Sí, aquí tenéis otro capítulo apenas una semana más tarde. Aunque ya tengo bastantes escritos, lo mejor será que no os acostumbréis a este ritmo, aunque sí es probable que no tarde demasiado en subir el siguiente.
Disclaimer: Porque yo lo valgo, aún no lo había puesto. Pero aquí está, diciendo que Hetalia le pertenece a Himaruya y tal. Pero eso vosotros ya lo sabéis.
Nota importante: Sé que ninguno de estos imperios de a continuación existió en esa época, y que tampoco aparecieron como tales hasta mucho más tarde, pero me temo que los necesito.
Nota: Al principio no iba a ponerle magia a Maya, pero entonces me di cuenta de que tenía un problema de comunicación. Por eso tiene la magia que tiene.
Nombres:
Azteca: Necucyaotl
Maya: Nicteel
Disfrutad~
Capítulo 19: Armas
Celtiberia saltó desde la barca y aterrizó en la arena. Luego sacó su transporte del agua para abandonarlo sobre la arena. Lo más probable era que tardase en necesitarlo de nuevo y, tal vez, ni siquiera se marchase por ese mismo sitio.
El largo viaje le había ocupado unas pocas semanas gracias a su magia. Había sido tranquilo, y lo agradecía firmemente. A pesar de lo largo del viaje, no se había encontrado con ninguna tormenta no demasiados problemas. Sin embargo, eso no le liberó de un buen mareo los primeros días, contratiempo que puso su concentración mágica a prueba.
Celtiberia cerró los ojos unos instantes, sintiendo la magia que la llamaba. Cuanto más se acercaba a la fuente, más fuerte sentía la intensidad de ese poder desconocido. Y eso había sido lo único que le había librado de perderse en medio de la inmensidad del océano, especialmente porque no sabía absolutamente nada de navegación.
La sintió más al sur, de manera de manera que se puso en marcha en cuanto la tierra dejó de moverse de un lado para otro.
La selva era espesa y estaba llena de animales desconocidos. La joven nación se sintió fascinada por ellos, y se apresuraba a intentar hablar con los animales. Lo lograba sin problemas, pero estos no solían tener nada interesante que contarle, de manera que no tardó en aburrirse y dejarles en paz. No fue hasta varios días más tarde que estos que estos pudieron indicarle que, efectivamente, más hacia el sur había humanos. Celtiberia sonrió inconscientemente y se apresuró al saberlo para llegar cuanto antes a la civilización. Sentía muchísima curiosidad, a pesar de que en los últimos días ya había empezado a experimentar dolores de cabeza por la gran cantidad de cosas nuevas que estaba viendo.
Sin embargo, algo o, mejor dicho, alguien, detuvo su viaje. Varios humanos salieron de entre la espesura y apuntaron a Celtiberia con sus lanzas. Ella se apresuró a levantar las manos para que viesen que no quería dar problemas , y se extrañó un poco al ver las extrañas vestimentas con las que esos guerreros (supuso) se encontraban vestidos. Uno de ellos le gritó algo, pero ella no comprendió nada. Y entonces se dio cuenta de que tenía un problema.
No sabía con qué idioma hablaban, ni tampoco otro con el cual comunicarse. Eso puso nerviosa a Celtiberia. ¿Cómo iba a decirle a la nación de esos guerreros que no pretendía invadirles, por ejemplo? Los humanos volvieron a realizarle una pegunta, pero ella calló. Y fue entonces cuando un animal vino en su ayuda. Un ave de intensas plumas verdes y pecho rojo, así como una larga cola se posó en el hombro de la nación. Aunque Celtiberia no lo sabía, era un quetzal. Los guerreros retrocedieron al ver al animal con un respeto religioso pintado en la mirada. Cuando el ave comprobó que la nación no iba a sufrir daños se arrancó una de las plumas de la cola y se la entregó a Celtiberia.
