Os prometí un capítulo en agosto y aquí está :3

NO tengo vuestro perdón por lo mucho que he tardado. Y, no, no tengo excusas excepto que en verano sufro vaguitis letalis y soy incapaz de escribir apenas. Encima este capítulo es corto y malo (véase el 11), y me daba vergüenza subirlo. Pero cuanto más tiempo tardaba, más vergüenza me daba. Pero como no se me ocurría nada mejor, he decidido subirlo y punto. Vosotros juzgaréis, después de todo, si merezco el premio nobel o que me cosáis a balazos por haberme atrevido a subir esto

Notas: Pequeño cameo de Pitágoras :3 Supongo que os lo podéis tomar como una referencia aproximada a la época en la que ocurre. Y otro pequeño cameo de otra pequeña nación :3

Disfrutad, espero D:


CAPÍTULO 14: HÉLADE

Celtiberia aguantó la respiración y hundió la cabeza bajo el agua. Buceó algunos metros por entre las aguas y después ascendió, respirando de nuevo. El río Nilo se encontraba en plena crecida, y la joven nación había aprovechado la misma para darse un baño y refrescarse del calor. Un cocodrilo se acercó nadando, pero ella no se mostró asustada. El poder hablar con los animales la protegía de recibir ataques repentinos; ellos nunca la atacaban si ella no lo hacía primero. Y ese cocodrilo en concreto ni siquiera tenía hambre.

La niña buceó un poco más y decidió volver a casa. Salió por una zona llena de juncos para intentar no embarrarse los pies demasiado. Y, como no había traído ropa, volvió a casa desnuda. Vivir en Egipto, donde mucha gente, adultos o niños, hombres o mujeres, iban desnudos por la calle, le había quitado el pudor.

Una vez en casa, se vistió y peinó un poco los nudos más grandes. Nefertari bajó a la entrada un poco después y uno de sus esclavos, uno particularmente jovial que provenía de una familia con bastante dinero, si bien no rica; les guió hasta el puerto por las calles de Alejandría.


En cuanto el barco atracó, Celtiberia bajó del mismo. Aunque el viaje por el río Nilo había aumentado su resistencia a los mareos, el río no era tan turbulento como el mar abierto, y el mundo daba vuelas a su alrededor.

Nefertari no había podido acompañar a la pequeña canción porque el faraón había requerido su presencia; pero un esclavo de confianza que conocía bien el griego la acompañó hasta que llegaron a Atenas, donde Calypso la recibiría cerca del templo dedicado a Zeus. Una vez la vieron, y el esclavo y la nación hablaron un poco, el primero se marchó. Grecia se agachó hasta quedar a la altura de de Celtiberia y le sonrió.

—Vaya, así que tú eres nuestra pequeña salvadora—la pequeña nación se sonrojó ante el elogio y bajó la cabeza, balbuceando un poco. Grecia se rio bajito por su reacción—. Bienvenida a mi casa.

Después le cogió una mano y dieron un paseo por la plaza mientras Calypso le decía qué era qué; a pesar de que su huésped ya conocía muchos de los sitios, pues la cultura de Roma era similar. En una esquina se encontraron con un niño que dibujaba triángulos en el suelo con un palo, los miraba un rato con cara de concentración y los borraba e nuevo. Calypso sonrió al verle y arrastró a la pequeña nación con ella.

—¡Hola! —le saludó la nación—¿Ya dibujando?

—¿Cómo sabes que un rectángulo es rectángulo? —le preguntó el niño a su vez

Grecia se mostró desconcertada.

—Pues por el dibujo—le respondió obviamente—- Ya lo sabes.

El niño frunció el ceño al oír su respuesta.

—Pero el dibujo es sólo una representación. ¿Qué pasa si las medidas no son del todo correctas? ¡Tiene que haber una manera de comprobarlo! —replicó.

Calypso suspiró.

—¿Aún estás con eso, Pit?

Pitágoras, tomándoselo como un reto, la señaló con el palo sin llegar a tocarla.

—¡Sí! ¡Y demostraré que tengo razón! ¡Espera que aprenda todo lo necesario en la escuela!

Calypso se rió, pero no le replicó nada. Se despidieron y las naciones continuaron su camino hacia casa de Gracia. Celtiberia, que aún no sabía griego y no había entendido nada, se había limitado a mirar a su alrededor.


Grecia siguió un esquema de entrenamiento similar a sus predecesores: primero le mostró las costumbres (similares a las romanas, o más bien al revés) y el idioma. Después, en teoría, debería haberle enseñado su magia; pero no lo hizo. En su lugar, una noche había juntado su frente y le había pedido a Celtiberia que le dibujase algún tatuaje mágico que uniese los poderes mágicos de ambas. Celtiberia, extrañada, obedeció; y permanecieron así durante varias horas (Grecia había tomado precauciones y acolchado un poco el lugar para que no les doliese el cuerpo). Repitieron la operación un par de semanas hasta que Calypso creyó que había sido suficiente. Celtiberia no había entendido nada.

