Antes que nada ¡Feliz Año 2013 little demons! Gracias por haber estado leyéndome este tiempo y os deseo que éste nuevo año os depare felicidad, dicha y mucha suerte ^^ Cheshire: ¬¬ que ñoñez

Con cariño para Yami Michaelis y minene sutcliff, gracias por inspirarme :)

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Cap.15.-Medianoche en París

-Boss, tiene visita.

-¿Quién es?—preguntó sin levantar la vista del libro de cuentas mientras su mano izquierda tecleaba en la calculadora.

-Una mujer, dice querer hablar con usted de negocios.—aclara Daddy, al oír la palabra "negocio" el peligris por fin alza la vista y la posa en su portero, que luce serio pero no preocupado.

-Muy bien Daddy, hazla pasar aquí y quédate por fuera cerca.—asintiendo con vehemencia el gigante cierra tras de sí y se aleja, a los pocos segundos se oyen de vuelta sus pasos fuertes que hacen retumbar ligeramente el suelo seguidos de taconeos.

-Adelante.—dice con voz seca cuando unos nudillos llaman a la puerta.

-Con permiso.

Boss entornó los ojos y observó con fijeza a la figura femenina que había entrado a su despacho: una mujer joven, alta y de buen plante, aunque desconcertaba un poco el incógnito con el que vestía. El pañuelo de seda que le ocultaba media melena y las gafas de sol oscuras le daban cierto aire vintage junto a los labios carmín, señalándole la butaca frente a su escritorio le ofrece asiento, gustosa ella lo acepta y se acomoda cruzando las piernas.

-¿Es usted el dueño de éste establecimiento?—pregunta quitándose las gafas de sol.

-El mismo ¿y usted es?

-Llámeme Patty, he venido a hacerle una oferta.—Boss enarcó una ceja, especialmente por el nombre.

-No acepto fusiones, transfusiones, asociaciones, ventas o absorciones.—su retahíla hizo que la mujer soltara una risita.

-No es nada de eso. Mi propuesta no tiene nada que ver con el tema monetario.—aclara terminando de reír.

-¿Con qué pues?—Boss se pone algo tenso cuando la ve rebuscar en su gran bolso marrón, casi de manera automática y con gran disimulo él dirige la mano al cajón derecho de su escritorio, donde reposaba su Jericho de 9mm, sin ruido alguno lo abre y mete la mano dentro, el frío tacto del arma le hiela las yemas de los dedos. No sería la primera vez que alguien extraño se cuela en su despacho con oscuras intenciones.

-¿Reconoce a éste chico?—Boss saca la mano del cajón y agarra la fotografía que ella le tiende, observándola bajo la luz de sus lámparas.

-Claro que le reconozco, es uno de mis empleados.

-Eso ya lo sabía.

-¿Entonces para qué pregunta?

-Para cerciorarme.—Boss vuelve a mirar la foto, en ella salía Eric medio de perfil, era evidente que la habían tomado desde una cierta distancia y sin avisar de ello.

-¿Qué es usted?

-Sólo una mujer que trata de recuperar lo que una vez fue suyo.—contesta ella con tranquilidad.—Mi oferta es darle a éste chico para usted.

-No soy de los que trafican con personas por muy mala pinta que pueda tener.

-No me está entendiendo míster Boss. Verá, llevo un corto tiempo observando a éste chico porque él tiene en su poder algo que fue mío y que quiero recuperar.

-¿Le acusa de ladrón?—pregunta reclinándose en su silla y cruzando las manos sobre su abdomen.

-Ladrón suena demasiado fuerte, mejor diga "usurpador".

-¿Y qué quiere que yo le haga?

-Sé que usted gusta de éste chico.—afirma rotundamente haciéndose para adelante—Y si acepta mi oferta él será enteramente suyo y yo recuperaré lo mío.—Boss vuelve a alzar una ceja y capta el quid de la cuestión.

-Así que es una oferta amorosa.—Patty asiente—No me lo diga, lo que Swan tiene en sus manos es el corazón de cierto abogado ¿a qué sí?—ella parece sorprendida de que el hombre sepa éste detalle, antes de que abra la boca Boss se le adelanta—No ponga esa cara mujer, les conozco, a los dos, ése abogado ya ha estado aquí unas cuántas veces, y en la penúltima incluso me hizo la oferta de comprar el contrato de mi empleado. Créame Patty, no le va a resultar nada fácil separarlos; mi pequeño doll también está bastante encaprichado de ése hombre, aunque...

