Sociedad de Almas

Momo caminaba rápidamente, ensimismada en sus pensamientos. La idea de que el ataque que había recibido Toushirou sea un Gran Rey Cero le daba vueltas en la cabeza desde que la Capitana Unohana le había hablado de ello, y además tenía sus dudas acerca del motivo por el cual ella se lo había confiado. ¿Por qué decirle semejante sospecha sólo para que controlara al Capitán Hitsugaya?

Cerró los ojos un momento, y en ese instante se dio un fuerte golpe contra alguien que caminaba en la dirección contraria, cayéndose al suelo. Abrió los ojos y vio los de Renji frente a ella.

– ¡Capitán! – dijo sorprendida. Él se acercó y le extendió la mano.

– ¿Dónde vas tan apurada? – la voz del pelirrojo era suave, pero se notaba la tensión que cargaba. Momo tomó la mano de Renji y se levantó, notando que nada estaba bien con su capitán.

– ¿Qué sucede? – se preocupó.

– Nada, nada. Ve – le dijo, quitando importancia a lo que le sucedía. Debía ir cuanto antes con el Comandante General y plantearle todo lo que habían hablando con Uryu.

– Está bien, pero luego me cuentas – ella retomó su camino hacia el Décimo Escuadrón, y él hacia el Primero.

¿Qué sucedería con Renji? Había estado ausente por varias horas y no había declarado dónde estaría. Además, no había notificaciones sobre misiones especiales ni nada parecido, y no era su día libre. ¿Acaso tendría relación con la llamada repentina del Comandante Yamamoto? ¿Y si tenía relación con lo dicho por la Capitana Unohana? ¿Estaría Renji investigando acerca de lo sucedido en Hueco Mundo?

Caminó lo más rápido que pudo, intentando no llevarse a nadie más por delante, y finalmente llegó a la Décima División. Se enfrentó a la puerta del Capitán, habiendo previamente saludado con cordialidad a varios shinigamis que no la detuvieron. Suspiró y contuvo la respiración un momento antes de golpear y anunciarse, pero no pudo hacerlo porque la puerta se abrió y Rangiku salió con una sonrisa.

– ¡Hinamori kun! – gritó estrepitosamente. – ¿Vienes a ver a Shiro chan? – dijo con sorna.

– ¡Matsumoto! – gritó desde atrás, haciéndose ver. Momo sonrió.

– Hola, Hitsugaya kun. Veo que volviste al trabajo – lo miró a los ojos, y él notó que ella estaba tensa, o tal vez preocupada. – ¿No te había dicho la Capitana Unohana que te tomaras unos días para descansar?

– Si, pero no puedo confiar en mis subordinados – dijo con sorna. Rangiku le guiñó un ojo a Momo. – Y menos en algunos que están aquí presentes

– ¿Tienes un momento?

– Si, pasa Hinamori kun. Yo me estaba yendo a resolver algunas cuestiones – Rangiku se hizo a un lado y Momo entró en la oficina.

Primera División

Renji había entrado, y estaba esperando junto a la puerta de la oficina del Comandante General. Le transpiraban las manos y su corazón golpeaba con fuerza. La puerta se abrió lentamente y Yamamoto en persona salió, con su rostro ensombrecido.

– Capitán, no lo esperaba tan pronto. ¿Sucedió algo? – el tono de voz del Comandante era grave y preocupado.

– No, nada nuevo. Kurosaki está inconsciente y no se sabe nada acerca de su estado. Vine a hacerle saber mi decisión – lo miró a los ojos con firmeza.

– Muy bien – Yamamoto estaba sorprendido, pero demostraba poco. – Pase, por favor – ambos entraron en la oficina y se sentaron junto al escritorio. El viejo cerró la puerta y avisó a su Teniente que nadie los interrumpiera. Sirvió té.

– Comandante, necesito tiempo – dijo al fin Renji, no soportando más la tensión del silencio que se había prolongado por varios minutos. El viejo lo miró, arrugando el entrecejo.

– ¿Tiempo?

– Si, Capitán, tiempo. Kaien no es un joven que pueda representar un problema para la Sociedad de Almas en este momento – lo miraba fijamente, queriendo mostrarse seguro de lo que decía. Y pensaba en todo momento en la imagen de Ichigo tirado en aquella cama de hospital mientras apretaba con fuerza la muñequera de Rukia. – Y creo que es prudente mantenerlo observado hasta determinar que ese poder potencial despertará, y si lo hará realmente – el viejo lo miró por unos cuantos segundos, estático, sin mover siquiera sus párpados.

– ¿Lo que usted quiere es tiempo para vivir junto a él y determinar con el paso de los días cuál será su decisión respecto a ese niño? – preguntó sin vacilación.

– Si – respondió Renji sin dudarlo un instante. Nada en ese momento lo alteraría, estaba seguro de que Yamamoto le daría su aprobación y no podía flaquear en ese instante.

– Entonces, le daré dos meses – bajó la vista un momento sólo para tomar un papel que estaba en un cajón debajo del escritorio. Luego volvió a mirarlo. – Firmaré por escrito una autorización de permanencia en el mundo humano, con libre circulación entre ambos mundos. Necesito que me mantenga al tanto de cada detalle acerca de la situación de Ichigo Kurosaki y de su hijo. No quiero que sus sentimientos interfieran en esto, Capitán

– Por supuesto que no, Señor – sostuvo la mirada penetrante con el Comandante. – Lo mantendré al tanto de cada movimiento de ambos y no dejaré nada afuera – el viejo firmó el papel con una pluma y tinta negra y se lo extendió a Renji.

– ¿Alguna pregunta?

– ¿Cuál es la situación de Rika Kurosaki? – se atrevió a preguntar.

– Ella es una humana normal, Capitán. No tiene de qué preocuparse. Su único propósito es vigilar exclusivamente a Kaien Kurosaki. Sólo él es el que nos interesa


Karakura

– ¿Un qué? – preguntó Kaien, icrédulo.

– Un hollow – repitió Kokoro.

– Yo no creo en esas cosas. Si no tienes nada mejor qué decir, vete – dijo de mala gana y caminó unos pasos en dirección al sillón. Pero se detuvo cuando la joven lo tomó de la mano.

– Espera. Sé que no vas a creerme, pero debo mostrarte algo – insistió. Kaien no la miró y quitó su mano del agarre de la chica. Su mano era cálida y no parecía de alguien que no fuese humano.

– No quiero saber nada, y menos si dices que eres algo que no existe – Kokoro apretó sus dientes con rabia. Lo que tenía que hacer sería más difícil que lo que pensaba.

– ¡Es sobre tu madre! – gritó. Las palabras de la hollow retumbaron en la casa vacía. Kaien viró y la miró a los ojos. Otro relámpago iluminó la habitación y volvió la luz. La televisión se encendió y un ruido molesto comenzó a oírse.

– No menciones a esa persona

– ¡Debes escucharme! Es por tu bien – Kokoro recuperó su tono de voz habitual.

– ¿Por mi bien? ¡Si yo estoy bien sin saber nada de ella! – estaba ofuscado y enojado. ¡Una extraña se colaba en su casa y le hablaba de su madre! ¡¿Cómo iba a sentirse bien?

– Ven, sígueme – le dijo y caminó en dirección a la puerta de la casa. La abrió y salió.