Hueco Mundo
– La Capitana del Cuarto Escuadrón será la que atenderá el parto de la señorita Orihime Inoue – informó uno de los shinigamis a un muy ansioso y por demás irritable Ulquiorra. Hacía muchas horas que Orihime había sido internada en el laboratorio montado en Hueco Mundo por los shinigamis y aún no había noticias sobre su parto. Él permanecía en una pseudo sala de espera, bastante improvisada, donde estaba sentado sobre un banco de madera, pequeño e incómodo.
El lugar era cálido. Se podía oler un aroma floral que no pudo identificar ni comparar con ninguno en sus recuerdos. El tiempo había pasado rápidamente desde que volvió a la vida gracias a Orihime. Hacía seis años que estaban juntos, que silenciosamente se habían acercado y habían comenzado a caminar uno al lado del otro. No entendía absolutamente nada de esa relación, nada en lo más mínimo. Pero tampoco le interesaba hacerlo. Era cierto que en algún remoto momento quiso comprender todos los sentimientos que lo atravesaban, pero en ese instante, en ese preciso instante en el que Orihime le dijo que esperaba un hijo suyo, todas sus dudas y todo aquello que lo hacía preguntarse acerca de lo que realmente sentía se desvaneció. Y en su lugar quedó un único sentimiento que era solamente comparable a la felicidad que tanto nombraban los humanos.
Sabía perfectamente que estaba ansioso, preocupado, nervioso y que si alguien le hablaba incorrectamente se vería en serios problemas, pero atribuía todo eso a que Orihime estaba dentro de esa habitación, encerrada junto a varios shinigamis, desde hacía demasiado tiempo. No había tenido noticias, salvo la que recientemente le comunicaron. Sintió tranquilidad al saber que la misma Capitana Unohana sería la obstetra de Orihime y que ella misma recibiría a su pequeño hijo. Pensar en un hijo lo llenaba de sensaciones extrañas y alocadas, que jamás había sentido anteriormente. Y era eso lo que lo llevaba a hacer y decir innumerables palabras innecesarias. Incluso Hallibel había notado esa indecisión en su voz y su simple sonrisa se lo había hecho saber. Apretó sus puños en señal de ira.
– Ulquiorra sama, ¿usted está bien? – preguntó otra mujer shinigami que pasaba por el lugar donde él estaba. – Parece un poco preocupado – la mujer, delgada y blonda, se acercó y se sentó a su lado. Él la miró con cara de pocos amigos. – No se preocupe, Orihime san estará bien. Unohana san está en camino y en pocos minutos estará con ella – el arrancar estaba asombrado. ¿Un shinigami lo estaba conteniendo? Cerró los ojos un momento e intentó serenarse. – ¡Unohana san! – gritó la shinigami, levantándose como un resorte del asiento junto a Ulquiorra. Él abrió los ojos y se encontró con la presencia de la Capitana, que no dejaba de mirarlo.
– Ulquiorra san – lo saludó amablemente. – Entraré en la habitación y ni bien tenga novedades mandaré a alguien para que te informe – cuando notó que el ex Espada iba a objetar, prosiguió. – No puedo dejar que estés en el parto, tu poder espiritual podría interferir. Más considerando el nivel de cansancio que debe tener Orihime. Te pediré paciencia y tranquilidad. Pronto estarás con ellos – sonrió amablemente. Ulquiorra no contestó.
Los recuerdos invadían su mente desde que Orihime se había ido al mundo humano. Tantas cosas habían pasado que ya no podía enumerarlas. El embarazo los había unido más de lo que ya estaban, y después la pérdida de su hijo terminó de forjarse ese lazo tan preciado por ella y más por él. Orihime no sólo le había enseñado a interpretar el mundo desde otro lado, sino que se había transformado en su salvadora, en su único motivo por el que vivir. Miraba el techo inmaculado de su habitación. ¿Qué era tan importante para que ella tuviera que volver al mundo humano con tanta urgencia? El hijo de Kurosaki parecía ser la razón. Tal vez porque nació para las mismas fechas que el de ellos. Chasqueó la lengua y se levantó de la cama. Era inútil continuar pensando en eso, no tenía ningún sentido. Ella volvería cuando se sintiera tranquila de que había podido ser de utilidad y él no forzaría nada, sólo dejaría que las cosas sucedieran como debían hacerlo.
