Karakura, 5 a.m.

Renji caminaba solo por las calles céntricas de lo que en alguna época fue su cuidad de residencia, cuando era compañero de Ichigo y Rukia. Hacía más de veinte años de aquello y no podía creer que la pequeña Karakura se hubiera transformado en la gran ciudad que era ahora.

Solía salir a pasear con Rukia en las tardes, cuando Risa era pequeña y acompañarlas al parque, mientras Ichigo estaba en la Universidad, en Tokio. Suspiró con cansancio recordando aquellas tardes frías y siguió su errante camino abriéndose un lugar invisible entre la niebla de la mañana.

Había ido allí a refrescarse la cabeza, pero en realidad se turbaba más cuanto más cerca estaba del Hospital donde Ichigo estaba internado. Quería verlo, debía verlo. No sabía bien por qué, pero algo de lo que el Comandante dijo en su reunión no lo convencía. "Sólo siendo un verdadero siervo de la Sociedad de Almas puede salvar su alma de su inevitable destino forjado esa noche de su nacimiento". ¿Destino? ¿De qué destino estaba hablando? ¡Kaien ni siquiera podía ver una simple alma dando vueltas a su alrededor!

Bufó con resignación y en ese instante se dio cuenta de que estaba frente al Hospital. Miró hacia arriba, notando que las ventanas de algunas de las habitaciones estaban abiertas y las cortinas ondeaban con la brisa matinal. Miró al suelo y apretó sus puños. ¿Cómo podría hacer él para decidir qué era lo correcto?

Además, estaba esa maldita carta. "Aquel nacido de la muerte será el que logre destruirla y devolver el orden y la justicia a este mundo". ¿Podría ser que tuviera relación lo que el viejo mencionó con lo que Aizen escribió en la carta? ¿Kaien? ¿Nacido de la muerte? Renji se llevó las manos a la cabeza. Todo era demasiado confuso y perturbador.

Se sentó debajo de un árbol desde donde se podía ver perfectamente todas las ventanas del Hospital. No se atrevía aún a entrar a verlo y menos después de que se hubiera ido de la forma en que lo hizo tiempo atrás. Ichigo no se merecía que lo trate así y menos en la situación en la que se encontraban, pero ahora… ¿con qué cara volvería para, así como si nada, decirle que debe decidir si matarlo o quitarle a su hijo?


Arenas de Hueco Mundo

– Buenas noches, Orihime-sama – la voz arenosa de Grimmjow se oía entre la brisa de la eterna noche de Hueco Mundo. Orihime caminaba con paso firme, en dirección al palacio de Las Noches. Hizo caso omiso del saludo que escuchó claramente. – ¿Acaso no me oye la hermosa reina del palacio blanco? – insistió Grimmjow, acercándose por detrás de la mujer.

– No quiero oírte – contestó cortante. La verdad era esa, no soportaba un minuto estar cerca de aquel ser, pero no le quedaba otro remedio más que tenerlo de su lado. Al menos hasta que pudiera cumplir su propósito y ayudar a Ichigo.

– ¿Estuviste con Kurosaki? ¿Y? ¿Qué sucedió?

– Vete – le ordenó, mirándolo de reojo.

– No, no, no – el arrancar aumentó su ritmo hasta quedar caminando junto a ella, del lado derecho. – ¿Es que quieres que le cuente a Ulqui-chan de tu aventura?

– No me importa lo que hagas, sólo vete – la voz de Orihime era dura, no mostraba ningún tipo de temor y no lo tenía. Sabía muy bien que Ulquiorra ya había notado su ausencia y que seguramente imaginaba lo que había ido a hacer. Además, si hubiera querido detenerla realmente, seguro lo hubiera hecho.

– Ya veo… Entonces, me marcho – Grimmjow se detuvo y Orihime siguió caminando. – ¡Ah! Cuando veas a Ulqui-chan, dile que no fue mi intención – dicho esto, desapareció con su sonido. ¿Su intención? ¿A qué se refería exactamente?

