Hola a todos. Gracias por haber dejado tantos reviews, la verdad llegar a tener 77 es mucho! Y particularmente en esta historia que fue dejada en el olvido y resucitada por esta autora despiadada. Espero que les esté gustando la trama, aunque complicada, es (creo) fácil de seguir y a la larga comprenderán todo lo que sucede a la perfección.
Con respecto a lo que está en cursiva, en la conversación es lo que Ichigo diría (en este caso lo piensa) y más abajo, corresponde a un recuerdo.
Creo que hice un buen trabajo con este capítulo, en especial para los UlquiHimistas (mi marido diría que es fanservice).
Qué disfruten y si vale la pena, dejen su comentario.
Le temblaban las manos. Sostenía el gran álbum blanco en su mano derecha con nerviosismo, temiendo a lo que se iba encontrar. No sabía si tenía la fuerza para poder volver a ver a su madre retratada en eses fotografías y menos qué hacer cuando sepa la verdad respecto de Orihime. ¿Qué sucedía si ella realmente era amiga de sus padres? ¿Sería como ellos? ¿Shinigami? ¿O una humana con supuestos poderes?
Exhaló con cansancio y continuó caminando lentamente. Sentía que no podría hacer otra cosa más que compartir el momento con Ichigo. No sabía bien el por qué, pero desde que había tenido ese sueño tan extraño anoche y desde que Uryu le dijo que fuera a hablar con su padre, que él estaría ansioso por escucharlo, le había picado la curiosidad por ir.
Ichigo no podría escucharlo. Ni siquiera podría saber que él estaba allí, pero de todas formas tenía la imperiosa y ridícula necesidad de ver a su padre y que fuera él mismo el que le contara las historias detrás de las fotos. Paró en seco en la entrada del Hospital, aún con sus dudas. Pero se aferró al álbum y subió las escaleras que lo separaban de la puerta. Atravesó el cristal y se halló dentro de la eterna casa de su padre.
El olor le daba náuseas y recordó de pronto por qué no le agradaba estar allí. Rápidamente, se alejó de la entrada y caminó por los pasillos y escaleras hasta dar con la habitación de Ichigo, que mantenía su puerta cerrada. ¿Estaría Rika allí? Pensar en que alguien lo viera le producía repelús. ¿Y si era Uryu? Mejor se alejaba y dejaba ese sin sentido. Pero su voluntad lo traicionó, y cuando se dio cuenta, su mano ya había girado el picaporte y la puerta se estaba entornando.
Dio dos pasos y pudo ver la cama con sábanas blancas. Observó con detenimiento cada detalle de toda la habitación. La cama era alta y parecía incómoda. Las sábanas estaban en perfecto estado de pulcritud, y una manta celeste cubría los pies de Ichigo, hasta la mitad de la pierna. Él tenía un pijama azul de raso, y sacaba los brazos por sobre la sábana, uno a cada lado de su cuerpo. Respiraba lento, como si le costara hacerlo.
La expresión del rostro de Ichigo era serena, su ceño estaba relajado y sus facciones eran las mismas de la última vez que lo vio, en esa misma habitación, hacía poco menos de cuatro años. Terminó de entrar en la habitación y cerró la puerta con traba. Vio la silla enclenque junto a la cama y decidió que ese sería su lugar en los próximos minutos.
Alguien había entrado en la habitación, estaba seguro. Pero no podía sentir nada. Habían puesto traba a la puerta y esa no era una actitud común en las personas que lo frecuentaban. Se esforzó en poder sentir la presencia de aquel que estaba acompañándolo, pero no lo lograba. Había identificado por el perfume que no era Orihime, sino un varón. Sus recuerdos lo rodearon por un momento y luego no tenía dudas, ese tenía que ser su hijo, Kaien.
¿Cómo sería después de tantos años? Seguramente habría crecido bastante y mediría como él a esa edad. Tenía tantas ganas de verlo, de escucharlo, y ahora que estaba allí no podía hacer más que concentrarse en no perder un segundo de su compañía.
Kaien se acercó a la silla y se sentó, provocando que esta rechinara. Apoyó el álbum sobre la mesa de noche, donde había un vaso de vidrio vacío. Dejó caer su cuerpo y tiró la cabeza hacia atrás, cerrando sus ojos y soltando un bufido.
– Tanto tiempo… – comentó. – Yo… – no salían las palabras. ¿Cómo hablar con alguien que está dormido? Además, no sabía qué decir. ¿Qué debería contarle a su padre? – Yo… siento mucho no haber venido antes, papá – lo miró de reojo, intentando descubrir algún movimiento. – Pero no podía hacerlo, no estaba conforme con todo lo que pasó. Y ahora… ahora tampoco – hizo una breve pausa. – Estuve pensando mucho y creo que a mamá no le gustaría que te dejara solo, por eso vine a verte. Además, quiero contarte algo que me sucede desde hace poco… – lo miró a los ojos, como si Ichigo lo estuviese viendo. – Tuve algunos sueños y no entiendo nada – apoyó los codos en las rodillas, y sostuvo su cabeza con las manos, mirando el piso. – Una mujer me llama a gritos… Primero era un pasillo oscuro, y ahora es un gran desierto interminable y blanco. Y es de noche – volvió a mirara a Ichigo. – ¿Qué es esto, papá? Sé que no son sueños normales… y hasta ese estúpido de Ishida se dio cuenta – con asco. – Pero no sé qué… pensar – miró el álbum.
