De verdad, siento muchísimo haber tardado tanto en actualizar, pero el ordenador se negó a funcionar y tuvimmos que mandarlo a reparar. De hecho, ni siquiera lo he recuperado todavía, estoy utilizando una prestado porque necesitaba actualizar ya. Para compensar la espera, es un poquito más largo que la media.
Bueno, poco que decir de este y creo que ninguna advertencia. Tan sólo que es uno de mis preferidos, así que espero que lo disfrutéis
Capítulo 8: Tiempo
Cuando la luz remitió, Laura se levantó y permaneció de espaldas a las naciones. Pero algo había cambiado, notaron estos. No se trataba sólo de que sus heridas se hubiesen cerrado (aunque Antonio, preocupado como estaba, apenas percibiera como su cuerpo recuperaba su peso original) ; era la manera con la que posaba su arma en el suelo, con suavidad y firmeza, segura de sí misma; era su porte, sereno y regio, como si tuviese el mundo a sus pies; era su aura, desprendiendo poder y autoridad. Inglaterra y España fueron los primeros en darse cuenta: era un imperio de nuevo. No había ninguna duda al respecto, si bien no se explicaban la razón de semejante cambio.
Aunque no podían verlo, la cara de Laura se había vuelto más dura y seria, mientras esperaba a que el Oscuro atacase. Lo hizo alzando su enorme garra sobre ella; pero la nación, con fuerzas renovadas (y aumentadas) detuvo el golpe con un solo movimiento de su alabarda.
El dragón retrocedió, desconfiado ante esas fuerzas repentinas, alzando el vuelo; y Laura pronunció un conjuro. Su voz se perdió entre las gotas de lluvia, pero el agua sí la escuchó, y se arremolinó sobre ella para formar la figura de un dragón bien proporcionado y detallado. La nación señaló al Oscuro y su dragón de agua mágico fue a por él; y ambos se enzarzaron en una violenta pelea.
Pero Laura les ignoró, y caminó hacia el acantilado. No se detuvo al borde del mismo y sus pies caminaron sobre el aire como si la tierra firme no se hubiese terminado. En un momento dado alzó las rodillas como si subiese por unas escaleras. Y ascendió.
Frente a ella, los dragones luchaban furiosos. El Oscuro le arrancaba enormes pedazos del cuerpo al de agua, pero la intensa lluvia le permitía regenerarse al instante. Pese a todo, Laura sabía que su dragón de agua nunca podría derrotar al Oscuro al estar formado de un material demasiado voluble como lo era el agua. Sólo era una distracción para que la nación pudiese acumular energía. Y ya había acumulado bastante, por lo que rompió el conjuro del dragón, el cual se convirtió en una tromba de agua que cayó a plomo sobre los árboles y el mar. El Oscuro la miró, algo confuso. Pero ella le ignoró mientras cruzaba sus manos sobre su cabeza y una pequeña esfera de fuego y luz se formaba entre ellas. Laura de dio un pequeño golpe y la esfera salió disparada hacia las nubes, las cuales desaparecieron al contacto, y cuyo efecto se expandió, dejando un enorme claro. La lluvia y los relámpagos fueron sustituidos por un calor seco y abrasador. Parecía que se encontraban en un desierto.
Laura alzó la alabarda sobre su cabeza, cuya hoja había estallado en llamas, cuando el monstruo se lanzó contra ella. Tras girar el arma un par de veces en el aire, la nación la descargó sobre el Oscuro con todas sus fuerzas, el cual se volvió blanco y desapareció. Laura aterrizó en el suelo justo después, y el conjuro desértico finalizó para que las nubes volviesen rápidamente y la lluvia continuase cayendo con fuerza sobre ellos.
Mirando el lugar donde el Oscuro había desaparecido con una mueca de profundo desagrado, Laura hizo que su arma desapareciera. Definitivamente no estaba de buen humor.
