Aquí está mi regalo de Navidad. ¡Felices fiestas!
Y aprovecho esta introducción para responder a KarimeA: No tenía pensado decirlo, pero cómo no importa que se sepa antes o después aprovecho para decir que los OC serán los Antiguos y Latin Hetalia ;) pero dudo mucho que puedan aparecer todos los personajes de Latin Hetalia... Respecto a qué son esas cosas…ya lo leerás jijiji…
Advertencias del capítulo: Puede que os liéis con el relato de Matt porque no hay nombres propios, pero no puse porque él aún no se llama «Canadá» ni sabe el nombre de la mujer. Y esta descripción de la mujer es la verdadera ;3
Disfrutad~
Capítulo 3: Infancia
Todos los países miraban fijamente al canadiense. El pobre Matt, nada acostumbrado a recibir tanta atención, comenzó a temblar, nervioso.
—M-maple…—murmuró.
Francis percibió la inquietud del chico y, tras dar unas palmadas para llamar la atención de los presentes, propuso que todos se sentasen en sus sitios para escuchar su testimonio. Estados Unidos, incluso, le cedió su puesto como presidente de la mesa, lo cual hacía que estuviese en el punto de mira de todos los países…y sólo consiguió poner más nervioso a Canadá. Francia, suspirando por centro, le iba a decir al estadounidense que volviese a cambiarse de sitio con su hermano cuando Matt le detuvo y, bastante avergonzado, le dijo que estaría bien, pero que prefería que no le mirasen tan fijamente. Al oírlo, el resto de naciones, impacientes por saber qué se estaba cociendo allí, se apresuraron a disimular mirando a las mesas, a las paredes o al compañero de al lado. Antonio fue de estos últimos y se ganó un cabezazo y varios insultos por parte de Romano.
—Yo…—comenzó Canadá. O, más bien, el pobre lo intentó—…eh…bueno, cuando la vi por primera vez aún era un niño—murmuró de manera casi inaudible, tímido. Sin embargo, había sido capaz de decir una frase entera delante de todo el mundo. ¡Él podía!
—¿Cuándo eras una colonia? —le preguntó Francis, rememorando esa época en la que el pequeño le preguntaba impaciente que iban a cenar o aparecía llorando por la noche por culpa de una pesadilla y le pedía quedarse con él.
—No—replicó, sorprendentemente—, antes. Creo que unos setenta años antes de que te conociera—concretó. Se formó un sorprendido silencio. Canadá, incómodo, siguió informando—. Aunque por sus palabras, diría que conocía la zona de antes. Al verme dijo algo así como: «Vaya, la última vez que vine no estabas por aquí, Aunque, claro, eso fue hace unos doscientos años, de manera que tampoco me extraña». Y después se rió de sí misma.
Pero Mathew no pudo seguir hablando porque surgió una interrupción. Hubo una nación que se levantó y comenzó a expresar toda su indignación ante el hecho: España
—¡¿Cómo? —gritó Antonio al aire (sus palabras, realmente, no iban dirigidas a nadie en particular). Lovino, viendo que se estaba exaltando demasiado, se alejó un poco. Ya le daría un cabezazo más tarde. Mejor que al país de la pasión se le agotase un poco el apodo y se tranquilizase— ¡Yo descubrí América!* ¿¡Y mi fama! ¿¡Y mi gloria!
Las risas de su antiguo rival no tardaron en oírse.
—¿Ves, Spaniard? Nunca fuiste nada— le echó en cara Arthur.
—¡Cierra la boca, EX-imperio! —le recriminó España, recalcando el «ex».
—¡Basta! — rugió Alemania antes de que el inglés pudiese replicar, y a quien las rencillas de antiguos imperios le importaban más bien poco, al menos en ese momento—¡Eso lo discuten luego! ¡Ahora cállense y escuchen!
—¡Eso! — apoyó Francis—. Me estáis asustando al chaval— ciertamente, Mathew había comenzado a temblar encogido en su asiento ante los gritos, pero para el francés, eso sólo era una excusa. En realidad, cómo él gran cosa de colonias en el Nuevo Mundo comparado con Inglaterra y España, no podía discutir mucho con esos dos. Y ver a Inglaterra meterse con alguien no era tan divertido si Francia no podía acoplarse a la discusión.
