He logrado subir el siguiente capítulo (como podéis comprobar), y este ya es mejor que el anterior XD. A ver si os gusta.

Es la primera parada del viaje de Celtiberia por el mundo para aprender magia ;) a ver qué os parece.

Disfrutad~


Capítulo 12: Lenguaje

Celtiberia y su madre esperaban e Roma en la frontera de la casa de Iberia. Se suponía que el romano llevaría a la joven nación hasta su casa desde allí. Pero no había llegado. Y Neitin empezaba a impacientarse. Celtiberia bostezó, más aburrida que molesta.

Después de todo, quedarse sentada bajo la sombra de un árbol era una de las pocas cosas que podía hacer sin sufrir un acceso de estrés durante un rato. Tenía que pensar en una manera de atenuar la impresión que le producía todo o se volvería loca. Sobre todo porque su curiosidad había aumentado desproporcionadamente. Casi parecía masoquismo.

Por suerte, Roma no tardó en aparecer, caminando de espaldas al sol. Fuertes sombras proyectaban sus músculos sobre su cuerpo; armadura metálica y amoldada al cuerpo, centelleante. Pote regio y orgulloso que ocultaba unos ojos que hablaban. La mirada de un Imperio. Capa ondeante resaltándolo y honrando a los muertos. El mayor Imperio del mundo antiguo.

Pero eso ellos aún no lo sabían.

Cuando quedó a su altura, Octavio se disculpó por la tardanza, pero en seguida se animó y se dirigió a Celtiberia con una enorme sonrisa.

—¿Preparada para convertirte en romana?

Ella le sonrió ligeramente y asintió. Roma parpadeó, extrañado. No esperaba que la niña saltase a sus brazos, pero solía ser algo más efusiva. Desde luego, las sonrisas solían ser más amplias y…sinceras. Octavio miró a Iberia, extrañado. Ella le habló con los labios. «Magia», «memoria». Octavio comprendió sin necesidad de más.

—Cuídala, ¿vale? —le pidió Neitin.

—¡Por supuesto! —exclamó el romano—¿Y el brujo cejón de tu marido no ha venido? —Neitin negó, alegando que tenía un par de rituales que hacer y riéndose por los apelativos del latino—. Qué aburrido. Bueno, no importa, cuando os conquiste, ¡saldremos todos juntos de fiesta! —y tras semejante exclamación, Roma soltó una estruendosa carcajada.

Ante semejante comportamiento, Iberia cambió de opinión y se dirigió a su hija.

—Cuídale, ¿vale?

Ella sólo suspiró.


Tras varios días viajando en carromato, ambas naciones llegaron a una villa a las afueras de la capital. Celtiberia, acostumbrada a los castros en los que vivían los suyos, y las estructuras de viviendas similares de sus padres, quedó francamente impresionada. No podía apartar la vista del enorme (para ella) edificio de dos pisos con varias habitaciones, una gran huerta y, según el romano, jardín y patio interiores. Ni siquiera se fijó en la gente que estaba trabajando entre el cereal.

El carromato se detuvo frente a la puerta principal y las naciones entraron en la que, por lo visto, era la casa del romano. Si el exterior la había impresionado, para Celtiberia, el interior del edificio era como entrar en otro mundo. Se encontraba en la casa de una nación y el lujo lo demostraba; con las columnas de mármol, muebles de madera noble y todo tipo de detalles y objetos decorativos de metales preciosos. Celtiberia lo miraba todo boquiabierta, incapaz de fijarse en algo concreto ante tantos objetos exóticos. Un par de esclavas miraban divertidas y enternecidas su reacción, mientras que Roma reía por lo bajo y se apresuraba a comunicarle a unos esclavos que ella sería su invitada por un tiempo. También declaró que dedicarían el resto del día a descansar del viaje, de manera que el amo del lugar se apresuró a tumbarse en el jardín y no hacer nada más.