Siguió caminando hasta llegar a un montículo que parecía separase del resto del paisaje. Allí, se agachó y pronunció unas extrañas palabras y una especie de puerta se abrió en medio de la arena.

– Por fin en casa – susurró mientras entraba en la oscuridad.


Karakura

No había podido pegar un ojo desde que tuvo aquel extraño sueño. Era absurdo pensar en que podía tratarse de algo real cuando las paredes desaparecían instantáneamente y aquella luz azul y parpadeante podía prenderse y apagarse a su antojo.

Lo que más lo había traumado era la voz que había escuchado. ¿Podía ser la voz de su madre? Realmente no podía recordarla claramente, ni siquiera cómo era ella. El rostro de Rukia se había borrado de su mente con el paso de los años, al igual que el olor de su piel y su ropa, y las canciones que le cantaba para dormir.

Movió su cabeza de lado a lado para borrar aquellos pensamientos sobre su madre. No era ése el momento para estar pensando en eso, ni siquiera en su extraño sueño. Lo que debía hacer era encontrar a esa extraña mujer y preguntarle qué es lo que sucedió. ¿Por qué se había desmayado en medio de la calle? ¿Y por qué ella lo había llevado a la casa de su abuelo?

Se levantó de la cama y abrió la ventana. Recién el sol estaba saliendo desde el este y los pájaros cantaban suavemente. Se estiró, sintiendo la brisa entrar y se rascó la nuca mientras bostezaba.

Realmente estaba comenzando a cansarse. No había casi nada para comer en la casa, más ahora que estaba ese médico viviendo allí con ellos. Risa le daba todo a ese tipo y a él, su propio hermano, lo tenía abandonado a su suerte. "Con este dinero te alcanzará para que almuerces toda la semana". Estaba cansado de escuchar todos los domingos el mismo versito por parte de su hermana. ¿Acaso estaba loca? ¿Pensaba que él sólo almorzaba? ¿Y el preciado desayuno? ¡¿Y la maravillosa cena que preparaba su papá? Ella era mujer y ya tenía 17 años, perfectamente podría dedicarse a preparar la cena de vez en cuando. Estaba harto de la pizza…

Cerró la ventana con brusquedad y, mientras refunfuñaba algo sin sentido, se cambió. Bajó las escaleras sin ningún reparo en los que pudieran estar durmiendo y se sorprendió al ver a Uryu sentado en el desayunador leyendo unos papeles amarillentos.

– Buen día – dijo el de gafas, con el tono más amable que podía a esas horas de la mañana. Kaien contestó con un gruñido y se sirvió una taza de café de la cafetera eléctrica. Tomó un par de tostadas y se sentó frente a Uryu en uno de los taburetes.

– ¿Qué lees? – preguntó el chico, con el tono más duro que pudo. No soportaba a ese médico y menos sabiendo que también él pretendía sacar el alma de su padre fuera de su cuerpo.

– Unos textos antiguos – contestó. Tenía que ser conciso con sus respuestas si quería no enfurecer al muchacho y lograr entablar una conversación que pudiera llegar a tener cierta profundidad. Tenía muchas preguntas para él y no podía desaprovechar el momento.

– ¿Risa? – Kaien cambió de tema. Seguramente esos papeles tenían que ver con algo de las almas y no le importaba en lo más mínimo.

– Duerme. Se quedó hasta tarde leyendo conmigo

– ¿Y usted? – Uryu lo miró y esbozó una sonrisa. Kaien notó las ojeras del hombre detrás de sus anteojos.

– ¿Preparo más café? – cambió de tema. Era preferible no hacer comentarios sobre lo que él hacía o deshacía durante la noche.

– Como quiera – Kaien se levantó y llevó su taza al lavabo. Abrió la canilla y la llenó con agua. Uryu lo miró de reojo mientras colocaba café en el filtro de la cafetera.