-Aunque se acuesta con usted también.—le completó la frase. En su mente rememora cuando cumpliendo su tarea de espía vio a Eric entrar al club y al cabo de las dos horas salir con un lustroso cardenal, mejor llamado chupetón, en un lado del cuello.

-Eso es cosa de mi mezquinidad, como empleado mío que es no tiene más remedio que aceptar.—afirma sonriendo. La mujer guarda silencio unos segundos y parece cavilar mientras escudriña el rostro del peligris, que ordena un poco los bolígrafos que tiene desperdigados en la mesa.

-Usted le quiere...—sentencia finalmente con algo de asombro—No sólo le atrae de manera sexual, está enamorado de él.—Boss la mira como si acabase de decir que la Tierra era plana.

-No sea ridícula.

-No lo soy, el ridículo lo está haciendo usted al obviar algo que es bastante evidente. Tranquilo, no le estoy juzgando, de hecho que sienta algo así por él es una gran ventaja.—Boss se queda serio—Verá, yo quiero recuperar a mi abogado y estoy segura de que usted desearía no tenerle a él por en medio estorbando entre lo que sea que haya entre Swan y usted. Mi propuesta es simple: haga que Eric Swan se olvide de Jared Stason, sedúzcalo, tiéntelo o lo que le plazca, mientras, yo haré que Jared se olvide de su bailarín y los dos obtendremos lo que queremos.

-¿Así de simple?

-No será tan simple en la práctica míster Boss, pero puedo deducir que le gustan los retos. ¿Qué me dice?—le tiende una morena mano con uñas esculpidas, Boss se muerde una de sus propias uñas. Lo cierto era que la oferta era tentadora, pero ¿de verdad iba a romper la relación de esos dos por el capricho de su corazón? Cerrando los ojos respira y se pone derecho.

-Acepto.—y le estrechó la mano—"La culpa es tuya Eric Swan, ¿qué le has hecho a mi corazón?"

···········Aeropuerto, 5 de la mañana···········

Sebastian se moría de sueño, Claude le había hecho pegarse un madrugón que no era normal, apoyado en el ojidorado ambos esperaban en la terminal a que los altavoces anunciasen su vuelo. Bostezó y luchó medianamente porque sus párpados no cayesen del todo, a su lado Claude parecía estar más despierto y le mandaba whatssaps a Sam; el ojirrojo una tarde se encontró con su pareja haciendo las maletas "En dos días nos vamos de viaje, pero no te puedo decir a dónde, es una sorpresa.", Sebastian no era tonto, mirando el calendario de Febrero pensó que seguramente Claude le llevaba de viaje para celebrar su primer San Valentín juntos, esbozando una sonrisa feliz se acurruca un poco más en su hombro. Ya estaba a punto de dormirse cuando sonaron los altavoces y una voz metálica que él no alcanzó a comprender.

-Sebastian despierta, tenemos que embarcar.

-¿Eh, qué? Vale...

Medio dormido como iba se dejaba guiar por Claude, que entregó los dos billetes y los encaminó al pasillo de embarque, dejándole subir a él primero no fiándose de que se cayera de espaldas a causa de su medio estado de sueño.

-Por aquí messieurs, sus asientos de primera clase son los de la tercera fila.—indicó una azafata con una bella sonrisa. Cuando Sebastian se dejó caer en el cómodo asiento se sintió en la gloria, abrochó el cinturón apoyó bien la cabeza y se quedó dormido casi al instante. A sus oídos sólo llegó la risa divertida de Claude.

Cuando por fin abrió los ojos, estuvo algo desorientado por unos segundos, frotándose la cara soltó un pequeño bostezo y miró su reloj: las 2 de la tarde. ¿Tanto había dormido? Mirando a su lado encontró a Claude dormido de medio lado, con una cara de paz y bueno que le dio risa a Sebastian, agitándole un poco el hombro decidió despertarlo también con un sutil roce de labios en su oreja.

-Despierta sleeping beauty.

-Mm ¿Qué?—perezosamente abrió los ojos y se desperezó ligeramente—¿Qué pasa?