A Celtiberia, por otro lado, le habían dicho que podía hacer lo que quisiera, de manera que no perdió ni un segundo en comenzar a vagar por la casa, observándolo todo y preguntándoles a los esclavos. Sabía que no lograría calmarse hasta que hasta que pasasen varios meses, de manera que decidió dejarse llevar, por agotador que pudiese llegar a resultar.

Lo primero que visitó fue las cocinas. Aún faltaba tiempo para la cena, de manera que estaban casi desiertas. La pequeña nación curioseó por toda la habitación hasta que algunos esclavos, intrigados por su comportamiento, le preguntaron si tenía hambre. Ella no les entendió, y estos se lo indicaron por signos. Celtiberia les respondió, por signos igualmente, que no, que sólo quería mirar. Al poco rato vio todo lo que quería ver y se marchó. Se detuvo un rato a observar el estanque del patio central (también de mármol), y después continuó su odisea por las habitaciones. Visitó el tablinium*, que era donde Roma trabajaba; fue a ver el gineceo*, que era donde dormiría a partir de entonces, e incluso se coló en el andrón*, sin que nadie la pillase. O eso creyó hasta que un esclavo la interceptó y la regañó. Celtiberia no entendió nada e lo que le dijo, de manera que se limitó a bajar la cabeza, fingiendo estar muy arrepentida; y cuando el esclavo acabó, ella se fue al jardín a tumbarse con Roma. Al día siguiente tenía pensado vagabundear por la huerta.

—¿Te lo estás pasando bien? —le preguntó Roma cuando la vio llegar.

—¡Sí! Tu casa es muy grande y extraña.

Octavio se rio, alegre de verla con tanto entusiasmo como siempre. Poco después un esclavo les llamó para cenar.


Celtiberia arrugó la nariz mientras trataba de colocarse la toga praetexta* de nuevo, incómoda. Pero los zapatos eran mucho peor. Ella estaba acostumbrada a llevar botas que ocultasen completamente los pies, no a llevar una minúsculas tiras de cuero alrededor del pie y sobre una suelo de madera. Por no hablar de esa tira que tenía entre el pulgar y el índice que le dolía horrores. Celtiberia sacudió los pies, muy incómoda.

Roma le había dicho que la harían pasar por un hombre. No era recomendable que supiesen que era un nación, y si fingía ser un chico, todo le resultaría u poco más fácil. También decidieron que se dejaría el pelo largo para ocultar el pendiente. Dirían que era extranjera y que era típico de su pueblo. Porque aunque los extranjeros no podían ser ciudadanos, ella vivía bajo el techo de una nación en persona. Cualquier excusa sería válida para una excepción así.

Al final apareció el anfitrión, habiendo cambiado su habitual armadura por una toga viril*. A Celtiberia se le hizo raro verlo vestido de una forma tan casual, pero no dijo nada.

—Bueno, veo que ya estás preparada para salir—aprobó Roma cuando la vio así vestida—. Muy bien, no perdamos más tiempo entonces—mientras hablaba, Octavio se dirigió a la puerta, por donde les esperaba un carro que iba a hacer algunas compras para la despensa del dueño de la casa.

—¿A dónde vamos? — quiso saber la celtíbera, mientras le seguía y subía al carro con él.

—Ya lo verás—le sonrió el romano—, seguro que te encanta, aunque creo que nunca habías visto nada parecido.

El vehículo se puso en marcha y ambos abandonaron la casa. Celtiberia observaba el paisaje un poco abstraída, pero en cuanto llegaron a la ciudad, comenzó a prestar atención a todo. Nunca había estado en una ciudad. Ni siquiera sabía que era posible que pudiese haber tanta gente viviendo en un mismo sitio. Los edificios, cada cual más grande, atraían su mirada como imanes. Los templos y el coliseo llamaron particularmente su atención, y le preguntó a Roma si podían visitarlos. Éste le confirmó que después visitarían un templo cercano, pero no le dijo nada con respecto al Coliseo. Lo cierto que no quería llevarla allí; aunque los gladiadores no morían con demasiada frecuencia porque eran bastante caros de mantener, con los condenados a muerte y los prisioneros de guerra no se tenían tantos miramientos, y el romano dudaba de que a su huésped le gustase ver algo tan violento y sangriento.

