Capítulo 6: Los Oscuros

—Se llaman «Oscuros*»—Laura comenzó con la explicación—. Se tratan de magia pura que ha tomado conciencia de sí misma y cuyo único objetivo es destruir a todas las naciones que existan. Se trata de un conjuro antiguo cuya fuente de energía es él mismo. Con que haya un Oscuro vivo es suficiente para que pueda haber miles.

La mujer realizó una pequeña pausa para ordenar sus pensamientos. Inglaterra la aprovechó para preguntar.

—¿Quién los creó? —una magia tan poderosa no se veía todos los días.

—El Primer Mago, Pangea. Increíblemente poderoso, pues sus habitantes eran no solo los animales sino los seres mágicos. Pero su propia magia lo consumió, quizás por culpa de algunas criaturas mágicas que no querían formar parte de él, no lo sé. El caso es que su magia le destruyó y se propuso destruir a todas las naciones que pudiesen surgir.

Laura suspiró para sus adentros. No se podía creer que se lo estuviera diciendo de verdad. No después de ocultarlo tantos siglos…Incluso aunque ya lo hubiese planeado se le antojaba demasiado irreal. Lo peor era que tendrían muchas preguntas. Y la curiosidad podía ser realmente peligrosa. Sobre todo para ella.

—¿En qué consiste el conjuro? —preguntó Rumanía.

Laura frunció el ceño, pensativa.

—Destruye la barrera entre personificación y territorio—las naciones la miraron, confusos ante sus palabras—. Cuando ocurre algo en vuestro territorio las consecuencias se reflejan en vuestro cuerpo, pero no al revés.

Todos asintieron pues lo sabían de sobra. ¿Quién no había sufrido alguna guerra y sus consecuentes heridas? ¿O alguna catástrofe natural?

—El conjuro rompe esa barrera—continuó Laura—, y suele traducirse en catástrofes naturales que destrocen el territorio, a no ser que otra nación pueda hacerse cargo del mismo, en cuyo caso pasa a formar parte de esa otra nación. Por eso duele tanto. Y por eso pueden matarnos con tanta facilidad. Para ellos es como si fuésemos humanos normales.

Las naciones, pálidas ante la revelación, se miraron entre sí, y después a Finlandia, quien se agarraba el hombro herido con fuerza y cuya cara de circunstancias se confirmó las palabras de la mujer.

Sus cuerpos humanos eran vulnerables frente a los Oscuros. Unos cuerpos que deberían ser indestructibles.

—¿Y cómo nos atacan? ¡Necesitamos defendernos! —exclamó Alemania.

—De tres maneras posibles, obviando a unos que pueden desplegar campos de invisibilidad. Esos no atacan, pero ayudan a otros a hacerlo. Están los ofensivos, como la cosa que maté el otro día. La magia sólo puede ser contrarrestada con magia, pero los Oscuros son magia pura, y utilizarla de cualquier manera sólo les vuelve más fuertes. La única menara de matarles que encontré se trata de atacarles con armas mágicas. Necesitan ser heridos con magia, pero de manera física. El hielo mágico también funciona. Evidentemente—les sonrió con un poquito de amargura— no resulta recomendable acabar herido. Duele.

Laura realizó una breve pausa para acercarse a las mesas y robar el agua de alguna nación. Nadie le dijo nada, más interesados en sus palabras que por un poco de agua. Tras un breve trago, Laura continuó.

—Luego están los poseedores—continuó la mujer—. Estos no matan directamente, sino que poseen a una nación para que mate a otra, permitiéndoles romper la famosa barrera a dichas naciones. Sienten una debilidad especial por los hermanos—comentó, mirando a Lovino, que seguía inconsciente.

—Pero se comportaba con normalidad…—comenzó Feliciano.

Laura asintió.

—Es esencial para no levantar sospechas. Además, los Oscuros no conocen el comportamiento concreto de una nación. Éstos sólo pierden el control cuando el Oscuro les domina por completo. Hasta ese momento, la magia se encuentra latente. E incluso pueden caer latentes de nuevo pese haber despertado. La nación poseída nunca recuerda nada. Cuando Romano despierte, lo último que recordará será que le he preguntado algo.

