Hola a todos, aquí estoy yo con otro capítulo para serviros. Espero que os guste, pero os advierto que es bastante triste.
Y es aquí dónde os cuento que es eso de lo que teníais que daros cuenta. Creí que era más obvio. ¿De verdad no habéis notado que no he llamado a Celtiberia "Laura" ni una sola vez mientras era pequeña? Porque lo explicaré en el transcurso del capítulo.
Advertencias: Muerte de varios personajes
Disfrutad~
Capítulo 21: Conquista
Celtiberia supo al instante qué era lo que había ocurrido. Era algo que las naciones sabían de manera innata. Estaba en guerra. Y lo único en lo que pensó en ese momento fue en que su gente la necesitaba. Tenía que marcharse.
Se lo dijo a Inca de manera apresurada, bastante nerviosa. Era la primera vez que se encontraba en guerra con alguien, y no sabía muy bien qué hacer aparte de volver para estar con los suyos. Él la entendió y se despidieron allí mismo, apresuradamente. Luego la joven nación huyó hasta la costa oeste a base de teletransportes. Usó su magia para crear una pequeña balsa. Cortó los árboles, les quitó las ramas y las hojas; hiló la lana que había recogido justo antes de partir de esa manera tan apresurada para crear la vela. Todo lo hizo con combinaciones mágicas que nunca había probado, y que no siempre dieron resultado; pero que ya jamás olvidaría.
Al atardecer tuvo el barco construido, de manera que se obligó a dormir para estar descansada. El amanecer le sorprendió con una nueva herida en la pierna. Puso el barco en el agua, subió y navegó lo más rápido posible en dirección a casa.
En el viaje de vuelta no tuvo tanta suerte. Sufrió varias tormentas que casi hunden su pequeña barca y que le obligaban a proteger la embarcación usando casi toda su magia; dejándola exhausta e incapaz de provocar que los vientos la ayudasen para poder apresurarse. También se encontraba mucho más lejos que antes; y tardó cuatro meses en tocar tierra.
Llegó a la casa de su padre, y sus heridas habían aumentado. Pero lo peor no era eso. El tiempo que había pasado en el mar había sido suficiente como para que reflexionase. Su territorio se encontraba entre los de Celtia e Iberia, de manera que sólo uno de ellos podría ser el que la atacase, y no le gustaba pensar en eso. Sin embargo, todavía quedaba otra posibilidad que no era precisamente mejor; una nación extranjera podría haber derrotado a uno de sus padres y ahora estaría luchando contra la gente de la joven nación. Y su mente no tardó demasiado en tener a un candidato; lo que le sorprendió fue que Neitin hubiese perdido. Roma se debía de haber vuelto muy fuerte durante ese tiempo. Esperaba que, al menos, no fuese demasiado pesado con ella; más que nada, porque la íbera no se cortaría un pelo en hacerle callar a golpes.
Tras usar su magia, Celtiberia sólo tardó un día en llegar a su territorio. O eso creyó. Notaba algo extraño con él. Lo tocó con las manos y se palpó el cuerpo. Entonces se dio cuenta. Eso ya no era suyo. Había perdido la mitad de su extensión.
Había estado tan metida en su aprendizaje que ni siquiera sabía cuándo había comenzado la batalla. Horrorizada, corrió hasta llegar a una zona que pudiera reconocer cómo suya. Lo consiguió cerca de la ciudad de Numantia*. Pero no pudo acercarse (e incluso se vio obligada a refugiarse en la espesura) porque la ciudad se encontraba sitiada por los romanos. Apretó los dientes. Así no podría acercarse sin utilizar la magia. En ese momento detectó una figura familiar. Era ni más ni menos, la nación romana; pero tenía algo... extraño. A Celtiberia se le pusieron los pelos de punta sin saber porqué y su pendiente brilló débilmente como advertencia. Invocó la runa de la visión frente a uno de sus ojos y lo que contempló le heló la sangre de las venas. Dentro de Octavio había un Oscuro. Estuvo a punto de salir a campo abierto para quitárselo cuando unos brazos la agarraron y se lo impidieron. La joven nación pataleó con fuerza, pero su captor le mostró la cara y así tranquilizarla. Un pelo rojizo enmarcó una cara sucia en la que destacaban unos ojos verdes. Aius.
