POV Nico:
Lo primero que pensé, fue esto no es el McDonals.
Lo segundo, fue una maldición en griego.
Lo tercero, fue ya tienes que aprender a controlar los viajes sombra, Di Angelo. No quieres que pase de nuevo lo de China.
Así que antes de que nadie me vea, intenté volver al palacio de mi padre, pero no pude. Por alguna razón, estaba bloqueado.
Traté de recordar los vagos consejos que me dio mi padre antes de abandonarme en esa habitación para que practique. Averigua dónde estás, no llames la atención, sigue la corriente.
Así que paré a la primera persona que pasó a mi lado. Era un muchacho alto de cabello cobrizo y ojos castaños, con gafas de pasta de montura cuadrada. A su lado iban una chica y un chico. La chica era bonita, con agradables ojos color avellana y piel blanca con unas pecas repartidas por su nariz, lo más extraño era su cabello, púrpura y azul ¿Quién en el Hades lo querría así? A pesar de todo, no le quedaba tan mal. El chico tenía ojos oscuros, era pelirrojo y tenía una complexión olivácea, otra combinación algo inusual.
-Disculpa, ¿Puedes decirme qué lugar es este? Creo que estoy perdido.- Le pregunté al de cabello cobrizo.
-¿No sabes? Estamos en el Callejón Diagon, si es lo que preguntas.- Lo dijo como si fuera obvio. No tenía idea de dónde era el Callejón Diagon, pero por su acento adiviné el país en el que estaba. Maldije en griego.
-Inglaterra, ya veo. Dioses, esto está mal.- Murmuré para mí mismo.
-No eres de aquí, ¿Verdad?- Preguntó el de complexión olivácea. Apenas le presté atención, estaba intentando volver al Inframundo con todas mis fuerzas, aunque mis intentos fueron inútiles.
-No, yo, eh, soy americano.
Parecía que la chica iba a decir algo, pero en ese momento se escuchó una voz.
-James, Lily, Fred, los estaba buscando.- Posiblemente era la madre de alguno de ellos. De repente, me miró como si me reconociera. ¿Quién era esa mujer? Nunca había ido a Inglaterra, así que era imposible que me hubiera visto antes.
-Oh, me habían dicho que...- Murmuró. Carraspeó y continuó.- Tú debes ser Nico.
De nuevo, ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué sabía mi nombre? Esto está mal... ¿Y si era un monstruo? No lo parecía. Los otros estaban tan asombrados como yo mismo.
-No sé por qué sabe mi nombre, pero así es.- Vacilé un segundo, no es una buena idea darle tu nombre a extraños. Los nombres podían ser peligrosos. Pero esta mujer no parecía peligrosa.- Mi nombre es Nico Di Angelo.
Todos me miraron. Odiaba ser el centro de atención. No era muy bueno con los vivos. Me removí, incómodo.
-Sí, me dijeron que podías quedarte con nosotros hasta que comenzara el curso.- Asintió y siguió, con una cara extraña. -En casa deberíamos hablar. ¿Eres un estudiante de intercambio, no es así?- Preguntó dando énfasis en las últimas palabras. Evidentemente ella sabía que no era un estudiante de intercambio de América. Decidí seguirle la corriente, ella podría decirme quién le había dicho mi nombre. Ninguno de ellos parecían semidioses.
-Eh, sí, está bien.- Contesté.
-Bien, deberíamos conseguirte los materiales para el colegio. ¿Tu varita se rompió, verdad?
Otra vez puso énfasis en las palabras. Asentí. En ese instante, todo cayó en su lugar.
Estas personas eran magos y brujas, descendientes de un pueblo bendecido por Hécate. Lo sabía porque, bueno, todo el mundo tiene que morir en algún momento. Además, algunos eran un dolor de cabeza. Siempre buscando alargar la vida, queriendo evadir la muerte. Mi padre se quejó cientos de veces sobre todo el papeleo extra que significaba.
-Primero ¿Podría ir al baño?- Pregunté.
-Sí, claro, allí hay uno.- Señaló a uno que estaba bastante cerca.
Una vez dentro, saqué un pulverizador lleno de agua y un dracma. ¿A quién podía llamar? ¿A mi padre? No. Ni en sueños. El problema era que no tenía muchos amigos ¿A Percy? Pero no se podía, estaba perdido desde hacía unos días y era imposible comunicarse con él. ¿A Annabeth? Definitivamente no, estaba muy preocupada por Percy.
Después de descartar a varias personas, decidí contactar con Quirón.
Creé un pequeño arco iris con el pulverizador, arrojé la moneda y murmuré Oh, Iris, por favor, acepta mi ofrenda. Muéstrame a Quirón, en el Campamento Mestizo. Luego de unos segundos vi al director de actividades del campamento revisando unos papeles. Estaba en su silla, por lo que parecía simplemente un tipo normal en silla de ruedas.