Laura iba a seguir hablando cuando una pelotita amarilla voló hacia ella. La mujer extendió el dedo para que Gilbird se posase sobre él, y el pollito comenzó a piar, bastante alterado. El rostro de la mujer se ensombreció mientras los demás animales se miraban entre ellos, preocupados. Laura miró a Prusia de reojo. No eran buenas noticias, desde luego.

—¿Y el tercero? — se atrevió a preguntar Inglaterra. La interrupción y la reacción de las mascotas les había dado a todos mala espina.

—Contaminadores—dijo ella, secamente, como si fuese algo obvio. Bueno, para ella lo era. Estaba muy seria y pensando en otra cosa. Justo entonces se dio cuenta de que tendría que darles detalles—. Fue por ellos por lo que os di a los animales guardianes. Tienen que detectar si estáis contaminados y avisarme. Son los más comunes y su efecto es como una enfermedad; te infectan y extienden por todo tu cuerpo.

Las naciones la miraron, expectantes, pero Laura ya no dijo nada más.

—¿Y? —preguntó España.

Ella resopló. Era la cosa más obvia del mundo.

—Mueres—sentenció. Después de dirigió a Gilbert—. Y Gilbird me ha dicho que estás infectado.

Varias miradas preocupadas se clavaron en el prusiano. Gilbert le devolvió la mirada, algo nervioso. ¿Estaba hablando en serio? Su cara no parecía bromear. Oh, Dios, eso era malo. Muy malo. ¡Él era demasiado grandioso para morir! O eso esperaba.

Ignorando el monólogo interno de Prusia acerca de su grandiosidad o no, Laura se acercó, murmuró algo y le sopló suavemente en la cara. Prusia la miró como si hubiese venido de otro planeta y no fue el único. Ella puso los ojos en blanco.

—Los contaminadores también se hacen invisibles. Ahora podremos verlo.

Extrañado, el albino alzó las manos y se quedó petrificado. Unas extrañas líneas grises las envolvían hasta la base de los dedos. Era escalofriante. ¿De dónde había salido eso? Laura frunció el ceño al verlo. No tenía buena pinta.

—Quítate la chaqueta—ordenó con un tono que no admitía réplica.

Prusia obedeció, algo confuso, quedándose en tirantes. Los brazos también se encontraban cubiertos por esas líneas. La cara de Laura no mejoró.

—Quítate los pantalones

Él la miró. ¡Ni de coña iba a despelotarse en frente de todos! ¿Qué clase de pervertida era? Ella entendió el mensaje y chasqueó la lengua con irritación.

—Pues súbete los pantalones hasta las rodillas, pero enséñame las putas piernas—comenzaba a perder la paciencia con tanta tontería, y no era un lujo que podía darse, precisamente.

Antonio le indicó a Gilbert a través de gestos (increíblemente exagerados cabe decir) que le obedeciera. Laura reafirmó su convicción de que su hermano era idiota, pero al menos el prusiano, temiendo por la seguridad de sus regiones vitales, obedeció. Las líneas bajaban de las rodillas hasta poco antes de los tobillos. El piar aterrorizado del pollito al verlo no fue buena señal, así como tampoco la sombra que cubrió la cara de la mujer.

—Gilbird—dijo ella, muy seria, pero sin perder la vista de la ex nación—, ¿cómo es que no te diste cuenta antes?

El animalillo respondió piando. Ella suspiró y asintió.

—¿Es…muy grave? —preguntó Alemania, preocupado por su hermano.

—Mañana estará muerto—replicó ella con sequedad.

Un frío silencio se instaló en la sala. No podía ser. No le podían quedar veinticuatro (o menos) horas de vida.

—Aunque puedo extirpártelo—añadió

Se oyeron varios suspiros y más de uno volvió a respirar.

—¡No eres nada grandiosa! ¡Eso se dice antes! —se quejó Gilbert, quien ya tenía los pelos de punta y había comenzado a sudar.

—¿Necesitas algo? —le preguntó Antonio, preocupado por su amigo.

Laura examinó el bote de tinta negra. Estaba por la mitad. Frunció el ceño.