-Nada, sólo quería saber cuánto falta para llegar.

-Aún faltan cuatro horas Sebastian.—dijo Claude mirando su reloj de muñeca, el ojirrojo puso cara de susto.

-¿¡Tanto!?

-Disculpen messieurs, ya es hora de comer ¿desean ordenar algo?—les interrumpió una azafata inclinándose ligeramente hacia sus asientos.

-¿Messi...qué?—se extraña Sebastian aún algo dormido, Claude es más rápido y pide el menú de primera clase, asintiendo con una sonrisa la mujer desaparece.—¿Dónde se supone que lleva este avión Claude, me estás secuestrando?

-Lo verás cuando lleguemos.—responde poniendo derecho su asiento y cruzándose de piernas. Sebastian iba a protestarle, pero la azafata volvió a interrumpir trayendo dos bandejas de plata con comida. El resto del vuelo pasó tranquilo, hasta que la voz del capitán dijo algo que Sebastian no entendió a la primera, pero sí a la segunda.

-"Señoras y señores pasajeros por favor abróchense los cinturones, vamos a comenzar el descenso hasta el aterrizaje en pista parisina."

Sebastian casi da un respingo ¿¡parisina!? Asomándose por la ventanilla de momento sólo ve nubes, hasta que entre ellas distingue a lo lejos un extraño cucurucho de metal que parece una aguja apuntando al cielo.

-Sebastian siéntate bien y abróchate el cinturón.—le pide Claude.

-¿¡Me has traído a París!?—exclama de una voz, sobresaltando al resto de pasajeros de primera. Claude medio esconde la cara tras la mano que usa para sujetar su frente.

Antes de que bajaran del avión un corrillo de azafatas les rodeó y pidió amablemente que les firmasen un par de autógrafos, Sebastian rodó los ojos "ya estaban tardando" pensó. Con caras de satisfacción las mujeres les despidieron los últimos del avión deseándoles una feliz estancia, ahora Sebastian entendía por qué a veces no entendió lo que oía por megafonía, porque lo decían en francés. Claude le agarra de la mano y lo guía mientras él contempla el cielo de París, por el aeropuerto pasan bastante desapercibidos, aunque no pudieron librarse de algún que otro fan más observador; al salir había una hilera de taxis grises esperando por pasajeros, Claude hizo un gesto con la mano y uno de los conductores fue presto a atenderlos. Una vez las maletas estuvieron cargadas en el maletero los actores montaron en la parte trasera del coche.

-Où allons-nous messieurs?—preguntó amablemente. (¿A dónde vamos señores?)

-Au boulevard Saint-Germain nº55 s'il vous plaît.—contestó Claude, a Sebastian le recorrió un cosquilleo.

-Oui monsieur.—y arrancó.

En todo el trayecto Sebastian no cesó de mirar por la ventana, debía de ser la proximidad entre Mediterráneo y Atlántico lo que producía ese cielo azul mitad despejado. Al igual que Londres, París hervía de movimientos incesantes del ir y venir de la gente, turistas y residentes, cientos de palomas emprendían el vuelo cuando algo las asustaba y volaban formando una nube blanca de aleteos que de vez en cuando hasta tapaba el brillante sol de invierno. Hacía un día fantástico.

-Nous avons.(Hemos llegado)—anunció el taxista por fin cuando paró, Claude le pagó y bajaron del taxi recogiendo las maletas. El hombre les dio las gracias y se despidió partiendo de allí. Sebastian miró el lugar dónde les hubo dejado: enfrente de un edificio muy parisino de color gris tostado con cornisas de piedra y un par de pequeñas gárgolas en los canalones, aunque no precisamente moderno, el edificio se veía bastante lujoso.

-Vamos Sebastian.—llamó Claude cogiendo un par de maletas, en seguida el otro le imitó. Acercándose hasta el portal el ojidorado parece hacer memoria de a qué timbre pulsar hasta que se decanta por uno, una voz femenina le responde—Je suis Claude.—contesta él inmediatamente, el timbre se corta e inmediatamente la corriente que abre paso se deja oír y el ojidorado empuja la puerta de acero labrado.

