Y aquí os dejo el siguiente capítulo de esa historia. Terminamos la batalla contra los Oscuros y empezamos a acercarnos al final :D Y tampoco hay advertencias...
Disfrutad~
Capítulo 24: Poder
Con el Oscuro creador fuera de juego, las cosas ya no parecían tan imposibles. Laura dio luz verde para que la lucha continuara, mientras que aquellos que se habían internado entre la mera gris eran felicitados y aclamados por las naciones que se encontraban dentro de la casa.
Sin embargo, España del Norte no volvió a la batalla de inmediato. En su lugar, cogió un palo y comenzó a escribir caracteres chinos en el suelo, entre la casa y la línea de batalla más próxima. Sobre las palabras colocó un puñal, un trozo de madera, un cuenco con agua, otro tronco (a que prendió fuego), y una piedra. Después se sentó en el semicírculo que formaban a su alrededor. Japón lo vio y, no teniendo a ningún Oscuro cerca, se acercó con curiosidad. Ella le devolvió la mirada y percibió que algunas de las katanas estaban rotas. Él se dio cuenta y se inclinó, completamente avergonzado por ello.
—¡Lo siento muchísimo!
—No importa, Kiku. Las armas se reparan, las vidas no vuelven. Además, no vas a ser el único que no vuelva con sus armas enteras.
El japonés asintió, aún sintiéndose algo culpable y avergonzado. Romper una katana era una de la peores humillaciones que podía sufrir un samurai y, aunque ya no se encontraba en esa época, parte del sentimiento persistía. Después le realizó la pregunta que había pensado antes:
—¿Vas a invocar a alguno de los dragones? —recordaba bien la historia que les había contado. Historia que había explicado muchas coas sobre el extraño comportamiento de Yao en esa época (por qué desaparecía algunos días con excusas estúpidas —la mitad de las veces— y por qué un día de repente ya no necesitó irse a algún lugar indeterminado ni recodaba haberlo hecho nunca).
—Los voy a invocar a todos—respondió ella.
—Pero eso, ¿no es casi imposible? —China había sido el mejor mago de su época y sólo había logrado invocar a tres.
Entonces ella le sonrió con suficiencia.
—Exacto, Kiku. Casi.
Luego inspiró hondo, juntó las palmas de las manos y se concentró. Los cinco objetos comenzaron a temblar durante un rato. Y entonces los dragones aparecieron.
El primero fue el de agua. Con garras, cuernos, espinas y dientes de hielo, se lanzó contra a horda de bestias para tratar de acabar con cuantos se ponían en su camino.
El segundo fue el de las rocas. Sus afiladas garras de obsidiana se dedicaban a atacar los Oscuros con ferocidad, mientras su cola los golpeaba y lanzaba por los aires.
Lugo apareció un enorme dragón con el cuerpo metálico. No tardó demasiado en unirse a sus compañeros, pero aprovechaba más su duro cuerpo para proteger a la naciones que se encontraban peleando.
Las llamas crecieron, y un dragón formado enteramente por fuego comenzó a abrasar todo lo que podía. Y, por último, un dragón con el cuerpo de madera y hojas puso s fuera también al servicio de los demás.
Gracias a los cinco dragones elementales, el número de enemigos comenzó a bajar a gran velocidad. Por supuesto, no era suficiente, pero las naciones ya les habían cogido el truco a lo de pelear contra esos monstruos y se encargaban rápidamente de los que quedaban. Y, apenas una hora más tarde, la batalla había finalizado de manera definitiva. Al principio, las agotadas naciones no fueron capaces de creerlo; pero no tardaron en celebrarlo. ¡Lo habían logrado! ¡Y todos estaban vivos!
Laura, agotada y cubierta en sudor, trató de secarse la frente de manera infructuosa. Después trató de levantarse, pero las piernas le fallaron por el cansancio y se tambaleó. Habría caído al suelo de no ser por Yao, que le había visto y se había apresurado a ayudarla. Luego se pasó un brazo por el hombro y le agarró de la cintura, porque la nación norteña estaba tan exhausta que ni siquiera podía caminar.
—Ha sido increíble-aru—la elogió él.
Ella le sonrió.
—Tuve un gran maestro.
Tras en entrar en la casa, Yao le ayudó a sentarse en una silla. No fueron pocas las naciones que, aprovechando lo débil que estaba, se acercaron a abrazarla (no sabían bien si de la felicidad, para darle las gracias o porque sí). Aunque Laura pensaba que, en realidad, se habían salvado ellos solos. Más o menos.