—Tinta negra—pidió—, y cuerdas.

Más de uno la miró, extrañado. ¿Para qué quería cuerdas? Pero Austria y Hungría fueron a buscar el pedido, y nadie preguntó al respecto. Elizaveta se encontraba especialmente preocupada. Prusia era un creído arrogante, pero no se merecía morir. No iba a morir…¿verdad?

Cuando ambos se hubieron marchado, Laura cogió un pincel y la tinta que traía consigo y comenzó una mezcla de runas, caracteres chinos y otros símbolos por las paredes, suelo y, tras levitar ante la atónita mirada de los demás, el techo. Luego se dirigió a una silla para realizarle dibujos similares (a los ojos de las naciones). Fue entonces cuando el ex matrimonio volvió con el pedido a cara de sorpresa. Fuera de las sala no se oía nada, pero todo el mundo estaba gritando o hablando en voz alta, quizá para calmar los nervios ante tanta incertidumbre. Lovino ya había vuelto en sí y Bélgica le había explicado que ocurría, pero al italiano no se le pasaba el susto. ¡Que esa loca se había enfrentado a Suiza y sus infinitas armas de fuego y a la mala bestia de Bielorrusia como si nada!

—¿Oísteis algo al volver? —les preguntó aura a los recién llegado, pero sin quitar su atención de la silla. Ellos negaron—. Bien, el hechizo de insonorizar funciona—comentó para sí.

—¿Y por qué haces eso? —preguntó Prusia, extrañado.

—No queremos alertar a la gente con tus gritos de dolor

Gilbert se rió al oírlo.

—No te preocupes, soy demasiado increíble como para quejarme por un poco de dolor—comentó, orgulloso.

—Dijeron los grandes Imperios antes de llorar como bebés—replicó Laura totalmente indiferente y sin molestarse en mirarle.

Gilbert frunció el ceño. Los Imperios no eran nada grandiosos, él sí. Aunque la afirmación no le gustó un pelo.

—¿Acaso has hecho esto con Imperios? —preguntó Francia.

Ella hizo una mueca de disgusto.

—Os lo he hecho a casi todos varias veces, aunque me las arreglo para conseguir que lo olvidéis o creáis que fue un sueño. Sólo se libran las naciones pequeñas o las micronaciones por resultar poco importantes. Y los Imperios son un imán para estas cosas.

—¿Te di muchos problemas? —preguntó tímidamente Arthur, sintiéndose un poquito (pero sólo un poquito) culpable por haber sido el Impero más grande del mundo.

—Me planteé muy seriamente dejar que murieras—reconoció ella sin tapujos. Si Inglaterra hubiese estado bebiendo, lo habría escupido todo—, pero entonces tus colonias se habrían convertido en objetivos (no, a las colonias tampoco les afectan los Oscuros) y sería más problemático a la larga. Además, si realmente te hubiese dejado morir, ya habría muerto antes alguien más. —su mirada de acero revelaba que se encontraba hablando muy en serio.

Más de uno se sintió incómodo y algo preocupado.

—¿…Y quien es? —preguntó Francis, temiendo por sí mismo. Siempre supo que los tríos llegarían a ser su perdición.

—No os importa—replicó ella—, pero esa nación lo sabe bien—inspiró hondo, en parte para relajarse, en parte porque ya había terminado con los preparativos. Miró a Prusia y apuntó a la silla—. Siéntate y quítate la camiseta.

Después se fue a examinar lo que Austria y Hungría habían traído. El otro protestó.

—¡Pero bueno! ¿Es que eres hija de Francis o qué?

—No—replicó ella sin mirarle.

—¿Prima?

—No

—¿Hermana?

Laura puso los ojos en blanco.

—No tengo nada que ver con él. Quítate la camiseta o muere—le replicó, sencillamente.

Esa afirmación convenció más al prusiano. Una vez sentado, Laura se acercó con la tinta y comenzó a hacerle dibujitos sobre las articulaciones y anillos celtas (el detalle asombró a Inglaterra) al final de las líneas grises, es decir, en los tobillos y en los dedos.

—No te muevas—le gruñó ella.

