Tan solo una semana más tarde, traigo el siguente capítulo. No os acustumbréis. Este también es bastante cortito, pero más importante.

Nombres:

Germania: Klugheit

Disfrutad~


CAPÍTULO 15: RUNAS

Celtiberia alzó la cabeza. Las huellas eran frescas. No estaba muy lejos.

Deshizo a la runa Bjarkán, la Visión, de su ojo y el rastro brillante desapareció; pero ella ya conocía la dirección y el suelo se encontraba salpicado de huellas debido a la lluvia reciente.

Avanzó sigilosamente por las piedras cubiertas de húmedo musgo, con cuidado para no resbalar. Oyó un ruido a su izquierda y se quedó petrificada, mientras miraba cautelosa hacia la fuente. Un conejo había pisado una ramita. La nación le ignoró. Iba tras piezas más grandes. Esquivando un montón de hojas algo secas, Celtiberia continuó. No mucho más tarde detectó a los ciervos. También descubrió que no era la única que estaba tras ellos. Una manada de lobos vigilaba a las presas, y también a ella, varios metros más al noreste. A la nación le dio igual, pero tuvo claro que no iba a cazar nada para ellos. Frunció el ceño levemente. El entrenamiento en Esparta la había endurecido demasiado. Antes no habría pensado eso. Luego suspiró y se encogió de hombros. En el fondo, a su mente le venía mejor.

Sacudió la cabeza para centrarse de una vez en los animales que, se suponía, tenía que cazar. Sacó una flecha del carcaj y le dibujó la runa Úr, la Fuerza, el Toro Poderoso, para que la flecha atravesase la escasa maleza sin problemas. Apuntó a una hembra que pastaba tranquilamente. Un instante antes de que dispararse, la manada de lobos atacó, dejando a la cierva petrificada del susto. La flecha se clavó limpiamente en su cuello. Celtiberia se acercó al animal abatido y lo recogió. Los lobos también habían conseguido un animal que había empezado a comer. La nación los dejó allí.


La pequeña nación entró en el campamento y dejó al animal cerca del fuego. Germania dejó de tallar runas en unas piedras y se acercó a la caza para examinarla.

—¿Qué tal? —le preguntó ella

Klugheit asintió. Era un buen ejemplar.

—Bien—aprobó.

Entonces se fijó en el agujero del cuello, bastante profundo y ancho.

—Has usado la runa Úr

No era una pregunta, pero Celtiberia respondió de todas formas.

—Sí. Utilicé el cuchillo para agrandar la herida y poder sacar la flecha sin romperla.

Fue Klugheit quien asintió esa vez, y procedió a desollar el animal mientras le ordenaba a Celtiberia que encendiese el fuego. La chica obedeció con rapidez. Dado que tenía que practicar la magia rúnica que estaba aprendiendo, tenía el permiso implícito de Germania para utilizar a Kaen, el Fugo Desatado, la runa del fuego. En pocos segundos unas pequeñas llamas danzaban alegremente entre los troncos más grandes. Celtiberia se apresuró a alimentarlo con hojas secas y ramas pequeñas para que prendiese bien. Se giró para ver a Germania. Ya casi había terminado y una pequeña cadena rúnica brillaba entre sus dedos.

Cuando la nación adulta terminó, cogió dos pedazos de carne y los puso al fuego. Ambos comieron en silencio, y al terminar recogieron el pequeño campamento. Entonces Germania desapareció para ir a un poblado cercano y dejar allí la carne. Celtiberia esperó, paciente, a que la nación volviese; y entonces reanudaron el aprendizaje. Ese día tocaba la runa Thuris, la Espinosa; y formar una cadena rúnica de ocho eslabones con tres runas diferentes.

Celtiberia partió con Úr, Thuris y Ár, la Fertilidad, para hacer crecer un arbolillo. Klugheit le observaba, le corregía y le daba consejos. Allí, en medio del bosque, todo estaba en paz. Una paz que no tardaría en quebrarse.

Un Oscuro pequeño, atraído por la magia, les observaba, revoloteando cerca del claro en el que se encontraban. Las naciones estaban absortas en el ejercicio y no percibieron su presencia. Mejor para él. Elevándose para coger velocidad, se lanzó en picado a por la nación más pequeña y que poseía más poder mágico.

Germania lo vio, y el miedo instintivo le dejó paralizado unos segundos. Y unos segundos fue todo lo que el Oscuro necesitó para acercarse tanto a Celtiberia que atacarle sin herir a la pequeña sería imposible. Ella, que se había girado, estaba paralizada de terror. Aunque hubiera oído hablar de ellos, nunca había visto ninguno. Pero su instinto sabía, y ella había quedado tan asustada que apenas podía moverse.

Cuando el oscuro estuvo a punto de tocarla, el pendiente de la nación brilló con fuerza, haciendo que el monstruo estallase en pedazos.

Todo ocurrió tan rápido que a Germania no le dio tiempo de reaccionar de ninguna manera, y todo lo que vio tras el resplandor fue que la niña estaba sola, aterrada, al borde de las lágrimas y en perfecto estado. Se acercó a ella para tratar de calmarla a pesar de que él mismo estaba aterrado y decidió suspender las clases durante un par de días. Celtiberia necesitaba tranquilizarse y, aunque su cara fuese imperturbable, él también.


Al día siguiente por la mañana, Germania dejó a Celtiberia jugando con los niños de un poblado y se dirigió hacia sus límites. Se había despertado con un mal presentimiento y éste estaba a punto de materializarse.

Efectivamente, a los pocos minutos, Roma apareció por allí, sonriendo como una bobo.

—¡Hola Germania! —saludó el romano, efusivamente— ¿Ya has conseguido llevarte a una chica al lecho?

—Mi vida sexual no te importa—le replicó el germano

Octavio se tomó eso como un no y negó con la cabeza en señal de desaprobación. Klugheit le ignoró.

—Bueno, ¿y qué tal Celtiberia?

En ese momento Germania no pudo evitar pensar que Celtiberia se había convertido en la muñeca de todas las naciones que había visitado: no importaba lo duros y solitarios que fueran los países; todos se habían encariñado con ella y la mimaban más o menos. Pero luego recordó lo acontecido el día anterior y la minúscula sonrisa que se había formado en su cara se esfumó. Roma detectó el gesto y le demostró su extrañeza.

—Suspendí el entrenamiento de hoy. Ayer la atacó un Oscuro—explicó

Roma no se molestó en ocultar su furia. Esas malditas cosas…

—Está asustada, pero bien. El pendiente lo destruyó, no sé muy bien como. En cualquier caso, es probable que puede hacer eso con los Oscuros pequeños y débiles.

Roma no pudo evitar pensar que quedaban los grandes y fuertes, pero suspiró. Algo era algo, después de todo.

—Vaya con el amuleto—respondió, con una sonrisa un poco forzada

Germania ladeó la cabeza, pero no le dijo nada. Estaba pensativo. El romano lo notó y le preguntó qué era lo que le ocurría.

—¿No te parece raro?

Roma le miró confuso y parpadeó.

—Celtiberia tiene que aprender todas las magias para liberarnos de los Oscuros, pero hay magias que no sirven para luchar. Y sólo ella tiene que aprenderlas.

Roma no le replicó. Nunca se había parado a pensarlo, pero dicho así sonaba muy extraño. Germania le reveló que era lo que pensaba al respecto:

—Calypso, y probablemente también Aius, nos ocultan algo al respeto. Y tengo un mal presentimiento.


Hasta luego