Epílogo
Los arbustos se movieron, inquietos. Había detectado un olor delicioso y su estómago rugía de hambre. Si por ella fuera, se habría ido hacía bastante; pero tenían que esperar a que despertasen todos. Alzó sus orejas grisáceas, atentas a los sonidos de cuatro diminutas patitas que correteaban por el suelo. No se trataba de que no quisiera esperar, pero estaba empezando a impacientarse. El ciervo se había quedado cuidando de los demás mientras ella intentaba llenar su propio estómago. Por un momento le envidió: al menos él no tenía problemas para encontrar su comida. Pero sacudió su cabeza de decidió volver a centrarse en la caza: ya habían pasado varias horas desde que se separó. No podía faltar mucho hasta que despertasen los demás.
Volvió a centrare en su caza. El ratón se había detenido y había empezado a roer una pequeña baya que había en el suelo. Se agazapó al verlo, se acercó lo más silenciosamente que pudo y saltó para atraparlo. Sin embargo, era la primera vez en su vida que esa gata montesa cazaba algo, y cuando aterrizó en el suelo, el ratón hacía tiempo que había huido para esconderse en un lugar seguro. La gata bufó, indignada consigo misma, y decidió que era hora de volver con los demás.
Avanzó por la espesura sin preocuparse por el ruido hasta llegar, varios minutos más tarde, a un claro muy particular: estaba lleno de animales venidos de todas las partes del mundo; además de una niña humana de unos 5 años de edad que dormía profundamente. La gata montesa sonrió al ver que había acertado: el ciervo se encontraba sentado al lado de la humana, atento a lo que pudiera suceder, pero no era el único animal despierto. No muy lejos, una enorme tigresa siberiana se dedicaba a lamerse las zarpas tranquilamente mientras un lobo de pelaje amarillento se encontraba a su lado, casi como si conversaran. El otro lobo dormía a pierna suelta. La gata montesa suspiró al ver al gris, pero no le extrañó.
Entonces se sintió vigilada y se giró con rapidez para encontrarse con una chacal que la miraba, medio escondida entre las sombras. La gata montesa se relajó y le maulló un saludo alegre. La chacal inclinó la cabeza como respuesta. La lince ibérica también parecía estar durmiendo plácidamente, y el ciervo no parecía muy contento con ello; así como un puma que intentaba ser inútilmente despertado por una jaguar y un quetzal. La jaguar se contentaba con darle golpecitos al otro felino, pero el pájaro no hacía más que revolotear y darle picotazos en las orejas, impacientándose.
Y, en ese momento, la humana bostezó. Había despertado. Todos los animales dejaron lo que estaban haciendo y le prestaron atención de inmediato. Ella ladeó un poco la cabeza, aún adormilada, y tocó el suelo con las manos desnudas. Después le dio un par de golpecitos y asintió para sí con la cabeza. Tras eso, dio un par de palmadas, consiguiendo que los animales restantes despertasen al instante. Pero, antes de que se abalanzasen a por ella para cubrirla a lametazos y otros gestos cariñosos, la humana se subió al lomo del ciervo. Este se puso en pie inmediatamente para estar un poco menos al alcance de los demás, aunque estaba seguro de que si el tigre se lanzaba a por él lo derribaría. La humana bostezó de nuevo. Tenía bastante sueño.
—Bueno—anunció a los animales—. Lo primero de todo es ver a mi novio, que debe tener el corazón roto tras la carta. Además, así seguramente podrá darnos alguna que otra información útil.
La reunión mundial estaba siendo más silenciosa que de costumbre. Es decir, seguía existiendo un murmullo general y las naciones (especialmente Estados Unidos) soltaban idioteces de vez en cuando; pero era como si no tuviesen muchas ganas de armar jaleo. Había una extraña atmósfera deprimente en la sala que les quitaba las ganas de hacer cualquier cosa. Antonio era el más afectado y todos lo notaban, aunque se esforzase en sonreír para asegurarles que ya empezaba a superar lo de su hermana.