El interior era todo de mármol e iluminado con lámparas de araña que pendían del techo, un gran espejo colocado sobre un sofá y al lado de una exótica planta componían el trozo de rellano más grande, al final se veían los ascensores y las escaleras. Sin mediar palabra Claude se enfila a un ascensor y pulsa el botón, con un click las puertas se abren y ambos pasan.

-Claude...—llama Sebastian mientras suben, algo nervioso, su pareja le mira y cuando iba a contestarle el ascensor termina de subir y se abren las puertas, al instante cuatro figuras se abalanzan sobre el actor de ojos oro casi aplastando al ojirrojo contra la pared, el pitido de sobrecarga comienza a oírse.

-Claude, Claude, vous êtes ici!—chillan tres voces agudas, la cuarta ladra—Enfin, vous êtes de retour! (Estás aquí. Por fin has vuelto)

-Filles.(Niñas)—se suma una quinta voz algo más grave desde fuera del ascensor—Haced el favog de salig del ascensog antes de que se caiga con nuestgos invitados dentgo.

Entre pucheros tres de las sombras salen del ascensor y el pitido deja de oírse, pero la cuarta sigue respirando agitada y meneando su peludo rabo que de vez en cuando le daba algún golpe a Sebastian en el muslo.

-Napoleón, voir ici.—(ven aquí)ordena, un poco a regañadientes la cuarta figura sale del ascensor y toma asiento fuera pero sin dejar de mirar adentro mientras sigue meneando la cola.—Lo lamento quegidos míos, pego Napoleón ha echado mucho de menos a su dueño.

-Maman.—consigue por fin articular Claude, que sale del ascensor agarrando a Sebastian con la mano para que saliera también.

-Bienvenue fils à la maison. (Bienvenido a casa hijo)

Tras recuperarse un poco del shock, Sebastian observa a Claude darle un abrazo a quién es su madre, una bella mujer tan alta como lo era él mismo de pelo castaño medio rubio y unos ojos tan dorados como los de Claude, apenas existía alguna línea de expresión en su marmóreo rostro. A su lado tres muchachas de unos 15 a 17 años miran entusiasmadas en hilera, todas rubias y con ojos grises, hermanas evidentemente.

-Y bienvenido seas tú también Sebastian Michaelis.—proclama la mujer yendo hacia él, Sebastian casi se sobresalta cuando, en vez de darle la mano, ella le abrazó con cariño.—Mi nombge es Claire, es un gusto conocegte al fin.

-El placer es mío.—respondió Sebastian algo cohibido.

-¡Y nuestgo, pog fin conocemos en pegsona al petit ami de Claude!—exclaman las chicas haciéndose al frente, Claire suelta una delicada risita y Claude eleva los ojos al cielo. De un ladrido, Napoleón vuelve a hacerse de notar.

-Nap—dice Claude acuclillándose. Napoleón era un enorme San Bernardo que lucía la mar de contento ante la presencia de Claude, sus grandes ojos marrones no cesaban de mirarle y su cola se meneaba con felicidad.—Buen chico ¿me has echado de menos?—como respuesta un ladrido afirmativo que hizo saltar el pequeño barrilete que llevaba en el collar.

-Pasad dentgo, no os quedéis ahí fuega.—invitó Claire.

Media hora después ambos actores estaban sentados en el sofá tapizado tomando té y pastas, enfrente las trillizas hacen lo mismo, y en un sillón Claire le rasca a Napoleón la cabeza.

-Es un gusto paga tenegos en Pagís pog fin, ya tenía muchas ganas de conocegte en pegsona Sebastian.—sonríe Claire, las trillizas ríen, la mujer las mira reprobadora.—¿Y vosotgas no pensáis pgesentagos?

-Disculpa tía. Nosotgas somos Sophie, Fleur y Marie.—se presentó Marie repasando a sus hermanas y ella misma.—Somos pgimas de Claude y estamos tgemendamente felices de que estés aquí.

-Se os nota.—dijo mezquino el ojidorado, las chicas le sacaron la lengua.

Sebastian estaba como en una nube; Claude le había llevado a París, y lo que era más ¡a conocer a su familia! Un repentino mareo le traspasó el estómago.

-¿Estás bien Sebastian?—pregunta dulcemente Claire al notar el sutil movimiento de cabeza de Napoleón, que le observa con detenimiento.