Canadá, viendo como Antonio y Arthur evitaban mirarse (y sólo porque no se atrevían a enfrentarse a Ludwig) y las aguas parecían volver a su cauce, se arriesgó a continuar.
Era verano y hacía buen tiempo. El cielo estaba claro y azul, y la brisa despejaba el bochorno. Y al futuro Canadá le gustaba. Al fin y al cabo, estaba en su casa.
El niño jugaba al escondite, su juego preferido. O eso creía hacer, ya que no tenía a nadie con quien jugar. No le importaba, sin embargo. Él se divertía y eso era lo único realmente importante.
Por eso, cuando alzó la cabeza de su «escondite» en el prado, lo último que esperaba encontrarse era con una cara. La cara le miraba sorprendida. Pero él, asustado, retrocedió, a punto de echarse a llorar.
La mujer miró al niño y se agachó hasta ponerse a su altura. Le sonrió.
—Tranquilo, no muerdo—le dijo con suavidad.
El niño siguió mirándola asustado, pero tranquilizándose un poco. Tenía la tez pálida, contrastando con su pelo castaño claro, aunque ligeramente rojizo, y ondulado. Muy largo. También tenía los ojos verdes, intensos y profundos; la nariz, pequeña; y los labios, finos y suaves. De su oreja izquierda colgaba un extraño pendiente de forma puntiaguda. Llevaba un sombrero negro, pantalones blancos, botas altas negras y una chaqueta roja con los bordes dorados. Eran ropas muy raras para la joven futura colonia.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó la mujer.
El niño miró hacia abajo, avergonzado. Ella entendió el mensaje, y su expresión se tornó algo compasiva.
—Vaya, no tienes nombre, ¿eh?— él asintió tímidamente—. Pues lo siento mucho, pero yo no puedo darte uno—admitió.
El futuro Canadá la miró, sorprendido. Sabía que era cómo él, porque si no, jamás le habría encontrado. Y tenía la esperanza de que quisiese quedarse con él y cuidarle. Era pequeño y no quería estar tan sólo.
—¿Por qué? — le preguntó con su vocecilla de niño.
—No puedo—le sonrió ella cansadamente sin explicarle nada más—No puedo colonizar ningún territorio que encuentre. Tienen que ser otros los que descubran este sitio y te cuiden. Yo no puedo.
El niño bajó la cabeza, triste.
—Lo siento…Y me da pena— murmuró, pensativa—. Te van a cuidar Francia e Inglaterra si mi predicción fue acertada…Pobre chaval—un pervertido y un pirata nunca eran la mejor opción. Aunque el extraño (por lo menos) amor de España hacia los niños tampoco tenía la bendición de la mujer, precisamente.
El crío se asustó mucho a oír eso.
—¡No! ¡No! ¡Cuídame tú! —suplicó, llorando.
La mujer pareció nerviosa. No había sido su intención asustarle cuando había dicho eso…
—Vamos, vamos—intentó tranquilizarle—. No será tan malo—«espero»—. Yo no puedo darte una opinión objetiva, y de donde vengo las cosas se están poniendo un poco peliagudas con ese tema. Alguien que yo me sé está entrando en plena efervescencia. A saber que ocurre cuando encuentre este sitio— de esa predicción, en cambio, no dudaba.
—E…fer…¿qué? —trató de repetir la futura colonia, extrañado, sin éxito.
La mujer pensó en una comparación buena. Si le decía «adolescencia» probablemente tampoco le entendería. Y, de paso, distraería su atención del tema.
—Ya sé— le dijo—, tu hermano*, ese del sur, nunca se puede estar quieto, ¿verdad? —le sonrió.
El futuro Canadá respondió a su sonrisa con otra y unas risillas divertidas. Una risa cómplice entre ambos.
—Pues algo así
—¿Ya lo entiendo! — le sonrió el niño. Pero un nuevo detalle llamó la atención de su joven y curiosa mente—. Esas ropas son muy raras—opinó con el descaro (y la inocencia) de un niño.
Ella las miró un momento antes de sonreírle.