Kaien estaba teniendo sueños raros y una voz lo llamaba. Ichigo se hinchó de orgullo al saber que al fin su hijo podría mostrar un atisbo de poder shinigami. Estaba seguro de que esa voz era la de su zampakutoh. ¿Quién sino lo llamaría en sueños? Quería decírselo, pero su condición se lo impedía. Primero quiso mover la mano, como había hecho con Orihime antes, pero sus fuerzas se habían agotado y no pudo siquiera hacer un pequeño movimiento.
– El abuelo me dio unas fotos – comenzó a charlar otra vez. – Y vine a que me contaras – sonrió tristemente al decir eso. – Je, a que me contaras… ¿qué puedes hacer tirado en esa puta cama? ¡Dime! ¡¿Qué quisiste lograr con lo que hiciste? Si ella… – sus ojos se llenaron de lágrimas. – Si ella… – cerró sus párpados con fuerza y dio un pequeño grito. Tomó el álbum con violencia.
La primera fotografía era de Ichigo y Rukia en su casamiento por civil. Ella vestía un trajecito rosado y él un ambo negro. Estaban sonrientes y eran muy jóvenes. Estaban abrazados.
– Aquí apareces con mamá – dijo. – Parece su casamiento… – giró la hoja y atrás había unas cuantas fotos de la escuela. Kaien pudo reconocer a Keigo, Mizuiro, Tatsuki, Chad y Uryu. Y allí la vio, más joven de lo que aparentaba ahora, pero era ella, Orihime. – Aquí están todos en el Instituto. Pero hay una persona que no reconozco – miró a Ichigo. – Papá, hace poco conocí a una mujer extraña, dice que es amiga tuya y de mamá, se llama Orihime Inoue
– ¿Orihime estuvo con Kaien? Entonces, anoche…
– No sé nada sobre ella, ¿por qué nunca me contaste nada?
– Eras muy pequeño y no entenderías, Kaien, ella eligió irse a Hueco Mundo y tú ni siquiera reconocías que ese lugar existía. ¡¿Cómo quieres que te dijera quién era Orihime?
– Seguramente sea porque esa mujer se fue algún lugar como esa Sociedad de no se qué
– Aún continúas sin creer…
– No pienses que no creo en ellos, es sólo que no puedo verlos… Y no quiero – de pronto recordó las palabras de Kokoro. Hizo unos cuantos minutos de silencio. Las siguientes fotografías eran de Rukia e Ichigo, de vacaciones, en familia, aparecían Byakuya, Renji, Uryu, Orihime y varios amigos más, que Kaien pudo reconocer al instante. Sonrió. – ¿Qué soy yo?
– Mi hijo, y el de Rukia. Un shinigami
– ¿Por qué pude ver a un hollow si no puedo ver almas?
– ¿A un hollow?
– Vino a verme una chica, que dijo ser un hollow. Traía un pedazo de hueso en la cabeza, y un agujero en el medio del pecho que la travesaba – miró a Ichigo. – Una vez le pregunté a mamá por qué yo no podía ver lo que ustedes si y en es momento no entendí lo que quiso decirme
– Rukia no quería que nada les sucediera. Y yo… los he dejado solos mucho tiempo…
– Ella me dijo que yo era muy especial y que ustedes eran los diferentes. Pero yo ya no estoy seguro de que sea un humano normal. Papá, esos sueños, ese hollow… ¡Y esa mujer se metió en un agujero negro en el aire y desapareció! – gritó con confusión, apretando sus puños.
– Una garganta… ¿Cómo es que pudiste ver una garganta?
– La chica hollow dijo que vendría a buscarme
– ¿A buscarte? ¿Qué quieren en Hueco Mundo contigo? ¡¿No se dan cuenta de que no puedes siquiera mostrar algo de reiatsu? – Ichigo estaba irritado, y se sentía impotente.
– Iré con ella donde me lleve. Dijo que sabía cosas sobre mamá
– ¿Sobre Rukia? ¡Mentiras! ¡Ellos no tienen nada que ver con Rukia!
– Y que me iba a mostrar mi verdadera naturaleza, que alguien en el lugar del que ella venía sabía cómo ayudarme. Iré, papá – se paró y una foto cayó al suelo. Se agachó y la tomó. – Si pudieras ver esto… Acá salimos tu, mamá, Rika y yo. Estamos felices y sonrientes. Estamos juntos, papá. Si tu estás ahí tirado por haber hecho todo por encontrar a mamá, yo haré lo mismo. Si tú no pudiste, yo podré traerla. ¡Ella no está muerta! – gritó y volvió a sentarse. – Tú me dijiste eso, tú nos dijiste que ella no estaba muerta, que sólo era un cuerpo falso… ¡Enterramos un cuerpo vacío!
