Buenas a todos de nuevo. Aquí tenéis otro capítulo; pero lo mejor es que me ha vuelto la inspiración, de manera que es probable que recupere un ritmo más regular con las actualizaciones (un capítulo al mes por lo menos). He estado de exámenes y pasado por una mala racha, pero ya he escrito dos capítulos más en mi cuaderno y he empezado el tercero, de modo que es probable que ya acabe la historia del tirón, sin más pausas inesperadas. Pero eso no significa que me quede poco para acabar, no os preocupéis.

En lo que respecta a este capítulo, es un poco cortito y no ocurren demasiadas cosas; pero resulta importante para entender los tres siguientes. Los cuales son los últimos de esta historia sobre la vida de Laura. Qué, hablando de ella, ¿no os habéis dado cuenta de algo el tiempo que ha (he) estado contando su vida?

Disfrutad~


Capítulo 18: Hogar

Celtiberia viajó hacia el sur, saliendo de los territorios chinos con rapidez a base de teletransportarse de manera intermitente, pues la frontera estaba demasiado lejos como para poder llegar de una vez. De hecho, sólo tardó unos cuatro días en llegar a los terrenos de Veda*, futuro padre de India. Sin embargo, Celtiberia procuró evitar los lugares poblados, y no se encontró con él. Además, gracias a otra combinación de magias, había logrado ocultar su presencia como nación a los demás, logrando parecer una simple humana*.

Se encontró con una caravana mercante que comerciaba con especias y a la que no le importaba llevarle hasta su destino, de manera que la nación oculta viajó con esos humanos tan amables hasta llegar a los límites del norte de Egipto. Una vez allí, fue a visitar a Nefertari. Ella se alegró muchísimo de verla (si bien lo demostró a duras penas) y le invitó a descansar allí unos pocos días. Celtiberia aceptó.

Tras ese viaje, la joven e intrépida nación continuó su viaje por las costa africana. Tras varios días se dio cuenta de que el camino más directo era el que atravesaba las tierras de Cartago, nación conocida por no saber ni creer en la magia, además de comportarse de manera notablemente agresiva. Y, tras esa experiencia con Eslava Occidental, Celtiberia no estaba segura de querer elegir el camino conocido. De tal manera que, haciendo de tripas corazón, se hizo una balsa con algunos troncos y volvió a navegar. Dominó los venos y las aguas para llegar a la costa este de Iberia lo más rápido posible. Se mareó tanto o más que siempre, pero lo importante era que había llegado entera. Con el estómago vacío y la cara verde, pero entera.

Estaba tan cansada que, en vez de buscar a su madre directamente, decidió tumbarse a la sombra de un árbol cercano a la ciudad. No temía a los ladrones, pues lo único que llevaba eran un par de manzanas. No supo muy bien cuándo se quedó dormida. Al despertar se acurrucó entre las pieles, sin ganas de levantarse todavía. Entonces recordó que se había dormido sobre la hierba, no en una cama, y se despertó de golpe. Miró a su alrededor, ubicándose, todavía desconcertada. Oyó voces de personas. Se encontraba en un poblado, a juzgar por la forma de la casa. Detectó, entonces, unas prendas de ropa frente a ella. Una tenía el tamaño apropiad para un niño de cinco años. La otra, para uno de diez. Se acercó a ambas telas y, en ese momento, se dio cuenta de que la primera (con un tamaño como con el que había marchado a ver otras naciones) no le valía; pero la segunda sí. Había crecido mucho todos esos siglo sin darse cuenta.

Estaba a punto de probarse la prenda mayor cuando Neitin entró por la puerta. Sonrió al ver a su hija despierta y la abrazó y cubrió de besos de bienvenida, sin dejar de decirle cuánto había crecido, cómo le había echado de menos, si había comido bien y todas esas cosas que las madres suelen decir a los hijos que llevan mucho tiempo sin ver. También le informó de que ya había llamado a Aius y que vendría en cuanto pudiera, pues se encontraba muy cerca de la frontera con Celtia, y también con la casa de la propia Celtiberia.

Neitin siguió mimando a su hija durante un buen rato, cosa que ella aceptó de buena ganan en un principio, pero que luego le hicieron recordar algo. Que Iberia le cuidaba igual que lo había hecho Eslavia (o, más bien, al revés). Y la joven nación se acordó de ella. Y de su muerte.

Se tesó y comenzó a temblar imperceptiblemente, al tiempo que palidecía. El recuerdo era tan vívido cómo si hubiese pasado hacía escasos segundos. El dolor también. Lo serían siempre. Gruesas lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas sin que pudiese detenerlas. Su madre se preocupó, pero Celtiberia no le dio tiempo a decir nada antes de abrazarla y echarse a llorar a lágrima viva.

Cuando Celtia entró en la casa se sorprendió al ver esa situación, que apenas había cambiado algo. Ambas naciones hicieron lo que pudieron para consolar a su destrozada hija, pero apenas lograron nada. Los recuerdos eran demasiado vívidos para ella.