—Es la moda de los marines de mi casa, al otro lado del mar. Aunque sólo entre los importantes—le guiñó un ojo.
Sin embargo, él se sintió atraído por otra parte de la información.
—¿Al otro lado del mar? ¿Hay algo al otro lado del mar?
—Sí, yo vengo de allí.
El futuro Canadá se sonrojó, avergonzado.
—Debes de pensar que soy tonto por no saber eso—murmuró.
Ella se rió. Qué ocurrencias tenía.
—En absoluto. De donde yo vengo, nadie sabe que este lugar existe—«aunque ya no falta demasiado» pensó, recordando sus visiones—. Y yo no se lo pienso decir—añadió, sorprendiendo al otro—. Es su problema, no mío—se encogió de hombros—. Es su problema, no mío.
La futura colonia se rió ante su actitud infantil, claramente hecha a propósito. Y después consiguió convencerla de que se quedase a jugar con él un rato.
A media tarde, y después de la siesta que el más joven necesitaba, la mujer le preguntó por su animal favorito.
—¡Los osos polares! —contestó él, entusiasmado.
—¿Po…lares? —repitió ella, confusa.
—¿No los hay en tu casa? —le preguntó él, asombrado.
—Hay osos—se apresuró a explicar ella—. Pero no…polares.
—Pues son muy bonitos— recalcó el «muy»—. Y blancos. Yo creo que es porque se revuelcan en la nieve—dijo, con una expresión tan seria que la mujer casi se echa a reír.
—Pero…¿no hibernan? —cuando llegaban las nieves, los osos no solían pasearse por ahí.
—Sí, cuando hace más frío.
«¿Más frío? ¿Con nieve en verano?» eso desconcertó totalmente a la mujer. ¿Su territorio era tan grande, iba tan al norte? ¿Un crío tan pequeño?
—¿Me los podrías enseñar? —le preguntó
La nieve y el hielo se encontraban por todas partes y hacía un frío de tres pares de narices, por no decir algo más feo. La mujer se estaba congelando. Pocas veces iba a zonas tan frías (no solía ser necesario), pero nunca con un uniforme de verano, por simple sentido común. El niño, en cambio, no tenía ningún frío, a pesar de ir más ligero de ropa que ella. Era su casa, después de todo. Por suerte (para ella) no tardaron demasiado en ver a los animales. O al animal, más bien, pues un cachorro solitario vagabundeaba por la blanca zona.
—¿Qué le pasa? —preguntó le niño al oír los tristes gruñidos que emitía el animalito, lastimeramente.
El rostro de la mujer se ensombreció u poco, comprendiendo lo que decía el animal. El osito había perdido a su madre. Y sin sus cuidados no sobreviviría mucho tiempo. Pero las naciones tener padres (descontando, por supuesto, el hecho de que no tenían progenitores; tan sólo lazos familiares muy próximos al término con aquellas naciones que viviesen cerca), y era difícil que la joven futura colonia lo comprendiese del todo. Por suerte, sí que tenía un hermano.
—Se ha separado de su familia—le explicó—. Está sólo y muy triste porque no les encuentra.
La carita del niño le dio a entender a la mujer que, efectivamente, no acababa de entender cuál era el problema de que se encontrase solo, pero el animalito parecía tan triste que no pudo evitar preguntarle a la mujer si podía ayudarle en algo. Pero ella sabía que no sería tan sencillo. En realidad, lo más probable era que nunca la encontrasen. Por otro lado, la mujer le había pedido que la llevara allí por una razón, y encontrar al osito había sido todo un golpe de suerte. Sobre todo para el animal.
—¿Y no querrías ser su amigo? —le preguntó ella—. Seguro que si se queda contigo, se anima. Y tu tendría un amigo con quien jugar.
Al futuro Canadá se le iluminó la mirada al oírlo y afirmó efusivamente. Riendo, la mujer se acercó al osito y le acarició la cabeza. El animal la miró, lastimero. Ella se sentó a su lado, pidiéndole al niño que se sentase en frente del oso y cerrase los ojos. Entonces la mujer pronunció bastantes cosas incomprensibles para él y se sintió un poco raro durante unos minutos. Pero cuando eso pasó y pudo abrir los ojos, se encontró con la mirada fija e inteligente del osito.
