Siento haber tardado tantísimo en subir el siguiente capítulo, pero he sufrido un bloqueo increíble. A cambio, subiré el último capítulo y el epílogo juntos. ¡Pero todavía queda un capítulo extra! Y, esta vez, espero no tardar tanto al subirlo...


Capítulo 27: Carta

Tal vez fue mala suerte, o tal vez no; pero ese día precisamente; tras esa noche concreta, Francia había ido a visitar a Andorra. No era frecuente que se vieran, pero tampoco pasaban poco completos desconocidos. La familia era la familia, y aunque el pequeño país de la frontera con España gustaba de la soledad, pocas veces rechazaba a su hermano; y nunca sin una buena razón. Esa vez fue la excepción.

Realmente no se podía decir que Andorra no tuviera una excusa. La tenía; sí, la tenía. Otra historia era que, en esos momentos, lo último que de verdad necesitase fuera estar solo. El problema era que no conseguía explicarse. No conseguía alzar la voz. No conseguía dejar de sufrir pequeños espasmos. No podía articular dos palabras seguidas. Fueron varias veces en las que abrió la boca para contarle a Francis lo sucedido, pero en todas ellas las palabras murieron en sus labios. La angustia, la desesperación y el dolor lo estaban consumiendo lentamente y Francia, incrédulo, comenzaba a asustarse por el estado en el que se encontraba su hermano.

Y es que Andorra, simplemente, no podía dejar de llorar.

La frustración del más joven por querer explicarse pero no poder llegó hasta tal punto que decidió actuar en lugar de intentar hablar. Se levantó de repente, sobresaltando a Francia, y se dirigió a su habitación sin mediar palabra. El francés le siguió, pues no quería dejarle solo en ese estado y menos sin saber qué lo había provocado. Entró en su habitación justo a tiempo de recoger una carta que le había lanzado con tanta furia que de haber sido humano y la carta, un cuchillo; habría muerto al instante. Desconcertado, el francés comenzó a leer la misiva, escrita en un perfecto español.

Contemplando a su hermano leer esa carta, Andorra tuvo la sensación de que no se había sentido tan solo en toda su vida.


Era un día radiante y espléndido que anunciaba una tarde perfecta para pasear por el parque, salir con los amigos o, sencillamente, perder el tiempo. Antonio había tenido que madrugar ese día por asuntos de trabajo, pero tenía la esperanza de terminar no muy tarde y poder aprovechar los rayos del sol para echarse una buena siesta en el césped de un parque cualquiera; o del jardín de su casa, si estaba muy perezoso. Pero, como todas las mañanas, lo primero que hacía antes de ducharse era mirar el buzón por si tenía correo.

Muy sonriente, y aún un poco somnoliento, salió del edificio para acercarse a la caja metálica y sacar las cartas. O, más bien, la carta; ya que exceptuando un sobre blanco lacrado con cera como antiguamente, el buzón se encontraba vacío. Sin embargo, la falta de correspondencia no desanimó al español. Podría haber sido peor. Podrían haber sido facturas sin fin. Sonriendo, aunque extrañado porque su hermana le escribiese una carta, rompió el envoltorio para sacar el escrito mientras avanzaba perezosamente hacia la casa, leyendo. La puerta se cerró mientras todavía sonreía, aunque sus cejas se alzaban sobre sus ojos. Era una carta un poco rara...

Exactamente ocho minutos más tarde, el español salió de su casa corriendo, con los pantalones del día anterior y una camiseta limpia cualquiera. Cerró la puerta con las manos temblorosas y se dirigió a su coche, entrando con violencia y dando de un fuerte portazo, mientras encendía el motor y salí disparado hacia la salida de Madrid más cercana que le pudiera llevar hasta el norte.

Según la carta, podría haber aparecido allí si quería; pero no pensaba comprobarlo. Ojalá sólo hubiesen sido facturas.


Era noche cerrada y ya estaba todo preparado. La casa había abandonado su espacio entre dimensiones, el amuleto (roto) lo tenía quien era necesario; las cartas habían sido entregadas a sus respectivos destinatarios. Sólo quedaba cumplir con su trabajo. Y tener fe. Creer en los dioses antiguos; en los dioses nuevos. Tal vez en ninguno. Tal vez en todos. Tal vez, lo único que necesitaba, era creer en una única nación.

Laura suspiró. Tenía miedo, pero había tomado una decisión y no iba a retractarse. Era lo correcto; era por lo que había nacido. Lo peor era que podía ver fantasmas, de manera que no debería tener miedo. No sabía por qué tenía miedo, en realidad. ¿Tal vez no era miedo, sino un sentimiento de angustia y traición? No lo sabía. Sólo sabía que quería llorar y reír; que quería huir lo más lejos posible y no marcharse nunca.

Sólo quería ser feliz. Sólo quería ser libre.