«Estos humanos respetan mucho a los míos» le dijo el ave «. Si llevas esto contigo no te harán daño. Es mi manera de agradecerte que hayas venido por aquí. ¡Nunca antes había hablado con un humano!» Y antes de que Celtiberia pudiera responderle, el quetzal se marchó. La joven nación se quedó un poco confusa, con la pluma todavía en la ano, pero no tardó en comprobar que los gurreros ya no sentían el menos deseo de atacarla. Más bien la trataban con temor reverencial. Tras algunos infructuosos intentos de comunicación, lograron ponerse de acuerdo para ir a la ciudad.
Una vez allí, lo primero que hicieron fue llevarla ante el emperador, junto ante el cual destacaba un hombre de mirada seria y astuta, con unos pendientes de oro y un tocado vistoso de plumas verdes. Tenía el pelo negro y se le notaban los músculos, pues sólo levaba un taparrabos puesto (más adelante, Celtiberia descubriría que se llamaba maxtlatl) y unos brazales de oro. No pudo apartar la vista de él. Era la nación que estaba buscando. Él, por su parte también se fijó en ella de inmediato, identificándola como uno de los suyos.
Mientras, el emperador había estad hablando y siendo abiertamente ignorado por las dos naciones (inconscientemente). Por suerte, Celtiberia volvió a la realidad antes de meterse ne problemas y le enseñó la pluma de quetzal, esperando que funcionase. Entonces la nación adulta intervino, hablando con su emperador. Discutieron durante un breve rato y luego se dirigió a ella. Intentó comunicarse con ella, y ésta también puso todo su empeño en tratar de comprender lo que le decía s (esperaba) anfitrión. No pasó mucho rato hasta que quedase claro que era inútil, y la nación de esos humanos la llevó entonces a una habitación para que pasase la noche. Celtiberia estaba muy cansada y se quedó dormida en seguida.
Azteca se alejó de la habitación con pasos silenciosos. Él no sabía quién tendría el amuleto, pero sí sabía cómo era o, más bien, la sensación mágica que desprendía. Esa niña era la elegida por los dioses. Frunció el ceño. No sólo mujer sino que, encima, cría. Y no podían hablar porque ella no sabía su idioma.
Necucyaotl suspiró. Menos mal que Maya todavía estaba por allí. A la mañana iría a buscarla para que les ayudase a comprenderse. O eso pretendía, porque lo cierto fue que se encontró inesperadamente a la mujer de pelo castaño, grandes pendientes y varios brazales de oro y en cuya vestimenta destacaba una piel de jaguar sobre los hombros. Sonrió a Azteca cuando lo vio.
—Hola, Nec. ¿Ha ocurrido algo? Oí a los guerreros y a los guardias cuchichear un poco.
Azteca, por un momento, no pudo evitar pensar si Nicteel tenía alguna clase de poder oculto. Esa mujer siempre estaba en el lugar correcto y el momento exacto.
—A decir verdad—confesó Necucyaotl—, sí; y me preguntaba si podrías prolongar tu estancia aquí un poco más.
Maya le prestó más atención, curiosa.
—Ha llegado el... la elegida del amuleto—se corrigió—. Si no recuerdo mal, creo que teníamos que enseñarle nuestras magias, pero no habla en ningún idioma conocido y tampoco parece ser capaz de comprendernos, de manera que necesito tu ayuda.
Ella asintió. Estaría encantada de echar una mano.
Cuando Celtiberia despertó a la mañana siguiente, descubrió que a su lado había una mujer que se sonreía. La joven nación se extrañó y sorprendió al verla, pero ella no le dijo nada, tal vez porque sabía que no iban a entenderse. En lugar de eso, puso sus manos en la frente de la más joven. Comenzaron a brillar algunos segundos y luego pararon. Celtiberia estaba tan confusa como antes o más.
—¿Me entiendes?— le preguntó la mujer luego
—Sí—respondió ella. Pero calló de golpe.
Ese «sí» no o había pronunciado en celtíbero, ni en latín ni en ningún idioma que conocía. Y esa mujer tampoco le había hablado en ningún idioma que su mente pudiese descifrar. Sin embargo, le había entendido. Su cara no tardó en demostrar lo confusa que estaba.