Celtiberia quedó algo desconcertada, ya que no esperaba encontrarse con su padre allí; pero él no le dijo nada y la cargó a la espalda antes de echar a correr hasta su propio territorio. Una vez allí, desapareció* para reaparecer en una zona más alejada de la frontera y dejó a su hija en el suelo. Ella se mostró desconcertada, pero en seguida se dio cuenta de lo desmejorado que estaba: se encontraba pálido y tenía ojeras, el pelo sucio y enmarañado y la ropa con roturas por todas partes, además de que podían verde vendajes en brazos, piernas y torso. Parecía muy cansado.
—Hola, Celtiberia—le saludó con pesadumbre.
Algo iba mal, y no era la guerra
—¿Qué ha pasado? —preguntó ella, preocupada.
—Roma me ha declarado la guerra
Pero esa no era la respuesta que Celtiberia estaba buscando, no la que explicaba por qué estaba tan devastado, con tan pocas ganas de luchar, con la mirada vidriosa. La cara de la joven nación le demostró que eso no era lo que quería saber. Y, en el fondo, su padre sabía que no era eso lo que le había preguntado. Inspiró hondo. Du hija tuvo una mala sensación.
No se equivicó.
—Neitin ha muerto. Roma la destruyó.
Celtiberia abrió los ojos, incrédula. Era absurdo. Una nación no podía destruir a otra así como así. Los ojos se le llenaron de lágrimas. No era cierto. No podía ser cierto. Al verla así, su padre recordó a Iberia. Y lloraron juntos.
Celtia se preparaba para otro combate contra Roma. Su hija también. Tras la revelación sobre su madre, Celtiberia se había puesto a pensar y había llegado a la conclusión de que el Oscuro que estaba dentro del cuerpo de Octavio era el que le había permitido matar a Iberia. Al fin y al cabo, una nación no podía acabar con otra en circunstancias normales. Ese era el motivo por el cual habían planeado el ataque juntos. Aius lucharía directamente contra el romano y Celtiberia le atacaría por la espalda para arrancarle al Oscuro y conseguir que su enemigo volviese a la normalidad y dejase de ser un peligro mortal. Ambos asintieron, preparados para la batalla. La nación más joven no tardó en desaparecer entre la espesura. Aún tenía ganas de llorar, pero si no detenían a Roma, las cosas irían a peor.
Al poco rato se encontraron en el campo de batalla, Celtiberia escondida entre los árboles circundantes. Observaron a los enemigos. Un ejército con una formación perfecta. Recordó, con un escalofrío, que la magia del enemigo era la del ejército. Y la nación supo que, pasara lo que pasara, terminarían perdiendo el territorio. Pero si conseguían quitarle el Oscuro al romano, sería un precio que estaba dispuesta a pagar.
La batalla comenzó. Al principio fue muy encarnizada, pero los romanos no tardaron en comenzar a ganar terreno. Celtia luchaba directamente contra el romano, el cual tenía los ojos en blanco y una extraña sustancia gris recubriendo gran parte de su cuerpo. Pero, pese a su apariencia en trance, luchaba con más fuerzas que nunca, como si su único propósito fuese destruir a la nación que tenía delante. Era como si estuviera poseído por el Oscuro. Celtiberia vigilaba entre las ramas, nerviosa y atenta, a tener alguna oportunidad, aprovechando que su padre había sido capaz de llevarle hasta la espesura. Su mano ya se encontraba preparada para arrancárselo. Entonces vio su oportunidad y saltó. Se agarró a la espalda del romano, para sorpresa de este último, quien comenzó a forcejear para quitársela de encima. Pero ella no perdió el tiempo y se apresuró a hundir la garra en su cuerpo para quitarle el Oscuro. Pero comprobó, horrorizada, que no era capaz de agarrarlo. Su mano atravesaba una y otra vez el cuerpo uniformado sin éxito. No funcionaba.