– ¿No vas a preguntar por tu padre? – las palabras del quincy estaban cargadas con algo de resentimiento. Estaba cansado de lidiar con los hijos de Ichigo. Y más con Kaien. Desde que llegó a Karakura, no hizo más que intentar acercarse a ellos de la mejor forma posible, ya que estaban solos, sin ningún mayor que los acompañara salvo Urahara, que de vez en cuando les mandaba dinero para que se autoabastezcan.

Con el paso de los días logró hacer migas con Risa y que ella pudiera abrirse y compartir cosas con él, al menos para integrarse momentáneamente a la familia y que Ichigo no lo regañara después por no haber cuidado de sus hijos. Pero, con Kaien, todo era muy distinto. Sus personalidades eran completamente incompatibles y el chico lograba sacarlo de sus casillas con nada.

– ¿Hay algo nuevo como para que pregunte? Hace más de cuatro años que no hay nada nuevo. Supongo que si hubiera novedades me enteraría aunque no pregunte – contestó muy fresco. Dio media vuelta y se fue, dando un portazo.


Sociedad de Almas, Cuarto Escuadrón

– ¡¿Qué? – gritó consternado Toushirou. – ¡¿Cómo que no podré volver a mis tareas?

– Calma – la voz de Retsu sonaba mucho mejor que la del día anterior. Momo reía entre dientes tras ver la predecible actitud del Capitán. – No será de por vida, pero si quieres irte de aquí, tendrás que reposar en tu casa durante tres días antes de retomar tus deberes en la capitanía

– ¡Pero eso es inconcebible! ¡No puedo darme el lujo de vacacionar mientras mi escuadrón se cae a pedazos! – miró de soslayo a Rangiku, que desde su rincón, lograba disimular muy bien lo aludida que se sentía con el comentario de su Capitán.

– Capitán – la Capitana lo miró seria. – Es por su bien y el de su escuadrón que le pido esto – Toushiro la miró fijamente y pudo notar cierta preocupación en la cara de Retsu.

– Está bien, intentaré estar quieto esos días. ¡Pero después no me forzará a venir otra vez aquí!

Momo se acercó con una inevitable sonrisa en su rostro mientras Unohana caminó hacia la puerta, donde se detuvo un instante para hacerle una seña a Matsumoto.

– Ven – le dijo. Y la teniente la siguió hasta afuera. Cerraron la puerta, dejando atrás los gritos y gruñidos de Toushirou mientras Momo intentaba convencerlo de que no se ponga sus ropas de shinigami.

– ¿Qué sucede, Capitana? – Rangiku había comenzado a preocuparse.

– No estés tan tensa – le dijo, volviendo a su sonrisa habitual. – Quería decirte que ya tengo listos tus análisis y que no hay ningún inconveniente

– ¿Entonces? ¿Por qué-

– Nada, seguramente será algún malestar normal y ya pasará, porque en los análisis no hay nada de qué preocuparse

– Bueno, entonces me quedaré tranquila – sonrió la teniente – y se lo diré al Capitán, para que no tenga que preocuparse por nada – sacó la lengua con picardía.

– Está bien, cuídalo

– Gracias, Capitana

– ¡Qué no y punto! – Toushiro estaba empecinado en que no se pondría nada que no fuera su traje de shinigami. ¿Cómo podía él pensar en relajarse cuando había ido a una misión a un lugar desértico y había resultado herido por un ataque misterioso y tan poderoso como para quitarle el conocimiento por tantas horas?

– Deberías hacerle caso a la Capitana Unohana, ella sabrá por qué te dice que descanses más tiempo – Momo sabía perfectamente que recibir un ataque como el que recibió podría dejar algunas heridas internas durante algún tiempo. Seguramente por eso es que le había recomendado reposo a Toushirou.

Rangiku amagó a entrar, pero no se atrevió cuando escuchó al Capitán Hitsugaya.