Finalmente, el carromato se detuvo a un lado del foro* y dejó a los pasajeros para comenzar a realizar las compras. Celtiberia le suplicó a Roma que le dejase dar una vuelta antes de ir a donde fueran, y el romano, contagiado por su entusiasmo, aceptó. Hizo de guía y le mostró las estatuas, los arcos del triunfo, los puestos… y cuando se hizo mediodía y ambos estaban cansados de dar vueltas por allí, Octavio compró algo de comida para los dos y después se fueron a donde el romano quería llevarla en un principio. Se detuvieron frente a un edificio en el que entraba y salía bastante gente.

—¿Qué son esos trozos de madera con líneas tan raras? —preguntó Celtiberia, señalando la pared que tenía en frente.

—Son carteles. Las líneas son las letras que forman palabras.

Ella le miró sin comprenderlo.

—Pero las palabras se hablan, no se convierten en líneas.

—Pero nosotros las convertimos en líneas—afirmó el romano, orgulloso. La joven nación seguía sin comprenderlo—. Ninguno de tus padres sabe leer y escribir (Aunque, ¿no había iberia empezado a desarrollar una pequeña escritura?), pero tu padre dibuja símbolos, ¿verdad? —Celtiberia asintió—. Y cada símbolo significa una cosa—nuevo asentimiento—. Pues esto es algo parecido, sólo que los símbolos se llaman letras, cada letra tiene asignado un sonido y cuando se juntan letras, se forman palabras. Es como hablar, pero sobre un trozo de madera o cerámica. No te preocupes—Roma rio al ver su cara de extrañeza. La niña no era capaz de creerse algo así—, tengo pensado enseñarte, no sólo mi magia, sino a leer y escribir e n latín. Aparte de hablar, claro.

—¿Y eso por qué?

—Porque no voy a estar hablando en celtíbero todo el tiempo y para poder dominar mi magia necesitas saber el idioma. La gente me miraría raro. Además, en los siguientes lugares a los que irás, el celtíbero es desconocido.; pero las naciones si saben hablar latín. Tenéis que poder comunicaros de alguna manera.

Celtiberia asintió, pensativa. En realidad, eso de leer y escribir le seguía sonando a cuento de niños pequeños. ¿Seguro que no se lo estaba inventando? Bueno, si lo pensaba un poco mejor, sí que recordaba haber visto a su madre dibujar líneas extrañas sobre unas piedras, pero no eran como esas. Decidió dejar de darle vueltas.

—¿Y qué pone ahí? —le preguntó, volviendo a mirar al cartel.

—«Thermae*». Está en latín, claro.

—¿Y qué es?

—Un lugar en el que la gente viene a bañarse y limpiarse. Y nosotros tenemos que quitarnos la roña de tantos días de viaje—sentenció.

A continuación, hubo dos reacciones muy diferentes. A Roma le brillaron los ojos. Estaba claro que le encantaba ese sitio en el que podía relajarse tranquilamente con agua calentita. En la cara de Celtiberia se dibujó el más absoluto horror. El agua estaba fría y te hacía vulnerable, perdías movilidad y el frío te hacía enfermar. Por no hablar de todos los monstruos y otras criaturas que podían devorarte o atraparte para siempre (si bien hasta ese momento sólo se había encontrado con náyades, y todo dependía de lo simpáticos que fueran o no). La niña comenzó a negar con la cabeza.

—No, ni hablar. No pienso entrar ahí—señaló el edificio como si se tratase del Hades (según Roma)

Octavio puso los ojos en blanco. Esa mañana casi había olvidado que era una pequeña y sucia bárbara al verla con ropas romanas. No debió haberlo olvidado. La agarró de la mano y, sonriente, comenzó a arrastrarla hacia el edificio mientras ella trataba de evitarlo. Pero el adulto era demasiado fuerte.