El conjuro que protegía a las naciones desapareció, y Antonio fue corriendo hacia su hermana, preocupado. Pero ella le dirigió una mirada gélida, y cuando estuvo lo suficientemente cerca le alzó por el cuello y comenzó a apretar con tanta fuerza que España sintió como comenzaba a quedarse sin aire. Agarró la mano de la otra nación, luchando por respirar.
—¡Laura! ¿Qué…?—murmuró a duras penas.
—Como si no lo supierais—le replicó ella con un tono envenenado.
Mierda, era cierto. Su hermana había conseguido (por alguna razón desconocida, aunque seguramente la magia tenía buena parte de la explicación) volver a ser un imperio. Y en esa época no se llevaban precisamente bien. Antonio decidió no responder, mientras continuaba tratando de respirar. Laura sonrió ante su propia superioridad.
—¿Qué os ocurre, hermano? ¿Os ha comido la lengua el gato?
Hermano…Era impensable que una palabra como esa pudiera albergar tanto odio. Antonio trató de hablar, pero ella le apretó el cuello con más fuerza. Lo último que le apetecía era escuchar excusas patéticas de ese desgraciado asesino.
Las demás naciones no sabían muy bien cómo reaccionar. A Francis y Gilbert se les notaban las ganas de querer ayudar a su amigo. Pero nunca era buena idea meterse con el Imperio Español; a no ser que fueses el cejotas inglés y también tuvieses un imperio o al menos, varias colonias (no, a Arthur no le apetecía morir en esos momentos; y menos para salvar al español); por no hablar de que esa mujer era un espécimen extraño hasta decir basta. Extraño y poderoso. No, Francia y Prusia decidieron que sería mejor mirar.
Fue en ese momento cuando Laura reparó en la presencia de las otras naciones (sobra decir que los italianos se echaron a temblar instantáneamente). Al verles y reconocerles soltó a su hermano, quien cayó al suelo pesadamente a tiempo que comenzaba a toser con fuerza. DE manera que el bastardo inglés aún tenía huevos de pisar su territorio después de lo de María Pita*, ¿eh? Bueno, pues le bajaría los humos, tampoco era un problema. Cogió la alabarda con firmeza mientras empezaba a dirigirse hacia él. Arthur jamás admitiría que sintió los nervios a flor de piel y un leve miedo malsano del que ningún español merecía la pena, pero la verdad era que en esos momentos prefería encontrarse cualquier otra parte. Por la actitud que tenía España, le daba la sensación de que meterse en un tanque de pirañas sería más agradable que enfrentarse a ella. Y más aún teniendo en cuenta ese extraño modo imperio en el que ella, y sólo ella, había entrado por alguna razón. ¿De verdad no podía elegir?
Sin embargo, una mano salvadora agarró las botas de la mujer.
—Para, Laura—le pidió España.
El rostro de la nación se ensombreció instantáneamente. Ni siquiera le miró antes de alzar su arma y descargarla contra él. Pero hubo un extraño parpadeo de luz en su cuerpo y el arma se detuvo a escasos dos centímetros de la espalda de su hermano.
La cara de Laura pasó a mostrar una ligera confusión, como si acabase de despertar de un sueño. Miro levemente a su alrededor, como si se estuviese situando, y retiró el arma que casi tocaba a España. Cuando el arma desapareció, Laura le tendió una mano a su hermano para ayudarle a levantarse. Aún confuso, Antonio aceptó.
—Lo siento—se disculpó ella por su comportamiento—, me descontroló un poco
Pero a él no le importó del todo porque tenía que asegurarse de que lo que había visto había sido cierto (a pesar del casi estrangulamiento y eso).
—Volviste a ser un imperio
Laura calló unos segundos. En fin, era normal que sintiese curiosidad, pero aún así no estaba segura de querer responder a sus preguntas.
—El límite son treinta minutos—respondió finalmente.
Eso era una afirmación.
—¿Con tu magia? —quiso saber Inglaterra.
—Una mezcla de varias magias.
