Siento la tardanza T.T, pero he estado bastante ocupada. Y me temo que a partir de ahora irá a peor, de manera es probable que esto se ralentice. Lo siento

Notas importantes: ya que lo menciono en el capítulo, sí, Portugal también es hermano de Laura, y sí, también sabía de su existencia. Simplemente tuvo suerte de que no le cogieran a él :3

Los territorios de Laura, España del Norte, son las comunidades autónomas de Galicia, Asturias, Cantabria, País vasco, Navarra, La Rioja y las provincias de León y Burgos y Huesca. Si veis un mapa podréis trazar una línea medianamente recta. Como su hermano tiene un nombre muy largo, a él le seguiré llamando «España». A Laura puede que la llame «España del Norte» en algunas ocasiones

En este capítulo describo de nuevo a Laura (sí, lo sé, soy una plasta), pero quería hacer un experimento. La descripción es un poco así como metafórica (o, simple y llanamente rara) pero lo hago porque, cuando la ven, es como si realmente se diesen cuenta de que es un país, y pudiesen percibirlo. Si os gusta, lo repetiré con los Antiguos. Y hablando de Antiguos… el primero hace su aparición aquí :3 A ver cuántos acertáis quien es antes de que mencione su nombre.

Disfrutad~


Capítulo 7: Familia

Como Laura había dado el visto bueno, a España no le quedó otra que acordar con las naciones como ir al punto de encuentro. EL lugar se encontraba en casa de la hermana, y cómo no podían ir todos, acordaron que irían las naciones que se encontraban más cerca. Portugal se excusó; tenía demasiado trabajo en casa y la amenaza de Alemania a Antonio le había alertado un poco.

Cuatro días más tarde, Inglaterra, Francia, Alemania, Prusia (que ya se había recuperado) y ambos Italia aterrizaban cerca del mediodía en el aeropuerto de Madrid y subían al vehículo de siete plazas que Antonio había tenido que alquilar para el viaje. Lovino no sabía que era peor, que su hermano hiciese de barrera entre Gilbert o él o tener al inglés cejón y al macho-patatas detrás. Estaba casi rodeado de patatas mutantes. Por no hablar de Francis, que en el asiento del copiloto no dejaba de intentar meterle mano al imbécil de España. Si es que seguía siendo España, claro. Feliciano hizo la pregunta por él. Buen trabajo, hermanito.

—Oye, hermanito Antonio—llamó su atención—, sí Laura y tu compartís territorio, ¿Cuál es tu nombre completo?

El español pensó un momento. Romano frunció el ceño. Era su maldito nombre, ¿de verdad necesitaba pensarlo?

—«España Central, del Sur, del Esta, del Oeste, Archipiélagos y Ciudades Autónomas»—respondió sonriente.

Los compañeros le miraron atónitos. Normal que necesitase pensar.

—¿Qué cojones? —saltó Romano— ¿pero qué coño os pasa a los españoles con los putos nombres largos, joder?

Antonio rió ante el comentario.

—Bueno, mi hermana sólo es España del Norte.

Prusia le miró, extrañado.

—¿Y por qué tu territorio es considerablemente más grande?

—Me lo cedió. Decía que no podía administrar algo tan grande porque tenía cosas que hacer. Supongo que se referiría a matar a las cosas esas.


Varias horas más tarde llegaron a su destino. Aparcaron frente a un bosque húmedo y lleno de musgo; antiguo, y Antonio les dijo que el último tramo lo harían a pie. Pero las naciones acompañantes sólo podían mirar atónitos a través de la ventana.

—Idiota, ¿cuándo llegamos a mi casa? —preguntó Arthur. Pero tenía una cara de sorpresa tan cómica que el español pasó por alto el insulto mientras trataba de no reírse.

—…N-nunca—logró decirle, conteniendo la risa.

—Entonces…—preguntó Francis, tímidamente. La sorpresa no se le iba—, ¿seguimos en España? Quiero decir, el territorio y eso.

—Sí, claro—respondió el otro, aún más extrañado—. ¿Por qué?

—¿Qué por qué? —replicó el prusiano—. La pregunta correcta es, si seguimos en España, ¿por qué cojones está diluviando? —señaló las ventanas del vehículo.

Efectivamente, tras los vidrios se veía una densísima cortina de agua caer ininterrumpidamente. Apenas se podía ver dos palmos de frente, y el agua formaba grandes charcos en el suelo, mojaba los árboles, y la humedad parecía luchar por adentrarse en el interior del coche.

