Su respiración se oía lenta y acompasada. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había abierto los ojos? No podía definirlo, ni tampoco quería hacerlo. Sus dolores habían disminuido considerablemente y ya no sentía más que una tenue brisa acariciándole la cara. También un ligero calor en su mano izquierda, que le traía recuerdos, demasiados recuerdos.
Inspiró con toda la fuerza que pudo como para dar a entender que estaba despierto, aunque no pudiera abrir aún sus ojos. Sabía que si lo operaban iba a estar inconsciente unas horas o tal vez días, pero nunca pensó que se sentiría de aquella forma. Nunca había sentido aquella pesadez, ni siquiera en las interminables batallas en Hueco Mundo.
El calor de su mano desapareció sólo para reaparecer en su frente. Algo rozó su piel y su cuerpo se estremeció al contacto, involuntariamente. Sus oídos que aún permanecían aturdidos, seguramente por la anestesia, comenzaron a detectar algunos sonidos suaves que provenían de las personas que se hallaban en la habitación. Una voz le era familiar y la otra, más grave, no lo era tanto. Pensó que debía tratarse de algún médico o de un enfermero.
– ¿Puede retirarse por un momento, señorita? – el doctor era un hombre alto, de cabello azulado y entrecano. Llevaba unas gafas rectangulares sin marco, que ocultaban parcialmente sus ojos azules. Su ropa de marca estaba cubierta por un guardapolvo blanco y en su cuello llevaba un estetoscopio colgando.
La chica, que estaba sentada a un lado de la cama en una pequeña silla enclenque, sonrió.
– No es necesario que me trates así. ¿Lo haces sólo porque estamos en el hospital? – preguntó con una voz cantarina. Su piel era blanca, su cabello castaño y sus ojos azules intensos. Llevaba unos jeans y una camisola blanca.
– Estamos en el hospital y aquí debo tratarte como la hija de mi paciente – dijo el médico con su dura voz.
– Está bien – ella dejó de sonreír. Miró al hombre que estaba recostado en la cama y se acercó para darle un beso en la frente. Depositó sus labios, sintiendo el calor de la piel de su padre. – ¿Estarás despierto cuándo regrese? – susurró, y una lágrima se desprendió de su ojo derecho, cayendo sobre la mejilla del hombre.
Era ella, era su adorada hija. Al cabo de tantos años de vivir en esa ciudad, había logrado tener una familia y dos hijos de los que estaba sumamente orgulloso. Cuando sintió la lágrima de su hija Rika correr por su cara, quiso abrir sus ojos nuevamente, pero no pudo. Escuchó la puerta cerrarse y luego al doctor, que se sentó a su lado en la silla.
– Bueno, bueno… ¿Qué tenemos aquí? – dijo con una media sonrisa, inspeccionando la historia clínica. – No hay cambios, ¿eh? – dejó la planilla sobre la mesa de noche y miró al hombre. – ¿En esto te convertiste? – su voz cambió a una triste. – Pensé que al reencontrarnos después de tantos años te reirías de lo que soy… Pero veo que no estás mejor que yo – lo miró manteniendo su media sonrisa melancólica. – Dime, ¿qué hiciste con tu vida? Yo, pues… dejé de cazar hollows. En Sapporo hay más de un shinigami asignado y bueno, no necesitaban ayuda – rió desganadamente y se acomodó los anteojos con el dedo índice, dejando ver unas cicatrices en su mano.
¿Eraél? No podía ser él. Después de tantos años sin saber nada, después de tantos tiempo de haberse despedido, ¿volvía para ver cómo estaba? Si sólo era una simple operación. ¿O había estado tanto tiempo inconsciente como para preocuparlo? Recordó las palabras de su hija antes de irse. "No es necesario que me trates así". ¿Lo conocía desde antes? Pero, ¿desde cuándo? ¿Tanto tiempo había pasado?
Uryu lo miró fijamente a la cara. Su nuevo paciente tenía sus ojos cerrados y su entrecejo relajado, pero su pelo se mantenía igualmente anaranjado como solía serlo tiempo atrás. Gruñó un poco y volvió a tomar la planilla de la mesa.
– Se ve que has estado haciendo el tonto últimamente – dio vuelta una hoja. – Me contó Rika que has estado cambiando tu forma de respirar cada tanto, eso puede significar que estás por despertar. Yo creo que me escuchas, por eso te hablo. Espero que te interese que lo haga… – volvió a sonreír inevitablemente, recordando las discusiones de su pasado cuando él intentaba explicar e Ichigo lo mandaba callar con algún insulto. Lo miró otra vez a la cara. – ¿Por qué? ¿Por qué te rendiste esta vez?
¿Rendirse? Él nunca se rendiría, no al menos hasta encontrar ese lugar… el lugar dónde encontrarla. Intentó abrir los ojos por enésima vez, pero no pudo, parecían estar sellados. Tenía que pensar en otra cosa rápido para darle a entender a Uryu que estaba equivocado, que no se había rendido, que sólo estaba descansando después de su operación. Porque lo habían operado, ¿no? Al fin pudo mover los dedos de su mano izquierda, la misma que sostenía su hija antes. Uryu lo notó y sonrió con más énfasis.
