He vuelvo con otro capítulo, a ver si os gusta.
Nota: No me preguntéis por qué, pero yo creo que Francia sí puede ver a las criaturas mágicas, si bien finge lo contrario para meterse con Inglaterra. Nota para el final del capítulo.
¿Advertencias?: LatinHetalia (¡Cool Llama no merece ir de viaje con las maletas! D: ). Comenzamos a nombrar a Antiguos. Tendrán más protagonismo a partir del siguiente capítulo.
Disfrutad~
Capítulo 9: Reunión
Pedro, Iztel y Miguel esperaban sentados por un pasillo del aeropuerto, nerviosos. La gente pasaba junto a ellos cargando con maletas, mientras su vuelo cada vez se encontraba más cerca según las pantallas de información.
—¿Podéis recordarme por qué estamos aquí? —preguntó Perú, volviendo a mirar la hora en su reloj.
México Sur se levantó de golpe, como movida por un resorte, ante la sorprendida mirada de los otros dos y comenzó a caminar frente a ellos, nerviosa e irritada.
—¿¡Por qué? ¡Porque el gringo ese le ha comido el cerebro a mi hermano, por eso! —les gritó, indignada. ¿Cómo podían estar perdiendo el tiempo de esa manera? — ¿Cómo has podido creerte semejante chingada?
—No te metas tanto con él, hermana—le defendió Pedro—. Además, España también nos llamó
Sí, Antonio también les había llamado para decirles lo mismo; que esa hermana que le había aparecido de la nada en una reunión en la última reunión iba a hablarles sobre sus abuelos. Sus abuelos, grandes imperios (que hubiesen estado en decadencia no significaba que no fuesen grandes, o lo hubiesen sido al menos) hasta que Antonio le apeteció visitar la zona. Pero ninguno estaba de humor para comenzar a pensar en esas cosas.
Nada de eso pareció tranquilizar en absoluto a la mexicana; la cual señaló a la jaula para perros que México Norte tenía sobre el regazo, como si fuese el origen del mal del mundo. Dentro el chihuahua temblaba de manera incontrolable, mirándolo todo con su ojitos saltones.
—¿Y por qué le llevas contigo y no con las maletas como a la llama? —le espetó Itzel.
Miguel se deprimió al recordarlo. ¡Cool Llama, enjaulado como a un vulgar ladrón y entre decenas de maletas como un objeto más! ¡Era indignante! Y, aún así, el peruano podía mostrarse agradecido de que le hubiesen dejado llevarle. No todos los días la gente del servicio del aeropuerto se encontraba con alguien que insistía en llevarse una llama de viaje en el mismo avión que el dueño, después de todo.
—¡Es mi animal guardián! —protestó México norte.
—¡Eso es una chingada! —le replicó a su vez su hermana.
El chihuahua ladró, ofendido. ¡Qué también la protegía a ella! Ambos hermanos se enzarzaron en una discusión acerca de la credibilidad o no del poder de los animales guardianes, que por alguna extraña razón terminó siendo sobre la amistad que el norteño tenía con el estadounidense. La conclusión fue que los altavoces les llamaron porque iban a perder el avión.
Los tres bálticos suspiraron tranquilos mientras le preparaban la maleta a Rusia. Finalmente se iría de viaje algunos días por algo que quería decirle esa extraña chica tan sólo a él; por lo que no podían acompañarle. Sin excepciones. Al fin estarían un tiempo sin el señor Rusia, para alivio sobretodo del pobre Raivis. El letón era demasiado sincero.
Mientras tanto en el piso inferior los tres hermanos se hacían compañía en un intento de silencio. Intento porque Ucrania no podía parar de llorar recordando a su madre, y sus convulsiones provocaban que sus pechos se moviesen desatando un ruido ensordecedor.
—No te preocupes, сестра*—la consolaba Iván—. No dirá nada malo sobre мама— le aseguró—. Más le vale no decir nada malo sobre мама*…—Rusia comenzó a enfadarse tan sólo de imaginarse el caso contrario, mientras empezaba a murmurar de manera inconsciente.
