Mil años más tarde, traigo el siguiente capítulo. En serio, siento la tardanza, pero ahora tengo exámenes de acceso para entrar a las universidades (quien me mandaría a mi estudiar lo que quiero estudiar. En fin, al menos me gusta XD) Y me voy de vacaciones, así que hasta Agosto nada. Se siente. Disfrutad con este.
Advertencias: Creación de una especie de contraparte para el General Invierno. Notas enormes en este capítulo.
Nombres:
(Antigua)Egipto: Nefertari
Disfrutad~
Capítulo 13
En cuanto Celtiberia logró hechizar al primer soldado, los progresos sucedieron a una velocidad vertiginosa, y Roma no tardó en tener que prepararle todo para el viaje hasta la casa del próximo mentor de la joven nación. Y ese era el motivo por el cual se encontraban esa tarde en el puerto. Mientras embarcaban en la galera mercante, Celtiberia tenía sentimientos contradictorios: por un lado, estaba muy emocionada (pese a sus intentos de tranquilizarse y decirse que tampoco era tan raro, que incluso los humanos eran capaces de viajar hasta los rincones del mundo) por el hecho de visitar nuevos territorios y de navegar. Por otro, y aunque sabía nadar, el hecho de alejarse tanto de tierra firme y verse rodeada de agua (a pesar del descubrimiento de que no era tan mala como pensaba) le producía cierta angustia.
No había navegado más de quince minutos cuando toda esa angustia desapareció ante la urgencia de inclinarse sobre el borde de la cubierta de la galera y comprobar que el oleaje y el desayuno no eran una buena combinación. Octavio sólo tardó treinta segundos en unírsele.
Y así pasaron el resto del viaje, ignorando el sonido de los tambores, el crujido de la madrea y el chapoteo de los remos sobre el agua a favor del mareo que se apoderó de sus cuerpos. Celtiberia juró no volver a navegar.
Por supuesto, fue un juramento en vano.
En cuanto llegaron al puerto, lo primero que hizo Roma fue besar el suelo. Celtiberia no exageró tanto, pero sí que fue cierto que tras varios días en alta mar, apenas podía caminar derecha. Y que el marro seguía allí.
Ambas naciones se sentaron cerca del barco, observando cómo los marineros descargaban la mercancía y hablaban con los comerciantes, esperando a encontrarse mejor. Roma le había dicho que la mayor parte de la casa de Nefertari era un desierto, pero la joven nación no sabía qué era eso, y se negó a creer las palabras de Roma («Un lugar en el que sólo hay arena y calor») cuando se lo dijo. Ahora sí le creía, pero no creía por qué iba alguien a querer vivir en un sitio con unas condiciones tan extremas como esas.
—Nefertari es muy tímida y callada—le decía Roma—, no habla si no es necesario. Es muy misteriosa—en ese momento Roma se sonrojó muchísimo—, y muy guapa. Ah, ojalá estuviese Calypso por aquí.
Celtiberia suspiró para sí y le ignoró. Sabía por experiencia en su territorio que cuando Roma empezaba a fantasear así, era imposible mantener una conversación coherente. Le había perdido.
Aburrida, Celtiberia cogió un puñado de arena y la observó: dorada, cálida y suave. La dejó caer al suelo pero, para su sorpresa, a mitad de camino se elevó y volvió hacia su mano.
—La magia del Desierto te convierte en la Reina del Desierto y te otorga potestad sobre las arenas—dijo una voz suave y con un acento extraño. Celtiberia alzó la cabeza, sorprendida. A pocos metros de ella había una mujer de tez morena y ojos oscuros, con el pelo negro y corto adornado unos algunos accesorios de oro. Su cara tenía una espesa capa de maquillaje* que hacía su mirada aún más misteriosa.
La mujer se limitó a hacer un breve gesto con una mano y la arena comenzó a girar en espiral, flotando en el aire.