En cualquier otro momento, el detalle de «varias magias» habría llamado poderosamente la atención del británico, pero el deseo de surcar los mares en libertad de nuevo era más poderoso que su curiosidad.
—¿Y puedes hacérselo a otras naciones?
Laura le miró fijamente unos segundos antes de responder.
—Sí—respondió con cautela.
En realidad, nunca le había cambiado la edad a otra nación que no fuese ella misma (pues ese era el verdadero efecto del conjuro), aunque en principio nada impedía poder realizarlo en otros.
—¿Y podrías…?—comenzó Antonio.
—No— cortó ella.
Ambos ex-imperios la miraron, algo decepcionados.
—Oh, vamos, Laura—trató de convencerla su hermano—. Seguro que puedes controlar que no comentamos ninguna locura.
—Ese no es el problema—le gruñó su hermana, mientras se apartaba de él. Por supuesto que podría controlarles.
Laura se agachó a pocos metros de ellos y sacó uan semilla de un bolsillo para hacerla crecer; un pequeño clavel blanco que adornó con las hojas de un roble cercano. Un regalo para un muerto.
—La magia necesita energía para funcionar—les informó—. Pero algunos conjuros requieren además de condiciones especiales—entonces la mujer se volvió y les miró, muy seria—. Si de verdad sacrificaríais la vida de uno de vuestros ciudadanos por un poco de diversión, me decepcionáis
España del Norte calló para que sus palabras calasen. Y lo hicieron a juzgar por la ligera palidez que sus caras habían adquirido (y también en las otras naciones) y como desviaban el rostro ligeramente, avergonzados.
Laura suspiró. Estaba muy cansada.
—¿Recordáis el último pueblo por el que pasasteis? —ellos asintieron— Os espero a las afueras.
Y antes de que pudieran replicar, Laura se marchó.
—¿Es que tu hermana no sabe esperar? —gruñó Lovino, exasperado por su actitud, y sintiendo ligeros escalofríos por llamarla eso.
Antonio rio.
—No mucho
Cuando entraron en el pueblo, no tardaron demasiado en ver a la mujer bajo la lluvia. Seguía sin paraguas. Laura les guió a un aparcamiento cercano y luego por el pueblo hasta llegar a un edificio de dos pisos, de madera vieja y con olor a humo y alcohol. Pudieron oir como antiguas canciones se colaban por las grietas. Todos los países sintieron algo de nostalgia por los tiempos pasados. Parecía una taberna antigua, de esas que ya sólo quedaban en las películas. Lo que no se esperaban al entrar era que por dentro también lo pareciese. Laura les secó con su magia antes de entrar.
La sala era espaciosa y luminosa, con varis mesas en las que había gente cenando, bebiendo, apostando, jugando a las cartas o todo a la vez. En una esquina se encontraban los músicos (tres guitarristas, un vocalista y un panderetero) tocando una canción bastante animada, y al otro lado de la habitación se encontraba la barra, donde una sonriente mujer de mediana edad aguardaba a que algún que otro cliente le pidiese algo mientras limpiaba una vaso.
En cuanto pusieron un pie dentro, todos los presentes miraron de reojo a los intrusos, cómo si evaluasen si merecía la pena atravesarles con su espada o, por el contrario, dejarles vivir. Salvo por el detalle, recordaron las naciones, de que en esa época la gente ya no iba con espadas ni trabucos por ahí. Lo que más nerviosos les puso fue que hasta los músicos dejaron de tocar durante algunos segundos.
Pero la gente parecía conocer a Laura, porque al verla, algunos la saludaron un una inclinación de cabeza, mientras que otros le daban la cálida bienvenida a voz en grito, tras las risas del resto. Ella les respondió con una sonrisa y otra inclinación y se dirigió a la mujer. Todo el mundo volvió a sus asuntos.
—Buenas noches, Laura—la saludó—. Hacía mucho que no aparecías por aquí. Y menos con carne fresca—le dijo, refiriéndose a los demás, que aún esperaban cerca de la entrada.
