Aquí una nueva entrega. Espero que les esté gustando cómo va la trama, que a mi parecer se vuelve cada vez más intrigante y enredada.
Disfruten! Y dejen comentarios! Mary.
– El otro día, fui a ver a tu padre
– ¿Y qué hay con eso? – gruñó Kaien.
– Yo te dije que podría hacer algo por él, pero me equivoqué – Kaien la miró sorprendido. ¿Decía que se había equivocado?
– ¿Cómo que te equivocaste? – Orihime bajó su vista.
– Verás… En otras oportunidades he sido de mucha ayuda para Ichigo, pero esta vez no es así porque con mis habilidades no puedo hacer nada. Él no está herido ni enfermo, simplemente su cuerpo necesita recuperación
– Detente ahí – pidió Kaien. – Ahora comenzarás con que su alma y su cuerpo no se qué y bla bla bla – se cruzó de brazos. – No quiero escuchar otra vez lo mismo. Si mi papá es o no es un shinigami me tiene muy sin cuidado. Para mi es un hombre que está inconsciente hace cuatro años y nos abandonó a mi y a mi hermana por una tonta esperanza – se dejó llevar por los sentimientos y se dio cuenta de que había hablado demás cuando los ojos de Orihime se llenaron de lágrimas. – ¿Qué?
– Es que tu padre estuvo desesperado por mucho tiempo
– No me interesa – giró, dándole la espalda a la mujer. – Me voy
– Kaien – lo llamó, pero él no respondió. – ¿Dónde…?
– No quiero decirte nada más. Vete y no me molestes – caminó rápidamente, con la intención de irse, de alejarse de esa mujer que era más de lo mismo. Otra más de los tantos.
Orihime lo vio alejarse y una gota mojó su nariz. Comenzaba a llover nuevamente. Cerró sus ojos y aspiró con fuerza. La opresión en su pecho era más grande de lo que podría soportar. Se llevó las manos al lugar exacto donde Ulquiorra tenía su agujero de hollow y sonrió al recordarlo.
– La reunión – se dijo a si misma. – Será mejor que regrese y esté presente – susurró y tocó el aire, dándose cuenta de que traía su pulsera. Arrugó el ceño y miró hacia atrás. ¿Cómo Kaien había sido capaz de verla si ella traía aquel objeto puesto? La garganta se abrió. Entró y desapareció.
Esa mujer había abierto en el aire un enorme agujero negro.
– ¿Qué demonios…? – se preguntó en voz alta Kaien. Todos los de su entorno eran malditos mutantes o algo parecido y él no entraría en su juego. Pero aún se preguntaba cómo era que había podido ver a la hollow Kokoro, a esa alma y ahora a esa mujer entrando en aquel agujero que parecía venir también de otro mundo. Siguió caminando en silencio.
Tienda de Urahara
– Abarai san – saludó cordialmente Kisuke al ver llegar a Renji. El sombrerudo estaba barriendo la vereda y dejó de hacerlo cuando vio el rostro del Capitán. – ¿Sucedió algo? – preguntó con preocupación. Él había sido informado acerca de la estadía de Renji en el mundo humano y fue el mismo Comandante General el que le pidió que le entregara un gigai, le diera alojamiento y no hablara con nadie de la Sociedad de Almas respecto de la misión que mantendría a Renji allí.
– No, nada. ¿Qué tal todo, Urahara san? – sonrió Renji. – Veo que estás trabajando
– Si, han llegado nuevos productos y estamos acondicionando las góndolas. ¡Pero qué descortés soy! ¡Pasa, vamos adentro y tomemos una taza de té!
Ambos hombres entraron en la tienda y Urahara le ofreció a Renji su gigai. También le mostró su habitación y dejó que se cambiara para ir a preparar té. Luego de unos minutos, los dos estaban a solas en la sala.
– Dime, Abarai san, ¿por qué es una misión secreta esta que has venido a cumplir aquí? – preguntó Kisuke sin mirar.
– Es… – Renji no sabía qué contestar. El Comandante General le había pedido expresamente que no dijera los motivos de su misión, pero con Urahara no podía hacer más que decir la verdad. Él no se merecía, después de tanto, que le mintiera. – Verás – Kisuke lo miró a los ojos, comprendiendo la gravedad del asunto – es sobre Kaien – el dueño de casa no se sorprendió.
– Lo imaginaba – dijo serenamente.
– ¿Cómo que lo imaginabas? ¿Ha ocurrido algo que no se?
– No es eso – tomó un sorbo de su té. – Si no te molesta, me gustaría que Ishida san converse con nosotros y me he tomado el atrevimiento de invitarlo. Llegará en pocos minutos
– Me parece correcto. Yo también quiero que él esté presente – asintió Renji.
Hueco Mundo
Orihime llegó por garganta a la plataforma principal de las afueras del palacio. Allí no encontró a nadie. Entró rápidamente, pensando en que tal vez la Comisión había llegado, pero para su asombro, tampoco había nadie en la sala de reuniones. Todo estaba calmo y en silencio.