-Sí...no es nada. Pero si me disculpan desearía ir al baño.—se excusa levantándose. Claire le indica el camino y él sale de la habitación, los franceses intercambian miradas, la matriarca con un gesto imperioso de cabeza le ordena a su hijo que vaya tras él, y con otro detiene a las trillizas, que vuelven a sentarse poniendo morros. Napoleón ladea la cabeza mirando a su amo salir también de la habitación.

En el baño Sebastian se apoya en el lavabo blanco y se mira al espejo, abriendo el agua humedece sus manos y las pasa por su frente, algunos mechones se le mojan. "¿Qué puñetas me pasa?" piensa enfadado, así no estaba dando una buena impresión a su suegra y mucho menos a Claude. Toc toc. Unos golpecitos a la puerta lo sobresaltan.

-Sebastian ¿estás bien?—se oye la voz de Claude desde fuera.

-Sí, tranquilo.—le responde, pero el tono de su voz delata lo contrario.

-¿Puedo entrar?

-...—Sebastian mira la puerta y se da cuenta de que no ha echado el pestillo—Sí.—contesta con simpleza, el tirador cae hacia abajo y el ojidorado entra, entornando la puerta tras de sí hasta cerrarla otra vez.

-Estás pálido Sebastian. ¿Qué te ocurre?—le pregunta tomándole la cara entre las manos, Sebastian desvía la mirada.

-Lo siento Claude.—se disculpa escapando de su agarre y girándose alicaído—Te estoy fastidiando el reencuentro con tu familia poniéndome así, pero no puedo evitarlo, no soy nada bueno en lo que a temas familiares se refiere. Disculpa...me has traído hasta Francia como una sorpresa, y en lugar de agradecértelo no digo nada y doy el espectáculo.

Claude permanece en silencio y súbitamente abraza a Sebastian por la espalda, descansando su cabeza en su hombro, el ojirrojo se sorprende.

-No tienes por qué disculparte Sebastian. Sé perfectamente por qué estás nervioso, Byron me contó lo de vuestro padre y todo lo que pasastéis como familia.—Sebastian abre todavía más los ojos—Tranquilo, no te voy a reprochar nada y creo que mi madre tampoco.—le gira hasta que quedan cara a cara—¿Recuerdas que te dije que tenía que traerte a París? Pues por eso estás aquí, eres mi pareja y la primera persona por la que hago tamaña y cursi estupidez.—el ojirrojo contiene una risa—Así que relájate, los franceses no muerden...demasiado.

-Me sé de uno que sí.—contesta por fin Sebastian tomando la iniciativa para darle un beso que el otro responde gustoso.

'Ssh, callaos que no oigo' Catapum. Con un ruido sordo la puerta del baño se abre y las trillizas caen al suelo con Napoleón por detrás apoyado sobre ellas con las patas delanteras, atrás del todo Claire se ríe finamente pero a carcajadas. Sebastian adquiere una tonalidad tomate que le cubre toda la cara y Claude tiene crispada una ceja y tics nerviosos en el labio superior.

-Tres segundos para que desaparezcáis.—amenaza— Un, deux...

Rápidas como el rayo las chicas se pusieron en pie y salieron al galope, terminando de reír Claire les guiña un ojo y cierra la puerta del baño. Suspirando, Claude observa a Sebastian, que había escondido la cabeza en su pecho, ríe y vuelve a la tarea de besarle.

···········Noches de París···········

En los días que pasó en París Sebastian descubrió que adoraba a su suegra; Claire era una mujer encantadora que distaba tres universos de la sequedad del padre de Claude, con quién sólo hubo hablado una vez por teléfono; alegre y delicada la mujer les daba siempre completa libertad para que hiciesen lo que les diese la gana, pero siempre estaba encima de Claude para decirle: "Tienes que llevag a Sebastian a tal sitio." Las trillizas solían también presentarse por el piso para verles, una de las veces con sus padres, Alvar y Nathalie, y entonces Sebastian pensó ¿por qué todos los franceses estaban tan bien hechos?

-Claire...—llamó Sebastian una noche a su suegra, que tras muchas insistencias había logrado que la llamara por su nombre de pila—¿era usted cantante?—preguntó observando la fotografía que descansaba sobre una repisa.