—¡Egipto! —la sobresaltó Roma. Bueno, sobresaltó a Celtiberia, pues la única reacción de la mujer fue perder la concentración del conjuro y dejar que la arena cayese al suelo.
En la cara de Octavio se formó una pequeña sonrisa bobalicona.
—¡Cuánto tiempo! Todo bien, ¿verdad? —la mujer asintió levemente, sin cambiar su expresión un ápice—. Bien, me alegro. Esta—cogió a Celtiberia por los hombros— es la niña sobre la que te escribí.
Celtiberia reprimió una mueca. Roma, emocionado, le estaba apretando los hombros con mucha fuerza, y aunque no le hacía daño, la molestaba. No hacía ni dos segundos estaba moribundo sobre la arena por el calor; hasta que apareció Nefertari. ¡Qué rápido se recuperaba de lo que le interesaba!
—Cuídala bien, ¿eh? —continuó el romano con su verborrea, emocionado; e ignorando (bastante) a su interlocutora, la cual, por otro laso, no tenía ninguna intención de tratar inútilmente de que se callase, y cuyas facciones del rostro no variaron lo más mínimo a lo largo de toda la charla. Celtiberia quedó tan harta que se prometió que si Roma tenía descendencia tan habladora como estaba demostrando tener él en ese momento, sería la última nación de la lista en ser protegida (suerte que tuvo Seborga en resultar demasiado pequeño como para que los oscuros se fijasen en él) — Qué si no s madre me mata. Y tampoco quiero tener que aguantar una aburrida charla de su marido y ver como frunce el ceño continuamente (Octavio se estremeció al imaginárselo).
Por toda respuesta, Nefertari asintió.
—Bueno, entonces me voy. Mañana volveré a casa y tengo que asegurarme de que vuelvan todos mis marineros. A no ser—añadió, sugerente—que quieras venirte conmigo.
Egipto se limitó a agarrar a Celtiberia de una mano, dándole a entender que, como muy bien había dicho antes, tenía que cuidarla. Roma pilló la indirecta y, muy a su pesar, se marchó tras una breve despedida. Entonces Nefertari soltó a Celtiberia.
—Ven—le dijo, mientras comenzaba a caminar por entre las calles.
La joven nación la siguió, procurando no perderse y preguntándose a dónde irían. No muy lejos de allí había una barca con techo flotando dócilmente sobre las aguas del río. Ambas subieron a la barca, que comenzó a moverse en cuanto se hubieron acomodado. Río arriba.
Egipto contemplaba el paisaje en silencio, y como Celtiberia no tenía nada que hacer, la imitó. Vio a niños bañarse en las aguas frescas del río y perdidos entre los juncos. Vio a la gente pasear en la ribera del río. Vio un bullicioso mercado. Vio casas y vio animales que no había visto nunca.
Cuando se dio la vuelta percibió que Nefertari la estaba mirando fijamente. Se sonrojó, un poco incómoda, pero la pregunta que le hizo la sorprendió.
—¿Tienes dibujos?
Celtiberia parpadeó, confusa ante la extraña y repentina pregunta
—En el cuerpo—le explicó Egipto, notando su confusión.
Oh, se refería a los tatuajes. Celtiberia sonrió, orgullosa de un par de pequeños símbolos protectores que tenía sobre el estómago. Pero al oírlo las facciones de su anfitriona se contrajeron levemente en un mezcla de decepción y contrariedad.
—Escóndelos—le ordenó Egipto—. Son para la gente de baja condición.
Celtiberia se sorprendió mucho, pero no le replicó. Pensó, algo triste, que la cultura era diferente. No todo el mundo tenía a los tatuajes en tan alta estima como su padre o ella.
Egipto volvió a hablar tras varios minutos de silencio.