—¡Joder, Antonio! ¡Que eres el puto país del Sol! ¡Esto no es normal! —se quejó Lovino.

España sonrió, incómodo.

—Pero esta es la casa de mi hermana—alegó, como si eso lo explicase todo. No lo hacía, por cierto—. Además, en esta zona llueve mucho, casi a diario. Y por todo el norte en general. Es una buena diferencia entra mi casa y la suya.

—¡Sigue sin ser normal! —insistió el italiano.

Al final salieron del coche, pero Antonio dejó los paraguas que había traído en el maletero porque quedaron empapados a los pocos segundos. No hacía mucho frío, pero decidieron darse prisa por si acaso pillaban un resfriado estando empapados. Antonio les guió entre los árboles. Tras casi media hora de silenciosa marcha con el eco de las gotas cayendo a su alrededor, la vieron.

De espaldas, ropa actual; pelo y cuerpo empapados, humedad colándose en sus entrañas. Una parte de sí misma. Parecía abstraída, pero se giró levemente al oírles acercarse. Bosque profundo en sus ojos, lluvia bañando sus mejillas, aliento soplando por las montañas y chocando contra los acantilados. Una nación.

Debería estar prohibido haber vivido tanto como esa mirada osaba insinuar.

A los pocos metros, el mar embravecido rompía sus olas contra el acantilado, agua salada mezclándose con agua dulce sobre sus cuerpos, relámpagos cayendo sobre su superficie. El claro en el que se encontraba no parecía menos peligroso.

«¿Qué queréis, extranjeros?» parecía decir su mirada indomable «Ningún Imperio me ha doblegado jamás. No esperéis éxito.» Eran su casa y su cuerpo. Indomables montañeses. Siglos defendiéndose frente al invasor. Una costumbre.

Ser conquistado, no arrodillarse, conquistar. Resumen demasiado corto de una vida demasiado larga. Tropiezo y caída. Fin del Imperio. Nunca le importó. Tan sólo era la sombra de su hermano. Nadie sabía que estaba ahí.

—¿Qué hacéis aquí? —les preguntó.

Susurro entremezclado con gotas de lluvia. Amenaza latente entre humedad. Defensa entre árboles y relámpagos. Nunca la conquistarían del todo.

La sorpresa de su hermano se dibujó en su cara.

—Habíamos quedado hoy, ¿recuerdas?

Laura se sorprendió levemente, pero luego asintió y se giró, hablando con nadie en un idioma ya olvidado. Hablando con alguien al que sólo Inglaterra podía ver. Y su cara dejó traslucir su enorme sorpresa.


Era joven, de cabello ígneo y ojos del bosque; cejas algo gruesas, todo su ser translúcido. Complexión delgada y ágil, alto. Tatuajes protegiendo sus brazos. Un carcaj ya vacío colgaba de su espalda. Un ser ya muerto con ropas de sabios antiguos y una capa verde adornada con muérdago y hojas de roble. Su padre y el de sus hermanos. El señor de los druidas.

Celtia.

La antigua nación les miró de reojo para luego dirigirse a Laura.

—¿A qué se refiere tu hermano?

—Se lo voy a contar todo—confesó ella, tras un suspiro de resignación—. Los Oscuros se han empezado a comportar de manera extraña y ya no puedo predecir sus movimientos con exactitud. Necesito que sean capaces de reconocer los signos cuando van a ser atacados, infectados o poseídos y me llamen. Y no van a dejarme en paz hasta que se lo cuente todo, lo sé; así que me temo que tengo que tentar a la suerte.

El rostro de Celtia se ensombreció.

—Eso es muy peligroso para ti—la idea no le gustaba un pelo.

Laura no le replicó. Era totalmente consciente de ello, pero llevaba cuarenta años luchando contra los Oscuros así, de esa manera errática, y la situación no hacía más que empeorar. Parecía que se habían propuesto confundirla para que no pudiera protegerles; y lo cierto era que, a ese paso, Laura cometería un error. Y tenía muy claro que no quería ver morir a otra nación por culpa de esas cosas.

Pero una voz la sacó de sus pensamientos.

—Laura, ¿con quién estás hablando? —preguntó Antonio.

—¿Qué haces hablando con él? —exigió saber Inglaterra, a su vez.

Al oír sendas reacciones, el rostro de Celtia se dividió entre la rabia y tristeza de no ser visto y la sorpresa de serlo.

