Kokoro caminó erráticamente por las calles de Karakura, dando varias vueltas. Parecía no saber exactamente a dónde se dirigía, pero finalmente llegó a un lugar donde no había muchas casas. Un gran cráter en el suelo llamó la atención de Kaien. La joven se detuvo y el chico también, junto a ella. La miró de reojo, pudiendo notar perfectamente la máscara de hueso que cubría ese lado de su cabeza.

– ¿Te llama la atención mi máscara? Es lo único que me queda, junto a mi agujero, de cuando era un hollow. Aunque no recuerdo absolutamente nada de aquella vida, sé que alguna vez fui uno. Todos los que son como yo fueron un monstruo come almas alguna vez – dijo serena. Extendió su brazo y apuntó con su dedo índice hacia el lugar vacío que se hallaba frente a ellos. – ¿Ves lo que hay ahí? – preguntó. Kaien miró detenidamente, intentando analizar cada detalle de lo que tenía en frente, pero no pudo ver nada. No sólo le obstaculizaba la visión que no hubiera luz eléctrica y el parpadeo de los relámpagos en el horizonte, sino que no había, según él, nada en el lugar que ella señalaba.

– Allí no hay nada – contestó fríamente, colocando sus manos en los bolsillos de su jean.

– Allí hay un alma atada al suelo – afirmó con una seguridad que alarmó a Kaien.

– ¿Alma? – sonrió con resignación. – Primero sales con que eres un hollow o qué se yo qué, y ahora con almas – giró, dando la espalda al lugar que antes miraba. – Estoy perdiendo mi tiempo aquí contigo – Kokoro lo tomó por el hombro y con una fuerza que él nunca pensó que esa chica tendría, lo obligó a volver al lugar en el que estaba antes. Kaien la miró con sorpresa. – ¿Qué haces?

– Sé que no quieres entender y que no puedes ver almas. Pero hay alguien en el lugar del que yo vengo que puede hacer que tú hagas llegues a ser mucho más de lo que eres ahora. Eres poderoso, Kurosaki. Y él puede-

– Suenas como todos los que vienen de la Sociedad esa – apartó su vista hacia los relámpagos, que se acercaban a una velocidad de miedo. – Verás, te equivocas conmigo. Puede que mi madre y mi padre hayan sido poderosos shinigamis, o lo que sea, pero yo no soy así. Hasta mi hermana puede que vea muertos y que crea en ellos, pero – se detuvo al ver que la joven se alejaba en dirección al lugar donde supuestamente estaba el alma que tanto ansiaba que él viera. Se detuvo en medio del cráter y pareció tocar algo con sus manos. En ese instante logró divisar una materia informe, que se fue transformando en una mujer encadenada al suelo.

– Esta es el alma de una mujer que murió aquí a causa de la pena – comenzó a contar Kokoro. – No entenderá de razones hasta que un shinigami venga por ella o que un hollow se la devore – retiró sus manos. – Si puedes vernos, lo que sucede es que no quieres – Kaien estaba atónito ante la visión que estaba teniendo. Esa mujer, arrodillada en el suelo, con sus ojos casi salidos de sus órbitas y llorando constantemente. También comenzó a oírse un lamento insoportable que generaba aquel ser encadenado. Observó con curiosidad que una de las cadenas salía del medio de su pecho. Kokoro se acercó a él en silencio y se paró delante del joven humano. – Ves y escuchas claramente lo que digo y el llanto desesperado de esa alma en pena

– Yo

– No digas nada. Esperarás tranquilo a que vuelva por ti y verás que es cierto todo lo que te dije – ella pasó de él y se detuvo un instante a su lado. Sus brazos se rozaban. – Espérame – susurró y desapareció instantáneamente dejando a Kaien solo, observando al fantasma.


Hueco Mundo

– Ulquiorra – lo llamó suavemente, intuyendo que estaba dormido. Y lo estaba, porque no respondió. Intentando no hacer ningún ruido comenzó a moverse. Se levantó de la cama y se volvió a poner los zapatos.

– ¿Dónde vas? – la voz de él, aún con los ojos cerrados, hizo que Orihime dejara el picaporte con cierto temor.

– A la cocina – contestó, sabiendo que él detectaría la mentira en su frase. Tragó saliva.

– ¿Piensas ir al mundo humano otra vez, verdad? ¿Por qué tanto empeño en hacer algo por Kurosaki? – preguntó sin mirarla, con los ojos cerrados e inmóvil en el lecho. – ¿Te importa demasiado lo que le está sucediendo?

– Me da pena – Orihime seguía mirando la puerta. Ninguno de los dos se movía. – También siento que su hijo necesita ayuda – cerró sus ojos. – Y me gustaría hacer algo

– No tienes necesidad de hacer algo por ellos cuando ellos fueron los que te dejaron de lado. ¿O no viniste aquí para liberarte del peso que esos humanos habían cargado en tu espalda? – Ulquiorra conocía perfectamente los sentimientos de Orihime y todos los motivos por los cuales ella había renunciado a su vida como humana y había dejado todo para vivir en Hueco Mundo. – ¡Decidiste tu futuro cuando dejaste todo para vivir aquí! – elevó un poco su tono de voz y Orihime apretó sus puños. Estaba siendo demasiado duro con lo que le decía.

– ¡No es eso! – gritó ella y unas lágrimas surcaron su rostro. Giró y se acercó a la cama. Se quedó de pie, mirándolo directamente a la cara. Él no abrió sus ojos. – No es eso – repitió más serena. – Es que sé que puedo hacer algo, tengo la certe-

– No quiero saber nada de los humanos – sentenció él. – Y no quiero que tu te mezcles otra vez con ellos. ¡No te das cuenta de que estás llorando por su causa! – gritó enérgicamente al tiempo que clavó sus ojos verdes en ella con bronca. – Estás llorando por ellos – sostuvo la mirada unos segundos hasta que ella bajó la vista al suelo.

– Tienes razón, pero no puedo quedarme de brazos cruzados cuando mis amigos me necesitan – dijo sinceramente.

– ¿Amigos? – Ulquiorra se sentó en la cama. – ¿Amigos dices? ¿Qué clase de amigos son que cuando más los necesitaste te ignoraron? ¡¿Qué son los amigos? ¡¿Esos que primero te ignoran y luego sólo te llaman cuando te necesitan? ¡Dime, Orihime! ¡Dime qué hicieron por ti! – cuando Hime levantó su mirada, tenía a Ulquiorra a su lado, observándola. Notó en él un sentimiento que nunca antes había visto. Un dejo de rencor en sus ojos, un brillo de enojo.

– Nada. Pero aún así quiero ayudar a Ichigo. ¿No puedes entender que mi pasado con ellos no fue tan malo? – preguntó entre lágrimas. Él la tomó por los hombros con firmeza.

– Yo entiendo que ellos son parte de tu pasado y que seguramente tienes lazos fuertes que aún los unen, pero esos humanos no se acrodaron de ti en todos estos años, ni siquiera se han preocupado por cómo estás. ¿Ahora quieres ir y socorrerlos? – se miraron por un instante. – Ve – le dijo, soltándola. – Ve y haz lo que te plazca – se alejó de ella y salió de la habitación. Un llanto desgarrador salió del pecho de Orihime, que cayó de rodillas en el suelo y se aferró a la cama.