Cuando la emoción dejó de poseer las mentes de las naciones, Laura les pidió que le trajeran un puñal que había en una esquina concreta de la habitación. Hong Kong, que era el que se encontraba más cerca, se lo acercó, tan extrañado como el resto de las naciones. Ella lo recogió, poniendo la palma de la mano directamente sobre un rubí que tenía en el mango. Ambos brillaron durante unos minutos. Después se levantó, aparentemente recuperada, y viajó por toda la sala, tocando algunos objetos concretos y encontrándose cada vez mejor.
—Acumulé energía en estos objetos por si alguna vez necesitaba recuperarme en segundos. Ya veo que hice bien—luego suspiró levemente—. Lástima que tardara mil años en conseguir guardar tanta. Voy a tardar otro tanto en recuperar lo acumulado.
Después se dirigió a las ventanas y miró. Entrecerró los ojos.
—Esto no se ha terminado todavía.
—¡Pues les demostraremos quienes son los héroes de nuevo! —gritó Estados Unidos, eufórico sin ninguna razón concreta (más que la de haber sobrevivido). Más países le secundaron, cansados pero igualmente animados por la reciente victoria.
—Me encantaría dejaros luchar, pero son tres Oscuros ofensivos especialmente fuertes y grandes. Os destrozarían antes de que pudierais preguntar. Son muy escasos, por suerte, pero parece que se han juntado para esta ocasión—por el tono de voz de Laura, quedaba bastante claro que no eran buenas noticias—. Tendré que utilizar el conjuro de fuerza—añadió para sí, pero lo suficientemente alto como para que los demás lo oyeran.
—¿Hay algo que podamos hacer para ayudarte? —preguntó Noruega.
España del Norte señaló a Antonio y a Arthur.
—Ellos pueden—dijo, sorprendiendo a varios.
—Y, ¿qué podemos hacer? —le preguntó Arthur mientras ellas se acercaba a las pinturas usadas para comprobar cuanta quedaba.
—Quitaros las camisetas sería un buen comienzo—respondió, sin molestarse en mirarles. No creí que necesitase ir a buscar más pintura. Aunque ya no le quedaba mucha...
Ellos se miraron de reojo, pero Antonio sabía que no les quedaba más remedio que aceptar, de manera que se encogió de hombros cuando Inglaterra le miró, extrañado, y obedecieron. Mientras se desvestían, algunas naciones (especialmente las más jóvenes) se dieron la vuelta por pudor, otras miraron con disimulo y unas pocas con todo el descaro del mundo (bien por indiferencia, bien por pervertidos). Laura cogió un pincel y parte de la pintura y comenzó a trazarles varios símbolos por el pecho y los brazos, además de ponerles otro concreto sobre la frente. Después Laura se puso a si misma el de la frente y se hizo un par de símbolos en las muñecas.
—¿Por qué tienes menos dibujos que ellos? —preguntó Feliciano por pura curiosidad.
—Porque tenía más autocontrol que ellos—replicó ella simplemente.
Todos se miraron extrañados. ¿Tenía? ¿Y eso que importaba ahora? Pero ella no les explicó nada y les dio un par de armas a cada uno de sus elegidos: un trabuco y una espada para Inglaterra; otro trabuco y una alabarda para España y ella había cogido el arco que le había prestado al inglés y su propia alabarda. Les ordenó que se vistieran y que salieran fuera con ella. Por último les dijo al resto que no salieran de la casa bajo ningún concepto. Los tres que iban a luchar se dirigieron al círculo que estaba dibujado en el suelo desde el principio de la batalla. Inglaterra se había preguntado varias veces para qué serviría y parecía que iba a descubrirlo. Entonces ella les miró muy seria:
—Nunca he hecho esto con otras naciones y, la verdad, no sé si funcionará. Pero espero que conozcáis a alguien a quien no le importe morir.
Y antes de que ninguno de los dos pudiera replicar nada, ella comenzó a pronunciar el conjuro que dijese hacía algunas semanas en la costa. A los tres los envolvió una luz cegadora durante varios segundos. Cuando el brillo finalizó, se miraron entre sí. A España e Inglaterra les faltó tiempo para abalanzarse el uno sobre el otro y golpearse como salvajes. Laura, por su parte, respiró hondo para tranquilizarse. Arrancarle a su hermano la cabeza en ese momento no sería la mejor de sus ideas, desde luego. Se dirigió a las dos naciones que estaban peleando entre sí con todas sus fuerzas y les agarró del pelo sin contemplaciones para separarles, les obligó a mirar a los Oscuros que se acercaban peligrosamente. Eran como dragones, pero muchísimo más grandes que el que habían visto anteriormente.