Octavio consiguió que cayera al suelo y luego le dio una patada que la lanzó volando un par de metros Celtia se distrajo, preocupado por su hija... y una espada recubierta de una extraña sustancia gris atravesó su pecho. Todo pareció detenerse durante un instante. Y luego el cuerpo de Celtia desapareció. Había muerto.
Celtiberia no podía creerlo. Todo a su alrededor dejó de tener sentido. Gritó, pero no oyó su propia voz. Y no sabía si el bosque de a su alrededor brillaba mucho más de lo normal o si la oscuridad era completa. Le sobrevino una oleada de furia y, antes de saber qué era lo que estaba haciendo, cogió su arma (el palo de madera más parecido a un bo que había sido capaz de tallar), lo inundó de electricidad con magia y golpeó al romano en la espalda.
Y el Oscuro salió de su cuerpo. Parte de la electricidad le alcanzó y lo destruyó.
El romano se desmayó y Celtiberia se sentó. Había gastado una cantidad absurda de energía con ese golpe. Estaba tan furiosa que no había sido capaz de controlarse. Pero ahora sólo se encontraba agotada.
Y tras la furia vino la desesperación. La nación comenzó a llorar mientras Octavio recuperaba la consciencia y la miraba, confuso. Ella le devolvió la mirada llena de lágrimas durante un instante. Y después se fue. El romano no trató de seguirla. No era la primera vez que se despertaba de repente en el campo de batalla. Y luego siempre descubría que había conseguido el territorio de una nación. Y que esa nación había muerto. Y las lágrimas de la cría eran lo único que necesitaba ver para saber qué era lo que había ocurrido, que era lo que había hecho. Sonrió con amargura mientras él mismo empezaba a llorar. Ya hacía tiempo que su gente lo llamaba Imperio Romano.
Pero, ¿a cambio de qué?
Aunque Octavio ya no suponía un peligro para ella, Celtiberia no se molestó en luchar contra él. No tenía ninguna oportunidad y lo sabía. Lo sentía por su gente, por darles la espalda de esa manera; pero no le quedaban fuerzas para luchar. En su lugar, se había ido a los territorios conquistados por el romano, sabiendo que allí estaría más tranquila. Y se había dedicado a llorar al muerte de sus padres. Ese era uno de esos días en los que lloraba, pero tendría algo diferente porque alguien le interrumpiría:
—¡Hola! ¿Qué te pasa?—escuchó la alegre voz de un niño pequeño hablándole en latín.
Ella se secó las lágrimas para ver mejor y alzó la mirada. Frente a ella se encontraba sentado un niño de unos cinco años con el pelo moreno revuelto y una gran sonrisa en la cara. Era una nación. Le miró sin responderle de inmediato.
—... Mis padres han muerto
—Vaya... Mi madre también. Se llamaba Iberia—Celtiberia no se molestó en ocultar su sorpresa—. Era algo diferente a mí, pero me cuidaba mucho. Sin embargo, estaba en guerra con el tío Roma, y hubo un día en que ya no volvió.
Ella no le dijo nada, pero supuso que esa otro nación había nacido de los territorios íberos conquistados por Roma, pero que aún tenían poca influencia romana. Aunque hablaba latín, era bastante pobre y a ella le costaba un poco entenderle. Por eso Iberia habría decidido hacerse cargo de él y convertirse en su madre.
—¿Y cuál es tu territorio? —el niño volvió a la carga—. Yo soy Hispania Tarraconensis, Cartaginensis y Baética*. Y al oeste tengo un hermano pequeño llamado Hispania Lusitania. —entonces le guiñó de manera confidencial—. Ya sabes, como mis territorios fueron conquistados antes, yo nací antes que él y soy el mayor. ¿Y tú quien eres? ¿Hispania Gallaecia?