-¿Señor?- Llamé, al ver que no había notado mi presencia. El centauro levantó la vista.
-¿Nico? ¿Qué pasa?- Parecía curioso.
-Eh... Tuve un problema con el viaje sombra y digamos que terminé en Inglaterra... Y no sólo eso, también hay una mujer (bruja) que me conoce. Sabe mi nombre y todo.- Expliqué un tanto avergonzado.
Quirón me miró como si se lo esperara. Tomó aire y respiró profundamente antes de responder.
-Sí, he sido advertido de que esto podría pasar. No podrás volver hasta que se considere necesario. Lo siento, hijo.- Parecía que de verdad lo sentía.- Esa mujer, que por cierto, se llama Ginny, su marido, Harry y la directora de Hogwarts saben quién eres y lo que es más importante, qué eres.
Asentí, no tenía miedo, pero no estaba feliz con la situación. ¿No podría volver hasta que sea necesario? ¿Cuánto tiempo pasaría entre brujas y magos? ¿Por qué Quirón sabía que esto podría pasar y no me dijo nada? ¿Hogwarts era el colegio de magia? Muchas preguntas rondaban por mi cabeza.
-¿Que debo hacer, Señor?- Pregunté, procurando parecer tranquilo.
-Te quedarás con los Potter unos días, luego asistirás a Hogwarts. Llámame en cuanto estés en el colegio. Y no le digas a nadie lo que eres.
La llamada se cortó.
Salí del baño y me encontré con Ginny y los tres chicos de antes esperando.
-Lily, James, acompañen a Nico a comprar lo que necesite para este curso. Empezará tercero, así que será lo mismo que Lily necesita. Háganlo rápido, nos vemos en el punto de siempre en una hora.- Dicho esto se fue tirando del brazo al que suponía era Fred.
Lily y James me miraron. Ella fue la primera en hablar.
-Este... ¿No tienes varita? Creo que lo mejor es que James vaya por los libros y los instrumentos e ingredientes de pociones mientras nosotros vamos por una y por una nueva túnica.
Asentí, no tenía una idea mejor. Nos separamos y fuimos a una tienda con bastante polvo. Estaba llena de estantes con muchas cajitas con, supuse, varitas dentro. Uno de los señores más viejos que vi en mi vida nos atendió. Tenía los ojos lechosos, dudaba de que me pudiera ver.
-Buenos días, señorita, caballero. Lily, no me digas que la tuya...
-No, señor Ollivander, es mi... Amigo Nico el que necesita una. Es americano y necesita una nueva.
-Bien, entonces si me disculpa...- Ollivander sacó una cinta métrica y tomó medidas de casi todo mi cuerpo. De repente, tocó mi cara.
-Interesante, hace mucho tiempo que no me encuentro con uno de tu tipo...
¿Uno de mi tipo? Seguro hablaba de semidioses. Era extraño. No sabía qué contestar, así que no dije nada.
Probé decenas de varitas. Entonces me di cuenta ¿Cómo iba a pasar por mago si ni siquiera era hijo de Hécate?
Todo el tiempo estuve temeroso de que Lily se diera cuenta de que no era mago. Hasta que sucedió. Una varita me había elegido.
-Álamo, con centro de nervio de dragón. 26 centímetros, razonablemente flexible.- Murmuró el anciano.
Lily pagó y salimos de la tienda. Fuimos directamente a otra para conseguirme una túnica. Tuve que controlar mi genio, estaba a punto de mandar a la estúpida mujer al Inframundo. Dioses, ¿Era tan difícil no pincharme con cada aguja que usaba?
Finalmente salimos, nos encontramos con James y compramos un par de cosas que faltaban.
-¿Así que te vas a quedar en nuestra casa?- Preguntó casualmente Lily, aunque estaba algo sonrojada. El rubor hacía que sus pecas resaltaran un poco más. Seguro le incomodaba que alguien como yo viviera en el mismo lugar que ella. Podía entenderlo.
-Sí, supongo, si no les importa, claro...- Forcé un poco la respuesta. No quería quedarme con ellos, siempre prefiero estar solo.
-No, no, para nada.- Aclaró rápidamente. James levantó una ceja.
Nos encontramos con el resto de la familia. Me presentaron como el hijo de una amiga de Ginny. Todos parecían bastante agradables y tanta atención me incomodaba. Harry Potter me miraba como si fuera un mal presagio, aunque intentaba disimularlo. Por supuesto, tenía razón en desconfiar. Nada bueno pasa alrededor de un hijo de Hades.