Bielorrusia estaba extrañamente ausente, afilando uno de sus cuchillos para dárselo a su hermano. Si esa española se atrevía a insultar a su hermano, quería que le clavase un cuchillo por ella. La boda podía esperar.
Fue entonces cuando Lituania bajó cargando con la maleta y anunciándole a Iván que estaban preparados para partir. Rusia asintió, satisfecho, y se dirigieron al aeropuerto.
En el resto de Europa, los países podían estar más cerca, pero los nervios eran los mismos.
Como los viajes en avión eran muy cansados para los latinos y Rusia, por estar tan lejos, y cada vuelo llegaría a una hora diferente, Laura les había reservado algunas habitaciones en un hotel (tres de ellas pagadas) para que pasasen la noche antes de ir a su casa. Lugwig le dio dinero a su hermano para que pagase la habitación (pues aún se sentía mal por no haber pagado su parte de la cena). No pasaron más de diez minutos antes de que el prusiano se lo gastase todo en cervezas.
Una vez todos, antes o después, hubieron llegado ya al aeropuerto, Antonio les llevó un par de coches (uno suyo y el otro alquilado) para que fuesen a la ciudad donde dormirían. Por supuesto, Cool Llama no entraba en el vehículo, y tuvieron que cambiar uno de ellos por una furgoneta. Heracles se pasó todo el viaje durmiendo.
Corría. Tenía que correr. Darse prisa. Los barcos acababan de llegar y la habían tomado por sorpresa, muy lejos. Demasiado. Los árboles se sucedían uno detrás de otro, frente a ella y a los lados, infinitos. Jadeó. No podía perder el tiempo. Debía seguir. Darse prisa, más prisa. O cuando llegase sería demasiado tarde. No podía llegar tarde. No podía permitir que la matase. No a ella, por egoísta que sonase. Siguió corriendo con la angustia atenazándole el pecho. Siguió corriendo con las lágrimas luchando por salir de sus mejillas. Siguió corriendo por entre los árboles infinitos. Sin parar nunca.
Al final llegó. Las llamas lo estaban consumiendo todo. El ruido de los disparos y el entrechocar de las espadas eran los únicos sonidos que se podían percibir en el campo de batalla, junto con los gritos de ambos bandos. Y entonces les vio: tumbada en el suelo, con una herida abierta y esas monstruosas líneas alrededor, destruyéndola. Desaparecería en cuestión de segundos. De la herida, producida por un arma blanca, salía un líquido. Sangre. Rojo escarlata. Del mismo color que su traje medio roto mientras ondeaba al viento. Del mismo color que bañaba su arma. Líneas grises. Como las de esa nación moribunda. Como las que cubrían al poseído. Verde esmeralda. Como las plantas de una tierra cuya nación desaparecería en cuestión de segundos. Como los ojos de la nación poseída. Como los ojos de la nación espectadora. Sus temores se hicieron realidad.
Había llegado demasiado tarde.
Laura se incorporó de golpe, asustada y jadeando. Las lágrimas caían por sus ojos mientras se ubicaba, girando la cabeza frenéticamente. Estaba en su habitación, no en un campo de batalla; en su casa, y sólo había tenido un sueño. Una pesadilla. Un recuerdo. Sollozó. Había sido todo tan rápido. No había podido salvar a Maya. No había podido salvar a nadie.
Fue entonces cuando se abrió la puerta y por ella entró una mujer de apariencia extraña: tenía la piel de un tono marrón rugoso, como si se tratase de corteza. De entre su pelo enmarañado salían ramas con brotes y hojas de roble; y su ropa estaba formada por hojas y musgo. No era una humana, sino una dríade.
Al ver el estado de desolación en el que se encontraba la nación, la dríade corrió a su encuentro. Laura le restó importancia diciéndole que sólo había sido una pesadilla, pero a la dríade no la convenció. El roble que era ella misma ya había vivido un par de siglos con Laura, y sabía que no tenía un disgusto cualquiera. Pero también la conocía lo suficiente como para saber que no le diría nada si no quería. Suspiró. Qué cabezota.