—Serás una ciudadana más
Con eso, adivinó Celtiberia (y lo adivinó de verdad, porque Nefertari no se molestó en explicarle nada) quería decirle que vestiría y se comportaría como una egipcia más, y que aprendería el idioma y las costumbres, tal y como hiciese en Roma. También descubrió (realmente no había otra forma de definirlo) que, si quería aprender a leer y escribir, podía; pero que sólo los escribas sabían y, por tanto, Egipto no le enseñaría y Celtiberia debería aprender por su cuenta.
—Aprenderás mi magia.
Celtiberia asintió.
Y no hablaron más el resto del día.
Tras pasar la noche en una posada, Celtiberia se cambió su túnica romana por una kalasiri*, igual que Nefertari. Egipto también la maquilló ligeramente. Después continuaron el viaje en barca hacia Men-Nefer. O, cómo la llamaban los griegos, simplemente Menfis.
Durante le tranquilo viaje, Egipto comenzó a enseñarle su lengua y a responder con brevedad y exactitud a todas las preguntas que Celtiberia le hacía, las cuales se encontraban especialmente enfocadas a los animales y plantas desconocidos, los cuales no eran pocos.
Finalmente, tras varios días de viaje, llegaron a la ciudad. Ésta era similar a todas las demás, pero mucho más grande. Cuando la barca se detuvo, Nefertari guió a la joven nación hacia su casa, la cual era prácticamente igual a las casas de los humanos, y por lo que descubriría en su estancia allí, ni siquiera los palacios diferían demasiado, salvo por el tamaño. La casa* estaba constituida por varias habitaciones, alrededor un gran salón con columnas y luz cenital; disponía de terraza, bodega subterránea y un jardín.
Esa noche, sentada en la terraza, Celtiberia observaba la ciudad a la luz de la luna. Tan sólo un par de animales callejeros vagabundeaban por las arenosas calles. Todo era silencio y tranquilidad. A su lado, Nefertari también observaba las calles vacías con sus ojos oscuros de mirada insoldable.
Durante el viaje, Celtiberia había visto las ciudades, la riqueza, la gente. Uno de los esclavos* había intentado hablar con ella varios días para que practicase. La joven nación había comprendido que Egipto era tan grande como todo el Nilo, que el desierto les protegía y que su ejército era de los más poderosos. Ni siquiera Roma era tan fuerte, aunque parecía que algún día podría superarla. Como toda joven nación; Celtiberia admiraba a Egipto.
—Eres un gran Imperio
Nefertari, al principio, no respondió; y su misteriosa mirada no dejó traslucir ninguna emoción. Pero cuando habló, a Celtiberia le pareció percibir un deje de tristeza.
—…Ya no*.
Pero cuando la niña se volvió para mirarla, sorprendida, Egipto ya no estaba allí.
«Ven» le había dicho Egipto esa mañana, tras haber preparado lo que necesitarían para un largo viaje.
Los años se habían sucedido sin prisa pero sin pausa hasta que Egipto había decidido que Celtiberia estaba preparada para aprender su magia. No contenta con enseñarle el idioma, Nefertari le había obligado a aprender su cultura y su religión, mandándola incluso a clases durante algunos años. Para poder aprender su magia, la Magia del Desierto, Celtiberia debía comprender por qué vivían allí; por qué el desierto, a pesar de su peligro, también les protegía. No debía temerlo, sino respetarlo. Si no confiaba en que el desierto la ayudase, las arenas y el calor jamás la obedecerían.
El Coronel Desierto no te obedecía si tú no lo respetabas.
Teniendo en cuenta la cantidad de víveres que había cogido Nefertari, Celtiberia se sorprendió al comprobar que el oasis al que se dirigían no se encontraba tan lejos. El problema fue que (como comprobó la niña al poco de llegar) ese no era su destino; allí sólo fueron a descansar una noche. Su verdadero objetivo estaba en el desierto mismo.