Pero aún le quedaba un último deber. Avanzó con los pies desnudos por el prado mientras dejaba que el único tatuaje que no se había hecho ella misma apareciese por todo su cuerpo. Después esperó, con los ojos cerrados, mientras la magia (una magia que no necesitaba palabras o gestos) hacía su trabajo. No tardó mucho en sentir llegar al primero. Y, tras él, vinieron todos los demás. Miles de Oscuros comenzaron a llegar desde todas partes; siendo de todos los tipos; y se arremolinaron a su alrededor. Se transformaban en una sustancia gris y se pegaban a su cuerpo, allí donde el tatuaje no le cubría. No era doloroso, pero sí desagradable.

Poco a poco cubrieron su cuerpo por completo, dejándolo de color gris y negro. Laura comenzó a levitar, brillando en una luz blanca y pura.

Y entonces, sencillamente, desapareció.


Querido Antonio:

No dudo ni por un instante que ver una carta mía en tu buzón te ha sorprendido. La verdad es que me encantaría haber visto tu cara. Sabes perfectamente que soy más de dejar notas misteriosas pegadas al frigorífico y mandar mensajes de móvil. Pero esto que te quería decir era demasiado largo como para poner notas en el frigorífico (estoy segura de que lo habría empapelado), así que aquí tienes una carta de tu hermana.

Antonio, sé que hemos tenido nuestros más y nuestros menos (especialmente nuestros menos, pero no te lo voy a echar en cara. ¿Qué nación no quiere poder? De no haber sido por mi misión, estoy segura de haber sido igual qué tú; quizás incluso peor), pero quiero que sepas que no te odio por ello. Sí, sí, ya lo sabes; claro que lo sabes. Pero aún así quiero decírtelo. Decirte que eres mi hermano pequeño y que siempre he cuidado de ti, incluso aunque tú ya no me quisieras e incluso aunque yo hubiera llegado a querer que desaparecieras. No, Toño, yo te quiero; y siempre cuidaré de ti. Sé quién eres, quien fuiste y de lo que eres capaz. Pero tú también sabes esas cosas sobre mí; y somos hermanos. ¿Cómo no voy a perdonarte? ¿Cómo no voy a quererte?

Lo cierto es que mi padre, Celtia, siempre supo cómo podía destruir a los Oscuros; aunque nunca me lo dijo. Nunca tuvo valor para ellos porque la verdad era cruel e irónica. Y yo... yo... yo comprendo cómo se sintió; comprendo por qué no me lo dijo; lo comprendo, Antonio, de verdad; pero no puedo evitar sentirme traicionada. Me he pasado casi un tercio de mi vida viajando de un lado para otro, aprendiendo y entrenando para un propósito que es mentira; y la verdad resulta ser totalmente diferente a lo que me habían contado. ¡Es casi opuesto! Estoy tan furiosa, Antonio; tan decepcionada. Tan decepcionada de saber que no entrené para volverme fuerte y destruirlos. Tan decepcionada se saber que entrené para convertirme en un imán para ellos y destruirlos acabando con mi propia vida... Con razón necesitaba un amuleto; habrían acabado conmigo antes de que hubiese sido capaz de aprender más de tres magias.

Y ya me callo. Sí, lo sé, no he hecho más que cambiar de tema pero escribir esto tampoco es fácil para mí y... y... Antonio, cuando leas esto ya no estaré viva. Lo siento; de verdad que lo siento; pero no quiero que las naciones se encuentren en un mundo en el que un maldito conjuro antiguo pueda destruirlas en cualquier momento. No quiero que vivas en un lugar así. Hago esto porque es mi deber pero, también, porque es mi deseo. Buena suerte, y cuida bien de mis ciudadanos; especialmente de Lucía.

Te quiero, Antonio.

Laura


Era hora punta, y por las calles de Madrid no podía haber un sólo coche más. España estaba comenzando a desesperarse. Necesitaba marcharse de allí cuanto antes, pero todo el mundo había salido de casa para ir a trabajar. Malditos fueran los horarios iguales que tenían todos. Maldito fuera el suyo propio. Había tanto atasco por todas partes que tardó más de dos horas en conseguir huir de la ciudad. Y fue hacia el norte; hacia Galicia.

El viaje fue todavía más, alrededor de las cuatro horas y media. Había tenido que detenerse para rellenar el depósito de gasolina y los nervios amenazaban con comérselo vivo porque esa carta no podía ser cierta. Pero lo peor era que sabía que Laura nunca le soltaría una broma así. Y la posibilidad de que fuera cierto...

Aceleró al máximo hasta llegar a la ciudad y luego avanzó a la velocidad justa para no terminar atropellando a alguien por accidente. Aparcó a toda prisa en el lugar vacío más cercano que encontró del bar y apenas recordó cerrar el coche con llave antes de entrar como una exhalación en el local, abriendo la puerta con violencia y sobresaltando a los muchos clientes que había, la mayoría terminando la comida y preparados para volver al trabajo. El golpe, que había amenazado con destrozar la madera, avisó a todo el local de que alguien había entrado. Todos los humanos miraron al intruso, huraños y extrañamente silenciosos. No se oían las voces propias de un lugar como ese. No se oían los gritos típicos de los españoles. No había alegría.