Decidió que lo mejor era hablar con Ulquiorra para saber qué debería decir en la reunión, o si simplemente debería quedarse en silencio. Caminó raudamente y se enfrentó con el pasillo que la llevaría a su habitación, que compartía con él desde hacía diez años. Diez largos y hermosos años humanos.
La brisa levantaba la blanca arena que alguna vez había visto combatir a Ichigo y a Ulquiorra. Y la que también albergaba todas las cenizas de ese ser que ella había aprendido a querer. Porque lo quería, no tenía ninguna duda. Después de tres incansables años de entrenamiento estaba segura de que lograría algo, de que podría levantar de entre los millones de granos de arena cada una de las partículas que formaban el cuerpo de Ulquiorra y podría traerlo nuevamente a la vida.
Alguna vez había oído de parte de Hallibel que el tiempo en Hueco Mundo no existe. Que allí nada cambia, todo se transforma y que las distancias pueden ser enormes, pero que el tiempo es algo etéreo y abstracto, que pertenece a los shinigamis y a los humanos.
También había confirmado que mientras ella parecía aún una adolescente de quince años, todos sus amigos y compañeros habían cambiado. Suponía que se debía a todas las horas y días que ella pasaba allí entrenando. De todas formas no interesaba su tiempo, sino el de Ulquiorra. Tres años humanos no podían interferir en toda una eternidad.
Aspiró profundamente, llenando sus pulmones con la energía del aire, que seguía oliendo a él. Y extendió con los ojos cerrados sus manos hacia el frente, hacia la inmensidad del desierto oscuro de Hueco Mundo.
– Soten Kisshun – Ayame y Shun'o salieron y formaron una barrera lo más grande, ancha y larga que pudieron. Cubrieron alrededor de 4 kilómetros cuadrados de superficie desértica. Orihime abrió sus ojos para poder observar cada detalle de lo que sucediera.
De a poco comenzó a levantarse un polvo muy fino, desde varios puntos diseminados por toda la arena. Se elevaba, haciendo pequeños torbellinos en el aire. Esas pequeñas partículas informes, sin volumen ni peso, bailaban entre la luz anaranjada del escudo de regeneración. Las lágrimas inundaron los ojos de Orihime, que observaba con paciencia cada uno de los movimientos de aquella ceniza grisácea y muerta.
Cuando quiso acordarse, el polvillo comenzó a acumularse justo en el centro del enorme radio cubierto por sus hadas. La masa de cenizas comenzó a tomar forma material, un torso, unos brazos, unas piernas, cuernos. Cada detalle del cuerpo delgado y efímero de Ulquiorra comenzaba a materializarse frente a los ojos de una atónita y hasta incrédula Orihime. Él estaba volviendo.
– ¿Qué estás haciendo aquí? – la voz de Ulquiorra provenía desde atrás de ella. Giró sobre sus talones y se enfrentó con sus ojos. El corazón le latía como a una adolescente enamorada, queriendo salirse de su pecho. Él se adelantó, acortando la distancia entre ellos a unos pocos centímetros sin quitarle los verdes ojos de encima. – ¿No era que te habías ido al mundo humano? – insistió con sus preguntas al ver que la mujer no contestaba.
– Vine a la reunión – dijo apartando su mirada. Estaba demasiado cargada de sentimientos y no quería que él lo notara. Haber vuelto al mundo humano le había hecho recordar cosas que creía olvidadas. Ulquiorra la tomó por el mentón. Tenía las manos frías. Ella volvió a perderse en sus ojos color esmeralda.
– ¿Por qué has vuelto? – le preguntó, a sabiendas de que se había ido y había regresado. No estaba seguro, pero intuía que no era solo por la reunión.
– No – no pudo seguir hablando porque Ulquiorra había sellado sus labios con un beso. Un cálido beso que hizo que desapareciera en ambos aquel dolor en el pecho.
Mundo humano
Tienda de Urahara
– Ya hablé de esto con Ishida, la Sociedad de Almas me pide que tome una decisión respecto a Kaien – Renji hablaba y los otros dos hombres lo miraban con atención. – Según la Cámara de los 46 y la Corte de los Espíritus Puros, Kaien es una amenaza para la Sociedad de Almas y para evitar que su potencial poder despierte, necesitan alejarlo de toda fuerte de reiatsu poderosa para que no afecte el desarrollo de su propia energía espiritual
– Como la de Ichigo – acotó Uryu.
– Una de las opciones que me dieron es aislarlo de todos nosotros – bajó la vista – y la otra es evitar que Ichigo despierte
– He descubierto algo interesante – el quincy no pudo resistir más y soltó lo que tenía para decir antes de que Renji terminara de explicar qué era lo que quería la Sociedad de Almas. – No es que el poder de Kaien sea potencialmente peligroso o su reiatsu sea inestable – miró a Renji a los ojos. – Kaien no tiene reiatsu
– ¿No tiene reiatsu? – preguntó Renji sorprendido.