Entonces recordó que Octavio le había puesto otro nombre oficial, por eso de la conquista; y que era el que el pequeño le había comentado. Asintió.
—Pero yo ya existía un poco antes de que empezase a conquistar esto—le informó vagamente, sin querer entrar en detalles.
Pero a Hispania Tarraconensis, Cartaginensis y Baética le empezaron a brillar los ojos de la emoción.
—¡Eso significa que tengo una hermana mayor! ¡Tengo una hermana mayor y un hermano menor! ¡Es genial! ¡Así tendré a alguien a quien cuidar y alguien cuidará de mi!
Celtiberia comprendió en seguida su razonamiento y sonrió sin poder evitarlo.
—¿Eso significa que yo tengo que cuidar de los dos y que ese Hispania Lusitania es nuestro hermanito mimado?
—Exacto— le sonrió de vuelta Hispania Tarraconensis, Cartaginensis y Baética —. Y me alegro de que sonrías. Te pierdes muchas cosas bonitas cuando estás triste. ¿Cómo te llamas? ¡Mi nombre es Antonio!
Ella calló. ¿Un nombre humano? Sí, tenía uno. Un nombre que sus padres le habían puesto hacía mucho. Pero, ¿quería estar recordando su muerte cada vez que lo pronunciase? No. Pero recordó sus predicciones, y aquellas que le hablaban de idiomas futuros; de nombres futuros. Y supo cual quería que fuese el suyo.
—Soy Laura
Sollozó y gimió de dolor. Tenía el brazo ensangrentado por culpa de una herida brutal que se encontraba en su hombro izquierdo. Se trataban de diversos surcos bastante profundos que en un punto determinado les faltaba poco para llegar al hueso, y que no dejaba de sangrar. La venda se empapó de sangre antes de que fuera capaz de colocársela bien. Suspiró mientras alguna que otra lágrima de dolor le caía por las mejillas. Sabía que había perdido y, por tanto, que Roma tenía todo el derecho del mundo a explotar sus recursos. No tenía nada en contra de ello ; lo asumía y lo aceptaba. Pero, ¿de verdad era necesario emplear unos métodos mineros tan bestias? ¿Era necesario derrumbar montañas enteras por conseguir cuatro pepitas de oro?
Por lo visto, el pueblo romano pensaba que sí.
Celtiberia suspiró y volvió a lavarse el brazo en el río. El agua se tiñó de rojo unos segundos. Con algo más de esfuerzo, consiguió vendarse sin llenarlo todo de sangre. Se estaba peleando con el nudo cuando Roma apareció entre los árboles.
—¿Te ayudo?
Ella le miró y asintió, un poco desesperada.
La joven nación conquistada sabía que la culpa de todo la tenía el Oscuro y, aunque al principio había rehuido a Octavio, con el tiempo volvió a aceptarle. Al romano le costaba más superar lo que había hecho, aunque no hubiera sido de manera intencionada. Él no quería quitarle el oro a Celtiberia, pero era su gente la que tomaba esas decisiones, y poco podía hacer al respecto. Menos todavía cuando se suponía que conquistaba territorios con ese propósito. Una voz le sacó de su pensamientos.
—Vienes a ver la mina, ¿no? —Celtiberia sabía que el romano solía perderse cuando tenía que ir, a pesar de que había un camino. No había ningún tipo de reprocha en su voz.
Él asintió, con timidez.
—Tengo que revisar cómo van las cosas
—Bien. Sígueme
El romano obedeció y avanzaron por el bosque. No tardaron demasiado en llegar a una zona elevada desde la que se veía toda la mina. Había un montón de esclavos trabajando por entre los restos de la montaña; la mayoría lavando la tierra para conseguir las preciadas pepitas. Octavio miró el hombro de la nación, sintiéndose culpable. Pero ella no le prestó atención. Ya sabía cómo iba a ser ese lugar en el futuro. Bosques verdes. Piedra roja. Fuego y naturaleza fundidos en uno. Iba a ser un lugar hermoso, por eso no le importaba cómo se encontrase en ese momento. Le dirigió al romano una misteriosa sonrisa.