—¿Qué ocurre, Záiren? —le preguntó Laura.
—Tus invitados van a llegar en menos de una hora. ¿Te preparamos el desayuno Lynia y yo?
Laura se lo pensó unos instantes. Era tardísimo, y aunque no solía tardar demasiado en prepararse, tenía que tener un aspecto horrible para que la dríade se hubiese alarmado tanto, por lo que era probable que se tirase en el baño un rato. Tampoco quería que sus invitados saliesen corriendo al verla. Bueno, en realidad, sí. Quería que se largasen y la dejasen en paz. Pero nunca la dejarían en paz del todo si no hablaba. Suspiró. Menuda mierda.
Al final decidió que preparasen bastante comida y que desayunase mientras se lo contaba, así ella no quedaría como una mala anfitriona; si bien su reputación le importaba un bledo. Así se lo comunicó a la criatura mágica. Después se dirigió al baño.
Laura se pasó por la cocina para vigilar; efecto secundario de tener a una dríade y una náyade cocinando: la primera quería echarle bellotas a todo y la segunda lo quería lo quería cocer todo. España del Norte tenía que asegurarse de que la comida no se convirtiese en una catástrofe.
En cuanto entró, Lynia la miró con una gran sonrisa y la saludó efusivamente. Laura a veces se preguntaba si era hiperactiva o algo.
—¡Jefa, jefa! —gritó la mujer de escamas, mientras daba saltos y balanceaba las manos palmeadas para llamar su atención—¡Tila lista, té listo, café listo —comenzó a enumerar—, leche lista, bollos listos, tostadas listas, galletas listas, mermeladas listas y mantequilla lista! —gritó, mientras señalaba varias bandejas sobre la mesa que contenían todo lo mencionado—¡ Y chocolate en proceso!—esa vez señaló a los fogones— ¿Algo más, jefa?
Laura tardó un poco en reaccionar. ¿Cómo podía tener tanta energía ya de buen mañana?
—No me llames jefa—le pidió—. Estáis aquí porque queréis.
Lynia se cruzó de brazos, enfurruñada.
—¡Pero son órdenes! ¡Eres nuestra jefa!
La nación suspiró, pero no le replicó. Lo habían discutido demasiadas veces.
Tras pasar la noche en el hotel, las naciones, guiadas por Antonio, se dirigieron a la casa de Laura. El problema resultó ser el lugar al que habían llegado: una llanura en la que no había absolutamente nada. España no lo comprendía. Era cierto que nunca había estado en casa de su hermana (era muy celosa en ese aspecto), pero había seguido las instrucciones al pie de la letra. ¡No podían haberse perdido!
—¡Joder, Antonio, nos has perdido! —gruñó Lovino.
Antonio iba a comenzar a disculparse cuando el sonido de una puerta abrirse llamó su atención. ¿Una puerta? Allí no había nada… Fue entonces cuando un rectángulo de visión frente a ellos pareció desplazarse y en lugar de llanura y cielo, vieron una parte de una sala con una escalera a pisos superiores y a Laura en el medio del rectángulo. Espera…¿qué?
—Entrad—les gruñó ella—, antes de que cambie de opinión.
Las demás naciones se miraron entre sí para luego mirar el espacio en el que se encontraba ella, indecisos.
—He puesto mi casa entre dos dimensiones—replicó ella ante su muda pregunta—. ¿Entráis de una puñetera vez?
Las naciones se apresuraron a obedecer. Su tono de voz indicaba que no estaba precisamente de buen humor. Laura les señaló una puerta y ellos se dirigieron hacia allí. Quedaron impresionados en cuanto pusieron un pie allí. Todas las casas de los países eran similares a un museo, pero la de Laura era uno a gran escala: el salón, enorme, tenía las paredes y muebles decorados en estilo renacentista, una armadura de un sitio distinto del mundo en cada esquina y varias vitrinas con objetos de distintos lugares y épocas dentro, contra las paredes.
—Es impresionante—comentó Veneziano, admirado.
—¿Cómo has conseguido pagártelo? —preguntó Prusia, algo extrañado.
