiotahi. Aquel que servía a manera de protección, aunque era obvio que una hechicera como ella no lo necesitara. Lo guardó en su bolsillo, sabiendo que Hermione estaría esperándolo en la Central de Trasladores de Londres. Ahí se lo obsequiaría como símbolo de lo que estaba por comenzar y él se encargaría de protegerla para que estuviera a su lado.

Cuando tocó el traslador y un incómodo movimiento que nació desde su estómago lo apareció en la multitudinaria Londres, Draco no pudo hacer otra cosa más que buscar con la mirada a Hermione. Ella había prometido estar ahí. Entonces, su mirada se detuvo ante una figura familiar para él: unos centímetros más bajo, de cabello azabache, ojos verdes escondidos tras unas feas gafas. Harry Potter estaba de pie, mirándolo. En su rostro se dibujaba una seria expresión que enseguida le incomodó, pero que le hizo comprender que el gryffindor ya sabía sobre su relación con Hermione.

Fastidiado y de mala gana, a Draco no le quedó más remedio que acercarse. Harry abrió la boca para decir algo, pero el rubio no lo permitió al ser el primero en tomar la palabra.

―Mira, Potter, estoy seguro que ya sabes sobre lo que pasamos Hermione y yo…

―Malfoy…

―¡Sí, sí! Pero ella no es una niña, maldita sea, sabía lo que hacía cuando se acercó a mí y…

―Malfoy…

―…además, tal vez te haya dicho que ella me a…

―¡DRACO! ―gritó Harry, sujetando fuertemente su brazo, llamando su atención y obligando a una personas a mirarles con curiosidad. El rubio se molestó cuando percibió el agarre y estaba a punto de soltarse cuando notó que los dedos de Harry se aferraban más y una mirada triste y desesperada se cruzó con la suya. Entonces un presentimiento desagradable recorrió su cuerpo. Entrecerró los ojos y sujetó también a Harry.

―¿Dónde está Hermione, Potter?

Harry no dijo nada. Parecía que había olvidado las palabras y aquello desesperó a Draco aún más. Se soltó bruscamente y sujetó la ropa del moreno para levantarlo y hacerlo reaccionar, pero no consiguió nada con ese movimiento. El gryffindor parecía perdido.

―¡¿Dónde demonios está Hermione, Potter?! ¡¿Acaso la encerraron porque se relacionó conmigo?! ¡¿Qué demonios ha pasado?! ¡Potter…!

―Nos ha dejado ―musitó Harry, lleno de resignación. El rubio sintió un gusto amargo en la boca cuando Potter levantó el rostro para mirarlo con tristeza. Las palabras que pronunció fueron lentas, como si alguien estuviera arrancándoselas desde lo más hondo de su cuerpo―. Malfoy… Hermione está muerta.


La noche en la que cambiaron las vidas de Hermione y Draco bajo el cielo londinense no era especial. Llovía, como era común en ese lugar. Algunos dirían que demasiado común. Sin embargo, fue en esa noche de lluvia ligera cuando Draco descubrió que nada volvería a ser como antes en su vida. Y que había cosas que jamás regresarían sin importar cuanto suplicara por eso.


Autora al habla:

Ufff, no sé qué puedo decirles además de el agradecimiento por acompañarme y seguir esta lectura. Es un giro difícil a la trama y este capítulo me costó muchísimo escribirlo, y ni qué decir de mi beta, FanFiker, qué nos hicimos un lío con uno de los párrafos principales. Ella es un amor y me tiene una gran paciencia al ayudarme, incluso después de todo lo que la hago sufrir T0T.

Alesz, espero que la historia siga siendo tal y como la pediste y que, si no la estás disfrutando, te haga llorar porque básicamente fue eso lo que pediste (culpa a ella xD). ¡Dijiste una historia que colocara en posición fetal! ;0;

¡A una viñeta del final! :D

¡Muchas gracias a Kuroneko1490, Alesz, adrmil, Gabriela Cruz y a seddielovenathan por sus reviews! *3*