La nación les miró de reojo, sonriendo para sí al ver como su hermano les traducía sus palabras. Decidió ponérselo más difícil, sólo por diversión.
—Son coma min,Lucía. O meu irmán está entre eles.Circunstancias especiais— le confesó.
Lucía la miró extrañada, y no fue la única. Varios de los presentes volvieron a mirar a los nuevos. ¿Extranjeros, allí? ¿Y traídos voluntariamente por su nación? Extraño, pero ella decidiría. Las naciones notaron que desconfiaban de ellos, pero no hicieron nada excepto mirarles de reojo. También notaron su determinación: si tenían que proteger a Laura de ellos, lo harían.
—Cea aquí—le informó Laura.
Después le entregó la flor, más seria. La sonrisa de Lucía desapareció mientras su nación le susurraba el nombre de la persona que había muerto por su conjuro y, por tanto, a cuya familia debía entregarle la flor. Lucía le aseguró que se encargaría de ello.
La mujer humana les indicó una mesa en la que podían sentarse todos, estratégicamente situada en el centro y rodeada por los demás clientes. Todos se sintieron algo inquietos, pero Laura no parecía darle importancia, de manera que accedieron a estar allí. Lucía no tardó mucho en salir de la cocina y traerles varios cuencos con un potaje extraño de ingredientes dudosos, pero sabor nada desdeñable. De hecho, pensaron, estaba delicioso.
—¿Qué lleva esto, bastarda? —preguntó Romano, incrédulo ante el sabor.
En cuanto pronunció el insulto, toda la sala cayó en un silencio absoluto y decenas de pares de ojos cabreados se clavaron en él. Lovino casi se mea encima del miedo y no fue el único. Afortunadamente para él (o quizá para todos ellos), Laura agitó la mano, restándole importancia.
—Non se preocupe—les dijo—, para el,xurando é como un tique. Está todo ben.
Tras sus palabras, todo volvió a la normalidad a los pocos minutos.
—¿Pero qué rayos les ha pasado? —preguntó Gilbert, porque él era demasiado grandioso cómo para asustarse. Que le temblasen las piernas no tenía nada que ver.
—Me tienen cariño y me cuidan bastante—confesó ella
Alemania alzó una ceja ante la revelación.
—¿Quieres decir que todos ellos saben que eres una nación? —le preguntó. No era raro que que la gente muy cercana (servicio, jefes…) supiese quien era le personificación exactamente (salvo excepciones como las guerras); pero tanta gente…
—Y mucha más gente—afirmó ella—. Oh, vamos, no me miréis así—les sonrió, al ver sus caras atónitas—, al contrario que vosotros, yo no tengo reconocimiento internacional; tan sólo me queda el nacionalismo que puedan sentir mis ciudadanos. Tengo que guardarme las espaldas. Y por cierto, Romano, el ingrediente principal son las patatas.
Al oírlo, Lovino dejó de comer inmediatamente y le miró con los ojos a punto de salirse de sus órbitas, mientras su cara sufría diversos cambios: primero se volvió roja por la furia. ¡Cómo podía haber estado comiendo semejante cosa (porque las patatas no merecían ser llamadas comida)! Después se quedó tan blanca como la cal. ¡Había comido patatas! Por último, adquirió un nada sano color verdoso. Antonio no pudo evitar pensar que parecía un semáforo. Laura, por el contrario, creyó que su cerebro explotaría de un momento a otro. Pero una extraña intervención de Feliciano pidiéndole a su hermano un poco de su plato porque aún tenía hambre lo impidió. O mejor dicho, hizo que la explosión cambiase y, en vez de desmayarse o algo así, Lovino comenzó a escupirle a su hermano todas las barbaridades que se le pasaron por la cabeza. El macho-patatas le había lavado el cerebro. ¡Cómo podía insinuar que le gustaba eso, que llevaba patatas!