—¿Por qué Arthur puede verme? —le preguntó el fantasma a la mujer.

Laura, como un niño que ha hecho una travesura y le han pillado sus padres, tardó un poco en responder.

—Sabe magia—reconoció ella.

Celtia la miró, incapaz de creerlo.

—¡¿Y por qué no se la has hecho olvidar? —no se esforzó demasiado en ocultar su irritación.

—Es muy malo—le informó ella, en absoluto preocupada—. Les hizo un conjuro protector a las casas de las demás naciones para evitar a los ladrones—conjuro protector sencillo donde los haya, cabe destacar— y no sólo tuvo que intentarlo cuatro veces para que funcionase, sino que la mitad casi explotan en el proceso, pero luego le cogió el truco. Sobra decir que yo puedo seguir colándome sin problemas si la situación lo requiere—añadió, con una sonrisilla.

Celtia puso los ojos en blanco. Sí, la carencia de talento de Arthur era impresionante. Ya no le extrañaba tnato que Antigua Gracia le hubiese dicho que el joven Arthur no era el más indicado para saber magia.

—¡¿Quieres responder a mi pregunta? —exclamó Arthur, repentinamente, al sentirse ignorado y bastante ofendido por sus críticas a su habilidad mágica—. ¡¿Qué haces hablando con el fantasma de mi padre?*

Laura miró al mencionado pidiéndole permiso, y el fantasma, un poco resignado, asintió.

—¿Preparado para saber una verdad que te perseguirá hasta el último de tus días? —le replicó ella con una voz y un rostro totalmente carente de emoción.

El inglés no le respondió, pero su manera de fruncir el ceño le indicó que no pensaba retractarse. En fin, peor para él.

—También es mi padre—soltó la bomba.

Y, por supuesto, explotó.

Ninguna de las naciones presentes creyó que un ser vivo podía adquirir semejante tonalidad blanca. Hasta sus cejas parecían más pálidas. España, por otro lado, se perdía un poco al no poder oír ni ver a Celtia, pero aún así sufrió un ligero tic en una ceja.

—No puede ser cierto—murmuró (casi suplicó) Arthur. Él no podía compartir sangre con el bastardo español. Ni con su rarísima hermana, dicho fuera de paso.

—Oh, lo es—replicó ella, divertida ante sus caras—. Celtia gobernó buena parte de la península durante unos mil años. Sobre todo en la parte que hoy en día es mi territorio.

Por supuesto, la reacción de los directamente implicados no se hizo esperar: Antonio y Arthur se señalaron mutuamente, furiosos.

—¡No puedo ser su hermano! —le gritaron, al unísono.

Laura suspiró. No creyó que exagerarían tanto la reacción.

—No lo sois. Toño nació por la invasión romana, no tiene nada que ver apenas con los celtas.

—¡Tampoco quiero ser tu hermana! —replicó Inglaterra, casi tan horrorizado (o puede que más, era difícil hacer balance) ante esa idea como ante la de ser hermano de España.

—No lo eres. No compartimos suficiente sangre. Ni siquiera hubo migraciones entre los celtas de tu casa y la mía *. Somos países, no personas. Compartir padre o parte de sangre no tiene por qué significar nada. Si no seríamos todos hermanos y primos hermanos.

La respuesta los tranquilizó bastante, pero no dejaban de matarse con la mirada furtivamente.

Inglaterra también le regalaba miradas asesinas a Laura de cuando en cuando.

«Qué par de idiotas» pensó ella.

—Vuestros problemas familiares no nos importan mucho—les ¿interrumpió? Francia, quien, sin embargo, había tomado buena nota. Nunca se desaprovechaban oportunidades como esa para meterte con tu vecino en el futuro—. Hemos venido aquí por otra cosa, ¿recordáis?

Cierto, recordó Laura. Había quedado con su hermano para contarles la historia. Ese día. En ese lugar. A esa hora. «Muy mal, Laura, muy mal» pensó. Suspiró mientras se daba una bofetada mental. Ya era tarde como para echarles, y dadas las circunstancias, sería más seguro que se quedasen en un lugar en el que pudiera vigilarles. Mierda. Era verdaderamente imbécil.

—No puedo—les replicó entonces—. Mierda, tenía que haber cambiado el día.

—No, ni hablar—se envalentonó Lovino—no vas a escurrir el bulto otra vez—aunque reconoció que si el tulipán gigante estuviese con él, se enfrentaría a ella un poco más.