—Estáis aquí para destruir eso. Os he devuelto al pasado, tal y como me pedisteis en Galicia, para destruir eso. Los conjuro que os hice, y que no vais a poder borraros, son para evitar que os hagáis demasiado daño entre vosotros. Tenemos treinta minutos y bajando—les soltó de manera repentina, y ellos por poco caen al suelo; mientras comenzaba a caminar hacia los monstruos—. Pero si acabamos pronto, os quitaré el conjuro y podréis jugar. Hay uno para cada uno. No molestéis.
Después continuó caminando hacia los monstruos. Ellos se miraron, reprimiendo las ganas de pegarse un puñetazo, y le siguieron.
España del Norte se quedó con el primero, en cuanto voló raso para atacarla, ella invocó al Coronel Desierto y lanzó decenas de flechas de arena. Después llamó al General Invierno y atacó al monstruo con cuchillos de hielo. El Oscuro contraatacó dándole un coletazo que ella aprovechó para agarrarse al cuerpo gris. Pero el monstruo se mordió, dejando la nación dentro de su boca y arrancándose parte de la cola. En ningún momento demostró que le importase o que sintiese dolor. La nación, por otro lado, se abrió de piernas para evitar caer por la garganta de esa cosa. En realidad, no tenía ni idea de cómo era por dentro, pero tampoco sentía deseo alguno de descubrirlo. Con un pie bien afianzado en el paladar y oro sobre la lengua, le lanzó la bola de fuego más grande que pudo crear en el reducido espacio hacia lo que, supuso, era la garganta. El Oscuro se vio obligado a abrir la boca y ella salió. La bestia trató de agarrarla de nuevo, pero Laura no estaba dispuesta a caer dos veces en la misa trapa, de manera que imprimió electricidad en su alabarda y le seccionó os dedos. Después se dejó caer al suelo, mientras agarraba el arco y cargaba una flecha de fuego con su aumentada fuerza. Cuando disparó, esta estalló contra el monstruo volador, destruyéndolo.
Pero cierto inglés pasaba en ese momento por delante porque su Oscuro, al que ya había cortado las alas, caía en picado hacia el suelo. Le dedicó un insulto a la nación femenina. Estaba seguro de que ella le había vito y, aún así, disparado.
—¿Qué coño te crees que haces? ¡Casi me das!
—¿Qué te hace pensar que no lo pretendía? —le replicó ella con una sonrisa, ya en el suelo.
Arthur le insultó de nuevo y volvió a su combate. El monstruo había aprovechado que su rival caía para tratar de comérselo a él también, pero el renacido pirata detuvo las mandíbulas con los pies y una mano. La izquierda se dedicó a dispararle con el trabuco para que le soltase. El monstruo lo hizo y Arthur aprovechó el impulso para caer sobre su cabeza y clavarle la espada en ambos ojos. La bestia se sacudió y, esa vez sí, le tiró al suelo. Pero el inglés se recuperó rápido y se aprovechó de que el otro había bajado el cuello para golpearle, saltando sobre una de las garras para impulsarse y cortarle el cuello al monstruo. Este desapareció por completo a los pocos segundos.
Antonio no se anduvo con tantas tonterías. En cuanto tuvo a su monstruo a tiro, comenzó precisamente a eso; a dispararle. Y si aún así se acercaba lo suficiente como para poder correr peligro, simplemente le atacaba con la alabarda y su conjuro de llamas, que solía ser capaz de cortarle algunos dedos y hacerle retroceder. Extrañamente, ninguno de los monstruos se quejaba del dolor en ningún momento. Igual no podían sentirlo. Casi al final del combate, España prácticamente había mutilado al Oscuro, habiéndole cortado las extremidades y parte de un ala, de manera que el monstruo no podía hacer mucho más que intentar morderle. Un golpe final con la alabarda hizo desaparecer a la criatura.
Los tres se reunieron en el suelo cuando los Oscuros hubieron desaparecido y Laura sacó de un bolsillo una botella llena de un líquido negro. Mojó un dedo y les tocó la frente. Extrañamente, el líquido borró el dibujo que tenían en lugar de mancharles aún más.