—¡Noooo! —suplicó, antes de que las puertas se cerrasen y ya no tuviese escapatoria.


Suspiró, relajada. El agua caliente formaba nubecillas de vapor a su alrededor. Lo cierto era que no estaban tan mal las terme esas. O como fueran.

Ya dentro, el romano la había obligado a desnudarse y la había arrastrado hasta el agua, mientras ella montaba un numerito. Menos mal que Roma, por ser una nación, tenía un pequeño anexo para su uso exclusivo.

—No es tan malo, ¿no? —le sonrió el romano.

Celtiberia no pudo ver la sonrisa porque estaba de espaldas. Roma era consciente de que la niña probablemente era demasiado pequeña para sentir pudor, pero no quería pasar por un depravado. No en esos momentos, al menos.

Celtiberia asintió en voz alta y admitió que no le importaría volver, si bien no quería que fuera muy a menudo. Roma se rió, pero asintió.


Esa misma tarde Octavio comenzó con las clases de latín. Así descubrió que la niña aprendía el vocabulario y las declinaciones a una velocidad impresionante gracias a su formidable (y mágico9 cerebro. Pero también descubrió que incluso esa magia tenía sus defectos. Para empezar, resultó evidente que no funcionaba si no prestaba atención. De hecho, resultó ser un gran defecto: que Celtiberia no se centrase en lo que Roma le decía no significaba que no pensase en otra cosa y lo que aprendía o memorizaba era eso otro, mientras que ni siquiera podía recordar (o sencillamente intuir) que era lo que Roma le había dicho. Celtiberia tenía algunos problemas para aprender a relacionar objetos que no había visto nunca (y que, por tanto, no tenía nombre para ello en su idioma) con su nombre. También surgían algunos problemas con la construcción de frases.

Aprender el alfabeto fue más complicado. La niña no podía comprender como los sonidos se convertía en dibujos; le costaba sudor y lágrimas (y muchas, pero muchas tablillas de cera) relacionar los sonidos son la grafía. Se le antojaba absurdo: las palabras no formaban dibujillos en el aire cuando las pronunciabas.

Otra cosa que Octavio descubrió fue que, en realidad, Celtiberia sí olvidaba; pero que, sin importar que fuera lo que había olvidado, siempre lograba recordarlo con una cantidad de detalles que al romano se le antojó escalofriante. Sobre todo en lo que a sentimientos se refería. Esa cría no iba a tener estabilidad emocional en su vida.

Celtiberia logró hablar latín como si hubiese nacido en el corazón de Roma tan sólo un año después de haber comenzado las clases. A leer y escribir tardó bastante más, pero Roma se sentía como un padre orgulloso. A veces creía serlo.

Como no era recomendable que interrumpiera su entrenamiento (aunque, según ella, aún no había empezado), Roma le dejó escribirle una carta a sus padres (si bien sólo Iberia podría llegar a leerla, y le costaría bastante descifrarla). Para informarles de cómo estaba.

Tras varios años viviendo en plena capital, Celtiberia casi se había convertido en una romana: conocía la historia y la cultura, celebraba las fiestas, participaba en las tradiciones e incluso imitaba el acento hasta el punto que era incapaz de hablar latín sin él. Le ocurriría con todos los idiomas.


Celtiberia supo que algo había cambiado esa mañana, poco después de levantarse: el desayuno no era algo ligero, como siempre, sino un plato de carne, más contundente. Cuando fue a ver a Octavio para preguntarle por la razón éste se encontraba con su armadura, preparándose para una larga marcha. Le sonrió y le dijo que irían a ver a su ejército. Había llegado el momento de aprender magia.

La niña, emocionadísima, no tardó más de diez minutos en prepararse, y ambos partieron muy pronto.