-Oui. Cuando ega más joven cantaba lígica, James siempge decía que lo hacía de maravilla—el ojirrojo la mira extrañado—James es el nombge del padge de Claude.—se explica—Le quegía mucho, pego teníamos difegencias demasiado gandes.

-Me imagino, sólo he tenido el placer de hablar con él una vez.—comenta su yerno con ironía, la mujer se ríe.

-James no es tan malo como quiege apagentag, únicamente le piegden sus secos métodos londinenses. No te ofendas quegido.

-No lo hago, tiene razón. En Londres siempre hemos sido algo más secos.

-Tú no lo pageces tanto si me pegmites.—deja caer agarrando su fotografía y observándola, en ella se la veía vestir amplios y sedosos ropajes encima de un escenario—Tienes algo muy especial Sebastian, sobge todo paga habeg atgapado el cogazón de mi hijo de tal fogma.—El inglés no sabe qué decir—Pídele a Claude que te cante algo algún día, aunque no lo cgeas tiene buena voz.

Y por fin llegó el tan ansiado 14 de Febrero, Sebastian se despertó cuando Claude le hizo cosquillas con una pluma. Con un "buenos días mon amour" se ganó el primer beso del día.

-¡Vaya!—exclamó poniendo los ojos como platos ante la bandeja de desayuno que tenía delante, desayunar en la cama ¡qué placer tan perezoso! Sebastian nunca llegó a pensar que Claude fuese tan romántico, especialmente porque Claire también se llevó de regalo una bonita rosa blanca más un beso de su hijo.

-¿Pasagéis el día fuega?—preguntó la mujer colocando la rosa en un florero de porcelana.

-Oui.—respondió Claude.

-En ese caso debegíais dag un paseo pog los jagdines y la toge Eiffel, pego eso de noche.—dijo Claire guiñando un ojo.

Cuando se disponían a salir por la puerta Napoleón los despidió meneando su enorme cola, al fondo se oía a Claire entonar una canción: "Pagís es el gey del amog.", decía en un día era soleado aunque fresco, como una pareja más de enamorados ambos caminaban por las calles entre las diversas parejas, que ése día emanaban un aire de zalamería digno de novela rosa. Se notaba que muchas de ésas parejas no eran de Francia, Sebastian imaginó que seguramente uno de los dos hubo sido llevado allí al igual que él, por sorpresa o de mutuo acuerdo.

Recorrieron los principales reclamos turísticos de París más algunos otros más recónditos que el ojidorado se sabía, el favorito de Sebastian fue sin duda la vista del Sena con los barcos remando por sus aguas que reflejaban la luz del sol. Comieron en un íntimo restaurante en el que Claude casi se atraganta con el champán, y luego siguieron con su recorrido. Cuando caía la tarde y el sol pintaba de dorado los tejados de los edificios el inglés estaba ya reventado.

-¿Estás bien Sebastian?—pregunta Claude, que vuelve cargado con dos capuccinos de un puesto ambulante.

-Estoy reventado.—confiesa acomodándose un poco en el banco en que se hubo sentado.

-Lo sé.—se sienta a su lado,le da el café y un beso en la mejilla.—¿Aguantarás hasta que llegemos a casa para que lo hagamos?

-¿¡!?—Sebastian se pone rojo—¿¡Y tu madre qué!? ¡Pervertido!

-Tranquilo, mi madre hizo la buena obra de insonorizar las paredes.—ríe divertido. Su pareja le pone morros, pero luego esboza una sonrisa traviesa. En la plaza Eiffel la gente no paraba de ir y venir, de repente todos se paran y un fogonazo llama la atención de todos, al mismo tiempo todas las luces iluminan la metálica torre de París, que brilla como un diamante hasta que cambia sus luces por el color dorado del champán.—Perfecto, vamos Sebastian, nos tocará hacer algo de cola.

-¿Eh?

Levantando a Sebastian, Claude los hace correr hasta la parte baja de la torre, dónde hay cola esperando por subir. Sebastian mira hacia arriba ¿de verdad era seguro subirse a esa cosa que además se movía? Poco, pero se movía. Sin embargo, el momento llegó y los guardias se quedaron alucinados al verlos a los dos ahí, con algo de nerviosismo les dieron paso junto a otra pareja, que estaba tan anonadada como los guardias. El ascensor no era precisamente grande, y al ponerse en marcha dio una pequeña sacudida que hizo que Sebastian se apegase a Claude y se aferrase discretamente a él. La parada fue más suave, arriba del todo otros dos guardias de seguridad se encargaban de cuidar de los visitantes y recordarles que no se asomasen demasiado.