—Con lo que les rapiñaba a Inglaterra y a mi hermano cada vez que tenían una escaramuza en el mar y tiraban cofres enteros de tesoros al agua—respondió—. Aún me queda bastante que tengo guardado para casos de emergencia.
—¿Y por qué nunca se lo entregaste al rey? —quiso saber su hermano.
Laura puso los ojos en blanco.
—Por el amor de Dios, Antonio, te robaba el dinero. ¿Cómo quieres que te lo devuelva?
—¿Y si intentásemos quitártelo? —tentó Arthur
—No saldríais de esta casa con la cabeza sobre los hombros—les replicó, sencillamente.
Eso les quitó las ganas de seguir con el tema. Por suerte para ellos, otros detalles les llamaron la atención, como los cuadros, que contrastaban bastante contra las paredes debido a la fuerza de los colores. En uno Veneziano paseaba despreocupadamente por las calles de su ciudad; y no muy lejos, en otro cuadro, Romano hacía lo propio frente al Coliseo. En un tercero, la propia Laura, con aspecto de niña, se encontraba junto a Germania, el cual parecía estar ensañándole algo. En otro tan sólo estaba ella armada con un arco y vigilando al bosque…El italiano miraba los cuadros, especialmente interesado. A Romano no le gustó un pelo eso de estar en un cuadro en su casa, pero temía por su integridad física, de manera que se abstuvo de comentar.
—Pintas muy bien—la elogió.
Laura le restó importancia, más por resultarle indiferente que por modestia, por agradeció el comentario.
—De todas formas—comentó ella—, tampoco es como si pudiese olvidar los detalles, así que…—eso les llamó la atención.
—¿A qué te refieres? —preguntó Heracles.
—Los Antiguos modificaron mi cerebro con magia—explicó—. Es como una cámara de vídeo, sonido y sensaciones. No puedo olvidar, no puedo confundir recuerdos ni mezclarlos, así como lo que siento tampoco pierde intensidad con el paso del tiempo. Es horrible.
—¿Y eso? —preguntó Prusia, extrañado, al cual no le importaría poder recordarlo todo sin tener que escribir un diario.
—Es estresante—le replicó—. Recuerdo cosas buenas y cosas malas, recuerdo todo lo que me han dicho, todo lo que he soñado, todo lo que he sentido. Si no hubiese aprendido a pasar de todo sufriría ataques de histeria constantes; y bastante tengo ya con las pesadillas—he ahí la explicación a esas manchas violetas tan poco saldables que adornaban su cara—. Mi equilibrio emocional es muy delicado. Y no os gustará nada verme enfadada, ¿verdad, Antonio?
El aludido tragó saliva y asintió. Su capacidad para leer la situación podía ser nula, pero cuando de su hermana se trataba, las cosas cambiaban. Y lo había aprendido por las malas, en concreto, el día que había matado a Maya. Laura lo había visto y había perdido el control. Pelearon con todas su fuerzas y su hermana le destrozó. Lo convirtió en un amasijo de sangre y carne y él, el Imperio Español, había estado más de dos meses inconsciente. Aún le resultaba difícil saber cómo era que había logrado sobrevivir, aún siendo una nación. Ninguna nación se había portado de una manera tan salvaje con él, cegado por la ira o el odio. Ni siquiera Inglaterra.
No volvió a cabrearla jamás.
Laura les señaló la mesa central, que ya contaba con la comida, para que se sentasen, mientras ella hacía lo propio y se servía algo de chocolate. Necesitaba relajarse.
El resto comenzó a sentarse (lo más alejados de ella posible, por si acaso) cuando Laura frunció el ceño, mirando a la nada. Después miró a Inglaterra y le señaló con el dedo (por muy maleducado que fuera).
—Tú—le dijo—, dame eso.
Todos miraron a Inglaterra, que comenzó a ponerse nervioso con tantos ojos clavados en él.
—¿A qué te refieres?
Laura entrecerró los ojos al oír su réplica, lo cual puso aún más nervioso al inglés.
—No estoy para bromas—amenazó sutilmente—. Dámelo ahora.