EL primer día viajaron de noche; se internaron entre las arenosas dunas bajo la luz de las estrellas, cubriéndose con mantas para protegerse del helado aire nocturno. Caminaron hasta algo más tarde del amanecer, cuando Celtiberia comenzaba a dar muestras de agotamiento debido al intenso calor que empezaban a sufrir. Continuaron su camino cuando se hizo de noche de nuevo. Tras otros tres días de marcha, llegaron a un pequeño oasis que apenas era algo más que una laguna con varias plantas alrededor. Había una pequeña cabaña entre la vegetación hacia la cual se dirigieron. Descansaron el resto del día y se quedaron allí, en la casita secreta de Nefertari.
Hacía un calor abrasador, y todavía faltaban varias horas hasta que el sol se encontrase en su punto álgido. Pero eso a Celtiberia no le importaba en esos momentos. Lo único importante era lo que tenía enfrente.
Un vestido blanco de la mayor pureza. Una piel oscura como el fértil limo. Un maquillaje fuerte, le mejor de los escudos. Un cuerpo ágil y casi etéreo. Una respiración inaudible como los secretos. Unos ojos tan indomables como le mismo desierto. La tranquilidad de la mañana y la fiereza, en ocasiones, de la más temible tormenta de arena. La Reina del Desierto.
Egipto.
Pero no estaba sola, pues había invocado a su protector, el Coronel Desierto, al cual flotaba tras ella, esperando órdenes y observando a esa niña que tenía enfrente. Su señora Nefertari le había ordenado juzgar si merecía convertirse también en su señora y aprender su magia. Comenzó su juicio generando una tormenta de arena. Celtiberia se mantuvo tensa y atenta, pero no se amedrentó. El Coronel Desierto la sometió a varias pruebas más. AL final del día las había superado todas, y él la aceptó como señora. Celtiberia se sentó, agotada, sobre la arena. Nefertari se le acercó y le tendió un poco de agua que bebió con avidez. Celtiberia no dejó de notar, sorprendida, que la egipcia le sonreía tímidamente, como si estuviese poco acostumbrada.
—Bien hecho—le felicitó.
Celtiberia sonrió a su vez y asintió.
—Una vez más—ordenó Egipto, tranquila.
Ya llevaban varios meses entrenando allí, y Celtiberia veía como mejoraba, a pesar de que tenían que ir más despacio de lo que a ambas les gustaría porque la joven nación, al no estar acostumbrada a semejante calor, había sufrido varias insolaciones, desplomándose en medio del entrenamiento. Tras eso solía descansar un par de días en los que practicaba sus otras magias. Los pajarillos del oasis casi se habían convertido en su ejército privado.
Celtiberia asintió y se posicionó de nuevo: las piernas separadas y levemente flexionadas para agarrarse bien al suelo, los brazos rectos y separados. Dibujó con ellos una semiesfera inclinándolos de manera ascendente. Nada. Ni una brisilla de aire caliente. Celtiberia suspiró, cansada. Nefertari se quedó mirando a la nada y repitió sus movimientos. Al final del balanceo de brazos se formó una gran tormenta e arena que Egipto también hizo desparecer con rapidez.
Celtiberia volvió a intentarlo, sin éxito. Suspiró de nuevo. Egipto se acercó a ella y puso sus pequeñas manos sobre las propias. Después volvió a hacer una tormenta de arena. Celtiberia notó como la energía mágica fluía por su cuerpo hasta llegar a los brazos y descargarse por las manos. Después, la joven nación observó sus propias manos, pensativa, y tras algunos minutos, repitió el ejercicio. Tuvo éxito, pequeño por tratarse de una brisilla y unos granos sueltos de arena, pero éxito, al fin y al cabo. Se alegró tanto (pues generar tormentas de arena era lo más difícil de esa magia) que se puso a bailar sobre las dunas; descargando de manera inconsciente algo de energía mágica y haciendo que la arena bailase con ella. Soltó tanta energía que, entre el cansancio y el calor, se desmayó. A Nefertari no le importó, y la recogió en brazos y volvió al oasis para que descansase.