—¿Quién eres? —pronunció el animal.
Al niño se le iluminó la mirada. ¡Hablaba! ¡Era un oso mágico!
La mujer rió cuando el niño lo exclamó.
—He sido yo—le explicó—, estará contigo siempre y nunca se separará de ti— «Aunque en ese momento no lo entendí» explicó Canadá «Se refería a que viviría tanto como yo»—, y también te protegerá. Tú, a cambio, tienes que cuidarle. Y le he dado la capacidad de hablar.
—¡Qué bien! ¡Ahora podremos jugar los tres juntos! ¡Gracias!
Sin embargo, ella le miró con una sonrisa muy triste.
—Lo siento, pero mi deber es observar, no intervenir- le dijo enigmática—. Y es hora de dormir…Canadá.
El crío jamás llegó a oír la última palabra. Ya se había dormido.
—Lo siguiente que recuerdo es despertarme en un prado verde, más al sur, y con Kumajiro. Ella se había ido y no había vuelto a verla hasta hoy—finalizó Canadá.
Un pesado silencio cayó sobre la sala. Nadie sabía que decir, pues el relato era ciertamente desconcertante. Pero Noruega tenía unas interesantes conclusiones:
—Teniendo en cuenta que habló de colonizarte, está claro que es una nación. Y puede que Kumajiro sepa algo más.
Todas las naciones miraron fijamente al oso polar que estaba en brazos de su dueño. Kumajiro se limitó a mirar a su nació y preguntar:
—¿Quién eres?
—¡Canadá! —gimió el pobre país. Acababa de relatar el emotivo encuentro que tuvo con él. ¡Cómo podía preguntarle su nombre!
—Encantado—respondió el oso—. Mi nombre es Kumajiro.
Inesperadamente, alguien saltó de su asiento y gritó:
—¡Mientes, oso! —¿mentía? —¡Sólo haces eso para distraernos! —replicó, como no, el «efervescente» hermano del narrador con pose…¿heroica?
Kunajiro, por su parte, le miró muy fijamente.
—¿Quién eres?
—¡Soy Estados Unidos, el héroe que salvará el mundo! —respondió, en la misma postura.
Por otro lado, Noruega comenzaba a sospechar algo, y miró directamente a los ojos a Mr. Puffin.
—Mr. Puffin—inquirió, con más seriedad de lo habitual. Después de todo, estaba hablando de un país. De un país capaz de hacer magia. Su magia.
El ave le ignoró. Noruega insistió, ayudado por Dinamarca y el propio Islandia. No muy lejos, Kumajiro sentía el acoso de su dueño y del hermano de su dueño. Gilbird, viendo el panorama, comenzó a piar. Kumajiro y Mr. Puffin se miraron.
—Me parece bien—comentó el frailecillo.
Kumajiro asintió. Hanatamago ladró suavemente y otros animales presentes parecieron dar su conformidad. El hecho de que sus mascotas estuviesen metidas en ese embrollo no tranquilizó en absoluto a los dueños. A los animales les quedaba el problema de decidir quién hablaría, porque ninguno de los que podían estaba por la labor… Al final, ése fue Mr. Puffin.
—Ya la conocíamos de antes—confesó el ave, hablando en nombre de todos los animales presentes—. Nos convirtió en vuestros animales guardianes para que os protegiésemos de esas cosas que quieren acabar con vosotros. Aunque sólo podemos proteger a las naciones con las que vivimos. Nos enlazó mientras vosotros dormíais. Canadá fue una excepción.
Con una sonrisa, Finlandia alzó a Hanatamago en brazos y le sonrió.
—Así que nos proteges, ¿eh? ¡Muchas gracias! —la perrita ladró, feliz e intentando lamerle toda la cara.
A su lado, Berwald continuaba con su expresión imperturbable y capaz de repeler todo lo existente; pero Tino sabía que estaba de acuerdo con él, aunque no se fiase de la mujer.
—Entonces luchas contra esas cosas. ¡Sabía que eras tan grandioso como yo! —exclamó Prusia, orgulloso. Gilbird le respondió piando con su mismo orgullo.
