Muchas gracias a todos por el aguante y por seguir esta historia tan llena de misterio. Espero que este capítulo sea de su agrado y al menos amerite un comentario. Mary
Hueco Mundo
Sala de Reuniones
– ¿En el mundo humano? - preguntó Ulquiorra. Sabía perfectamente que cuando atacaron a Hitsugaya, Orihime estaba en el mundo humano. Si Grimmjow también, ¿se habrían encontrado?
– Si – lo miró intensamente. No sabía si le convenía acusar a Orihime, pero dadas las circunstancias, era mejor salvar su propio pellejo que el de la humana. - Estaba allí porque quise hacer una visita – no estaba seguro y eso hacía que su tono de voz cambie.
– ¡Estás mintiendo! - se alteró Ulquiorra.
– ¿Puedes demostrar que estabas allí? - Hallibel intentaba limar las asperezas que aún existían entre los dos ex Espadas.
– Hay alguien que me vio – miró los ojos de la rubia.
– Está bien, no nos digas nada. Confío en ti, Grimmjow. Pero ahora debes irte del palacio. Si los shinigamis saben que estuviste aquí, no te lo perdonarán
– Lo sé – se puso de pie y miró a Ulquiorra con recelo. - Será mejor que cuides a tu mujer, ¿no está ella en el mundo humano ahora? - Ulquiorra quería fulminarlo con la mirada.
– Ya déjalo, Grimmjow – ordenó Hallibel.
– Está bien, pero avísenme sobre cualquier novedad. Yo también soy-
– Si – lo interrumpió Hallibel, - a pesar de todo lo que sucedió, sé que tu también eres parte de nosotros
Laboratorio
– Ven aquí, niño – el tono de voz de Nezumi era exasperante a los oídos de Kaien, que todo el tiempo se repetía internamente que pronto se iría de ese laboratorio. Siguió al científico unos cuantos pasos hasta que llegaron frente a una especie de máquina, que se parecía a un tomógrafo. – No te preocupes, sólo tomará un momento. Siéntate – le indicó a Kaien un sillón metálico.
Ni bien se sentó, Nezumi encendió un tablero que estaba a la derecha del sillón, con varios botones. De este salían cinco electrodos con aspecto extraño, de los cuales pendían unos cables de colores.
– Quítate la camiseta. Necesito colocar en tu pecho estos electrodos para poder medir tu reiatsu – el rostro de Kaien mostraba su incredulidad y desconfianza respecto de lo que el científico decía, por lo que agregó – o al menos determinar si tienes algún tipo de presencia espiritual – sonrió. El humano se quitó la camiseta y sintió que un escalofrío recorría su espalda cuando Nezumi colocó cuatro de los electrodos sobre su pecho y abdomen. – Y este en la espalda – agregó, colocando el quinto sobre de la quinta lumbar.
Kaien podía ver el monitor claramente, en el cual comenzaron a aparecer líneas azules y rojas que ondeaban formando una especie de gráfico sinusoidal. La línea azul se fue volviendo más delgada mientras la roja brillaba con fuerza, marcando un claro ascenso a medida que pasaban los segundos. Se notaba en el ambiente la euforia que Nezumi sentía por dentro. Miró a Kaien con una enorme sonrisa de satisfacción en el rostro arrugado y lo miró fijamente a los ojos.