Ya le quedaba poco para terminar su entrenamiento; y la misteriosa y solitaria Reina del Desierto tuvo la sensación de que cuando se fuese de su casa esa pequeña nación, la echaría de menos.
Maquillaje: El uso de maquillaje siempre estuvo bien considerado, incluso tenían un mito explicando esta costumbre: Cuando Horus peleó contra su tío Seth perdió un ojo, por lo que inventó el maquillaje para restablecer la perfección de su belleza: el uso de productos cosméticos para reparar los desperfectos del tiempo o maquillar los accidentes de la vida son por lo tanto legítimos. Esto explica la gran variedad de productos como aceites, kohl, colirios, rojo para los labios y las mejillas, concebidos por los egipcios de la antigüedad y utilizados desde muy pronto: se han descubierto restos del siglo IV a. C., y más de 160 recetas que describen su elaboración, que dura a veces varios meses. Las tumbas contienen a menudo todo lo necesario para la belleza en una cesta: los frascos de ungüentos, la pintura, los aceites, kohl en tubos de caña, y espejos de bronce pulido. Los egipcios fueron las personas de la antigüedad que practicaron más el arte del maquillaje, ningún otro pueblo lo ha usado tanto. Los productos cosméticos se comenzaron a usar para protegerse de los efectos del clima caliente y seco de Egipto. Así, el kohl protege y cuida de la conjuntivitis y los aceites perfumados sirvieron, y sirven todavía, para humedecer la piel y devolverle su flexibilidad. Sólo las personas de baja condición usaban tatuajes.
Kalasiri: vestido largo y ceñido, de una pieza y sujeto con dos tirantes que les cubrían los senos. También llevaban una especie de capa corta cubriendo los hombros, para evitar el sol.
Viviendas: La vivienda egipcia estaba constituida por varias habitaciones, alrededor un gran salón con columnas y luz cenital; disponía de terrazas, bodega subterránea y un jardín, al fondo.
Muchas viviendas disponían de patios interiores, de donde provenía la luz, con todas las habitaciones dispuestas entorno al mismo, y sin ventanas al exterior, por la necesidad de protegerse contra el calor.
Las casas egipcias se construían como las de los campesinos fellahs del siglo XX: muros de ladrillo de adobe y terrazas planas de troncos de palmera unidos. La arquitectura popular se caracterizó por su buena adaptación al clima seco y cálido de Egipto.
Esclavos: Al principio, la línea que separaba al esclavo del siervo era muy tenue, ya que todo Egipto pertenecía al faraón. Las campañas bélicas victoriosas trajeron multitud de esclavos reales como botín de guerra, por lo que la abundancia hizo que fueran distribuidos entre los templos y los particulares.
Un esclavo tenía derechos legales, podía conseguir riquezas, y recibía un buen trato, sobre todo los destinados al servicio doméstico. Debían recibir como pago alimentación y alojamiento, pero también una cantidad determinada de telas, ropas y aceite, y podían comprar tierras o ser mantenidos por su amo. Está documentado en papiros de la dinastía XVIII que algunos trabajadores se vendían a sí mismos, asegurándose así mejores condiciones de vida. Otra cosa era el trato que recibían a manos de sus guardianes los prisioneros de guerra destinados a las minas de Nubia y el Sinaí.
Ya no: El viaje de Celtiberia no tiene fechas concretas; pero cuando llega a Egipto se encuentra aproximadamente entre el 650 a. C y el 600 a. C; esa época es el inicio del Periodo Tardío, tras el Imperio Nuevo, e inicio de dominación persa en el trono faraónico (y posterior decadencia egipcia). Por eso Nefertari le dice que ya no es un gran Imperio. Lo cierto es que no estoy nada segura de cuando pudieron empezar a verse las consecuencias; si ya entonces o siglos más tarde; pero Nefertari intuye lo que va a ocurrir.
Hasta el siguiente capítulo