-Merci.—dijo Claude a uno de ellos, que al reconocerle por poco no se desmaya ahí mismo. Ambos avanzan hasta la línea de seguridad y contemplan la vista que el lugar ofrecía, verdaderamente hermosa—Mira Sebastian, la ciudad del amor.

-Demasiado pomposo para mi gusto, pero te acepto el cumplido.—le dice colocándose a su frente y agarrando sus brazos para que le rodeen por la cintura.—¿Nunca se apaga el amor en París, eh? Oh, la la.

Claude emite una risita y mira de reojo a la otra pareja, que lucían dos anillos de casados en sus dedos anulares, ella rodeaba en un abrazo por el cuello a su pareja, que lucía una sonrisa felizmente boba y apegaba los pies al suelo como si temiera salir volando.

-Claude...—le llama Sebastian con voz suave—¿puedo pedirte un último regalo de San Valentín?

-Mientras no sea que salte al vacío.—bromea, el ojirrojo menea la cabeza—¿Qué es?—le besa el pelo.

-Canta para mí.—el mestizo se sorprende—Tu madre dijo que cantas bien, y si ella lo dice me lo creo, por favor.—le acaricia y aprieta un poco las manos alrededor de su cintura. Claude suspira derrotado, mentalmente reprende a su madre.

-'Never had much faith in love or wanna put my heart on swimming in your world is something spiritual. Cause your sex takes me to paradise. Yeah your sex takes me to paradise. And it shows, yeah, yeah, yeah'—comienza a entonar el ojidorado en tono suave—'Cause you make me feel like, I've been locked out of heaven. For too long, for too long'

La voz de Claude cantando es grave pero armoniosa, se parece a la de un tenor. Sebastian nota que se estremece y un cosquilleo le recorre la espalda, las notas musicales cantadas a su oreja eran de lo más relajantes. Aún así, viéndole intenciones de parar le da un ligero codazo y mira hacia atrás, el ojidorado se resigna, sonriendo triunfal Sebastian se da cuenta de que la otra pareja también había oído los cantares de Claude y tenían caras expectantes.

-Sólo una más, s'il vous plaît.—pide, el ojidorado sopla un mechón de pelo de su frente y se rinde ¿por qué siempre se salía con la suya?

-'Tsuki ga kire fukai mori. Kini no shiro hitomi no koe. Sono meiga kudaru monaraba. Mabutawoto zasowo. Ah hoda ya kana. Tsuki akari terasu gawa. Uso no tekena yakusoku no. Bashoni teku shiyuku.'—Sebastian se queda de piedra cuando reconoce una de sus canciones de Kuroshitsuji, "Tsuki no Ame" para ser exactos. Claude la canta con la misma tranquilidad que la otra y acentúa los acordes con extrema y grave suavidad. Apenas liberando una risa decide unirséle.—'Ah keiyaku no. Futsuku shiki hanazashiiga. Ko yoi no mata kono mune wo. Fukaku ma oh wa seru.'

Terminan de cantar a coro. En el transcurso de la letra Sebastian se gira y se queda de frente a Claude, ambos cantan para el otro y finalizan la letra con un beso. De fondo comienzan a oír a los guardias y la pareja aplaudir además de algún que otro sorbido de nariz. Cuando bajaron a tierra firme pusieron pies en polvorosa intentando aguantarse la risa, por detrás todavía se oía a la pareja lloriquear.

-Creo que hemos dado el cante.

-Sin duda.—ríen ya sin tapujos esta vez, un estallido en el cielo llama su atención. Tal parecía que la noche más romántica del año en París debía despedirse con unos buenos fuegos artificiales que iluminaron el cielo estrellado con su estruendo de luces y colores.

Ya era más de la medianoche cuando llegaron a la maison, en silencio entraron por la puerta y Claude mandó a Napoleón guardar silencio, el San Bernardo movió las orejas y volvió a dormirse con una rapidez pasmosa. Cerraron la puerta del dormitorio y antes de que al ojidorado le diese si quiera tiempo de quitarse la chaqueta, Sebastian le empujó por detrás lanzándolo a la cama y poniéndose sobre él.