– Si, ella no está muerta. Y yo quise encontrarla y no pude. ¡Pero tú no tienes que hacerlo! Tú… no puedes
– Entonces si se fue, y nos dejó a todos, la encontraré. ¡Haré que vuelva y que nos explique por qué nos dejó! – las lágrimas comenzaron a caer. – ¡Mamá! – su voz se ahogó en el llanto.
– Kaien… Ella volverá… Te lo prometo
Hueco Mundo
– ¿Has hecho lo que te he encargado? – Nezumi pronunció sus palabras justo cuando Kokoro entró al laboratorio. Cerró la puerta y se quedó estática mirando al científico a los ojos entre la penumbra de la habitación. Se oían pitidos y el correr de las sustancias a través de los conductos. – Parece que no has tenido mucho éxito
– Ulquiorra no es como yo pensaba – contestó. Nezumi se acercó y la miró enojado.
– El principito es una persona muy exigente, niña. ¿Hiciste todo lo que te pedí? – insistió.
– ¿Qué es lo que me pidió? ¿Qué inculpara a Grimmjow? Lo hice. ¿Qué dijera que nosotros no sabíamos nada acerca del ataque? Lo hice – enumeró con burla.
– ¿Te metiste en su cama? – preguntó con lujuria. Kokoro no contestó y pasó de él. – Kokoro – la llamó y ella se detuvo, pero no volteó. – Es hora de que vayas. Ve por él y tráelo
– ¿Qué sucede? – la voz de Ulquiorra era extraña. No se oía fría ni grave. – ¿Estás llorando otra vez? – preguntó en un susurro.
– No – Orihime se escuchaba triste, pero no estaba llorando. – He estado pensando mucho y decidí que no puedo seguir así – lo miró a los ojos. – Hace dos años de esto y no quiero continuar así – Ulquiorra se sentó a su lado, en el suelo frío. Por la ventana se podía ver la Luna.
– ¿Dices que quieres olvidar todo?
– No podré olvidar jamás, pero no quiero cargar esto para siempre. Si la vida quiso que él no sobreviviera, habrá sido por algo. Lo que no entiendo es por qué no quisieron que lo viera. Yo necesitaba verlo, tocarlo, abrazarlo… Aunque no respirara, aunque no podría vivir, yo… yo… necesitaba tenerlo un instante conmigo
– Yo tampoco lo entiendo – los sentimientos afloraban con violencia y no podía parar de temblar. Era extraña esa nueva sensación, pero no podía interpretar nada de lo que le sucedía. Sabía que Orihime se sentía igual, pero no sabía qué hacer. No podía ver el camino correcto.
– ¿Qué deberíamos hacer? ¿Seguir viviendo como si nada hubiera pasado? – bajó la mirada. – Estoy hablando como si no me importara
– No digas eso – la abrazó y la atrajo hacia su pecho. – Hace dos años estabas feliz – hizo una pausa. – No volverás a llorar
– Pero él no volverá – las lágrimas volvieron.
– El no volverá, pero no voy a dejar que sigas encerrada y llorando. Hace dos años que estás acá en esta habitación llorando. Hime, mírame – ella hizo caso. – ¿Qué ves?
– Tus ojos – llevó sus manos al rostro de Ulquiorra. – Y ellos lo ven todo – se miraron intensamente por varios segundos. – ¿Me pides que vuelva a ser la de antes después de haber sufrido tanto? – él asintió con la cabeza. – Intentaré – tragó saliva, – intentaré volver a sonreír
Las lágrimas habían mojado su almohada. Ese recuerdo había regresado como una estaca clavándose en su corazón. ¿Cómo había podido esconder todo su dolor en el fondo de su alma con sólo mirar y perderse en los ojos verdes de Ulquiorra? Se llevó ambas manos al abdomen y lo acarició con ternura. Las lágrimas continuaron cayendo.
Ulquiorra, que no había podido dormir hasta muy tarde, estaba profundamente dormido y su respiración era honda y cansada. Orihime lo miró, recordando su antigua imposibilidad de expresar sus sentimientos, junto a la pseudo felicidad que sintió al enterarse de aquello, hacía poco más de quince años atrás. Quince años.
– Kaien… – susurró, recordando que Kaien tenía la misma edad que tendría él. Se sentó suavemente en la cama. Llevaba un fino camisón de seda celeste, con tiras. Una de ellas resbaló. Sonrió tristemente. Necesitaba ayudar a ese chico, y ahora más que nunca. Él había perdido a su madre y ella, ella había perdido a su hijo.
¡Qué revelación! ¿Ulquiorra y Orihime tuvieron un hijo? ¿Qué habrá pasado? ¿Murió al nacer? ¡Qué drama!