Habitación de Kokoro
Un fuerte ruido retumbó en el cuarto. Kaien abrió los ojos con desesperación, tocándose el pecho. Miró hacia la puerta y allí, recostada sobre esta, estaba Kokoro, agitada y compungida. Se miraron por varios minutos sin decir nada. Ambos mantenían su mano derecha sobre su pecho.
– ¿Qué? – Nezumi no la miró ni por un instante mientras ella exponía todas sus razones para comenzar a entrenar y transformarse en una arrancar poderosa.
– Quiero que me entrenes – insistió con el pedido, que quiso que sonara como una orden. Nezumi no pudo contenerse más y soltó una risotada. Kokoro arrugó el ceño.
– ¿Entrenar? ¿Y qué puedes hacer tú? Sólo eres un pequeño insecto – dijo despectivamente el científico. Un gran estruendo seguido de una nube de polvo surcó el laboratorio. Cuando Nezumi levantó alarmado la vista, notó que uno de sus artefactos se había convertido en ceniza. Volteó inmediatamente y le dio una fuerte bofetada a Kokoro en su mejilla izquierda. – ¡¿Estás loca? – gritó, ofuscado. – ¡Mocosa insolente! ¡No eres más que un montón de mierda! – se levantó de su sillón y enfrentó a Kokoro con sus ojos llenos de ira. – ¡¿Entrenar? ¡Ni en tus sueños! ¡No sirves ni para basura! ¡Retírate de mi vista! ¡Vete!
Los gritos de Nezumi retumbaban en su mente como si los estuviera oyendo en ese momento. Cuando su consciencia retomó el control de su cuerpo, vio a Kaien sentado en su cama, mirándola. Ambos mantenían su mano derecha sobre su pecho, ella sobre su agujero de hollow y él en el lugar donde esa extraña mujer le había abierto ese hollo negro. Se miraron por unos cuantos minutos, en silencio.
La respiración de ambos se había normalizado. Sostenían sus miradas entre la penumbra de la habitación, en la que sólo entraba la tenue luz de la media luna del cielo negro de Hueco Mundo. Kokoro fue la primera en reaccionar, acercándose a la cama y sentándose allí, junto a las piernas de Kaien. Dejó de mirarlo.
– ¿Sucedió algo con Nezumi? – Kokoro se atrevió a romper el hielo.
– Me hizo unas preguntas y unas pruebas, pero no sacó ninguna conclusión – en ese momento se dio cuenta de las palabras exactas que había pronunciado el científico. – Aunque mencionó algo sobre el reiatsu hollow
– Debe haberte dicho algo como "¿Hay algo más hermoso que ver un gran reiatsu hollow?" – el chico abrió los ojos. – Sus frases son siempre las mismas…
– ¿Y a ti? ¿Te pasó algo? – preguntó Kaien, mirando las sábanas.
– Es que… – dudó un momento. ¿Debía decirle a Kaien que había visto esa foto? – Yo – lo miró a los ojos. Él volvió su vista a ella. – Tomé esto de tu álbum – sacó la fotografía de su bolsillo y se la mostró a Kaien. Él, sorprendido, tomó la foto y la observó con curiosidad. Tampoco podía entender por qué Orihime estaba embarazada al tiempo que su madre.
– ¿Qué? – soltó.
– No lo sé. Ella no tiene hijos – contestó y volvió a mirar el suelo.
– ¿Por eso estás tan alterada?
– No – respondió inmediatamente. – Es que vivir aquí no es tan fácil – lo miró otra vez, pero no era la misma mirada. Kaien sintió por primera vez que ella se sentía como él. No sabía por qué, pero estaba seguro que ella era distinta a todos los demás allí. – Yo nunca fui como los otros hollows – comenzó con una historia que necesitaba contar. – Yo no recuerdo haber sido hollow, no me acuerdo nada de mi vida pasada. Lo único que me recuerda que lo fui es mi agujero de hollow y mi máscara rota. Nada más. No sé por qué crezco – bajó la vista. – Mi cuerpo fue cambiando desde que tengo memoria. Crezco como – volvió a los ojos de él, – como si fuera humana
Mundo humano
Ichigo abría los ojos con dificultad. Su reiatsu comenzaba a elevarse y todos los presentes lo notaron. Estaban por demás sorprendidos. Él no soltaba la muñeca de Rika, pero sentía que sus fuerzas se desvanecerían en cualquier instante.
– Hu – soltó un sonido, una especie de gemido gutural que nadie llegó a entender.