– ¿Hay algo más hermoso que ver un reiatsu hollow tan prometedor? – Kaien se sorprendió por las palabras del científico, pero no demostró nada. – No, no lo hay – continuó hablando para si mismo y volvió su vista al monitor. Tocó algunas perillas y botones y una pequeña impresora que estaba a un lado imprimió a modo de electrocardiograma. – Veamos – tomó el papel entre sus manos y arrugó el ceño. – Esto es muy interesante, más de lo que puedo pretender – miró a Kaien un momento. – Parece que tu reiatsu es distinto a lo que yo suponía, pero no estaba del todo equivocado
Mundo humano
Unas horas más tarde, Orihime caminaba por Karakura como hacía años no lo hacía. Todo se veía muy distinto. Las calles, las veredas, los negocios, la gente. Cada detalle que recordaba en su mente era diferente ahora. O tal vez ella era distinta. Debía encontrar a Kaien cuanto antes y decirle la verdad sobre su historia. Ya no tenía caso que continuara ocultando su verdadera relación con Ichigo y Rukia, y menos sabiendo que él corría el riesgo que estaba corriendo gracias a la Sociedad de Almas. Si de algo estaba segura era que ella estaba allí para ayudar.
Miró a lo lejos y logró adivinar que estaba cerca de la casa de Isshin, antiguo hogar de Ichigo, y sonrió tristemente. Tantos años, tantas cosas habían ocurrido desde aquellos tiempos felices…
– ¿De verdad estás embarazada? – preguntó Rukia sorprendida. Miraba a Orihime con los ojos abiertos de par en par. La castaña sonrió abiertamente, con su rostro radiante.
– ¡Si! ¡¿No es maravilloso? ¡Seremos madres juntas! – gritó, tomando ambas manos de Rukia, que aún no comprendía del todo lo que su amiga le estaba diciendo. Luego de dar unos saltos, Orihime arrugó su entrecejo. – ¿Sucede algo? – preguntó realmente preocupada, sin soltarle las manos.
– ¡No! – reaccionó Rukia. – Es que… ¿embarazada? – la miró. – ¿De… él? – con cierto temor. Orihime sonrió primero y luego de unos segundos soltó una pequeña carcajada.
– ¿Es extraño, cierto? – dijo, soltando las manos de Rukia y dándose la vuelta. – Pero… es verdad. ¡Seré mamá! – gritó contenta y volteó nuevamente. Rukia sonrió.
– ¡Felicidades! – la abrazó.
– Rukia… – susurró. Se había detenido sin querer, mirando al horizonte. La tristeza se estaba apoderando otra vez de ella y no quería, realmente no quería estar de aquella forma. – No – dijo y cerró sus ojos y sus puños con fuerza. – Encontraré a Kaien – continuó caminando.
Hueco Mundo
Pasillos de Las Noches
Un movimiento en las penumbras del pasillo alteró su percepción. ¿Quién podría estar por ese lugar de Las Noches que sólo estaba permitido a unos pocos? Caminó rápidamente, intentando no llamar la atención del intruso, hasta quedar en una excelente posición. Un leve movimiento más y estaría frente a él. Y si era necesario lo mataría sin que el otro lo notara.
Esperó lo suficiente como para determinar el poder del sospechoso, aspiró profundamente y salió usando sonido a su encuentro, con su mano derecha sobre su zampakutoh. Desenfundó rápida y sigilosamente. Luego, un sonido agudo y un chispazo.
– ¡¿Estás loca o qué? – la voz era ronca, pero la reconoció inmediatamente.
– ¿Grimmjow? – preguntó con cierta incredulidad.
– ¿Qué estás haciendo? – le preguntó, regañándola. – Así no matarías ni a una indefensa alma… ¿Qué es lo que te tiene tan distraída? – se cruzó de brazos. Kokoro podía notar la sonrisa que se esbozaba en el rostro del ex Espada. Enfundó su zampakutoh.
– ¿Qué estás haciendo aquí? – cambió de tema. No le gustaba nada que él estuviera dentro del palacio, y menos después de todo lo que había sucedido en el último tiempo.
– Estoy de visita – bromeó y ella lo notó instantáneamente. Definitivamente era algo muy grave lo que estaba sucediendo, incluso más de lo que sospechaba.
– ¿Es por lo de los shinigamis? – insistió Kokoro. Grimmjow chasqueó la lengua, entendiendo que sería inevitable una conversación con la joven. Giró hacia su derecha y tocó una de las paredes en la oscuridad. Una puerta se abrió.