-¡Oye!—como respuesta Sebastian emite una risita malvada y le tira de la chaqueta, quitándosela y arrojándola por ahí. Claude, que no es muy propenso a quedarse quieto, se levanta a pulso con los brazos aún teniendo a Sebastian sobre su espalda y consigue que se caiga sobre el colchón.

-Eso no vale.

-En el amor y en la guerra todo vale.—le contesta poniéndose sobre él como un león encima de su pobre presa. Su pareja le frunce los labios pero después ambos se ríen y comienzan una tanda de besos que deriva en un desquite total de ropa. La calefacción estaba enchufada a temperatura agradable, aún así un escalofrío recorre a Sebastian, Claude lo pone sobre sus piernas y lo abraza, el roce de sus pieles provoca cosquillas placenteras en ambos.

Claude ataca la clavícula de Sebastian, dejándole unas cuántas marcas que mañana lucirán aún más vistosas, entre tanto el ojirrojo se entretiene con su pelo y emite pequeños quejidos al notar los dientes del otro sobre su piel; con un ligero sobresalto, el inglés nota unos escurridizos dedos colarse en su parte más privada.

-O..oye Claude...¿qué...ya?

-Lo siento Sebastian, pero...no puedo contener más mis ganas de estar dentro de ti.—le responde con una voz tan candente que haría que cualquiera se pusiera de mil colores.

-Haa...Stop it you...¡Aah! Not...not there...—pero el ojidorado no le hacía caso, muy concentrado en su tarea no pudo evitar relamerse viendo las caras que ponía el ojirrojo, especialmente cuando hizo diana en su punto G.—Nnn...stupid froggy.

-Pasaré por alto eso que me has dicho.—dice tras soltar una pequeña carcajada y paseando la lengua por su cuello. Sebastian le agacha la cabeza y le mira con enfado, su pareja le mira con una pizca de desafío y le baja de sus piernas, tumbándole con delicadeza sobre el colchón. Sus miradas nunca se apartan de la del otro.

-¿A qué esperas? Es la noche de San Valentín así que te estoy dando el gusto de portarme bien.

-Réellement?(¿De verdad?)—le pregunta con guasa—Merci, mon amour.

Sebastian agita la cabeza con resignación, Claude en su papel de Casanova conseguía de él lo que quería. Abriendo las piernas permite que el mestizo se acomode entre ellas, traga saliva y aprieta las sábanas cuando nota que empuja su miembro en su interior.

-Haaa—jadean ambos, pequeñas gotas de sudor les resbalan por la frente. Comienza un vaivén intenso, apasionado, frenético. Sebastian agradece lo insonorizado de las paredes, porque no puede reprimir los sonidos que escapan de su garganta, claro que Claude tampoco. El ojidorado coloca las manos sobre la pelvis del ojirrojo y empuja su miembro hasta lo más profundo de su interior; Michaelis deja escapar un grito, repitiendo unas cuántas veces más la operación ambos sienten que su final está muy cerca.

-Sebastian...aah...

-Nn, Claude...haaa, ah...

Con dos profundos gemidos ambos alcanzan el orgasmo y liberan sus semillas, Sebastian sobre su vientre y Claude en el interior de éste. Respiran trabajosamente. Saliendo del interior del ojirrojo, el ojidorado se deja caer a su lado y calma los desenfrenados latidos de su corazón, su pareja se yergue y agarra la ropa de la cama cubriéndolos con ella; se arrebuja y se apega al otro, que le abraza y coloca un poco sobre él.

-Feliz San Valentín Claude.—dice Sebastian, su voz suena cansada pero satisfecha.

-Feliz San Valentín Sebastian.—le responde, un ligero bostezo escapa de su boca y ambos cierran lo ojos, afuera, y aunque no lo oigan, Napoleón ronca pegado a la puerta como un guardia que vigila la velada de su amo y "su otro nuevo amo".

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-_- ya no soy decente escribiendo lemmons ¡me falta perversión! Haré sacrificios a Jashin-sama para que me ilumine. Bien, en los próximos capis nos metemos de lleno de nuevo en el rodaje, que va a venir cargadito O.O ¡nos leemos!

atte.-Cherry Cheshire ;)