Tras algunos días de viaje, llegaron a un campamento, concretamente al de la legión más cercana a la ciudad. Celtiberia detectó cierta similitud del campamento con la ciudad. Había incluso un foro. Pequeño, claro, pero foro. Roma se presentó como nación, aunque no era necesario. Aún así, y por seguridad, los guardas no les permitieron pasar hasta que se lo dijo.

El campamento bullía de actividad: había soldados entrenando, soldados haciendo guardia, soldados discutiendo tácticas, soldados aquí, soldados allí. Pero Octavio, que la guiaba por entre las tiendas, la distrajo.

—Mis ejércitos se componen de legiones. Cada campamento pertenece a una legión y ésta se compone, en general, de 4200 a 600 infantes, divididos en hastati, príncipes y triarii, y 300 jinetes—efectivamente, la joven nación detectó a los caballos más alla de la empalizada; y soldados entrenando con ellos—. Los infantes se dividen en centurias, Dos centurias constituyen un manipulus, tres manipuli, una cohors; diez cohors, una legión. Los jinetes se dividen en filas de diez, tres filas son un escuadrón. Hay diez escuadrones. ¿Te lo has aprendido? —le preguntó entonces.

Celtiberia dedicó unos segundos a rememorar todo lo que le había dicho el romano. Asintió. Él sonrió, satisfecho.

—Muy bien—aprobó—. Pues espero que no lo olvides nunca porque—tras eso, se detuvo frente a una tienda que parecía algo más grande que las demás— mi magia es la magia de los ejecitos.

Y el Imperio Romano (porque Celtiberia supo en ese instante que llegaría a ser un Imperio) entró en la tienda del general.

—¡Ave, Divico! —saludó Roma—. Vinimos, tal y como te prometí.

El general, un hombre que rondaba los cuarenta, de expresión adusta y poco pelo, miró a la pequeña nación, inquisitivo.

—¿Ella es la que va a aprender? — Lo pronunció como si esperase que fuera una broma de mal gusto. Recalcó el «ella».

Celtiberia frunció el ceño, pero dejó que Roma respondiera.

—Sí, en efecto—asintió la nación mayor—. Comenzaremos en cuanto podamos.

El general asintió y le indicó a un soldado que les llevase a la tienda en la que viviría mientras se encontrasen allí.


La explanada era amplia y sin piedras. Roma, Celtiberia y cinco soldados veteranos que se habían presentado voluntarios para el entrenamiento de la niña se detuvieron allí. Estaban a pocos metros del campamento.

—La magia de los ejércitos—explicaba Roma—es una magia que te permite controlar a un ejército a voluntad, sólo con la palabra. Los dominados no pueden resistirse a la orden. Cuanta más gente intentes controlar al mismo tiempo, más difícil será, pero mejores los resultados—le guiñó un ojo.

Celtiberia se cruzó de brazos.

—Pero los humanos no pueden luchar contra los oscuros, les atraviesan. No veo de que me puede servir eso. Además, se supone que las naciones no pueden saber que estoy aquí.

—Puedes hacer un pequeño ejército de naciones—sugirió él—, después de todo, tienen que oírte, no verte.

Ambos sonrieron.

El entrenamiento comenzó. Celtiberia tenía que hechizar a un soldado y ordenarle que avanzase, mientras que Octavio tenía que pedirle que retrocediera. El soldado tenía que obedecer a su nación siempre que el hechizo no funcionase.

Fue una tarde infructuosa. Celtiberia era incapaz de hechizarle lo más mínimo. Para ella, la magia se transmitía a través de símbolos, como esos que tenía en el cuerpo. Las palabras no eran nada. Roma la animó, pero la niña no consiguió ningún resultado ni el día siguiente, ni el siguiente.

Ni tampoco tras una semana.


Celtiberia suspiró. Estaba sentada por entre una arboleda cercana, con los codos sobre las rodillas y la cara sobre las manos. No había conseguido ningún resultado en los anteriores meses y comenzaba a frustrarse. Roma también estaba preocupado. Grecia les había asegurado que podía aprender, pero la nación no daba muestras de avanzar. Pero lo peor de todo era que si se rendía, su propia frustración le impediría aprender ninguna otra magia. Por eso Roma no dejaba de animarla y convencerla de que lo intentase una vez más. Estaban en un momento crucial.