Francia y Prusia estaban especialmente preocupados, aunque el primero también había tenido que consolar a su hermano como buenamente había podido. Estaba completamente destrozado, aunque parecía ir superándolo poco a poco. Francis no pudo evitar recordar, todavía algo extrañado, como esa mañana había ido a visitarlo antes de la reunión y se lo encontró extrañamente alegre y recuperado. «Lo descubrirás en la reunión» había sido la única pista que le había dado Andorra para con su cambio de ánimo, dejando al francés más desconcertado que nunca. Sobre todo cuando, a pesar de haber prestado una atención inusual a lo que ocurría en la sala, no conseguía haber descubierto nada a lo que Andorra pudiera referirse.
Fue en ese momento cuando se comenzaron a oír un montón de ruidos animales a lo largo del pasillo que parecían avanzar hasta llegar a la puerta de la sala y detenerse justo en frente. También escucharon como alguien les hacía callar y estos obedecían. Entonces llamaron a la puerta. Las naciones se miraron, extrañadas y desconcertadas, y Lituania, que era uno de los que estaban más cerca, se levantó y abrió la puerta. Frente a él había una niña de unos cinco años que, en cuanto vio la puerta abierta gritó:
—¡Toño, he vuelto!
Y, acto seguido, comenzó a levitar para esquivar al lituano y sobrevolar la sala hasta encontrar al español y lanzarse a sus brazos con una sonrisa, mientras éste le reconocía, atónito, y gritaba el nombre de su hermana. Porque esa niña de cinco años era Laura.
—Pero... ¿cómo? —fue lo único que España pudo decir antes de abrazarla con todas sus fuerzas, sonriendo como hacía semanas que no sonreía, al darse cuenta de que su hermana había vuelto a la vida.
—Fue por el conjuro del pendiente. ¿De verdad no te diste cuenta de que tu territorio había vuelto a su estado anterior? —le preguntó ella. No estaba muy extrañada, sin embargo.
Él negó, sonriente a pesar de todo. Ella le correspondió el abrazo, pero en seguida se giró, quedando sentada sobre sus piernas, para encarar la puerta.
—Pero no he sido la única que ha vuelto. ¡Vamos, venid todos! —gritó alegremente hacia donde se encontraba Toris.
Apenas unos segundos más tarde, una estampida de animales entraba en la sala, y el pobre lituano tuvo que apartarse rápidamente para no ser arrollado. El puma y la jaguar, fueron los más rápidos, seguidos de cerca por el quetzal, que se aprovechaba de su capacidad de volar para esquivar todos los obstáculos que pudiera haber. En pocos segundos habían llegado al lugar en el que los países latinoamericanos se encontraban y, mientras que la jaguar y el puma se comportaban como gatitos necesitados de atención y mimos con todos ellos; al quetzal todavía le quedaba algo de dignidad (o eso pensaba él) y se limitó a posarse en la mesa frente a ellos, mirándoles y tratando de ignorar los amenazadores gruñidos del chihuahua.
La tigresa siberiana fue la siguiente, que se había lanzado con todas su fuerzas contra el ruso y se dedicó a cubrirle la cara a lametazos mientras Iván trataba de quitársela de encima sin éxito. El animal se detuvo de repente, alzando la cabeza en señal de alerta y mirando la sala. En cuanto detectó a Ucrania se lanzó a por ella también para saludarla también. Justo cuando la bielorrusa había decidido sacar un cuchillo para atacar al animal, ésta se lanzó a por ella para darle también su ración de cariño, dejándola desarmada.
En medio de semejante caos, la chacal y la gata montesa se habían escabullido sin ser detectadas para acercarse a otras naciones. La chacal quedó al lado de Egipto, y se quedaron mirando mutuamente. Gupta terminó acariciándole mientras la chacal se acercaba un poco a él para poyar la cabeza en sus piernas, pero demostraba ser más civilizada que sus compañeros. La gata se acercó a Grecia, pero nunca se supo que había sido más rápido: si el animal saltando al regazo de la nación o la nación atrapándola y dejándola sobre él.
Los lobos no tardaron mucho tampoco en seguir a los demás. El lobo gris corrió hasta acorralar a las aterrorizadas naciones italianas, tratando de lanzarse alegremente contra ellos también. El lobo amarillento se acercó con más tranquilidad a los hermanos germánicos, aunque estos retrocedieron un poco, mirando de reojo al animal salvaje y al caos que se estaba formando en la sala. Por último, la lince corrió por las mesas hasta llegar a las naciones españolas y saltó también al regazo de Antonio cuando Laura le dejó sitio. España acarició al animal, bastante desconcertado. Pero Laura no parecía extrañada ni asustada por la presencia de los animales (a pesar de que muchos de ellos eran grandes depredadores) de manera que Antonio se fió de la lince, que parecía muy contenta.