– Vamos – le dijo y ella lo siguió fuera de palacio.
Le dolían los pies de tanto que había caminado. Era muy pequeña, sólo aparentaba unos seis años. Llevaba en sus manos, aferrado a su pecho, lo que parecía un oso de felpa marrón, que se veía muy maltrecho. La niña tenía una máscara de hueso en la cabeza, que se asemejaba a la cabeza de un dragón. Sus ojos estaban enrojecidos en parte por la arena que volaba y en parte por haber estado llorando largo rato. Aún su cuerpo se estremecía levemente cada cierto tiempo, recordándole la congoja que sintió hacía unos momentos, por el mismo motivo que la había llevado a salir corriendo sin rumbo, por el interminable desierto de Hueco Mundo.
A lo lejos logró divisar una formación rocosa, llena de agujeros. No había nadie a la vista, así que olvidando un poco todo lo que había sucedido, comenzó a investigar la zona. Una ráfaga de viento hizo que se detuviera y una gran figura humana apareció frente a ella.
– ¿Qué haces aquí, niña? – rugió la voz ronca del sujeto que la interceptó, antes de que pudiera meterse en alguna de esas pequeñas aberturas en la roca.
– Yo… – apretó con más fuerza el muñeco y cerró sus ojos. No se atrevía a mirar al dueño de esa tenebrosa voz.
– ¿De donde viniste? – una gran mano se posó sobre su máscara.
– De Las Noches – contestó la niña, intentando disimular el miedo que le daba que ese desconocido tocara su cabeza. El sujeto sonrió y se agachó frente a ella.
– ¿Cómo te llamas? – los ojos azules del arrancar eran intensos y su mirada amedrentaba. La niña se sonrojó apenas cuando notó que ese sujeto no pretendía hacerle daño.
– Kokoro, ¿y tú? – preguntó inocentemente.
– Grimmjow
– ¿Dónde vas, Grimmjow? – preguntó Kokoro sin detenerse. Había hecho varios metros alejándose de Las Noches sin preguntar nada, pero no le había gustado el tono de voz del arrancar.
– Lejos de ese maldito lugar infestado de shinigamis – el comentario del peliazul logró que apareciera una sonrisa en el rostro de la joven.
– Cada vez estamos más rodeados de basura – el comentario ácido de Kokoro hizo que Grimmjow volteara.
– ¿Basura? – preguntó, arqueando una ceja. – ¡Tú estarás rodeada de basura! – gritó sonriendo. – Por mi parte, estoy lleno de arena
– ¿Hablaste con la jefa? – se miraron intensamente por unos instantes.
– Sólo pretenderán que no sucedió nada y punto. Aunque la sociedad de mierda quiere inculparme. ¿Qué dice el viejo?
– Nada – Kokoro bajó la mirada. – Pero fue él el que te metió en esto – Grimmjow la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo. – No me digas nada – le dijo, con tranquilidad. – Él me obligó a hacerlo. El príncipe cree que fuiste tú
– Ya sé – la soltó. – Saben que sé demasiado como para dejarme en paz – giró sobre si mismo, dándole la espalda, pero Kokoro lo detuvo, tomándolo por el hombro.
– ¿Sabes demasiado? – preguntó extrañada. – ¿A quiénes te refieres?
– Nada, nada, no importa – continuó caminando.
– ¿Y qué estás haciendo aquí afuera? Es peligroso – dijo Grimmjow, notando el malestar de la pequeña niña de cabello rosado.
– No quiero regresar allí – lo miró con lágrimas en los ojos. – ¿Puedo quedarme contigo? – preguntó inocentemente.
– No sé – se puso de pie. – ¿Vienes? – preguntó y Kokoro sonrió. Grimmjow comenzó a caminar hacia una de las cuevas. La niña corrió y lo tomó por la mano, sorprendiéndolo. La miró y no pudo evitar sonreír él también.