– Ichigo – dijo Uryu, muy bajo. – ¿Qué sabes? – prosiguió, repitiendo la pregunta anterior. Estaba seguro de que su viejo amigo sabía algo que ellos no.
Ichigo no podía articular palabra. Sus cuerdas vocales estaban endurecidas y no podía hacer ningún movimiento. Sus ojos, encandilados por la luz artificial, apenas podían divisar la blancura del cielorraso. Sabía perfectamente lo que quería decir, necesitaba decirles a todos que Kaien estaba en Hueco Mundo. Que desde allí mismo lo habían venido a buscar. Tenía que decirles.
– No te esfuerces, papá – dijo Rika, tomándole la mano que sostenía su muñeca con la suya. – Ya podrás decirnos lo que quieras – otro sonido más salió de la dormida garganta del pelinaranja. Uryu se acercó, colocándose en el campo visual de Ichigo, haciéndole sombra. Este lo miró a los ojos, pudiendo notar la preocupación, el cansancio y la confianza de antaño. También se fijó en ese instante en las canas del cabello de Uryu y en los cambios que los años habían hecho en su rostro. Quiso sonreír, pero no pudo.
– Será mejor que te dejemos descansar – afirmó Uryu, con cierto temblor en la voz. No podía creer que su amigo estuviese despierto. Necesitaba decirle tantas cosas, preguntarle tantas otras, que su ansiedad estaba notándose en el exterior. Renji fue el primero en reaccionar y se acercó a la puerta.
– Tienes razón, vamos – dijo mirando a Orihime, que también se levantó, acarició la pierna de Ichigo y acompañó a Renji hacia fuera de la habitación.
– Ichigo – Uryu continuaba mirándolo intensamente, sin mover casi ningún músculo. Ichigo aún continuaba teniendo a Rika, pero sus fuerzas mermaban. – Te dejaremos descansar un momento a solas, no te esfuerces, podrías volver a entrar en ese letargo del que te costó tanto salir. Piensa que esto es un gran paso. Intenta acostumbrarte a la luz y mueve lentamente tus extremidades, seguramente no puedas hacerlo al principio – su tono iba tornándose más tranquilo. Ichigo soltó a Rika.
– Papá, pronto volveré a verte – dijo ella, acercándose y dándole un beso en la mejilla. El movimiento fue tan rápido que Ichigo no pudo verla, sólo escuchó rechinar la puerta cuando salió.
Uryu se retiró de la vista de Ichigo y se sentó en la silla junto a él. Se quitó los anteojos y los apoyó sobre la mesa de noche. Se refregó los ojos con la mano derecha con intensidad. Soltó un bufido y volvió su vista a Ichigo.
– Tantos años – comentó. – Sólo falta un poco más para que podamos volver a hablar – dijo y sonrió tristemente. – Hice todo lo que me fue posible – exhaló sonoramente. – Ahora tendrás que reponerte y hacerte cargo de tus hijos – Ichigo intentó mover la cabeza hacia un lado, pero no lo logró. Sólo podía notar de reojo la figura del quincy. – Pero lo más importante es que encontremos a Kaien, tú sólo descansa – tomó los lentes y se los volvió a colocar. – Yo estoy a cargo – se puso de pie y salió de la habitación, apagando la luz y cerrando la puerta.
Hueco Mundo
Sala de reuniones, Las Noches
Toushiro se encontraba sentado a la mesa, con unos cuantos papeles sobre ésta. A su lado estaba Momo, mirándolo de reojo. Habían pasado unas horas desde que llegaron a Hueco Mundo y ninguno de ellos se sentía cómodo allí. La hospitalidad de Hallibel era sincera, y durante los años que hacía que trataban con ellos siempre había sido igual. Pero ahora, ellos veían todo con otros ojos. El ataque había sido la gota que colmó el vaso y Toushiro no podía permitirse vacilar a la hora de juzgar a quién se lo merezca.
– ¿A quién vas a interrogar primero? – preguntó Momo, rompiendo el hielo.
– A Ulquiorra. Creo que es realmente imposible que él lo haya hecho, más conociendo su historia y su comportamiento para con la Sociedad de Almas en todos estos años
– ¿Entonces por qué él primero? – preguntó con curiosidad Momo.
– Es que necesito descartar todos los sospechosos – la miró un instante y luego volvió al papel que leía.
– ¿Quieres que prepare todo para la prueba de reiatsu?
– Si, ya hablé con el Capitán Ukitake y está de acuerdo con comenzar lo más rápido posible. Mandaré a buscar a Ulquiorra