—Soy el imperio Maya—le dijo ella—. Puedes llamarme Nicteel. Mi magia consiste en hacer que la gente pueda comprender cualquier idioma durante varios días. No es my fuerte pero sí útil. Y ese—señaló entonces Maya hacia una esquina en la que, descubrió Celtiberia, se encontraba la nación del día anterior, aunque sin los brazales y el tocado— es Azteca, la nación en la que te encuentras. Mi casa está un poco más al sureste.
La joven nación asintió. Entonces intervino Necucyaotl:
—¿Eres tú la nación elegida para salvar a las demás? —inquirió. Ella asintió, demostrando más seguridad de la que sentía. Le había intimidado un poco y, además, nunca le habían llamado «elegida» —. Bien, entonces comenzaré a enseñarte mi magia esta misma tarde.
Y, tras esas palabras, salió de allí. Celtiberia quedó desconcertada ante todo lo ocurrido y Nicteel se disculpó por él.
—Es bastante desconfiado con los extraños y, además, cuando sucedió lo de la creación del amuleto, comenzó a pensar en que el elegid sería una nación grande y poderosa, de manera que está un poquito decepcionado— Maya suspiró. eso le pasaba por fantasear demasiado—. Pero no te preocupes, se le pasará.
A mediodía hubo una comida compuesta por extrañas frutas y verduras que la joven nación no había visto nunca, pero que le gustaron de inmediato (especialmente una llamada «piña»), aunque aborreció una extraña bebida marrón que llevaba «cacao» y agua. Lo peor era que se trataba de algo sagrado y que debía beber estando eternamente agradecida de semejante honor. Consiguió fingirlo y nunca supo cómo. Hasta que no se inventase el chocolate como tal, no querría ni pensar en ello.
Tras la comida, Necucyaotl le dijo que la siguiera. Ella obedeció y se apresuró a caminar a su lado. Salieron del palacio y comenzaron a caminar en una dirección desconocida para Celtiberia. Por las calles paseaba gente dispuesta a comprar en el mercado o dedicarse a otros quehaceres, así como niños jugado. Pero lo que más le sorprendió descubrir fue una especie de perro en miniatura que se le antojaron ridículos*.
Al rato llegaron a una casa en la que hacía mucho calor y que se encontraba iluminada por un fuego mucho más fuerte de lo normal. Desde la entrada se oía el sonido rítmico del metal chocando contra el metal. Celtiberia se preguntó por qué habrían ido a una herrería.
Azteca entró y saludó al humano para después pedirle varios pedazos de metal y madera. El azteca le dio de buena gana todo lo que su nación le pidió y después volvió al trabajo. Necucyaotl continuó con el paseo hasta llegar a las afueras de la ciudad. Allí se sentó en una roca y le indicó a Celtiberia que hiciese lo mismo. Después cogió un pedazo de metal sin ninguna forma concreta y que tampoco era demasiado grande. Lo agarró con ambas manos y comenzó a moldearlo como si fuese mantequilla. Le dio forma de filo y de mango, y afiló el filo y puso florituras al mango con las uñas. En unos diez minutos había conseguido un puñal listo para matar y con unos adornos dignos de un arma de ornamentación. Celtiberia abrió los ojos por la sorpresa. No se esperaba un tipo de magia así.
—Mi magia es la magia de las armas. Puedo forjar cualquier tipo de arma metálica con mis propias manos, como acabas de ver.
La joven nación asintió, aunque una parte de su mente pensó que, en realidad, su poder sería más bien el de manejar el metal. Seguro que también podía hacer cucharas con ese método. Aunque, teniendo en cuenta que arecía algo belicoso y que, por tanto, lo más importante serían las armas, no se lo discutió. Además, admitía que usar ese poder para crear cucharas era un desperdicio.
Necucyaotl le tendió un martillo y un trozo de metal.
—Al principio es más sencillo si lo intentas con herramientas, como un herrero normal— y, acto seguido, repitió la demostración, aunque no le puso adornos esa vez.
Celtiberia percibió a magia que salía de su cuerpo, de manera que no necesitó nada más para imitarle casi a la perfección. Después de cada golpe pensaba un poco en lo que había hecho y se corregía. En una hora fue capaz de hacer un puñal casi idéntico al de su mentor. El estaba impresionado. La joven nación ya les había hablado de las habilidades de su mente, pero estaba claro que era más de lo que había imaginado. Le había subestimado.