España miró directamente a la barra, donde Lucía se encontraba colocando platos para dárselos a los hambrientos clientes. Ésta sólo le miró un segundo, seria, antes de retirar la mirada y volver a su trabajo. Si le hizo un gesto, sin embargo, para que se acercase a la barra y esperase allí. La nación obedeció y se sentó con pesadez. Tras el subidón de adrenalina por el largo viaje y los nervios, empezaba a sentirse mareado. Mareado y deprimido. Tenía tantas ganas de llorar que no podía explicarse como había conseguido aguantar un viaje tan largo. Supuso que siempre había tenido una pequeña esperanza de que fuera mentira. Una esperanza que la dueña del bar le había destrozado con su mirada seria.

Apoyó los codos en la mesa y hundió la cara en sus manos. Estaba bloqueado y aterrado y no le sorprendería descubrir que se había echado a temblar. No era cierto, no podía ser cierto, no quería que fuera cierto. Pero lo era, y no podía hacer nada por evitarlo. Una lágrima escapó de sus ojos y se estrelló contra la medar de la barra. En ese momento percibió que había un vaso lleno de licor a su lado.

—Invita la casa—le informó Lucía, mientras llenaba su propio vaso y empezaba a beber.

Antonio miró el licor azulado (¿arándanos, quizás?), lo agarró y se bebió el contenido de golpe. El licor ardió en su garganta, como si hiciera mucho que no hubiera bebido. O tal vez se trataba de su dolor, personificado (amarga ironía) en forma de bilis; porque en más de una ocasión creyó que terminaría vomitando. Fuera lo que fuera, no se sintió mejor.

—Lo siento

Antonio apretó los dientes, sintiendo sus ojos llorar y sin querer hacer nada por evitarlo. Sentía que no sería capaz de volver a sonreír nunca. Y sentía que ni siquiera le importaba. Se sentía confuso y perdido. Se sentía engañado. Se sentía triste.

Pura, completa y absolutamente triste.

—Ojalá hubiera sido mejor hermano... —susurró.

—Toño... —murmuró Lucía, disgustada. No se atrevió a decirle que Laura nunca querría oírle decir eso porque el otro ya lo sabía. No se atrevió a reprenderle. No viéndole tan destrozado.

Se apartó de la barra y fue a una habitación contigua para volver a los pocos minutos. No sabría decir si la nación había detectado su ausencia o no. Volvió a quedarse frente a él y le tendió algo. Antonio levantó la mirada levemente para encontrarse con algo que parecía papel. Era otra carta. Otra maldita y puñetera carta. Sintió que se enfurecía por segundos ante la visión del objeto. ¡Que las cartas ardiesen en el infierno! La habría destrozado de no ser por las palabras de la humana:

—Me dijo que si venías por aquí te la diese.

Al saber a quién se refería, Antonio se calmó. O, más bien, volvió a su estado previo de desilusión y dolor. Miró el sobre frunciendo un poco el ceño, pero la aceptó y abrió. Comprobó que el pendiente estaba allí, aún resquebrajado y silencioso. Lo cogió con una mano, comprobando que era más pesado de lo que pensaba; mientras leía lo escrito.


No sé si algún día leerás esta carta, Antonio, pero quiero creer que sí. Es bien cierto que esto también se lo podía haber dicho a Andorra, pero te elegí a ti porque... no sé muy bien por qué, la verdad. Tal vez siga sintiéndome mal por el pasado. Tal vez quiera demostrarme a mi misma que me has perdonado de verdad; que yo te he perdonado a ti. Tal vez esté loca y punto.

Pero lo importante no es eso, lo importante es que hay una cosa que no te he contado. Fue un pequeño secreto que descubrí hace muy poco, relacionado con ese pendiente. El amuleto no sólo me protege, Antonio, sino que guarda una magia increíblemente antigua y poderosa. He llegado a pensar que el mismísimo Pangea lo creó en su momento, al detectar el mal que había hecho su propia magia (¿o al prever el mal que haría, tal vez?); y que lo ocultó para que apareciera en el lugar correcto y en el momento correcto. Tal vez la magia de los Antiguos no lo creó, sino que sólo lo invocó. No lo sé, pero lo importante no es eso.

Sé que te he dicho que te perdono, pero también sé que hay cosas que son difíciles de superar. Hay cosas que te persiguen hasta el final en tus peores pesadillas. Hay cosas de las que no podemos huir, por mucho que nos arrepintamos. Hay cosas para las cuales, a veces, necesitamos ayuda. Sé que quieres que te perdone; sé que quieres que los demás te perdonen, sé que quieres que yo te perdone. Sé que quieres que ellos te perdonen. Y sé que quieres perdonarte a ti mismo. Al fin y al cabo, ser feliz no significa olvidar.


España lloraba con fuerza, y la mano que agarraba el pendiente temblaba todavía con más fuerza. No era la redención lo que quería. No la redención sin más. Quería recuperar lo que había perdido; quería devolver lo que había arrebatado. Quería volver a ver a su hermana.

«Lo único que quiero ahora mismo es..

El amuleto se llenó de dibujos en espiral dorados justo antes de brillar con fuerza y desaparecer.


Hermano, pide un deseo con el corazón.