—Bienvenido a Las Médulas
Numancia (Numantia): Numancia es el nombre de una desaparecida población celtíbera situada sobre el Cerro de la Muela, en Garray, a 7 km. al norte de la actual ciudad de Soria, España. En el año 153 a. C. tiene el primer conflicto grave con Roma, al dejar entrar en la ciudad a unos fugitivos de la tribu de los bellos. Los numantinos, al mando de Caro de Segeda, consiguen derrotar a un ejército de 30.000 hombres mandados por el cónsul Quinto Fulvio Nobilior, pero hubo que lamentar que su jefe, Caro, muriera en la batalla.
Tras veinte años repeliendo los continuos e insistentes ataques romanos, en el año 133 a. C., el senado romano confiere a Publio Cornelio Escipión Emiliano El Africano Menor la labor de destruir Numancia, a la que finalmente pone sitio, levantando un cerco de 9 km. apoyado por torres, fosos, empalizadas, etc. Tras 13 meses de hambrunas, enfermedades y tras agotarse sus víveres, los numantinos deciden poner fin a su situación. Algunos de ellos se entregan en condición de esclavos al ejército de Publio Cornelio Escipión Emiliano, mientras que la gran mayoría de los numantinos decidieron suicidarse, prevaleciendo su condición de libertad frente a la esclavitud de Roma.
Con la referencia a la ciudad, este es el primer capítulo con fecha. Lo que sucede en en parte del capítulo podríais situarlo entre 134 y el 133 a. C.
Desapareció: Tras ver la tira cómica de Jean y Francia, he desarrollado la teoría de que las naciones pueden teletransportarse en sus propios territorios. Y, bueno, eso xDDD
Hispania y sus territorios: Cualquier mapa que muestre la progresión de la conquista romana en la península Ibérica os confirmará toda la conversación. Y hay bastantes. Y, no, Lusitania NO era un país, sino una REGIÓN de Hispania, que a su vez formaba parte del Imperio Romano. Hispania era la Península Ibérica COMPLETA.
Las Médulas: Las Médulas es un entorno paisajístico español formado por una antigua explotación minera de oro romana situado en las inmediaciones de la localidad homónima, en la comarca deEl Bierzo, provincia de León, comunidad autónoma de Castilla y León. Está considerada la mayor mina de oro a cielo abierto de todo el Imperio romano. Plinio el Viejo, que en su juventud fue administrador de las minas, relata que se extraían al año 20.000 libras de oro,2 lo que, teniendo en cuenta los 250 años de explotación, daría 5.000.000 de libras de oro, es decir, 1.635.000 kg. Según los datos del profesor y arqueólogo Antonio García Bellido, las tierras removidas alcanzan los 500 millones de m³, lo que, calculando un rendimiento medio de 3 gramos por tonelada de tierra, daría como resultado 1.500.000 kg.
Los métodos de minería romanos eran conocidos con el nombre de ruina montium (derrumbe de los montes), y consistían exactamente en eso, en derrumbar la montaña. Tenían dos métodos para conseguirlo:
1) Se construía una red de pozos y galerías sin salida exterior que minaban toda la masa que se quería abatir, introducían en ella todo el caudal de agua almacenada en el depósito y producían un efecto de "golpe de ariete", consiguiendo el derrumbe de todo el conglomerado minado.
2) Se construía una red de pozos y galerías sin salida externa en la base de la masa de materiales que se quería derrumbar, se iba llenando progresivamente de agua hasta que todos los niveles inferiores se saturasen y se consiguiera con ello el derrumbamiento de toda la masa minada.
La parte de Las Médulas la metí porque se encuentran muy cerca de dónde vivo y porque me encantan. Es una vista preciosa. Os aconsejo ver fotos por internet. Les tengo mucho cariño xDDD Hasta el próximo capítulo