Demostrando con claridad la habilidad que le daban sus recuerdos en el proceso de aprendizaje, Azteca se vio obligado a enseñarle a forjar armas con las manos desnudas mucho antes de lo que creía. Eso también lo dominó en tiempo récord, pero sí que fue cierto que le costó algo más. En cualquier caso, sólo dos años más tarde ya sabía todo lo necesario para poder continuar con el viaje.
Pero fabricar armas no era lo único a lo que la niña se dedicaba. Eran muchos los días que daba un paseo con Nicteel mientras ella le enseñaba todo lo que quería saber sobre la fauna y flora del lugar. También le dio a probar otra versión del «xocolatl» con miel y vainilla que le gustó mucho más (a pesar de todo, no se convertiría en algo similar a una adicción para ella hasta que Suiza crease el chocolate con leche muchos siglos más tarde, en 1875*).
Fue en uno de esos días de largos paseos que Celtiberia aprovechaba, muchas veces, para reflexionar, cuando Necucyaotl le dijo que irían a ver a otra nación que había más al sur que también tenía que enseñarle su magia. Ella asintió y se quedó mirando al Imperio Azteca. A aquel que dominaba las armas.
Una magia como esa no resultaba demasiado espectacular. La de controlar bien un ejército, tampoco. Pero Celtiberia tuvo la certeza de que si Necucyaotl y Octavio hubieran nacido en zonas cercanas y hubiesen formado una alianza, se habrían convertido en los mayores conquistadores de toda la historia. O, al menos, del mundo antiguo.
Perros ridículos: Me refiero, evidentemente, a los chihuahueños, más conocidos como chihuahuas. Es una raza de perro originaria de México. Recibe su nombre del estado mexicano de Chihuahua, lugar donde fue descubierto y domesticado de su estado silvestre. La historia de la raza es incierta, sin embargo se suele afirmar que es una raza de México. La hipótesis más común y más probable afirma que los chihuahueños son descendientes del techichi (que es la raza a la que de verdad debería referirme, para ser sinceros), un perro de compañía en la civilización tolteca de México. Los registros más antiguos del techichi disponibles por ahora datan del siglo IX, pero probablemente sus antepasados ya estaban presentes entre los mayas. Perros que se aproximan a la Chihuahua se encuentran entre los materiales de las pirámides de Cholula, anteriores a 1530 y en las ruinas de Chichén Itzá, en la península de Yucatán.
De hecho, juguetes que representan perros parecidos a las variedades de chihuahueño "cabeza de ciervo" y "cabeza de manzana" se han descubierto a través de Mesoamérica, desde México hasta El Salvador. El primero de ellos se encontró en Tres Zapotes en Veracruz, México y data del año 100. Vasijas con efigies de perro que también parecen representar el chihuahua y datan de alrededor del año 1325 han sido descubiertas en Georgia y Tennessee.
A decir verdad, he puesto esto sólo porque yo tengo un chihuahua y le quiero :3 de manera que estuve investigando y me pareció interesante. Es por eso por lo que decidí ponerlo. ¡Te lo dedico, bicho!
Chocolate en 1875: No es hasta el inicio de era contemporánea, principios del siglo XIX que el chocolate se hace más popular gracias a la aparición de la industria chocolatera. Por aquel entonces se descubre la posibilidad de separar la parte aceitosa de la pasta de cacao (la manteca de cacao), operación que deja unos polvos secos y solubles en agua o leche (cacao en polvo). A pesar de esto, la punta de lanzamiento no se consigue hasta después de dos pequeños descubrimientos:
1) En 1840, el suizo Rudolf Lindt mezcla la manteca de cacao con la pasta de cacao, obteniendo un chocolate más dulce que es el que usamos actualmente.
2) En 1875 el suizo Daniel Peter descubre un nuevo método de condensación de leche, que otro suizo, Henry Nestlé en 1905, aplica al chocolate. Nació entonces el famoso chocolate con leche.
Y esto es todo de momento. Nos vemos.
