– ¡Estás loco! – Uryu gritó, ofuscado. Se alejó, diciendo barbaridades por lo bajo. Ichigo continuaba aumentando su reiatsu indiscriminadamente dentro de la barrera que había colocado Orihime sobre la casa. La mujer lo miraba con pena.
Continuó caminando a ciegas hasta llegar a la cocina, donde una niña de unos nueve años y un niño más pequeño de cabello naranja tomaban leche y miraban la televisión. La pequeña lo miró a los ojos y el niño lo ignoró, ensimismado en las caricaturas.
– ¿Qué sucede, tío? – la niña sonrió abiertamente. Uryu bajó la vista.
– Nada – sonrió forzadamente y se acomodó los anteojos. Se acercó a ellos y se sentó junto a la niña. El pequeño, que se percató en ese instante de la presencia del hombre, lo miró enojado.
– ¿Cuándo te vas? – le dijo, sin miramientos. Uryu se sorprendió por la pregunta del pequeño.
– En pocas horas – contestó.
– ¿Traerás a mi mamá? – le preguntó, aún con el ceño arrugado. El hombre apartó sus ojos azules de los del pequeño.
– Ojala pudiera
Se despertó sobresaltado. Tenía frío. Estaba recostado sobre la alfombra, en la habitación deshabitada de sus padres, con la foto de ellos aferrada a su pecho. Había transpirado y su frente estaba húmeda y helada. Todo estaba oscuro. Seguramente se había ido la luz y no tenía idea de qué hora era.
Se levantó y a tientas, dejó sobre la cómoda la foto con cuidado. Salió y cerró la puerta. Bajó las escaleras y tomó su móvil, que recordaba había dejado en la mesa ratona junto al control remoto del televisor de la sala. Miró la hora, 23:54. Era muy noche y su hermana no había regresado. Además, se había ido la luz. Y estaba ese maldito sueño.
¿Habría sido un recuerdo que su mente había borrado? ¿Por qué volvería en ese momento? Maldijo por dentro a Uryu, a la fotografía y al portarretratos roto. Se recostó el en sillón y apoyó el móvil en su pecho. Éste vibró. Lo tomó y leyó el mensaje. Era de Rika.
– "El corte de luz es en casi toda la ciudad! Me quedaré en el Hospital con Uryu. Cuando vuelva la luz, vamos a casa. Cuídate, beso." – leyó en silencio.
– Bah… – soltó. – Como si me interesara… – volvió a apoyar el móvil. Un nuevo ruido, que se parecía al de alguien caminando en el patio, llamó su atención. ¿Quién podría ser a oscuras y a esa hora? Se levantó lentamente y se acercó a la ventana, que estaba más cerca del origen del sonido.
Miró hacia fuera, con cuidado de no ser sorprendido, pero no había nadie. El sonido se hacía más fuerte, pero no lograba divisar nada. Chasqueó la lengua en señal de desagrado. Giró y se sorprendió sobremanera al ver frente a él una figura extraña. Una tenue luz proveniente del exterior alumbraba levemente la sala.
Una joven, de cabello rosado y piel extremadamente blanca. Cubría la mitad de su cabeza una especie de máscara blanca, que parecía a simple vista de hueso, con el aspecto de una cabeza de dragón. Su ropa era extraña, en blanco y negro. Unos pantalones ajustados y una chaqueta que dejaba su ombligo al descubierto. Sus ojos eran fríos y lo miraban a él directamente, penetrantes.
– ¿Quién eres tu? ¿Qué estás haciendo en mi casa? – en ese momento notó que llevaba en su cintura algo parecido a una espada corta. Kaien se asustó un poco, pensando que tal vez sería una ladrona o una loca, o algo parecido.
– Deberías acompañarme un momento, quisiera mostrarte algo – la voz de la joven, a pesar de su aspecto rígido y frío, era suave y dulce.
– ¡¿Qué quién eres? – gritó él.
– Soy Kokoro – dijo ella, sin dejar de mirarlo ni un instante.
– ¿Kokoro? ¿Y qué quieres aquí? ¡¿Cómo entraste?
– No grites. Vine por ti, sólo eso – Kaien la miró desconcertado. ¿Quién era esa mujer? Una extraña había entrado en su casa sin que él lo notara y le estaba diciendo que lo había venido a buscar y que quería mostrarle algo.
– ¿Qué quieres? – preguntó, más calmado.
– Mostrarte tu verdadera naturaleza – la expresión de Kaien mostraba su incredulidad y su sorpresa. – Sé que no puedes ver nada de lo que todos te dicen que deberías ver. Pero sí me ves a mi
– ¿A ti? – la chica bajó parte de la cremallera de su chaqueta, hasta la mitad del pecho, donde tenía un pequeño orificio que dejó a Kaien con la boca abierta. La tenue luz que iluminaba la habitación se incrementó con la fugacidad de un relámpago. Una tormenta se avecinaba. Un trueno largo y poderoso irrumpió en la ciudad, haciendo que temblaran las paredes. Kaien tragó saliva, aún observando atónito el agujero que traía en el pecho la joven. – ¿Q… qué…? – las palabras no salían.
– Soy un hollow
Sociedad de Almas
La mariposa negra llegó antes que él. Atravesó la puerta. Renji la miraba con dolor en sus ojos. Ver a Ichigo en ese estado, ahí tirado en una cama. Sin su ceño arrugado, sin sus gritos, sin sus reacciones. Inerte y quieto. Le había hecho mucho daño. Incluso más del que hubiera pensado.
Uryu tenía razón. Debía conseguir más tiempo para poder tomar su decisión. Además, Kaien no era peligroso en ese momento, sino potencialmente peligroso. Incluso podría tardar años en despertar su verdadero poder. O tal vez nunca despertaría.
Tragó saliva con dificultad y apretó con su mano derecha su muñeca izquierda, donde llevaba una muñequera violeta. Sonrió levemente.
– Lo haré – se dijo a si mismo, dándose ánimos.
– Toma – Rukia sonreía. Estaba embarazada de ocho meses y lucía radiante. Llevaba un kimono blanco con flores rosadas y el cabello recogido en un rodete. Estaban sentados, con Renji, en la sombra de un frondoso árbol, en un parque en Karakura. Él llevaba su gigai.
– ¿Qué es esto? – Renji tomó el pequeño paquete que Rukia le extendía con su mano derecha y esa sonrisa sincera. Él miró a Ichigo, que estaba correteando a lo lejos con una pequeña niña de coletas y cabello castaño.
– Un regalo – ella apoyó su brazos detrás de su cuerpo, intentando sostenerse mejor. Miró hacia dónde miraba Renji. – ¿Qué tanto los ves?
– Es que me parece extraño que me des esto. No sé. Tal vez Ichigo se pondrá celoso
– Tonto – le pegó con la mano cerrada en el hombro, moviéndolo un poco. – Ábrelo – Renji abrió rápidamente el paquete, rompiendo el papel floreado.
– ¿Una muñequera? – levantó el pequeño objeto con rareza. – Gr… Gracias