—Mi magia—le explicó ella—se basa en predicciones. Las hay de dos tipo: las que puedo provocar y que pueden variar según nuestras acciones y las que viene solas y me dejan en un pequeño trance y se cumplen siempre, si bien éstas últimas son escasas. Esta magia es inherente a mí. No la aprendí y no puedo enseñarla. Lo único que funcionaría sería transmitírtela directamente utilizando un enlace mágico. En los próximos días me dirás si has tenido alguna visión para saber si ha funcionad, y si no, lo repetiremos.

Calypso le sonrió, sintiéndose algo culpable. Ella, que era la que les había dicho que le enseñasen su magia era la única que no podía hacerlo.

Pero Celtiberia lo comprendió y asintió.


Celtiberia revisó la compra. Carne, pan, aceite, queso y vino. Lo tenía todo a pesar de que esa mañana había predicho que la tienda de vino estaría cerrada (al final fue el vendedor de aceite el que se quedó sin existencias justo después de que ella le comprase). Asintiendo para sí, volvió a casa de Calypso. Por el camino se encontró con un par de perros que quisieron jugar con ella, pero la nación no podía entretenerse.

Ya en casa, Calypso la esperaba preparada para viajar; y Celtiberia se apresuró a prepararse también. A media tarde comenzaron el camino, y varios días más tarde llegaron a su destino: Esparta.


Ya tras las murallas de la ciudad, Gracia y Celtiberia se dirigieron a la casa del rey. Celtiberia descubrió sorprendida que había muchas mujeres por la calle, y que no había ningún hombre. Calypso le dijo que los hombres estaban en una campaña, y que entonces las mujeres se encargaban de todo. De hecho, cuando llegaron al palacio no fue al rey al que vieron, sino a la reina, una musculosa mujer llamada Helena. La reina se inclinó levemente al ver a su nación.

—¿Qué os trae por aquí? —le preguntó.

Calypso sonrió y cogió a Celtiberia por los hombros. Helena miró a la niña y tuvo que contenerse para no arrugar el ceño ante lo frágil que parecía.

—Esta niña es una nación—comenzó a explicarle—, y tiene una misión extremadamente importante que realizar. Pero para eso necesita ser lo más fuerte que pueda, y procurar que su fuerza dependa en la menor medida posible de sus condiciones económicas, geográficas y sociales para evitar debilitarse. Quiero que la entrenes—finalizó.

Helena frunció el ceño, contrariada.

—Podría atacarnos—replicó la reina. Dada la fuerza espartana, no era algo que la preocupase especialmente; pero todo sería mejor si todas las demás polis realizasen su entrenamiento, y no perdiesen el tiempo leyendo o Zeus sabía cómo. No habían tenido Calypso y ella pocas discusiones al respecto. Y la reina espartana no había sido la primera en iniciar esas discusiones ni de lejos.

La Vidente le sonrió con algo de frialdad y ninguna felicidad. Helena se puso un poco nerviosa.

—Nunca lo hará—le aseguró—. Quiero que entrene con los hombres, quiero que aumentes su fuerza al máximo, quiero que sepa todo lo que tiene que saber para sobrevivir, quiero que se convierta en la persona más fuerte que haya existido nunca, y quiero que lo logres en menos de cien años. No se quitará el pendiente ni se cortará el pelo bajo ningún concepto.

Helena miró a Celtiberia de nuevo. La niña tenía determinación en su mirada, eso desde luego.

—¿Lo aguantará? —preguntó la reina.

Los ojos de la Vidente centellearon. Su sonrisa se volvió feroz.

—Lo hará


Eran años duros para la pequeña nación, viviendo casi desnuda para aprender a soportar el frío, la lluvia y la nieve como si no existiesen; entrenando para aprender a utilizar las armas, para sobrevivir en la naturaleza (aunque en los bosques, por ser parte de ella en su casa, tenía una gran ventaja comparada con los demás jóvenes en entrenamiento) y aprovechándose de su recién adquirido don de predicciones para contar con un poco de ventaja. Calypso, que la visitaba de vez en cuando (pues era realmente poco lo que podía hacer por ella) lo sabía bien. Pero también sabía que lo superaría. Y tras llevar entrenando más de cincuenta años, no le quedaba demasiado para terminar.

Grecia salió de su ensimismamiento al ver a un niño pequeño de unos cinco años, sentado en una esquina. El pequeño, de pelo castaño y un pequeño rizo en la cabeza, permaneció medio dormido con un gato en brazos. Calypso se acercó a él y se agachó.

—Hola—le saludó, sonriente—, ¿cómo te llamas?

El niño la miró un momento y después bajó la cabeza, negando. Grecia le sonrió con ternura y le acarició el pelo.

—No tengo muy claro cómo llamarte—admitió la mujer—, pero, ¿qué te parece, de nombre humano, Heracles?

El niño asintió. Y cogidos de la mano, las dos naciones se marcharon al hogar de, casi, Antigua Grecia.


Hasta pronto