Celtiberia acarició distraídamente al lobezno que tenía acurrucado a sus pies. Tres cachorrillos y su madre había decidido acompañarla, pus su magia, tan relacionada con la naturaleza, la hacía amiga natural de los animales. Ellos no la temían ni ella a ellos. Los tres animales dormían plácidamente, sintiéndose segura cerca de ellos. La madre no dormía, pero casi.

La nación resopló de nuevo y el aire le hizo cosquillas en la oreja a uno de los cachorros, que sacudió la cabeza, desperezándose. El animalillo bostezó y meneó el rabo al verla. Ella le rascó la cabeza y le miró, sonriente. Después, con desgana y sin ninguna esperanza, habló:

—Impetus!

El cachorrillo se sentó al instante, con las orejas alzadas, esperando la siguiente orden. Ella parpadeó, un poco sorprendida. Los animales no solían obedecerla tan a rajatabla. Un poco por probar, le ordenó que se pusiese alerta. El lobezno obedeció. Y fue ahí cuando Celtiberia se dio cuenta de que ahí pasaba algo raro, por no mencionar el hecho de que su energía había disminuido un poco. Le ordenó correr, y el animal corrió. Le ordenó detenerse y el lobezno se detuvo. Luego le hizo volver. Celtiberia se puso a reflexionar, y en ese instante notó que un conjuro se rompía. El animal la miró, confuso; y ella le dio otra orden. Éste la ignoró. Pero ella, completamente feliz, le cogió en brazos y comenzó a saltar y a reír de alegría; despertando a sus hermanos. Los cachorros se contagiaron de su alegría y brincaron con ella. La madre sólo los observó.

Entonces la nación volvió al campamento y le dijo a Roma que había logrado realizar su magia con los lobos. Sin darle tiempo a responder, le arrastró hasta donde los jinetes y hechizó a un par de caballos. Roma rio con fuerza, aliviado.

Ahora podían entrenar de verdad.


Traducción:

Thermae: Termas (latín)

Impetus!: ¡Ataca! (latín)


Tablinium: El tablinum era la "oficina" en una casa romana, el centro de recepción y trabajo del pater familias para los negocios, donde recibiría a sus clientes. Era originalmente el dormitorio principal, pero a partir de la época helenística, se convirtió en la estancia más importante de la casa como oficina principal y sala abovedada de recepción para el señor de la casa. Para impresionar a los visitantes o clientes, se cuidaba especialmente su decoración, con las paredes ricamente cubiertas con frescos, con bustos de la familia sobre pedestales a ambos lados de la sala y con lujoso mobiliario.

Gineceo: sala, habitación o estancia que poseían las grandes casas de la antigua Grecia, para uso exclusivo de las mujeres de la casa: esposa, hijas, sirvientes. Preferiblemente estas estancias estaban en la segunda planta de las mismas. Si mi información es correcta, en Roma también había.

Andrón: estancia o parte de la casa reservada a los hombres.

Toga praetexta: blanca con el borde púrpura, era una vestimenta utilizada por los romanos en las grandes ocasiones. Tenían derecho a llevarla los niños (menores de dieciséis años), los senadores y los que hubieran alcanzado una alta magistratura. La llevaban los niños porque se debía respetarles como si fuesen magistrados.

Toga viril: La toga viril era blanca, sin adornos ni tintura y podía ser usada por cualquier ciudadano romano en edad adulta. []Una vez se vestía esta toga, ya eran ciudadanos que podían ejercer los cargos de la República o del Imperio, así como para el servicio militar.

Foro: espacio público en las antiguas ciudades romanas con funciones comerciales, financieras, religiosas, judiciales y de prostitución, además de ser el lugar donde los ciudadanos romanos realizaban comúnmente su vida social.


Hasta luego