—Por cierto, me acabo de acordar—dijo Laura de repente—. Os invito a la cena y eso. Después de todo habéis hecho el viaje en vano—les informó, indiferente.
Esas palabras llamaron su atención.
—¿A qué te refieres? —le preguntó Lugwig, comenzando a mosquearse.
—Hoy no os voy a decir nada porque no os voy a contar nada aquí—le replicó, refiriéndose al lugar en el que estaban cenando—, sino en mi casa. Y me temo que olvidé contaros el detalle de que mi historia tiene que ver unas con unas naciones que con otras. En mi casa no cabe todo el mundo y tengo que seleccionar.
Esa noticia fue como un balde de agua fría para todos. ¿Iban en avión hasta allí (con la excepción de Francia), casi se morían de frío por la lluvia, Inglaterra y España casi la palmaban del susto al saber (por motivos que Antonio aún no alcanzaba a comprender) que casi eran hermanos, un Oscuro casi acababa con ellos para luego ser la propia Laura la que sufría un ataque psicópata y acabar en esa especie de taberna y ser casi asesinados con la mirada por un puñado de clientes sobreprotectores con su nación para nada? Tenía que ser una broma.
Pero, por desgracia, no lo era.
—Y, ¿cuáles son esas naciones? —preguntó Ludwig, luchando contra su enfado. Había sido un día horrible.
Laura miró su bebida un una expresión indescifrable.
—España, Italia del Norte, Italia del Sur—comenzó a enumerar, con voz neutra—, Egipto, Grecia, Prusia, Rusia, México Norte, México Sur, Perú y—esa vez miró a Inglaterra con expresión aburrida. Muy aburrida— noruega, Rumanía y tú elegid a uno como representante, que sé que hasta que no os diga algo sobre mi magia no me vais a dejar en paz.
Todos la miraron bastante extrañados, pero Laura no dijo nada más; de manera que Francia se animó a preguntar.
—¿Y qué tienen que ver contigo? —ni siquiera se encontraban cerca unos de otros o algo así. Bueno, si un par de zonas, pero aún así…
—Nada—replicó ella, lo que desconcertó aún más a los presentes—. No son ellos los que me encargaron la misión de protegeros de los Oscuros no de permanecer oculta ante las demás naciones; sino—añadió con una media sonrisa que rezumaba sarcasmo y amargura— sus padres y abuelos.
La revelación les sorprendió a todos, pero cayó como una losa sobre todos aquellos directamente relacionados. Iberia era comprensible. Celtia, tras la revelación del bosque, también. Pero, ¿Roma? ¿Germania? Por no hablar de que había mencionado a Gupta y a Heracles. ¿Sus madres también tenían algo que ver? ¿Qué demonios?
—¿Puedes explicarte un poco más? —le pidió Inglaterra
—No—replicó ella—, lo contaré en el próximo encuentro.
Arthur ya no aguantaba más palabras clave, de manera que se levantó repentinamente y la miró frunciendo el ceño. Todos los clientes le miraron desconfiados, pero el inglés les ignoró. Estaba harto de ella, y ese ambiente tan…tan… no sabía como estaba haciendo despertar su vena pirata.
—¡Vas a hablar ahora! —le gritó, mientras se subía a la mesa para intimidarla. O intentarlo.
La habitación se quedó en completo silencio. Las naciones no se atrevían a moverse. Los humanos aguardaban órdenes de su nación. Ella sólo se rió a mandíbula batiente.
—¿O qué? —le replicó con sorna mientras sonreía, subiéndose también a la mesa— ¿Me conquistarás? ¿A mí, representante de las antiguas, salvajes, indomables y orgullosas tribus bárbaras del norte, que no cedieron ante los romanos, no cedieron ante los visigodos y no sólo no cedieron ante los musulmanes sino que terminaron aplastándolos? Me gustaría ver como lo intentas, Brittannia—finalizó, utilizando a propósito su antiguo nombre para picarle. Lo logró.