– No debería decirte esto, pero no puedo preocupar a Rangiku – aclaró con preocupación en la voz. – Creo que el ataque que recibí – la miró a los ojos – fue de parte de algunos de los Espada – Momo entreabrió la boca.

– N… no puede ser… ellos nunca desobedecerían

– No puedes afirmar eso. Además, si sólo dependemos de lo que Hallibel o Ulquiorra dictaminen, no podemos estar seguros de que todos los supervivientes los sigan

– Yo creo que no deberías pensar en eso y mejor sí pensar en recuperarte – quitó suavemente la sábana que lo cubría.

– ¡Momo! – gritó y la tomó por las muñecas, obligándola a mirarlo. – Si lo que pienso es verdad, tendremos muchos problemas, ¡debo informar al Comandante!

– ¡No! – la negativa de su amiga lo sorprendió. ¿No? ¿Cómo que no? – No… no puedes afirmar algo sin saber que fue así realmente – Toushiro afinó sus ojos. Parecía que ella no lo escucharía y era mejor callar a seguir discutiendo allí.

– Es mejor que me prepare, no quiero llegar tarde a la cena en el escuadrón – en ese momento entró Rangiku, que había escuchado todo detrás de la puerta.

– ¿Vamos? – preguntó sonriente, mientras se acercaba a Toushiro que ya se había levantado. Tras el paso de los años, había crecido unos centímetros y ya era tan alto como ella.

– Si, vamos


Hospital de Karakura

Renji caminaba por uno de los pasillos intentando detectar la presión espiritual de Ichigo. Le era muy difícil hallarla y no podía preguntarle a nadie ya que estaba como shinigami.

Al fin, tras un largo recorrido, llegó a una habitación en el tercer piso que tenía un cartel colgado en la puerta con su nombre. Sonrió involuntariamente.

Atravesó la puerta y algo se revolvió en su interior. Allí, tirado en la cama, sereno e inerte, estaba su amigo de aventuras, aquel con el que tantas veces peleó codo a codo, y con el que sufrió tanto.

Suspiró y se atrevió a llegar a su lado, pero se paró junto a la ventana, dándole la espalda.

– Ichigo – dijo en una voz casi inaudible. – Tantos años… ¿no? Parece que hubiera sido ayer ese día en el que me fui. Pero parece que mis promesas no duran tanto, porque a pesar de lo que dije, volví. No sé si sea uno de los mejores momentos para hacerlo, pero volví… – sonrió melancólicamente. – Creo que también lo necesitaba

Ichigo intentó abrir sus ojos. ¿Ahora también Renji estaba ahí? Pensó que nunca más podría escuchar su voz después de todo lo que sucedió, pero sin embargo, ahí estaba. Estaba seguro que estaba junto a la ventana y no se atrevía a mirarlo. Tenía tantas ganas de levantarse y obligarlo a hablarle mirándole la cara.

– Creo que estoy en apuros. La Sociedad de Almas necesita mi decisión como Capitán sobre algo que no voy a poder decidir. Es algo sobre ti… y sobre Kaien

– ¿Qué hay de Kaien? – Uryu lo sorprendió entrando de pronto. Renji volteó.

– ¿Ishida? – preguntó atónito.

– Lo correcto sería preguntar qué estás haciendo tú aquí – Uryu mostraba todo el resentimiento que tenía contra Renji. Después de todo, se había ido tras decir una sarta de cosas que no tenía por qué haberlas dicho. – Además, ¿qué es eso de la Sociedad de Almas?

– Yo – bajó la cabeza. Uryu tenía razón en reaccionar así. Él no tenía ningún derecho de réplica sobre nada de lo que pudieran decirle ninguno de ellos. Pero esta vez necesitaba encontrar un camino posible. Ichigo no podía ayudarlo, pero, tal vez, si le contaba todo a Ishida podría sacar alguna conclusión más. – Tengo que tomar una decisión

– ¿Decisión? – terminó de entrar en la habitación y cerró la puerta. Después de todo, para los demás, él estaba hablando solo.