—Pero le haces cosquillas a mi grandiosa persona—se quejó—.Además, ¿qué es eso? —le preguntó, refiriéndose a una marca negra en el centro del pecho de la que parecían provenir el resto de las líneas.

Ella miró de reojo.

—El núcleo. Te lo tengo que arrancar desde ahí.

A Prusia se le pusieron los pelos de punta. Además, ¡la pintura estaba fría, joder! Al terminar con las articulaciones, Laura le hizo otro anillo alrededor del núcleo. Después acarició los símbolos de las articulaciones. Estos se separaron de la piel, comenzando a levitar y arrastrando pequeñas partes grises con ellos.

—Así duele menos y es más fácil de quitar—informó ella—. Bien, que alguien le ate los brazos y las piernas a la silla.

—¡¿Por qué? —lo de las cuerdas seguía sin gustarle nada. Se parecía demasiado a un fetiche.

Laura le miró directamente a los ojos. Los tenía verdes, como los de su hermano, pero más oscuros. Quizá en su casa había muchos bosques. Igual era por el norte. Entonces Gilbert se dio cuenta de que Antonio nunca les había llevado a él y a Francis por la zona norteña del país. ¿Era esa la razón? ¿No era la casa de Antonio y él quería evitar que se diesen cuenta? La voz de la mujer le sacó de sus pensamientos.

—Porque cuanto más te muevas, más tardaré y más te dolerá.

Ante esa afirmación, Antonio, Francis y Ludwig decidieron atarle. Ella le prestó atención a su mano izquierda y murmuró unas palabras. Ésta se convirtió en una garra de líneas tribales con cierto brillo sobrenatural. Noruega vio un par de runas flotando en el tatuaje viviente en el que su mano se había convertido.

Gilbert miró esa mano mutada algo preocupado (no era temor. ¡Era demasiado grandioso como para temer!), pero ella, con una sonrisilla traviesa, le tocó la frente con dicha mano. Su dedo-garra le atravesó limpiamente la frente, como si fuese un espíritu. Después se posicionó frente a él, más seria.

—¿Preparado?

Gilbert tragó saliva. Asintió.

Laura le atravesó el pecho y agarró la marca negra. Entonces tiró con todas sus fuerzas. Al principio, Prusia no sintió nada; excepto la desagradable sensación de que algo se deslizaba sobre su cuerpo, pero a los pocos segundo notó como las líneas («¡¿Qué demonios?» pensó) se agarraban a su cuerpo con fuerza. De su pecho comenzaba a salir el núcleo dentro del puño de Laura, con el anillo de pintura brillando alrededor, y las líneas del resto del cuerpo retrocedían hacia el pecho. Gilbert sentía como si su cuerpo estuviese siendo desgarrado milímetro a milímetro. Joder, esa zorra no le había mentido. Dolía de verdad. Tuvo que apretar los dientes y cerrar los ojos con fuerza.

Las líneas alcanzaron los símbolos flotantes del codo. Hubo un pequeño brillo en el contacto y las líneas retrocedieron en cuestión de milésimas, al contrario que el lentísimo proceso anterior, y llegaron a la mitad del antebrazo. Pero tras eso volvieron a ralentizarse, para desgracia de Gilbert, quien ya había empezado a sudar y jadear del dolor. Las líneas que alcanzaron las rodillas sufrieron un proceso similar al de los codos. Prusia comenzó a gritar. Nunca, que recordase, había sufrido un dolor similar, ni siquiera durante las guerras. Esas cosas grises querían matarles de verdad. Elizaveta apartó la mirada. No soportaba verle sufrir de esa manera.

Laura ya se había alejado un par de pasos para poder tirar mejor del oscuro cuando las líneas llegaron al pecho, la zona más dolorosa. Y el prusiano no tardó en demostrarlo, retorciéndose y luchando contra las cuerdas que le impedían moverse, empezando a llorar sin poder evitarlo y suplicándole que se detuviese en todos los idiomas que conocía. Ella le ignoró, si se detenía, Gilbert moriría.

Tras un último tirón, Laura consiguió arrancar al oscuro. Alzó el brazo para alejarlo de su propio cuerpo mientras la cosa movía sus tentáculos frenéticamente, buscando un nuevo cuerpo que infectar, ante la horrorizada mirada de las demás naciones.