Laura iba a responder cuando se le pusieron los pelos de punta y, rápida como el pensamiento, alzó un brazo para proyectar un escudo mágico sobre todas las naciones. Un relámpago cayó sobre la semiesfera un instante después, lanzando chispas sobre la vegetación circundante que no llegaron a prender gracias a la intensa lluvia. En el instante en que la luz iluminó el serio rostro de la mujer, haciendo las sombras mucho más intensas y su cara más amenazadora, se asustaron un poco.

Tras el relámpago, el escudo desapareció, y la lluvia volvió a caer a plomo sobre ellos. Pero Laura, lejos de prestarles atención, giró la cabeza, mirando al mar embravecido. No muy lejos de la costa una cosa gris se elevó desde el agua. Una especie de dragón deforme del que despedía una increíble aura de agresividad les miró. Un oscuro.

Laura miró al italiano, que ya había empezado a temblar.

—¿Y eso? —le preguntó ella, con un tono tan sarcástico y amargo como la sonrisa que les dedicaba—. ¿Es una excusa lo suficientemente buena?

Nadie le respondió, asombrados y aterrados como estaban, con los ojos abiertos como platos, mirando en dirección al monstruo que comenzaba a dirigirse a ellos. Laura tampoco esperaba una respuesta, sin embargo. En realidad, la pregunta no había sido exactamente retórica, pero cabía interpretarla como tal. Sobre todo si estabas tan aterrorizado que no recordabas ni como correr para salvar la vida.

Con un suspiro, España del Norte expandió varias protecciones sobre ellos y les ordenó que no salieran del círculo en el que les había encerrado o no podría protegerles. Después invocó a su alabarda. El Oscuro era un dragón. No podía jugar. Celtia la miró, preocupado, y le deseó suerte antes de desaparecer.

El dragón se lanzó a por ella. Laura le esquivó saltando hacia un árbol y enganchándose a las ramas, pero un nuevo golpe del monstruo rompió la rama y la mujer acabó en el suelo de nuevo. La garra rozó ligeramente su mejilla y una pequeña gota de sangre se deslizó por ella. Los efectos territoriales no se hicieron esperar: un terremoto; seguido de una gran zanja que apareció a pocos metros de donde las naciones aguardaban. Tendrían suerte si el terremoto no provocaba un tsunami.

Laura cerró el ojo sobre la mejilla afectaba. Dolía, joder. Rodó sobre el suelo para esquivar nuevos ataques de esa cosa y se acuclilló, preparada para saltar. No fue lo suficientemente rápida, y una de las garras le atravesó las tripas. De parte a parte. Si hubiera sido humana, habría muerto al instante. Como nación atacada por un Oscuro, le quedaban segundos. Laura sintió el sabor metálico de la sangre agolparse en su boca justo antes de escupirla, como una enorme reguero de sangre caía por la herida, no menos grande. Lo supo con certeza, se moría.

No hubo iniciales consecuencias en su territorio: tenía un hermano que podía apropiarse de la tierra de nadie, y Antonio comenzaba a sentir a su cuerpo algo más pesado, incapaz de reaccionar al ver como su hermana se moría, como su vida se escapaba con velocidad. Pero España del Norte aún podía hacer algo.

Tempus—farfulló a duras penas, ante la asustada y desesperada mirada de las demás naciones—, adiuva me...Tempus, accipesacrificium...Tempusreddevires!*

En cuestión de segundos, un círculo mágico se formó a sus pies. El Oscuro retrocedió, alarmado, separándose del cuerpo de la nación, dejando caer un regero de sangre más que preocupante. Pero a Laura ya no le importó, porque el círculo la envolvió en una luz cegadora y todas sus heridas se cerraron.

Ahora empezaba la verdadera batalla.


Celtia, padre de Arthur: Cuando escribí esto, aún no sabía que Britannia era oficial (no, enterarme de las noticias no es lo mío) y cambiarlo era demasiado complicado de manera que lo dejé así. Para que no os liéis, en esta historia, Britannia NO existe ni existió (más adelante daré una especie de explicación sobre lo que es Britannia para mi) como nación ni como madre de Inglaterra y sus hermanos, sino Celtia (por la cultura celta, evidentemente).

Tu casa y la mía: Busqué en internet por si acaso y no encontré nada las migraciones mencionadas.

Tempusadiuva me...Tempus, accipesacrificium...Tempusreddevires...!: Según el traductor Google debería ser esto: Oh, Tiempo, ayúdame...Oh, Tiempo, acepta mi sacrificio...¡Oh, Tiempo, devuélveme...mi fuerza! En latín, claro.