Mordiéndose el labio disimuladamente, Arthur rebuscó entre los bolsillos de su traje hasta encontrar un bolígrafo y se lo tendió. Todos los demás se mostraron extrañados. ¿Qué tenía de malo un simple boli? Pero Laura pareció examinarlo con mucho interés. Así que una cadena rúnica, ¿eh? Laura tuvo que admitir que no estaba nada mal.
—¿va en doble sentido? —preguntó Laura, sin alzar la vista del objeto.
Arthur frunció el ceño, sorprendido y extrañado por la pregunta.
—¿Qué?
Laura puso los ojos en blanco.
—¿Qué si va en doble sentido—repitió—. Si es como un móvil.
Arthur no supo que responder. No tenía ni idea. Eso no se lo había explicado. En cualquier caso, la voz de Noruega saliendo del objeto respondió por él:
—Sí, va en doble sentido
Un murmullo se oyó a través del objeto. España del norte observó el bolígrafo con renovado interés.
—¿Cuántos estáis al otro lado?
—Todos—admitió el nórdico—, incluso las micro naciones. ¿Qué vas a hacer?
Laura sonrió y dejó el boli sobre la mesa, frente a ella.
—¿Sinceramente? Nada—le respondió—. Temía pensado que esto fuese una especie de reunión familiar, pero supongo que es mejor así
Se llevó una mano a la cara, pensativa. Aún no entendía cómo era que nunca se le había ocurrido hacer nada parecido. Cómo se notaba que solía estar sola.
Las naciones reunidas en su casa miraron al bolígrafo como si se tratase de un ente maligno. Sin embargo, una de las puertas se abrió sola, captando su atención. En realidad, la puerta había sido abierta por Záiren, pero a la dríade sólo podía verla Inglaterra. Ésta le preguntó a Laura si necesitaban algo más, pero la nación negó y la dejó marchar. Ignorando a los compañeros, que sólo la habían visto hablar sola, Arthur miró a Laura.
—¿Tienes una dríade a tu servicio? —le preguntó, sorprendido.
—Y a una náyade—respondió afirmativamente—, pero están aquí por voluntad propia.
—Oh—sonó la voz de Francia—, así que tu también tienes amigos imaginarios—se oyeron algunas carcajadas contenidas a través del bolígrafo.
Laura terminó de comer la enésima galleta, en absoluto ofendida, mientras Inglaterra y él empezaban a discutir sobre el tema. Qué par. De todas formas, en esa ocasión el inglés y ella se encontraban en el mismo bando, e intervino a su favor.
—Sí, claro, tan imaginarios como esas hadas que has contratado para que te cuiden el jardín—le replicó ella mientras se terminaba la taza de chocolate y se planteaba si beber un poco más. Jo, que golosa era.
En el salón de Laura se hizo un silencio extrañado y sorprendido, así como en el lugar en el que se encontraban las demás naciones. Francis soltó una risita nerviosa.
—¿A qué te refieres? —preguntó Arthur, mosqueado.
—Puede verlas, finge lo contrario para meterse contigo—le explicó ella.
Al oír la revelación, Inglaterra, furioso por haber sido burlado durante siglos, comenzó a insultar al francés como el buen pirata que una vez fue, y ambos comenzaron a discutir a grito pelado hasta que un tiro de escopeta lo silenció todo.
—¡Callaos! —la voz de Vash no tardó en seguir al sonido del disparo—. Estamos aquí para escucharla a ella y ya hemos perdido tiempo suficiente.
Tras eso, se hizo el silencio en ambos lugares donde las naciones estaban reunidas, mientras Laura cerraba los ojos para poner en orden sus pensamientos. Los abrió ligeramente.
—Todo esto comenzó mucho antes de que yo naciera, cuando los Antiguos no eran más que niños…
Traducciones:
Сестра: Hermana (Ruso)
Мама: Mamá (Ruso)
Y hasta aquí el capítulo, espero que os haya gustado. A partir del siguiente empieza una saga en las que aparecerán mucho los Antiguos.
Hasta el próximo capítulo~