Pocas horas más tarde, la joven nación, sencillamente, se cansó de llorar aunque su tristeza no había variado lo más mínimo. Entonces se sentaron en el suelo y ella les relató lo que había vivido fuera de casa. Cuando llegó a la parte de Nadia, comprendieron.


Roma y, con menos frecuencia, Germania, se pasaban a saludar de vez en cuando. La primera vez que fueron cuando Celtiberia ya estaba por allí, se dedicaron a abrazarle y besarle como bienvenida (bueno, eso lo hizo Roma. Germania sólo saludó y realizó algo que pretendía ser una sonrisa, pero que logró que Octavio sufriese pesadillas durante semanas). Celtiberia también les contó a ellos toda la parte de la historia que no conocían, llorando de nuevo al recordar a Eslavia. Germania ya había tenido algunas sospechas del suceso, pero no había querido creerlo hasta ese momento. Apretó los dientes de rabia.

A pesar de la mala noticia, el hecho de que la joven nación hubiese aprendido a derrotar a los dos tipos de Oscuros que les atacaban fue motivo de gran alegría para todos, de manera que el romano casi les obligó a preparar un banquete para celebrarlo. por extraño que pareciera, a ninguno le importó esa vez. Celtiberia, por otro lado, se quitó importancia, algo superada por la emoción de los adultos, y comenzó a quitarles las improntas.


Celtiberia alzó la mirada. Lo había sentido de nuevo.

Ya llevaba varios decenios en sus tierras, con su gente, protegiendo a sus padres y marchando de vez en cuando para proteger a las naciones más alejadas; como China. Esa sería su vida normal desde ese momento, aquello a l que se dedicaría hasta que pudiese acabar con todos los Oscuros. Y, aunque en teoría había aprendido todo lo que tenía que aprender, no podía estar segura de que ya hubiese terminado. Al fin y al cabo, todas las naciones mágicas colaboraron inconscientemente en la creación del amuleto que colgaba de su oreja, y todos la reconocían como portadora al identificar un fragmento de su propia magia en él; pero lo cierto era que nadie sabía cuántas naciones habían participado exactamente. Ni Yao ni Laoshi le habían hablado en ningún momento de ora nación mágica cercana, de manera que ella había dado por supuesto que ya había terminado.

Sin embargo, últimamente Celtiberia había empezado a sentir más magias (o tal vez fuese sólo una), gracias a que el amuleto llamaba a aquellas que o componían. Muy lejos. Al oeste.

A otro lado del mar.

No era sólo curiosidad cuando, con frecuencia, cruzaba las tierras de su padre para llegar hasta la costa; sino que sentía cómo la magia la llamaba hasta allí. Celtia detectó el extraño comportamiento de su hija, preguntándole al poco tiempo, sin poder evitarlo.

—Detecto magia al otro lado del mar-confesó

Celtia frunció el ceño.

—Al otro lado del mar sólo está el Fin del Mundo

Ella no le respondió. Eso ya lo sabía. Siempre lo había sabido, pues sus padres se lo habían enseñado. Pero en esos momentos no podía evitar preguntarse si eso de «el Fin del Mundo» no será más que fruto del desconocimiento de a gente, y de la imposibilidad de alejarse demasiado de la costa. Quizá si hubiese algo, pero tal vez se encontraba tan lejos que a los humanos les resultaba imposible llegar. A menos, son los barcos que tenían en esa época. Y no pensaba en eso solamente por la magia que percibía, sino por s propia experiencia. Había ido a lugares con los que sólo podía soñar. Provenía de sitios que nunca creyó que existieran.

«El Fin del Mundo» era algo que estaba en demasiados sitios.

Y, precisamente por todas las cosas que había visto, tomó una decisión. Iba a ir por sus propios medios.


Entre comunicar su decisión y las pertinentes despedidas y preparativos, Celtiberia tardó varias semanas en marchar. Lo hizo en un pequeño barco de madera; y navegó ayudada por las aguas y los vientos mágicos.

Siempre al oeste.


Veda: El vedismo es la religión del periodo védico, históricamente anterior al hinduismo. Está basada en los cuatro antiguos textos sánscritos llamados Vedas. Son recopilaciones de himnos, colecciones de oraciones, fórmulas de consagración y expiación dirigidos a los dioses. Su liturgia está explicada en la sección mantra de cada uno de los cuatro Vedas, que están escritos en idioma sánscrito. Se adoraba a una trinidad de dioses, la trinidad védica (Agní, Indra y Suria), que en el siglo III a. C. empezó a ser reemplazada por la trinidad puránica de Brahmá, Visnú y Shivá. Estos tres últimos son los dioses más importantes del hinduismo. Y es por la relación geográfica y cultural por la que considero que India sería el hijo de Veda.

Logrando parecer una simple humana: En su momento no lo expliqué porque no tenía muy claro cómo iba a evolucionar la historia y, por tanto, si llegaría a mencionarlo en algún momento. Pues bien, se supone que las naciones no se han dado cuenta hasta ahora de que Laura también lo es porque oculta esa sensación con magia (aparte de las correspondientes amnesias mágicas).


Espero que os haya gustado. Hasta pronto.