– El Comandante General requiere mi voto para desempatar

– ¡¿Pero qué es lo que están votando? – Uryu ya no tenía paciencia. Los años lo habían convertido en un hombre de pocas pulgas.

– Según la Cámara de los 46 y la Corte, Kaien es una de las mayores amenazas para la Sociedad de Almas y para evitar que su poder despierte, hay que optar entre dos alternativas

– ¿Amenaza? – el quincy no captaba del todo lo que el shinigami quería decirle.

– Yo tampoco sé a qué se refieren con amenaza, no me lo quiso decir

– ¿Entonces? ¿Cuáles son esas alternativas?

– El objetivo es alejar al chico de una fuente de reiatsu poderosa que pueda alterar su propio poder espiritual, o bien asilándolo de todos nosotros o…

– ¿O qué? – Renji miró a Ichigo. – Entiendo… o no permitiendo que Ichigo se recupere – el pelirrojo asintió.


Hueco Mundo, sala de conferencias del palacio Las Noches

– Llegas tarde – en la cabecera de la mesa estaba sentado Ulquiorra. A su lado, tres tazas vacías.

– Lo siento, esta-

– No me interesa. ¿Olvidaste la reunión? – la voz del Espada se notaba molesta.

– ¡Ay no! – exclamó Orihime, agarrándose la cabeza. – No es que la haya olvidado, lo que olvidé es la diferencia temporal

– Ya veo… acércate – ordenó. Y ella, obedeció. Se sentó junto a él.

– El mensajero dijo que alguno de nosotros ha incumplido las leyes y ha atacado al Capitán del Décimo Escuadrón

– Hitsugaya kun – murmuró Orihime.

– ¿Quién tenía que estar supervisando esa zona?

– Esa zona es de Grimmjow – afirmó con bronca ella, suponiendo que el arrancar estuvo en el mundo humano.

– También reconocieron el ataque como un Gran Rey Cero – Orihime abrió sus ojos y miró a Ulquiorra.

– ¡¿Dices que Grimmjow atacó al Capitán? – Ulquiorra la miró con sorpresa. Podría esperarse cualquier cosa de Grimmjow después de los desplantes que hizo hace años atrás. Orihime recordó las palabras del arrancar: "cuando veas a Ulqui-chan, dile que no fue mi intención". ¿Podría ser cierto que hubiera atacado a un shinigami?

En ese momento, una mujer apareció por una puerta a la izquierda de donde estaban ellos. Llevaba un traje blanco y negro, con un pantalón ajustado, una camisa que dejaba su abdomen al descubierto y la mitad de su cara cubierta con una máscara que se asemejaba a un dragón. Su cabello era rosado y su piel muy blanca. Orihime la miró con desconfianza y Ulquiorra volteó su cabeza.

– Ulquiorra-sama, vengo del laboratorio – dijo la mujer con una voz muy suave, haciendo una especie de reverencia torpe. Se notaba desde lejos su nerviosismo.

– ¿Ya hicieron los análisis?

– Si, no hay dudas, los restos de reiatsu son de un Gran Rey Cero, pero no pudimos detectar a quién le pertenece

– Gracias, puedes retirarte – la chica levantó la vista y miró directamente a Orihime, que le respondió la mirada con otra más amenazante. Con el tiempo había logrado parecer tan o más fría que Ulquiorra en cuanto a miradas.

Ulquiorra la miró y frunció el ceño.

– ¿A qué fuiste al mundo humano? – le preguntó, aún sabiendo la respuesta.

– Debía hacerlo

– ¿Kurosaki?

– Pero ya no hay nada que pueda hacer, sólo necesita reponerse por sí mismo

– Entonces – Ulquiorra se paró apoyando sus manos sobre la mesa, Orihime lo miró a los ojos – no volverás más allí