Inglaterra la miró. Esa pose, esa arrogancia, ese jodido orgullo brillando en sus ojos, brillando en los ojos de todos los humanos presentes, ese orgullo español imposible de destruir, de aplastar, de conquistar; ese orgullo de imperio hizo que lo hirviera la sangre, antes de darse siquiera cuenta de los que había ocurrido ya había lanzado un puñetazo.
El problema era que Inglaterra había perdido práctica desde los días en los que se liaba a puñetazo limpio con el personal en las tabernas sin tener muy claro cuál de los dos (si su rival o él mismo) estaba más borracho. Y que España del Norte entrenaba a diario. Laura le esquivó sin problemas y le dio otro a él en la cara. Arthur retrocedió un paso sólo para lanzarse sobre ella; momento que Laura aprovechó para agacharse, agarrarle por la cintura y alzarle por encima de su cabeza. Se dirigió a una mesa cercana.
—Un agasallo, nenos—les anunció.
Y tiró al británico de espaldas contra la mesa. Los hombres le miraron con el ceño fruncido. Arthur no se atrevió a moverse por si acaso, pero éstos, en vez de darle la paliza que todos creyeron que le iba a caer, se dirigieron a Laura y comenzaron a quejarse. Por lo visto, les había destrozado la partida. Ella se disculpó antes de empezar a reírse a carcajadas. El resto de los humanos no tardó demasiado en unírsele, mientras ayudaban a Arthur a bajarse de la mesa y le daban palmaditas en la espalda (aunque casi le tiraban al suelo con las «palmaditas» esas)
—¡ A ron para todos, Lucía! —le gritó Laura, sonriente.
Todos los hombres de la sala la vitorearon mientras comenzaban a cantar canciones antiguas de tiempos pasados, de época de piratas y corsarios. Mientras las risas, las canciones, el humo y el alcohol se filtraban por la madera, las demás naciones se unieron a la fiesta improvisada y descubrieron por qué Laura le tenía tanto cariño a ese lugar. No se trataba de una imitación de una taberna del pasado. Era una taberna del pasado, una de esas en las que la música, las peleas y el alcohol duraban hasta el amanecer. No se trataba de nostalgia, sino de un pedazo del pasado infiltrado en el presente. Y a todos les gustó.
…
La resaca del día siguiente iba a ser de campeonato.
María Pita: María Mayor Fernández de Cámara y Pita (Sigrás, 1565 – 1643), conocida como María Pita, fue una heroína de la defensa de La Coruña en 1589 contra la Armada Inglesa dirigida por el corsario Francis Drake. El 4 de mayo de 1589 las tropas inglesas, habiendo cercado la ciudad de La Coruña, abrieron una brecha en la muralla y comenzaron el asalto de la ciudad vieja, dirigidas por un alférez que, con la bandera de la resistencia en mano, logró subir a la parte más alta de la muralla. María Pita mató al alférez inglés. No se sabe realmente con qué arma se llevó a cabo la muerte del alférez. La tradición dice que este hecho se llevó a cabo al grito de "Quien tenga honra, que me siga" y que esto desmoralizó a la tropa inglesa, compuesta por 12.000 efectivos, y provocó su retirada.
Traducciones (by Google):
Son coma min, Lucía. O meu irmán está entre eles. Circunstancias especiais: Son como yo, Lucía. Mi hermano se encuentra entre ellos. Circunstancias especiales. (gallego)
Cea aquí: Cenaremos aquí (gallego)
Non se preocupe, para el, xurando é como un tique. Está todo ben: no os preocupéis, para él, insultar es como un tic. No pasa nada. (gallego)
Un agasallo, nenos: Un regalo, chicos. (gallego)
A ron para todos: Una de ron para todos(gallego)
Y hasta aquí por hoy. Gracias por los reviews. Espero no tardar tanto para el próximo (y lo espero de verdad)
Hasta pronto