—Quedan siete minutos. Adelante, mataos—les replicó, mientras se daba la vuelta para volver a la casa.
—Vaya—dijo Antonio entonces—. No sólo no existes sino que encima eres tan cobarde que no te atreves a enfrentarte a nosotros.
Laura no dijo nada. Un instante le había agarrado del cuello y le había estrellado contra el suelo. Le miró con una frialdad tan brutal que al español se le heló la sangre de las venas.
—No juegues conmigo, hermanito.
Después le soltó y se dirigió al edificio. Al ver eso, Andorra comenzó a correr de un lado para otro, rebuscando algo por todas las esquinas para sorpresa de los presentes.
—¡Una sotana! ¡Una sotana! ¿Dónde hay una sotana blanca? ¡Necesitamos una sotana!
—Pero Andy, mon chère, ¿qué te ocurre? —le preguntó Francis, extrañado por el extraño comportamiento de su, habitualmente clamado, hermano.
Andorra señaló a la mujer que se acercaba a ellos.
—¡Está enfadada! ¡Y una sotana puede ser lo único capaz de salvarnos!
En ese momento, Andorra consiguió vislumbrar la prenda blanca pulcramente colgada en una esquina, al lado de una armadura. Corrió ante la extrañada mirada de todas las naciones y, comprobando un segundo que era de su talla, se la puso. Después se dirigió a la puerta y respiró hondo para tranquilizarse. Laura entró en la casa a los pocos segundos, pero antes de que el andorrano pudiese decir nada, ella habló:
—No estoy enfadada; no necesitas ponerte eso.
—Andy se quedó con la palabra en la boca unos segundos y luego bajó la cabeza, derrotado. Se quitó la ropa y le devolvió el traje.
—Vale—dijo ella, tratando de suavizar el ceño fruncido y colgando la prenda donde estaba antes—, aún me queda algo de tiempo, de manera que curaré a los que queden heridos.
Nadie se ofreció voluntario, pero ella se limitó a tratar de detectar fuentes mágicas desagradables y a curarles, lo quisieran o no. A los pocos minutos su expresión se relajó, demostrando que el efecto del conjuro se había desvanecido. Arthur y Antonio volvieron dentro de la casa también, algo destrozados y apoyándose el uno en el otro para caminar. Se les notaba bastante avergonzado por haber perdido los estribos de esa manera. Y Laura no había pensado en curarles (que se matasen no era su problema), pero después puso los ojos en blanco y se acercó a ellos. Se suponía que las rencillas quedaban en el pasado... Poco más tarde creó un portal blanco en el centro de la sala.
—Pensad en el lugar al que queréis ir y apareceréis allí. Aprovechando que, tras esto, no volverán a aparecer Oscuros hasta dentro de bastante, apareceré por vuestra casa para enseñaron a identificar los signos que dan antes de atacar. Gracias por la ayuda y podéis volver a casa.
Después volvió a sentarse en una silla libre. A los diez segundos, medio mundo volvía a darle las gracias, a despedirse y, en menor medida por culpa del cansancio, celebrando la victoria. Las despedidas llegaron a ser tan ridículamente largas que Laura se vio obligada a echarles de la casa, asegurándoles que no iba a irse a otro planeta. Al cabo de una hora, la casa volvió a quedar tranquila.
Suspiró. Estaba agotada. No recordaba haber tenido que usar tanta magia en su vida. Y de verdad esperaba no tener que volver a hacerlo.
—Nunca había estado en tu casa—comentó entonces Andorra, que aún no se había marchado.
Laura cogió un papel y un bolígrafo para escribirles una nota a Záiren y a Lynia, para que limpiasen y ordenasen la casa cuando volvieran. En otras circunstancias lo haría ella misma, pero se encontraba demasiado cansada. Después se dirigió al portal que todavía estaba en medio de la sala, dejándole claro a su pareja que, sintiéndolo mucho, no iban a quedarse allí. Pero él la conocía y no le importaba.
—¿Dónde siempre? —Andorra le cogió cariñosamente de la mano.
—Por favor—pidió ella. Y, en cuanto cruzaron, el portal se cerró.
Pero nadie se fijó en el pendiente de Laura. Y lo que nadie vio fue que había aparecido una pequeña grieta.
Hasta pronto ^^