– Así que me estás escuchando. Bien, te contaré algo entonces – volvió a poner la planilla sobre la mesa y cruzó las piernas acomodándose en la silla, que rechinó. – ¿Desde cuándo crees que no entreno? – le preguntó a Ichigo, sabiendo que no habría respuesta. – Hace más de seis años que no lanzo ni una miserable flecha – frunció su ceño - ¿Y sabes por qué? – hizo una pausa, intentando imaginar la reacción que hubiera tenido Ichigo si estuviera despierto. – Porque no tengo ya una motivación para pelear – mantuvo el silencio por un momento.
¿Qué no tenía motivación? ¿Cómo que no tenía motivación? ¿Acaso se había olvidado de todas las veces que juraron que no dejarían que nunca más un hollow matara a un humano? ¿Era él el que se había rendido?
– Pensé que tú habías sido más prudente y que sí habías mantenido tus motivaciones para no caer en esto – lo miró serio a los ojos, como si el pelinaranja los tuviera abiertos. – ¿No era que afirmabas casi gritando que encontrarías ese lugar? ¿No fue por tu empecinamiento en eso que todos dejamos de alentarte? ¡¿No fue por eso que me tuve que ir? – gritó. Luego, bajó la mirada y abrió sus piernas, para apoyar sus codos en las rodillas. Se sacó los anteojos y los apoyó sobre la planilla, en la mesa. Se refregó los ojos, y apoyó su cabeza en ambas manos.
"Si, por eso te fuiste. Porque no soportabas más el verme tan desesperado."
Un chico joven, de cabello anaranjado, corto y alborotado, estaba arrodillado, con ambas manos juntas frente a su pecho, rezando en una tumba. Mantenía sus ojos cerrados y un silencio sepulcral.
Una mujer joven se acercaba caminando por el sendero de piedras en el interior del cementerio. Llevaba un bolso pequeño y una capelina, que combinaban con su vestido verde claro, atado en la espalda. Su cabello castaño ondeaba con la brisa y en su rostro se dibujaba una leve sonrisa melancólica. Al ver al chico, la mujer detuvo su paso y su sonrisa se desvaneció.
- ¿Kurosaki-kun? – balbuceó confundida. Dudó un momento, pero luego decidió acercarse a aquel joven de cabello naranja. Se detuvo cerca de él, manteniendo cierta distancia. Pero aunque estaba algo lejos, pudo notar dos cosas: que estaba rezando en la tumba de Masaki, la mamá de Ichigo, y que su reiatsu era el de un chico normal. Suspiró tristemente y se quedó allí parada por un momento hasta que el joven se paró, haciendo una reverencia frente a la tumba.
El chico se dio vuelta y miró inmediatamente a la mujer que lo observaba. Ella notó que sus ojos eran violáceos y que su entrecejo estaba tan o más fruncido que el del mismo Ichigo, pero sin embargo, no era él. Por un lado se sintió triste de que no lo fuera, pero por el otro, ¿quién era ese chico tan parecido a él? Sin dudarlo se acercó lentamente, esbozando una sonrisa nerviosa.
– ¿Quién eres tú? – gruñó el chico. Realmente estaba molesto, ¿quién era esa mujer que lo veía de aquella forma tan extraña? Además, ¿qué estaba haciendo allí?
– Hola… – la voz que tenía la mujer era dulce y suave. – Soy Orihime Inoue – miró la lápida nuevamente para comprobar que era la de Masaki.
– ¿Inoue? – preguntó el pelinaranja, intentando buscar entre sus recuerdos aquel apellido. – No te conozco – ladró.
– Pues… - Orihime volvió su vista en él. – ¿Vienes a ver la tumba de ella? – hizo una seña con la cabeza, indicando la lápida de Masaki. Él la miró de mala manera. ¿Qué le interesaba a esa mujer qué estaba haciendo él allí?
– ¿Quién eres tú? – insistió con esa pregunta. No le gustaba nada la actitud de ella. Hime sonrió.
– No me has dicho quién eres tú – contestó algo divertida, realmente se parecía mucho a Ichigo. El chico se cruzó de brazos, más molesto de lo que ya estaba. ¿Quién se creía esa tal Inoue como para preguntarle eso cuándo era ella la que estaba fuera de lugar allí? – ¿Eres Kaien? – él la miró.
– ¿Y tú cómo sabes quién soy?
– Es que yo… – se acercaba lentamente al chico – conozco a tus padres – Kaien afinó sus ojos. ¿Conocía a sus padres? Orihime se puso frente a él y se quitó la capelina. En ese momento el viento se hizo un poco más intenso y revolvió sus cabellos. Aparentaba ser una chica de unos veinticinco años, su piel se veía extremadamente blanca, como si no hubiera tomado sol en toda su vida.
– Ah sí… ¿y cómo es que tu sabes quién soy yo y yo no sé nada de ti?
– Es que la última vez que te vi tenías cinco años – le mostró su mano abierta mostrando los cinco dedos, mientras mantenía la sonrisa en su rostro y una mirada amable y comprensiva. Kaien la observaba fijamente. ¿Ella conocía a sus padres? Pero, ¿por qué nunca se la mencionaron?
– ¿Cinco? – afinó más sus ojos. – ¿Entonces cómo me reconociste? – Orihime enfatizó su sonrisa y miró directamente su pelo. Kaien entendió, nadie podría no reconocerlo.
– ¿Y tu padre?
– Él… – Kaien retiró su mirada de la de Hime y dio media vuelta. Luego miró la tumba de Masaki. – Hace tiempo que está en coma – apretó sus puños con fuerza.