Reviews:

Anónimo7: Saludos de nuevo. Bueno, como ya te dije, tengo varios capítulos ya escritos, de manera que puedo ser bastante rápida pese al instituto. Al menos hasta que los publique todos.

No sería tan raro que entrase por la ventana, la verdad, tan sólo no lo consideró necesario, al fin y al cabo, ellos ya sabían que existía y esconderse ya no era tan necesario. Bueno, la verdad es que no suelo escribir muchos comentarios, me pasa un poco como a ti, sólo los escribo si la historia me gusta de verdad por los motivos que sean. Supongo que es más falta de práctica que otra cosa, después de todo, cuando empecé a escribir no lo hacía como ahora. De hecho, eran casi todo diálogos y había bastantes absurdos. Bueno, Laura no ha hecho cosas malas para salvarles, pero los que le indicaron su misión le advirtieron que no podía saber nadie que existía porque, si bien lo que hacía no era malo, el método para comprobar si había oscuros rondando a alguna nación concreta y saber cuándo aparecería en un futuro podría hacerles sentir en peligro y decidir que ella debería desaparecer. Y siento ser tan poco imprecisa, pero eso es algo que concretaré según la historia avance:) Ella no quiere estar sola, pero no tiene opción. Y tampoco quería haberles dicho nada a las demás naciones, pero tiene problemas para proteger a tantos países y tiene miedo de cometer un error, porque cometer un error significa que ese país moriría.

No me molesta en absoluto, de hecho te agradezco que me lo hayas dicho, voy a editar el capítulo ahora mismo. Lo de las faltas de ortografías y/o de letras es como una manía personal. No me gusta verlas, pero no soporto cometerlas. Culpa a mis profesores de lengua, pero la verdad es que gracias a eso tengo una ortografía bastante buena. Con respecto a Pangea, lo cierto es que ni lo uno ni lo otro, pero los estudios es la opción que más se le parece. Y tranquila, que no se conocieron en persona. Tu teoría sigue siendo válida sea cual sea :) Pues sí, voy a meter a algunos de esos personajes. Admito que de Latin Hetalia, muy pocos y con muy poco protagonismo, en parte porque no se mucho de sus personalidades y no quiero hacer OoC; y luego están (bueno, estarán) los Antiguos, que me los he inventado yo casi todos y sí que tienen algo más de protagonismo. Pues bastante, como a todos, lo que ocurre es que Laura, en esos casos, sólo le borraba el recuerdo de que lo había hecho, y todo quedaba en una tranquila tarde de charla o de puñetazos, porque tuvieron una época en la que no se llevaban nada bien. Es mi intención hacer una historia semi histórica explicándolo más profundamente, a ver si lo consigo, que son muchas fechas y muchas batallas y tengo que organizarme. Y acabar esta antes, claro. ¿Por qué Gilbird no se dio cuenta? Pues…sinceramente, no había pensado en ello porque al principio tenía pensado escribir ese fragmento en un capítulo aparte, pero como Laura les estaba explicando lo que eran los oscuros, pensé que sería mejor sí veían un caso con sus propios ojos. Al fin y al cabo, ya habían visto a los otros dos y sólo les faltaría este. Supongo que puedo decirte que la magia que le permitía ver a los oscuros se debilitó un poco. No, no tengo pensado poner a Gilbert y a Laura como pareja, la verdad es que ni siquiera se me había ocurrido, aunque creo que sí serían buenos amigos. Con los personajes me pasa algo muy raro y es que si ya existen, no me veo capaz de emparejarles con alguien que me invente, tiene que ser con alguien que ya exista dentro de ese universo o en su defecto, dejarles solos. Y con los míos propios lo mismo. Sí, Laura ha protegido a Antonio, aunque en realidad esas cosas las hace un poco en defensa propia (si bien todos podemos tener un mal día y enfadarnos, en fin). Ya te comenté sobre esto antes. Jajaja, no te preocupes, la verdad es que Prusia también es de mis personajes preferidos, aunque yo no tengo ningún orden concreto de preferencia.

Bueno, es que yo tengo mucha imaginación para inventarme historias, pero lo que se dice para títulos y nombres, no tanto. Y también ha sido mi respuesta más larga XD. Con eso de que Fanfiction no parece escribir tu nombre bien tuve yo una confusión al principio. Pero ahora sí que sé cómo te llamas. Saludos.