Sin embargo, el caos que se estaba viviendo en la sala fue repentinamente interrumpido por berrido grave que provenía de la entrada. Naciones y animales se giraron para ver como el ciervo tenía la cornamenta tan grande que no era capaz de pasar por el marco de la puerta. El animal golpeaba el suelo con las pezuñas y empujaba con todas sus fuerzas, arrancando pedazos de yeso de la pared, intentando entrar de un modo u otro, sin ser capaz. En cuanto el lobo gris lo vio, comenzó a reírse con todas sus fuerzas, cosa que pareció enfurecer al ciervo. El animal herbívoro intentó entrar en la sala todavía más que antes, pero no lo logró. Entonces retrocedió y pareció brillar por un instante. De repente salió un montón de humo del animal y no pudieron ver nada. Cuando este se disipó, una figura humana se mostró frente a ellos: se trataba de Celtia, la antigua nación. Aius avanzó, dispuesto a entrar en la sala otra vez, cuando los cuernos de ciervo que tenía en la cabeza volvieron a impedírselo. Esa vez eran más pequeños, pero seguían siendo demasiado altos como para que pudiera pasar bajo el marco de la puerta. La risa del lobo gris se intensificó; y incluso Laura no pudo evitar soltar varias carcajadas.
Cuando el celta se dio cuenta de que podía agacharse para pasar por la puerta, entró y se lanzó a por el lobo gris. Este se transformó en el Imperio Romano, pero conservando un par de orejas de lobo; y empezaron a pelear. Las cejas de Aius le daban ventaja contra Octavio, pero la batalla parecía reñida, de todas formas. Sendas transformaciones fueron la luz verde para que los demás animales revelasen de quien se trataban: el quetzal, por supuesto, resultó ser Azteca, quien estuvo unos momentos ignorando a sus hijos para coger al perro que se había atrevido a amenazarlo y empezar a hacerle cosquillas en las orejas. Maya, la jaguar; e Inca, el puma, no se hicieron de rogar y abrazaron a todos los hijos que conocían y a los que habían aparecido algo más tarde y no habían podido conocer.
El lobo rubio se convirtió en Germania, y les dirigió a sus hijos una pequeña sonrisa de suficiencia al saber que los había asustado bajo su forma animal. Prusia trató de poner excusas, pero en seguida se fundieron los tres en un abrazo. Cuando el gato montés se convirtió en la Antigua Grecia, Grecia le abrazó con todas sus fuerzas y le pidió que volviera a transformarse en gato porque así podría seguir en su regazo y abrazarle más tiempo. Su madre se rió, pero aceptó. Antigua Egipto no volvió a ser el chacal por el momento, pero sí se sentó al lado de Gupta al que abrazó en silencio, contenta de volver a verle. La tigresa siberiana, convertida ahora en Eslavia Oriental, no dejó de abrazar y mimar a ninguno de sus tres hijos, que ya empezaban a sentirse un poco incómodos. ¡Hacía mucho que habían dejado de tener 300 años! Y el combate entre Celtia y el Imperio Romano se interrumpió porque los hermanos italianos, con Veneciano al frente y Romano quejándose de que le había empujado aunque estaba detrás, se lanzaron a abrazar a su abuelo. Y Laura, que sabía que Iberia no podría transformarse al carecer de magia, el ayudó a recuperar su cuerpo humano para que pudiera abrazar a Antonio de nuevo.
La reunión no tuvo ninguna solución eficaz o concreta a la crisis que seguían viviendo; pero las naciones recuperaron a los antecesores que hacía tanto que no veían, así como ganar nuevos animales guardianes. Así podrían estar juntos siempre. Lo cierto era que Laura no se esperaba que volviese alguien más aparte de ella, pero una parte de sí misma se reprochó el haber dudado de su hermano: por supuesto que traería de vuelta a tanta gente como pudiera. Al fin y al cabo, la «familia» puede ser muy grande cuando eres una nación.
¡Hasta el (esta vez, sí) último capítulo!