– Es verdad – Urahara afirmó lo que Uryu había dicho. – Cuando Rukia entró en trabajo de parto, yo no podía detectar más que los signos vitales normales de cualquier humano, y considerando que iba a nacer una criatura de un cuerpo falso, hijo de dos shinigamis, llamé a la Capitana Unohana para que venga a asistir a Rukia – ocultó su mirada bajo el ala de su sombrero. – Ella no dijo nada, entró en la habitación, cerró la puerta y no permitió que nadie entrara hasta que el bebé comenzó a llorar
– ¿Dices que Unohana quiso asistir ella sola a Rukia? ¿Con qué propósito? ¿Qué fue lo que sucedió? – inquirió Uryu.
– El Comandante General me preguntó si yo recordaba lo que sucedió en el momento del parto de Kaien… – reflexionó en voz alta Renji. – ¿Tiene que ver con esto? – preguntó mirando a Kisuke, que afirmó con la cabeza.
– Retsu llegó e inmediatamente detectó la anomalía en el bebé
– ¿Anomalía? – Uryu no podía dejar de interrumpir a Urahara, porque no entendía qué era lo que estaba diciendo. Él recordaba haber acompañado a Ichigo y a Rika en todo momento mientras Rukia estaba en trabajo de parto y no podía entender cómo nadie había dicho nada sobre esta supuesta anomalía.
– Ninguno de nosotros podía detectar reiatsu alguno en Kaien, incluso tampoco Unohana. Por eso se preocupó tanto y quiso asistirla ella sola, bajo su estricta responsabilidad y con intachable experiencia. Decidió que era mejor que se arriesgue una sola persona a exponerse a ese ser – la expresión en el rostro de Uryu y Renji obligó a Kisuke a continuar. – Unohana me advirtió que si algo llegaba a suceder, debía avisar de inmediato al Seireitei y detener a cualquier precio a Ichigo. Kaien no emanaba reiatsu y ella suponía que podía deberse a que no fuera humano, sino alguna mutación entre shinigami, hollow y humano. Entonces entró, cerró la puerta y yo me quedé parado ahí, esperando, sin poder entender demasiado lo que estaba sucediendo
Kisuke Urahara, parado apoyado en una puerta de madera que permanecía cerrada, parecía más un ser inanimado y sombrío que el activo científico que era. Había quedado pasmado al verse obligado a llamar a la Capitana Retsu Unohana, la persona mejor capacitada y más experimentada en kidoh y técnicas de curación que existía en la Sociedad de Almas. No podía siquiera normalizar su respiración. No sabía si eran las ansias por conocer, o simplemente el nerviosismo de no saber qué podía llegar a ocurrir en aquel extraño parto. Un alma shinigami, depositada en un gigai que él mismo diseñó especialmente para poder soportar un embarazo humano, estaba a punto de dar a luz a una nueva vida desprovista de lo más valioso que puede llegar a tener un alma: reiatsu.
Mantenía sus ojos clavados en el suelo, sus manos en la espalda, apoyadas una sobre la otra y a la vez en la puerta. Esperaba cualquier cambio en el ambiente, pero sólo lograba oír el tambaleo del ventilador de techo que venía de la sala de delante de la casa. No se escuchaba nada, ni siquiera la voz de la Capitana, ni la de Rukia, ni el zumbido de una mosca. Y eso lo preocupaba más de lo que ya estaba de por sí.
No lograba interpretar las palabras que había dicho Retsu. La Sociedad de Almas presuponía que podía llegar a suceder algo como esto, un ser engendrado entre un humano, que en realidad es shinigami, que tiene un alma híbrida por poseer características de hollow; y un alma como todas las demás, que se formó en la Academia para ser shinigami y que tenía un poder considerable. Un potencial incalculable, un humano con características únicas, alguien que aún no veía la luz del sol pero que ya podía saber que sería poderoso.
Pero ese ser no tenía una sola gota de reiatsu.
La tierra comenzó a temblar, el piso bajo sus pies vibraba levemente, pero podía sentirlo. ¿Un terremoto? Era casi imposible pensar siquiera en esa posibilidad, pero parecía que estaba sucediendo. La tierra temblaba y las luces parpadeaban. De todas formas no podía pensar en ese momento, estaba a punto de nacer aquel diminuto ser sin reiatsu, pero que existía y era, porque él mismo había corroborado sus signos vitales desde que fue concebido.
De pronto, algo cambió en el ambiente. Una presión espiritual enorme logró que su estabilidad tambaleara y tuviera que arrodillarse en el suelo. Todo duró una décima de segundo. Esa presión, una sensación de vacío que le revolvió el estómago, la fuga de la luz y el temblor se volvió más fuerte. Luego, un llanto desesperado que le anunció que había llegado a ese mundo el vástago de Ichigo. Sonrió, se levantó y Retsu abrió la puerta.
– Puedes pasar – le dijo, con su voz cansada y tensa. – Hice lo que pude, pero no hay qué hacer. No tiene reiatsu, o al menos no logro detectarlo. Veré qué puedo hacer de ahora en más. No comentes nada de lo que acabas de sentir. Puse una barrera alrededor de la habitación y nadie pudo notar la presión espiritual del niño – el comentario de Unohana erizó cada uno de los vellos del cuerpo de Kisuke, que sólo asintió con la cabeza. – No quiero que le digas ni siquiera al padre. No al menos hasta que sepamos su naturaleza