—No, no lo hacemos—replicó Kumajiro—. Eso sólo lo hace ella. Nosotros os protegemos de otra cosa.
—¿Qué cosa? —preguntó Canadá, comenzando a asustarse de verdad.
El oso cerró los ojos, pensativo.
—No creo que podamos decíroslo—concluyó—. ¿Quién eres?
El pobre país bajó la cabeza con un suspiro lastimero, pero las demás naciones no estaban como para consolarlo. En su lugar clavaron su mirada en Mr. Puffin, exigiendo una explicación.
—Nos hizo un conjuro para que no dijésemos ciertas cosas—explicó el frailecillo—, y tampoco nos caontó nada sobre ella, por si acaso; ni tan siquiera nos dijo su nombre. No os podemos contar mucho más.
—Bueno, ¿y cuál es el problema? —estalló Dinamarca. Se aburría y no podía ya con tanta incógnita—. Qué Nor lo rompa y punto.
—No puedo—replicó el mencionado con voz monocorde.
—¡Pero si la magia nórdica es lo tuyo! —Dinamarca estaba bastante asombrado. Bueno, a esa magia se le llamaba «nórdica» por algo, ¿no?
—No es magia rúnica—replicó, usando el nombre original.
—Pues que lo rompa el Cejotas—tampoco era un problema…salvo por el hecho de que la habitación podía explotar misteriosamente.
—No es magia británica
—¡Pues el vampiro! —insistió.
Noruega no respondió. No era magia Rumana. Dinamarca se quedó sin argumentos. ¿Era eso posible?
—¡Pero si sólo existen nuestras magias! —Inglaterra mismo respondió por él, mientras Rumanía alzaba una ceja ante la información del noruego.
Noruega les miró con su seriedad de siempre.
—Eso creíamos
Las naciones mágicas se miraron, sintiendo recelo por esa magia desconocida. ¿Era bueno o malo que hubiese más magos, y que estuviesen ocultos? No lo sabían. No sabían si querían saberlo siquiera; pero debían.
—Es una conversación fascinante—intervino Suiza, a quien, por supuesto, la magia le parecía una estupidez—, pero parece que no os habéis dado cuenta de algo más importante todavía—todos le miraron, expectantes ante sus palabras—. Es una nación. Con un territorio, por pequeño que sea. Sabemos que es rarísimo, por no decir imposible, que haya una nación que no haya proclamado su soberanía e independencia a los cuatro vientos, a fin de que los demás le tengamos más o menos en cuenta y lo reconozcamos cómo a tal. Hasta las micronaciones lo hacen. Pero ella no.
Todos centraron su atención en él. Tenía razón, después de todo. Una nación no reconocida internacionalmente, aunque fuese por sólo un país, no existía a efectos prácticos. Y si no insistía en obtener su independencia, sin importar el éxito que obtuviere, terminaba desapareciendo. Pero esa extraña mujer-nación había seguido por ahí tan tranquila, sin llamar la atención de ningún país durante, al menos, varios siglos.
Vash esperó un poco antes de comunicarles la conclusión a la que había llegado.
—Eso significa que al menos uno de nosotros comparte territorio con ella y la reconoce cono nación. Y la está encubriendo.
En otras palabras, un traidor.
*¡Yo descubrí América!: Sé que debería haber metido a Dinamarca en la discusión por los vikingos y tal, pero sinceramente, no se me ocurría ninguna manera de encauzarla, por lo que lo dejé así.
*tu hermano: Aún no deberían ser hermanos pero… exigencias del guión.
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Anónimo 7: Muchas gracias por tu comentario, la verdad es que te entiendo, yo tampoco soy de comentar mucho. No te preocupes, pensaba seguir escribiéndola de todos modos, aunque sí que es cierto que no tener comentarios desanima un poco. Y me temo que no creo que pueda actualizar muy rápido… (Instituto…)
KarimeA: Te respondí arriba ;3
Y hasta aquí hoy. Admito que me muero de ganas por saber vuestras teorías respecto al traidor (jojojo), aunque me da la sensación de que no es muy difícil saberlo. De todas maneras, lo sabréis en el próximo capítulo; el cual, por cierto, tengo esperanzas de poder publicarlo de regalo de Reyes :3 A ver si lo logro.