—¡Bielorrusia, lánzale un cuchillo! —le gritó Laura.

La mujer salió de su tranca y obedeció, más por instinto que otra cosa. Sentía que lo que la hermana del español tenía en la mano era peligroso, y que cuanto antes lo destruyera, mejor. Laura le gruñó una runa al cuchillo volador y el oscuro estalló en pedazo al contacto con el arma.

Ya con el ambiente más tranquilo, Alemania y Hungría se acercaron al tembloroso cuerpo que yacía sobre la silla (que seguía intacta gracias a los conjuros que le había puesto Laura) y le desataron. Gilbird voló rápidamente hacia su dueño y luego hacia Laura para comenzar a piarle, frenético. Ella asintió mientras cogía la pintura restante y el pincel y se dirigía hacia el albino. Ésta, con un ligero shock tras la experiencia, no permitió que se le acercase más. Laura le dijo que le quitaría el dolor, y Ludwig, pensando en que a Tino le había funcionado, decidió que podía darle una oportunidad; de manera que trató de convencer a su hermano.

Al final, Prusia cedió y la mujer pudo dibujarle algunos símbolos en los brazos y el pecho. El efecto casi instantáneo hizo que, si bien el dolor no llegó a remitir del todo, el albino sí se sentía mucho mejor. Miró a Laura, quien ya estaba recogiendo sus cosas.

—Eh, tú—la llamó—, norteña.

Laura alzó una ceja y le miró. Antonio no mostró menos sorpresa. El prusiano sonrió, orgulloso de haberlo adivinado.

—Esto no ha…—jadeó— sido nada para alguien…tan increíble como yo—le replicó, sin quitar su arrogante sonrisa.

Ella le sonrió a su vez.

—Lo imaginaba

—O sea, estáis como totalmente locos—replicó Polonia al oírlo. En realidad, todos lo habían pensado.

Laura revisó que lo tenía todo y rompió los conjuros que aún estaban en la habitación. Después se dirigió a su hermano.

—Me voy, ya nos veremos.

Antonio asintió, sonriente. Inesperadamente, una cadena rúnica se enganchó en el brazo de la mujer. Laura miró a Noruega y a la cadena que él agarraba, interrogante.

—Aún no nos has dicho quien eres—replicó. A su lado, Inglaterra y Rumanía le respaldaban—. Y no vamos a dejarte marchar hasta que lo hagas.

Ciertamente varias naciones bloqueaban ya todas las salidas, ventanas incluidas. Bueno, Holanda en realidad no se había movido de la puerta.

Laura sonrió y golpeó la cadena. Ésta se rompió en pedazos y desapareció.

—Lo siento—les replicó—, no me apetece. Decidle que os lleve al punto de encuentro—señaló a su hermano con el pulgar.

—¿Y cómo vas a salir de aquí? —le replicó Inglaterra.

Ella se rió, algo burlona.

—Con magia, ¿cómo si no?

Y entonces desapareció.


*Oscuros: Esto sólo es una curiosidad, pero en un principio los llamé «Oscuros» porque iban a ser negros. Luego pensé que se parecerían demasiado a la magia celta y los dejé grises. No muy original, lo sé, pero los nombres son mi punto flaco.


Reviews:

KarimeA: Bienvenida de nuevo :D no te preocupes por eso, te entiendo. Yo tampoco comento siempre en las historias. Aquí está el origen de los oscuros, jejeje. El conjuro se lo hizo porque, aunque él no fuese a decirle nada a las naciones acerca de que tenía una hermana, uno siempre puede irse de la lengua sin querer. Y más si vives tanto como una nación. Fue más por seguridad que por desconfianza. Aunque hubo una época en la que no se llevaron muy bien…


Aquí la siguiente parte del capítulo anterior, ese que tuve que dividir en dos. Espero que no se os haya hecho muy larga la espera. Hablando un poco de todo, ha sido el que más ha cambiado desde la versión en papel hasta la informática. Mientras lo reescribía se me ocurrían un montón de detalles de repente :D

Hasta el siguiente capítulo~